Ahora que está por iniciar el Mundial de Futbol 2026 he visto una suerte de renacimiento prehispanista (o indigenista) en función del cual está volviéndose a usar el término de Tenochtitlán para referirse a la ciudad de México. Hagamos un análisis mínimo y esquemático de sus presupuestos, implicaciones y consecuencias.
José Luis Romero dice que una de las características fundamentales de la ciudad como forma histórica es la de fungir como esquema de racionalización de la vida. De lo que se trata es de saber de qué forma y a qué escala tiene lugar ese proceso para así ofrecérsenos a la experiencia.
Hay tres planos principales de organización de la vida social: el de la producción o economía (que es el ámbito del sustento del hombre), el de la política (que es el ámbito del poder) y el de la religión (que es el ámbito de lo sagrado). En el cruce de esos planos se inserta la familia como unidad antropológica a partir de cuya articulación coordinada se despliegan las sociedades históricas. La ciudad es entonces, siguiendo a Romero, la forma más acabada de esa coordinación.
Hace unos pocos años se cumplieron quinientos de un acontecimiento que, visto en perspectiva de larga duración, nos ofrece una óptica universal propicia para comprender la densidad política de la ciudad de México como capital histórica, y por tanto como esquema canónico de racionalización de la vida en el sentido dicho.
Esta ciudad ha sido sucesivamente capital prehispánica (Tenochtitlán, que es lo que se quiere recuperar e imponer), capital virreinal novohispana (Ciudad de México) y capital nacional mexicana (Ciudad de México). En la primera fase, se estima un aproximado de 700 años de su fundación según los registros que diversos códices ofrecen a los historiadores, y sin perjuicio de la polémica que gira alrededor de la naturaleza mítica de su génesis.
En todo caso, la escala de la estructura que de alguna u otra forma podía coordinarse desde Tenochtitlán estaba limitada a la región mesoamericana, con una relación antagónica y de sometimiento político, militar y económico del imperio mexica sobre las culturas tlaxcaltecas, cholultecas y totonacas principalmente. Era un antagonismo que terminaría siendo decisivo en el momento de la llegada de las tropas de Hernán Cortés, que como buen estratega renacentista buscó siempre articular un eficaz esquema de alianzas políticas utilizando en favor de su plan hispánico la resistencia y el repudio anti-mexica.
A partir de la caída de Tenochtitlán, en 1521, la Ciudad de México se transformó en capital virreinal para pasar a ser parte también y sobre todo de una red geopolítica transoceánica (en el Atlántico y el Pacífico) de ciudades desde la cual se fue moviendo la estructura de la monarquía hispánica en múltiples direcciones, bien sea hacia el oriente de Europa en emplazamiento de contención del islam y el imperio otomano, bien sea hacia el sur mediterráneo en dirección a Roma para pasar a controlar a la Iglesia (caso del papa Alejandro VI, de nombre laico Rodrigo Borgia), bien sea hacia el Pacífico desde Nueva España –y aquí la ciudad de Acapulco tuvo una funcionalidad estratégica de primer orden– en dirección a China, dando como resultado las expediciones (Legazpi, Urdaneta) que terminarían configurando lo que los historiadores han dado en llamar primera globalización, que supone una ampliación de la escala de coordinación dentro de la cual la Ciudad de México terminaría por convertirse en el meridiano fundamental de occidente.
La independencia es la tercera fase de la capitalidad histórica de la Ciudad de México. En 2021 se cumplieron 200 años de su consumación, que si bien hubo de iniciarse en el estado de Guanajuato (Dolores) terminó rubricando su historicidad con la entrada del ejército Trigarante a la capital. Sin embargo, la escala de coordinación habría de reducirse nuevamente, según los límites estrictamente nacionales que, luego de la pérdida de los territorios del norte durante la mitad del siglo XIX, quedarían definidos tal como se encuentran hoy.
La Ciudad de México dejaría de ser entonces parte de una red geopolítica articulada desde Madrid y que llegaba hasta Manila para pasar a ser el epicentro de la vida nacional en ciernes. Sólo sería Lucas Alamán el que comprendió la necesidad de volver a una red geopolítica articulada la iniciativa de la cual habría de provenir, como bien se sabe, de Simón Bolívar y el Congreso de Panamá de 1826, organizado luego de la Batalla de Ayacucho (1824) con la que concluiría la liberación de Perú y la del continente entero. En esa tendencia bolivariana es que convocaría y al parecer organizaría también Alamán el Congreso de Tacubaya, según cuenta Vasconcelos en Bolivarísmo y Monroísmo, para intentar mantener en pie el proyecto continental hispanoamericano que, como también sabemos todos, sigue siendo hoy en día un principio de acalorada y apasionada discusión en el terreno de la filosofía de la historia.
Como se observa, interpretar a la ciudad de México como Tenochtitlán supone el grado mínimo de influencia y radiación expansiva a escala geopolítica. Es verse literalmente al ombligo.
Hacerlo desde la idea virreinal de ciudad de México es el grado máximo de alcance coordinativo, en el que la capital formaba parte de una red que conectaba Manila al extremo oeste desde el Pacífico con Veracruz y de ahí a Sevilla y Madrid al extremo oriente europeo por el Atlántico y nosotros en el centro.
Mantenernos en la idea nacional de ciudad de México no está mal: supone una nueva contracción geopolítica sin perjuicio de que aquí es donde más gente habla español en el mundo entero como resultado de la segunda fase.
¿De qué queremos ser capital los que vivimos en Ciudad de México? Saque cada quién sus conclusiones. Yo ya tengo las mías.
