Por la noche dejó de llover, pero las aceras y el asfalto aún estaban mojados y los faroles reverberaban en ellos como en lagos negros. Los gigantescos candelabros situados a ambos lados de un Gógol de granito levantaban un suave zumbido. El zumbido a su vez se desplazaba distendido en el tiempo de una manera vamos a decir que soterrada, y por eso entonces suave a la vez de que lo hacía también no obstante, y aquí está el tema, con oscilaciones incorporadas a un esquema de variaciones merced al cual a veces se incrementaba ese sonido constitutivamente continuo de una manera que lo hacía alcanzar registros insoportables, ensordecedores.
El anochecer era de una obscuridad revueltiana, en el sentido de producir ‘aquella sensación sólida de que la noche era tremendamente nocturna al grado de no existir sino ella, y que lo asaltó unida a quién sabe qué anhelo lleno de inquietud. Noche, tinieblas, rotundo vacío’ de Los días terrenales. La acera proyectaba su largueza perfecta sobre el horizonte de la rotundidad de esa noche total que a veces le producía un poco de miedo, pero no mucho, o por lo menos no lo suficiente como para detenerse.
El zumbido por su parte mantenía ese ritmo que al principio no lo parecía pero que luego de un tiempo hacía posible la identificación de una pauta y tal vez hasta de una secuencia.
Por la noche dejó de llover, pero las aceras y el asfalto aún estaba mojados y los faroles reverberaban.
Aguéiev [Novela con cocaína] | ICR | 08082024
Por la noche dejó de llover, pero las aceras y el asfalto aún estaban mojados y los faroles reverberaban en ellos como en lagos negros. Los gigantescos candelabros situados a ambos lados de un Gógol de granito levantaban un suave zumbido. El zumbido a su vez se desplazaba distendido en el tiempo de una manera vamos a decir que soterrada, y por eso entonces suave a la vez de que lo hacía también no obstante, y aquí está el tema, con oscilaciones incorporadas a un esquema de variaciones merced al cual a veces se incrementaba ese sonido constitutivamente continuo de una manera que lo hacía alcanzar registros insoportables, ensordecedores.
El anochecer era de una obscuridad revueltiana, en el sentido de producir ‘aquella sensación sólida de que la noche era tremendamente nocturna al grado de no existir sino ella, y que lo asaltó unida a quién sabe qué anhelo lleno de inquietud. Noche, tinieblas, rotundo vacío’ de Los días terrenales. La acera proyectaba su largueza perfecta sobre el horizonte de la rotundidad de esa noche total que a veces le producía un poco de miedo, pero no mucho, o por lo menos no lo suficiente como para detenerse.
El zumbido por su parte mantenía ese ritmo que al principio no lo parecía pero que luego de un tiempo hacía posible la identificación de una pauta y tal vez hasta de una secuencia.
Por la noche dejó de llover, pero las aceras y el asfalto aún estaba mojados y los faroles reverberaban.
Aguéiev [Novela con cocaína] | ICR | 08082024
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