Chestertoniana

Chestertoniana I: Conan Doyle y los detalles

Para mi madre Luisa Elena, que siempre se ocupó, sin que yo me diera cuenta,  de los pequeños detalles de mi vida.

La gente necesita historias, dice Chesterton en su texto ‘Sobre la mente ausente’ (Cómo escribir relatos policíacos, Acantilado, 2011): historias de detectives, farsas y melodramas, y también canciones cómicas. La gente necesita de todo esto, y cuando un artista serio nos lo provee con honradez e inspiración, podemos estar agradecidos. Y saber agradecer es algo necesario para llevar una vida noble.

Nada en la vida cambia si alguien nos cuenta una historia vulgar o cómica, o convencional o incluso torpe. Y de torpezas y comicidades está llena la historia y el mundo por igual. Malraux así lo pensaba, y por eso en sus novelas está ausente por completo la estupidez. Nada cambia en la vida entonces si te cuentan una historia vulgar o cómica, pero si lo hacen de la forma en que –por ejemplo– Sterne nos acaricia con las palabras para contarnos las peripecias un poco sin sentido y un mucho de estrafalarias de Tristam Shandy, podemos estar seguros de que tenemos de frente lo que algunos han dado en llamar sustantividad poética, es decir, aquello por virtud de lo cual una obra de arte lo es pero porque no es otra cosa.

Para mí, por cierto, La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy (1759) es tal vez la obra suprema, o por lo menos una de las obras supremas –la inspiración de Sterne es obviamente el Quijote– que nos permite comprobar a las claras lo que es una obra narrativa en estado puro, si se puede decir así: no puedes soltar el libro pero, más que por la historia, o la trama, por la forma en la que Sterne dice lo que te dice. Y entonces sabes que el arte, o esta forma de arte concreta, es necesario, o por lo menos ha comenzado a serlo para ti al transformarse en una suerte de elegancia de la inteligencia, de tu inteligencia, que es el órganon –para decirlo un poco aristotélicamente– mediante el que te apropias racionalmente del mundo para hacerlo tuyo.

Chesterton está hablando aquí de Conan Doyle, que para él ‘triunfó merecidamente porque se tomó en serio su arte y añadió cientos de pequeñas pinceladas de conocimiento real y de auténtico pintoresquismo a la novela de detectives’. Esto de las pinceladas me recuerda la divisa fundamental de Nabokov al hablar de la escritura: el detalle, hay que acariciar el detalle. He de decir, ya puestos en esto y ahora que lo pienso, que el corto circuito que a mí me produce la tiranía políticamente correcta del lenguaje inclusivo (las, los, les) se debe creo yo a que, por su través, se destruyen los textos en el nivel milimétrico del detalle, precisamente. Pero es que los detalles…

En todo caso, Chesterton nos dice que Conan Doyle escribió una obra muy buena en forma popular, y que precisamente era buena pero porque era popular: gracias a su seriedad artística, elevó una de las formas populares del arte, al menos una, al lugar que debía ocupar.

La gente necesita historias, y hasta entonces, continúa Chesterton hablando del entonces en que apareció Sherlock Holmes, ‘se había contentado con las malas con razón, porque una historia es en sí misma algo maravilloso y excelente, y más vale una mala que ninguna, igual que media barra de pan es mejor que ninguna’. La necesidad del arte aparece en tu vida cuando, una vez habiendo tomado contacto con él –con el arte verdadero, honrado y noble–, no te contentas ya solamente, ésta es la cuestión, con las medias barras de pan.

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