El Heraldo de México

Enrique Fuentes

Ha muerto Enrique Fuentes, mi amigo Enrique Fuentes. Tenía 80 años, y falleció el lunes 8 sin que le haya podido decir adiós. Ahora que ya no está, me doy cuenta de lo mucho que significó su amistad para mí.

Mi madre murió de cáncer en julio del año pasado, y el COVID me impidió acompañarla en su agonía. Solamente pude estar con ella algunas noches previas al encierro, acostándome a su lado para escuchar juntos a Morricone, pues le gustaba mucho el tema de Cinema Paradiso, que le traía paz y a mí muchísima tristeza, al ver cómo ella no podía ya mirar bien con uno de sus ojos, por una catarata que, por si no fueran suficientes los tormentos a los que la vida cruelmente se ensaña en someternos, la tenía viendo a medias. 

El COVID no me dejó estar y hablar con mi madre en el último y doloroso tramo de su vida. Y ahora se ha llevado también a mi amigo. Este será un año y un tiempo, una época obscura, un hoyo negro que jamás podré olvidar.

La última vez que lo vi fue más o menos hace un año, precisamente, cuando comenzaba todo a detenerse. Estaba en la mesa de un café en José María Izazaga, revisando los libros que acababa de comprar. Si no recuerdo mal había conseguido una ganga en un puesto de libros viejos recién descubierto: era una traducción al inglés de Stuart Gilbert de La metamorfosis de los dioses de Malraux. Lo ojeaba con deleite lezamiano cuando don Enrique pasó por la acera vigoroso y apresurado, jovial como siempre, con sus pantalones de pana y su sueter tan característicos y ese rostro de don Quijote, o tal vez quizá mejor, por qué no, de Hernán Cortés de ojos verdes de Saltillo.

Al verme se detuvo y nos saludamos con el cariño de siempre. Le mostré mis compras orgulloso, que él apreciaba con la complicidad templada y serena del librero viejo y experimentado que era. Pero sobre todo los veía y me veía con la complicidad de un amigo que a media frase te comprende, porque sabe de dónde vienes y a dónde vas y porque sabe también por ello, en correspondencia, que siempre estará contigo. Por eso y para eso es un amigo, creo yo. O por lo menos eso fue siempre, para mí, mi amigo don Enrique Fuentes.       

Van a ser más o menos quince años desde que lo conocí, cuando entré por primera vez por esas puertas de cristal inolvidables de la Librería Madero originaria. Siempre era una hora más o menos lo que pasábamos hablando en el mostrador mientras iba eligiendo mis libros, hilvanando en el aire un comentario o alguna idea sobre política, Lucas Alamán, Vasconcelos, Revueltas o Andrés Manuel López Obrador.  

Hoy ya no está entre nosotros Enrique Fuentes, un caballero andante o un conquistador, lo mismo da, porque las dos cosas creo yo que fue para mí, para el centro histórico y para todos los afortunados que hemos tenido la dicha de contar con su amistad. Hay algo de él y de su vida que se quedan en la mía, sin perjuicio de lo cual no puedo dejar de sentirme, tristemente, un poco más solo desde que mi amigo, y mi madre, se me fueron para siempre.  

Publicación original de El Heraldo de México
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