Ahora que está por iniciar el Mundial de Futbol 2026 he visto una suerte de renacimiento prehispanista (o indigenista) en función del cual está volviéndose a usar el término de Tenochtitlán para referirse a la ciudad de México. Hagamos un análisis mínimo y esquemático de sus presupuestos, implicaciones y consecuencias.
José Luis Romero dice que una de las características fundamentales de la ciudad como forma histórica es la de fungir como esquema de racionalización de la vida. De lo que se trata es de saber de qué forma y a qué escala tiene lugar ese proceso para así ofrecérsenos a la experiencia.
Hay tres planos principales de organización de la vida social: el de la producción o economía (que es el ámbito del sustento del hombre), el de la política (que es el ámbito del poder) y el de la religión (que es el ámbito de lo sagrado). En el cruce de esos planos se inserta la familia como unidad antropológica a partir de cuya articulación coordinada se despliegan las sociedades históricas. La ciudad es entonces, siguiendo a Romero, la forma más acabada de esa coordinación.
Hace unos pocos años se cumplieron quinientos de un acontecimiento que, visto en perspectiva de larga duración, nos ofrece una óptica universal propicia para comprender la densidad política de la ciudad de México como capital histórica, y por tanto como esquema canónico de racionalización de la vida en el sentido dicho.
Esta ciudad ha sido sucesivamente capital prehispánica (Tenochtitlán, que es lo que se quiere recuperar e imponer), capital virreinal novohispana (Ciudad de México) y capital nacional mexicana (Ciudad de México). En la primera fase, se estima un aproximado de 700 años de su fundación según los registros que diversos códices ofrecen a los historiadores, y sin perjuicio de la polémica que gira alrededor de la naturaleza mítica de su génesis.
En todo caso, la escala de la estructura que de alguna u otra forma podía coordinarse desde Tenochtitlán estaba limitada a la región mesoamericana, con una relación antagónica y de sometimiento político, militar y económico del imperio mexica sobre las culturas tlaxcaltecas, cholultecas y totonacas principalmente. Era un antagonismo que terminaría siendo decisivo en el momento de la llegada de las tropas de Hernán Cortés, que como buen estratega renacentista buscó siempre articular un eficaz esquema de alianzas políticas utilizando en favor de su plan hispánico la resistencia y el repudio anti-mexica.
A partir de la caída de Tenochtitlán, en 1521, la Ciudad de México se transformó en capital virreinal para pasar a ser parte también y sobre todo de una red geopolítica transoceánica (en el Atlántico y el Pacífico) de ciudades desde la cual se fue moviendo la estructura de la monarquía hispánica en múltiples direcciones, bien sea hacia el oriente de Europa en emplazamiento de contención del islam y el imperio otomano, bien sea hacia el sur mediterráneo en dirección a Roma para pasar a controlar a la Iglesia (caso del papa Alejandro VI, de nombre laico Rodrigo Borgia), bien sea hacia el Pacífico desde Nueva España –y aquí la ciudad de Acapulco tuvo una funcionalidad estratégica de primer orden– en dirección a China, dando como resultado las expediciones (Legazpi, Urdaneta) que terminarían configurando lo que los historiadores han dado en llamar primera globalización, que supone una ampliación de la escala de coordinación dentro de la cual la Ciudad de México terminaría por convertirse en el meridiano fundamental de occidente.
La independencia es la tercera fase de la capitalidad histórica de la Ciudad de México. En 2021 se cumplieron 200 años de su consumación, que si bien hubo de iniciarse en el estado de Guanajuato (Dolores) terminó rubricando su historicidad con la entrada del ejército Trigarante a la capital. Sin embargo, la escala de coordinación habría de reducirse nuevamente, según los límites estrictamente nacionales que, luego de la pérdida de los territorios del norte durante la mitad del siglo XIX, quedarían definidos tal como se encuentran hoy.
La Ciudad de México dejaría de ser entonces parte de una red geopolítica articulada desde Madrid y que llegaba hasta Manila para pasar a ser el epicentro de la vida nacional en ciernes. Sólo sería Lucas Alamán el que comprendió la necesidad de volver a una red geopolítica articulada la iniciativa de la cual habría de provenir, como bien se sabe, de Simón Bolívar y el Congreso de Panamá de 1826, organizado luego de la Batalla de Ayacucho (1824) con la que concluiría la liberación de Perú y la del continente entero. En esa tendencia bolivariana es que convocaría y al parecer organizaría también Alamán el Congreso de Tacubaya, según cuenta Vasconcelos en Bolivarísmo y Monroísmo, para intentar mantener en pie el proyecto continental hispanoamericano que, como también sabemos todos, sigue siendo hoy en día un principio de acalorada y apasionada discusión en el terreno de la filosofía de la historia.
Como se observa, interpretar a la ciudad de México como Tenochtitlán supone el grado mínimo de influencia y radiación expansiva a escala geopolítica. Es verse literalmente al ombligo.
Hacerlo desde la idea virreinal de ciudad de México es el grado máximo de alcance coordinativo, en el que la capital formaba parte de una red que conectaba Manila al extremo oeste desde el Pacífico con Veracruz y de ahí a Sevilla y Madrid al extremo oriente europeo por el Atlántico y nosotros en el centro.
Mantenernos en la idea nacional de ciudad de México no está mal: supone una nueva contracción geopolítica sin perjuicio de que aquí es donde más gente habla español en el mundo entero como resultado de la segunda fase.
¿De qué queremos ser capital los que vivimos en Ciudad de México? Saque cada quién sus conclusiones. Yo ya tengo las mías.
Comparte: