La brevedad de los días

La brevedad de los días XVI ~ MVM

Lunes 3 de febrero, 2020. Manuel Vázquez Montalbán. Ya he dicho en otras ocasiones que mis pasos por España, y principalmente mis pasos por Madrid, trazaron en mi vida una trinchera que demarca, y no exagero, el antes y el después. Fueron literalmente mis años fundamentales de formación, proceso en el que el Ateneo de Madrid cumplió la función de elevar aquélla experiencia individual y modesta en una experiencia histórica, troqueladora de todo lo que soy hoy en día en cuanto a mi forma de estar en el mundo. Ya he dicho también, aquí mismo, que me consideraré un ateneísta de Madrid toda mi vida. Suelo decir también que ese fue el lugar en donde me hice viejo, circunstancia que acaso haya sido captada por una amiga mía que, hace muchos años, me llegó a describir como un joven antiguo. Pues algo así más o menos pienso yo. Qué entrañables me resultan ahora esos años, esas horas que pasaba en el Ateneo entre la biblioteca, la Cacharrería –donde está el busto de Alfonso Reyes– y aquélla cafetería formidable.

La constelación de mis referencias intelectuales (literarias y filosóficas, principalmente) cumplió también una función esencial. Eran, fueron autores que iba leyendo en aquéllos años con pasión, y que iban confiriéndole sentido atributivo a esa época madrileña que, por más que se aleje de mí conforme pasan los años, no podré jamás nunca olvidar.

Entre muchas de las cosas que fui leyendo sin control y sin parar –en Madrid fue que me leí, por ejemplo, la impresionante vida de Lukács– destacan tres autores ciertamente fundamentales. Gustavo Bueno primero que todo –a él le debo el perfilado final y definitivo de mi sistema de coordenadas filosóficas–, Jorge Semprún –del que luego quiero hablar nomás pueda– y Manuel Vázquez Montalbán.

Ya sé que entre Bueno y Semprún y MVM hay una distancia tal vez oceánica, histórica, en el sentido de que Bueno está y estuvo por encima de su tiempo, y que alcanzó un registro intelectual solamente parangonable con Hegel o Santo Tomás. Semprún, no obstante, fue de los que tocaron el volante de la historia, y su vida forjada por la aventura adquirió un relieve verdaderamente considerable, apasionado y apasionante.

Tal vez sea Vázquez Montalbán el que más modesto estatuto pueda tener si lo comparamos con los dos anteriores, pero tengo que decir que fue para mí alguien verdaderamente central en el colado de mi perspectiva literaria, política, histórica. O por lo menos lo fue en una fase inicial. Su serie de Pepe Carvalho fue mi también modesta iniciación en la novela negra o policial, y recuerdo que me leí uno a uno, y uno tras otro, la serie completa.

De hecho puedo afirmar sin problema alguno que su muerte me dolió muchísimo, y que de algún modo fue la señal de cierre del ciclo español de mi viaje formativo, pues por aquéllos días de octubre de un ya lejano 2003 estaba preparando maletas y cajas de libros para mi regreso a México previo paso por Buenos Aires y Santa Cruz Bolivia. Voy a decirlo con un tono un poco cursi, pero con esa ironía muy vazquezmontalbaniana que aquí se ajusta a la perfección: él, Manolo Vázquez Montalbán, codificó la crónica sentimental de mis años españoles.

Tiempo después encontré a otro autor que disfruté y disfruto muchísimo, todavía, cuando lo leo en el formato de columnista de periódico con el que creo que puede más o menos medirse por cuanto a estilo, escala y ritmo de escritura: Francisco Umbral. Creo que entre ambos puede encontrarse un cierto pathos común.

Estoy revisando los recortes que conservo de El País y El Mundo cuando su muerte, y vuelve a mí una mezcla de nostalgia por aquéllos años postreros que ciertamente no volverán, y la evocación de la melancolía producida por la partida en Bangkok de MVM, que quise interpretar como la señal de partida para mí de Madrid a Ciudad de México.

‘Escritor, comunista y sibarita’, ‘Recordando a un purasangre’, ‘Nunca encontraron a Carvalho’, ‘La huida hacia el sur’, ‘El escriba atrapado’, ‘Ciao, Manolo’ o ‘Esta canción, Manolo, es para ti’ son algunos de los textos escritos al calor de la pena por su partida con el corazón roto a causa de un infarto.

El texto de Francisco Umbral, precisamente, se titula ‘Manuel y los 60’, y lo caracteriza como el nuncio y el anuncio de la generación de los 60, “un adelantado con sus filósofos franceses, su teoría comunicacional, su marxismo de buenas maneras y su crónica múltiple de la postguerra”. Se movía con absoluta naturalidad del best seller político a la novela policíaca, continúa Paco Umbral, y habiéndose leído entera la serie negra americana, se acercó más a Simenon y Maigret que a otra cosa con su serie de novelas de Carvalho. “El escritor catalán es ante todo la facilidad, y esta facilidad le permite reinar cada día o cada año en un género distinto, lo cual no supone frivolidad sino afán de escapar a la monotonía de una urna intelectual consagratoria, quedando en libertad de hacer lo que le da la gana en el ensayismo y en la gastronomía”.

Eso es: la facilidad sintáctica. Creo que esto es lo que me pareció cautivador en MVM, cuya obra leía con fluidez de best seller sin sentirme culpable y sin rubor alguno. Recuerdo que sus Escritos subnormales me sacaban las carcajadas todo el tiempo, y que su O César o nada me cautivó por su mordacidad maquiavélica y el sentido gramsciano con el que conectó la pasión política con el poder. Conexión que llevó a la perfección periodística e histórica en Y Dios entró en La Habana, que es su crónica sobre la Cuba de Fidel Castro cuando la visita de Juan Pablo II, realizada con una mezcla de pasión intelectual, rigor periodístico y una toma de partido un tanto escéptica pero siempre apasionada, que se destila en cada página.

“La última vez que lo vi –continúa para terminar Paco Umbral– me dijo que andaba recosido con no sé cuántos bypass. Pero hablaba poco de sí mismo. Perdida el aura y la virginidad de los 60, la juventud, hoy madurez, y la juventud joven han seguido leyéndole en sus novelas grandes y pequeñas, en sus artículos y en sus textos políticos. Lo que para el lector es facilidad literaria para el autor es la posibilidad de saltar de uno en otro por todos los huertos, tan angostos en España, de la libertad de expresión que MVM se inventaba para sí mismo donde no la había ni la hubo ni la hay. Luego resta la perplejidad y el dolor que me callo”.

Sí señor, tal como lo digo: Manuel Vázquez Montalbán codificó cotidianamente, en esos años tan importantes en mi vida, mi crónica sentimental de España.

pepe carvalho

Viñeta de Idigoras y Pachi para El Mundo del domingo 19 de octubre de 2003, ante la muerte de MVM y la partida para siempre de Pepe Carvalho.

A %d blogueros les gusta esto: