Hace unos días, me llegó la noticia de que el nuevo director ejecutivo de The Walt Disney Company, Josh D’Amaro, nombrado en el cargo apenas en febrero de este año, había dado un giro de timón radical en la compañía destinado a eliminar la ideología woke que se había introducido por todos lados tanto en la compañía misma como en sus producciones cinematográficas, que es donde está el verdadero peligro por la potencia de irradiación ideológica que tiene, que es de rango literalmente global.
Según lo que he podido investigar, entre las medidas tomadas por D’Amaro destaca la eliminación del lenguaje inclusivo y las etiquetas de género en las producciones y los parques temáticos; recortes en el área de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) estimadas en un aproximado de mil empleados despedidos; y la determinación de concentrarse en la rentabilidad económica de lo que se hace más que en la imposición de ideologías estrafalarias que terminaron produciendo descontento en el universo de fans de todo lo que hace Disney, que es mucho y muy variado, con incursión en las industrias mediática, turística, cinematográfica, del entretenimiento de todo tipo, incluyendo el deportivo (ESPN), animación y parques de atracciones.
El wokismo –woke significa despierto– es algo así como la lógica cultural del capitalismo de nuestro tiempo, que muchos todavía conceptúan como neoliberal –a mí ya me cansó el término–, otros como oligarco-capitalismo, narco-capitalismo o incluso tecnofeudalismo, como es el caso de Varoufakis.
En esencia, se trata de una ideología que mezcla el anarquismo hippie del 68, el relativismo nihilista posmoderno y el marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt y las cansonas “teorías críticas”, que es muy distinto del marxismo clásico, de tipo filosófico, digamos, que tuvo en Louis Althusser y Gustavo Bueno sus últimos exponentes verdaderamente importantes, absorbido todo por la gran plataforma del progresismo socialdemócrata burgués como esquema de continuidad del capitalismo global caído el proyecto soviético y que para lograr tal continuidad sustituyó la política de clase y el debate sobre la gestión de la economía política y el Estado por las guerras de identidad de todo tipo (principalmente racial y sexual), terminando por pulverizar –o intentar pulverizar– a los estados nacionales haciendo que los individuos vivan obsesionados por guerras culturales vistas desde una perspectiva individualista.
En su momento, el término woke se utilizaba en las comunidades afroamericanas en Estados Unidos durante los 60 del siglo pasado para hacer un llamado para que la gente estuviera “despierta” ante y contra las injusticias, cosa respecto de la que nadie, en principio, tendría por qué estar en desacuerdo.
El problema ocurrió cuando ese criterio de protesta social y cultural se expandió hacia todos los sectores de las sociedades contemporáneas de capitalismo avanzado (EEUU y Europa, y de ahí hacia el resto del mundo), y principalmente en las universidades, pues fue utilizado para imponer como dogma la culpa por los males infligidos contra las minorías (primero raciales, ahora también sexuales) como la única forma de conciliación social pero no ya para modificar el sistema económico, sino solamente para “incluirlos”.
Esto es lo que ha generado situaciones tan extrañas como el hecho de que una consigna de protesta o resistencia social como pudo haber sido la del movimiento “woke” de los afroamericanos de los 60 en Estados Unidos, se haya transformado hoy en la ideología dominante de empresas de consumo global como Starbucks o de infinidad de corporaciones globales de todo tipo de industrias, que efectivamente han creado departamentos especializados de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) para imponer la culpa como sistema de relaciones sociales.
Tal como vemos, el virus de la culpa woke había infectado también al ecosistema Disney, pero al parecer el público reaccionó y protestó con afectación directa en su facturación. A buena hora llegó un nuevo director para recuperar un poco el sentido común en una plataforma generadora de ideología con la potencia para llegar prácticamente a cada rincón del planeta.
Hace unos días, me llegó la noticia de que el nuevo director ejecutivo de The Walt Disney Company, Josh D’Amaro, nombrado en el cargo apenas en febrero de este año, había dado un giro de timón radical en la compañía destinado a eliminar la ideología woke que se había introducido por todos lados tanto en la compañía misma como en sus producciones cinematográficas, que es donde está el verdadero peligro por la potencia de irradiación ideológica que tiene, que es de rango literalmente global.
Según lo que he podido investigar, entre las medidas tomadas por D’Amaro destaca la eliminación del lenguaje inclusivo y las etiquetas de género en las producciones y los parques temáticos; recortes en el área de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) estimadas en un aproximado de mil empleados despedidos; y la determinación de concentrarse en la rentabilidad económica de lo que se hace más que en la imposición de ideologías estrafalarias que terminaron produciendo descontento en el universo de fans de todo lo que hace Disney, que es mucho y muy variado, con incursión en las industrias mediática, turística, cinematográfica, del entretenimiento de todo tipo, incluyendo el deportivo (ESPN), animación y parques de atracciones.
El wokismo –woke significa despierto– es algo así como la lógica cultural del capitalismo de nuestro tiempo, que muchos todavía conceptúan como neoliberal –a mí ya me cansó el término–, otros como oligarco-capitalismo, narco-capitalismo o incluso tecnofeudalismo, como es el caso de Varoufakis.
En esencia, se trata de una ideología que mezcla el anarquismo hippie del 68, el relativismo nihilista posmoderno y el marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt y las cansonas “teorías críticas”, que es muy distinto del marxismo clásico, de tipo filosófico, digamos, que tuvo en Louis Althusser y Gustavo Bueno sus últimos exponentes verdaderamente importantes, absorbido todo por la gran plataforma del progresismo socialdemócrata burgués como esquema de continuidad del capitalismo global caído el proyecto soviético y que para lograr tal continuidad sustituyó la política de clase y el debate sobre la gestión de la economía política y el Estado por las guerras de identidad de todo tipo (principalmente racial y sexual), terminando por pulverizar –o intentar pulverizar– a los estados nacionales haciendo que los individuos vivan obsesionados por guerras culturales vistas desde una perspectiva individualista.
En su momento, el término woke se utilizaba en las comunidades afroamericanas en Estados Unidos durante los 60 del siglo pasado para hacer un llamado para que la gente estuviera “despierta” ante y contra las injusticias, cosa respecto de la que nadie, en principio, tendría por qué estar en desacuerdo.
El problema ocurrió cuando ese criterio de protesta social y cultural se expandió hacia todos los sectores de las sociedades contemporáneas de capitalismo avanzado (EEUU y Europa, y de ahí hacia el resto del mundo), y principalmente en las universidades, pues fue utilizado para imponer como dogma la culpa por los males infligidos contra las minorías (primero raciales, ahora también sexuales) como la única forma de conciliación social pero no ya para modificar el sistema económico, sino solamente para “incluirlos”.
Esto es lo que ha generado situaciones tan extrañas como el hecho de que una consigna de protesta o resistencia social como pudo haber sido la del movimiento “woke” de los afroamericanos de los 60 en Estados Unidos, se haya transformado hoy en la ideología dominante de empresas de consumo global como Starbucks o de infinidad de corporaciones globales de todo tipo de industrias, que efectivamente han creado departamentos especializados de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) para imponer la culpa como sistema de relaciones sociales.
Tal como vemos, el virus de la culpa woke había infectado también al ecosistema Disney, pero al parecer el público reaccionó y protestó con afectación directa en su facturación. A buena hora llegó un nuevo director para recuperar un poco el sentido común en una plataforma generadora de ideología con la potencia para llegar prácticamente a cada rincón del planeta.
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