Chestertoniana

Chestertoniana IV: una mujer cruza las piernas

En uno de los capítulos de la serie The New Pope (2020) del extraordinario cineasta italiano Paolo Sorrentino –y para mí de los mejores que ha habido en el último cuarto de siglo cuando menos–, sir John Brannox (John Malkovich) es visitado por una delegación vaticana para ser convencido de aceptar la encomienda papal en vista de que el papa Pío XIII (Jude Law) se encuentra en estado de coma, y de que su primer sucesor, el franciscano Francisco II, había caído muerto de un misterioso paro al corazón luego de haber escandalizado a la curia romana por la radicalidad de sus medidas de austeridad, castidad y pobreza.

En un momento de la conversación, una de las enviadas especiales le pregunta por la clave del éxito con el que logró convertir a tantos anglicanos al catolicismo. ‘Hablando de otras cosas’, le responde Brannox: ‘la gente espera que los sacerdotes hablemos de religión, pero yo sabía que la religión revelada debía de ser poética. Así que hablamos sobre golf, Hölderlin, Montale y el club Arsenal de futbol. Y sobre la forma en que las mujeres cruzan las piernas. Poesía. Y así descubrieron lo que significa ser católico: significa ser todo, porque todo pertenece a la gracia de Dios. Me podía escuchar al hablar, y me di cuenta de que estaba interpretando un papel. Los buenos actores saben que, en un punto determinado, es momento de bajarse del escenario.’ No termino aún la serie, pero es una obra magistral plagada de diálogos de este tipo, que tocan la médula espinal de la historia con brillo e inteligencia chestertoniana.

Chesterton. Aquí está el genio de Chesterton, me he dicho ya varias veces estando apenas en el capítulo dos. G.K. Chesterton. Llegué a él gracias a mi querido amigo Fernando Muñoz, que en no recuerdo qué ocasión o conversación de las muchas que tuvimos en mis días de estudio de Madrid me habló de él.

Se trata de un autor y una figura gigantesca, luminosa y alegre, sobre todo alegre. Era un hombre vivo Chesterton, que me recuerda la divisa de Spinoza según la cual la felicidad está en la potencia libre del entendimiento –mentis libertas seu beatitudo– mediante la cual la mentis (el alma, dicen las traducciones de la Ética) ajusta nuestras operaciones cotidianas al curso natural de las cosas.

No creo que haya persona que se acerque a su obra, la que sea, y desde la posición teórica o intelectual que sea, que no termine cautivado por su inteligencia, que es una suerte de inteligencia del sentido común animada por un latido de realismo tomista, y por tanto católico. Este es el realismo que, me parece a mí, está incrustado en el núcleo teórico de algo así como un realismo materialista de factura hispana, enfrentado al nominalismo anglosajón o al idealismo alemán y que, a su vez, resume siglos de historia, filosofía y pensamiento: el punto de partida, en el proceso del conocimiento, no es ya el pensamiento a priori o abstracto de Descartes, o el concepto de Hegel, es el levantamiento de los hechos de la realidad tal como ésta se nos ofrece material y objetivamente a la percepción y a la experiencia de nuestras operaciones corpóreas. Es la realidad efectiva y cotidiana –el golf, Hölderlin, Montale, el club Arsenal o la forma en que las mujeres cruzan las piernas o se recogen algún rizo que se les escapa deslizándose por las mejillas– la que determina la consciencia de los hombres y no al revés, podríamos decir parafraseando a Marx, que también era materialista pero de otro tipo.

La obra de Chesterton es de una amplitud oceánica, pero de una sencillez cristalina y modesta verdaderamente fascinante. Aclara conexiones entre las partes del mundo con una capacidad de abstracción sorprendente por compleja, pero lo hace con trazos de belleza poética y narrativa de una docilidad y fluidez igualmente sorprendentes. Alegres. Es como si sonriendo siempre, y con un tarro rebosante de deliciosa cerveza al lado, le explicara a un niño de diez años a partir de metáforas y analogías de alto voltaje el problema del entendimiento agente universal de Aristóteles según Santo Tomás en su enderezamiento contra la interpretación de Averroes. Gramsci detectó este genio supremo al decir algo así como que, en el análisis de los hábitos de literatura popular, lo fundamental era lograr que el pueblo, digámoslo así, leyera a Chesterton cuando se trataba de novela de folletín o policíaca.

Un cura modesto, el padre Brown, es su personaje central, y acaso haya sido también algo así como su alter ego. El formato de sus aventuras es ni más ni menos que el de las novelas policíacas, efectivamente. En vez de un detective a lo Sherlock Holmes, hete aquí al padre Brown deshilvanando misterios con una inteligencia tomista que rebasa a todos por igual. La metáfora es perfecta: la novela policial es una de las formas literarias en las que la sociedad moderna se nos manifiesta en los entresijos de su obscuridad, sordidez y misterios más inconfesables, ¿qué mejor que una figura que con tanta plasticidad representa la tradición moral, teológica y religiosa de siglos contra la cual se levantó, precisamente, el mundo moderno en todas sus ambiciones posibles, para iluminar con precisión de relojero sus errores, sus contradicciones y la desmesura de su osadía racionalista? ¿Y cómo resistirse a esto si Chesterton, además de acariciarte con las palabras, nos sonríe? Es imposible, sencillamente imposible.

El océano de su obra es muy difícil de glosar en la brevedad de los días. Pero no hay aspecto de la realidad y de la experiencia, en el plano que sea, respecto del que de inmediato no quiera yo saber lo que Chesterton afirmó en uno u otro sentido: la teología, Santo Tomás, San Francisco, el catolicismo, el socialismo, la cerveza, la política, las tabernas, la fe, el ateísmo, el feminismo, el divorcio, la novela policial, Dickens, el ensayo, la paradoja, la risa, la ironía, la tristeza, la ortodoxia, los herejes, la locura, la historia de Inglaterra, su vida misma, las razones por las que se hizo católico, la eternidad, el rizo de una niña, la perfección en el mundo, la belleza en el mundo, la fealdad en el mundo, el arte, el arte antiguo, el arte moderno, la contemplación, la inteligencia, la conversación, la aventura, el significado de un camino, la perspectiva.

La lista en realidad no tiene fin. De todo esto y más es posible encontrar en la obra de este hombre que vivió entre 1874 y 1936, y que ejerció la beatitud de la inteligencia como muy pocos lo pudieron hacer. Yo siempre espero de él, al abrir un libro suyo, la maravilla ante las cosas del mundo –como la forma en que una mujer, discretamente, cruza las piernas– gracias al modo en que él las ilumina. Al aumentar mi potencia de entendimiento, me acerca Chesterton a ese estado de ánimo complejo, eterno y simple al mismo tiempo, simbolizado por el acto de tener un libro entre las manos, que Aristóteles, entre otros, llamó felicidad.

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