Los días terrenales

¿Narcogobierno?, ¿narcopolíticos? No: narcosociedades

La droga está por todos lados, y yo soy de la generación a la que le ha tocado nacer y ver crecer el problema, pues nací en 1974 y el Cártel de Guadalajara, que es algo así como el huevo de la serpiente, lo hizo más o menos en 1978. Ya he escrito en este espacio al respecto desde una perspectiva generacional, y no tiene caso repetirme.

De lo que se trata aquí es de intentar meter un poco de criterios en el tremendo problema que tenemos encima los países de producción y tránsito/distribución –casos de Colombia, Bolivia o México– de droga hacia Estados Unidos, que según entiendo sigue siendo el consumidor global más grande del planeta. La peor situación que en el mundo es posible tener es la nuestra, que compartimos frontera. En ese sentido México es un caso excepcional.

El problema es la existencia de dos planos de la realidad y del correspondiente discurso (o “narrativa”, que es el término de moda y que a mí, por postmoderno, no me termina de gustar). Por un lado está el plano de la representación política y el gobierno, que es algo así como el poder formal, legal y legítimo (gobernadores, jueces, congresistas locales o federales), por otro lado está el plano del poder real (económico, armado: no olvidemos que quien tiene las armas tiene siempre el poder) legal y legítimo así como el ilegal (caso del crimen organizado, que es poder económico y armado a la vez).

En situaciones de normalidad política, el poder formal debe de configurarse en correlación dialéctica –es decir, con interlocución transaccional de algún tipo– con el poder real para coordinar un marco institucional con algún grado de legitimación cuya trabazón pueda dotar de estabilidad a la dialéctica integral del poder de la nación de referencia.  

La creación del Partido Nacional Revolucionario en 1929 por Plutarco Elías Calles, luego del asesinado de Obregón un año antes, es un ejemplo perfecto en el que se intentaba crear y se crearon instituciones de envergadura estatal para contener al poder real armado de los generales de la revolución cuya fuerza social y militar tenía que embridarse y contenerse por causes de politicidad civil.

No es muy difícil convencerse de que no eran necesariamente la poesía, la crítica de arte o la teoría política aquello a lo que se dedicaban las masas que conformaban las tropas armadas de cuanto caudillo y cacique local se daba cita en esos tiempos para hacer valer su fuerza, su voz y su poder –la obra de Mariano Azuela fue la desencantada consigna de todo lo que ahí había–, pero con el genio estratégico de Calles fueron puestos en orden para dejar las armas como forma de hacer política y pasar a ser un sector regular y disciplinado del partido.

Pero igual fue el caso de Sicilia de fines de la Segunda Guerra Mundial cuando en 1943 el general Patton y su Séptimo Ejército desembarcaron ahí para abrir el frente mediterráneo y propiciar la caída de Mussolini, pues obviamente no fue con poetas o círculos de lectura ciudadanos o de la sociedad civil con quienes se pusieron de acuerdo para reorganizar el poder real y formal italiano, sino que fue con quienes tenían el poder material y efectivo en esos momentos, que no eran otros que la mafia y el crimen organizado, para reconfigurar a partir de ese pacto geopolítico militar el orden constitucional italiano de postguerra.    

Pero no se trata nada más de que quienes están del lado del poder real quieran limpiar su imagen, ponerse guapos y subir a tribuna: es necesaria la trabazón –el acuerdo, el arreglo, la coordinación, la transacción– porque el poder formal es el que crea las leyes y la normativa de la economía y la producción, y es necesario entonces que del poder formal surja un marco normativo que permita que la economía real, legal o no, siga su curso. 

La presencia de Pablo Escobar en la Cámara de Representantes colombiana en 1982 como diputado suplente de Jairo Ortega es una muestra turbadora del cruce entre el poder real y el formal en una coyuntura de necesidades escandalosas, por decirlo de algún modo: Escobar estaba ahí para impedir por todos lo medios legitimar su fortuna y evitar su extradición.

La cuestión aquí es esa suerte de punto ciego, silencio incómodo o confesión vergonzante que ocurre cuando abordamos en privado el problema: todos sabemos que la droga, los cárteles, las mafias –así en México como en Estados Unidos, en Italia como en Rusia, en Francia como en Gran Bretaña, en la India como en Sudáfrica, en Colombia como en Brasil– están por todos lados, y que son parte fundamental de las ecuaciones de poder de todos y cada uno, repito: de todos y cada uno de los estados del planeta. La serie ZeroZeroZero (2019), basada en CeroCeroCero: cómo la cocaína gobierna el mundo de Roberto Saviano, lo explica perfecto.    

El propio Ricardo Salinas Pliego lo dijo una vez en un video que vi por ahí –primera y única vez que concuerdo con lo que dice–: narcotráfico hay en todo el mundo, la diferencia es que en México (o América Latina, ya no me acuerdo) nos estamos matando como carniceros. Esa es la única diferencia, que es de grado y no estructural. ¿Cómo creen que funcionan las cosas en Alemania, en Italia o en Galicia España, señora Díaz Ayuso?

A todos o a muchos nos han ofrecido alguna vez resolver un problema personal conectándonos con algún sicario para “darle un susto” a alguien (a mí me lo ofrecieron más o menos cuatro personas diferentes sin que necesariamente me conocieran demasiado); a todos o a alguien cercano a nosotros se nos ha presentado el dilema de resolver un problema de dinero en efectivo (una compraventa de cantidades considerables) para la resolución del cual la alternativa es acudir a algún “narquillo”; todos o muchos hemos incluso tenido que interactuar sin saberlo con alguien del crimen organizado para rentarle una casa o para algún tipo de transacción inocua y cotidiana.

Todos, en fin, estamos en contacto de alguna u otra manera con el narcotráfico, el crimen organizado y los cárteles, pero del mismo modo en que ocurre en Estados Unidos, Francia o Rusia. ¿Cómo se imaginan las reuniones de los servicios de inteligencia de Rusia cuando se le informa a Putin cómo está el mapa de funcionamiento de las mafias rusas en casa y en el mundo?.

No señor: aquí no se trata de que haya uno u otro narcopolítico, uno u otro narcogobierno, o uno u otro narco Estado. Porque lo que ocurre es que lo que tenemos –y en lo que vivimos– son narcosociedades y narco economías. Esa es la materia efectiva, real y material, del poder mundial hoy en día. La administración de Donald Trump no está haciendo justicia, está haciendo geopolítica, que, recordemos, es la guerra a muerte por la ocupación y el control, repito: el control del espacio al margen y por encima del derecho.  

Publicación original de El Independiente