La brevedad de los días

La brevedad de los días VIII

Domingo 15 de septiembre, 2019. George Lukács. Fue también en Madrid. Estaba redactando una tesina para acreditar mi grado de doctorante en Historia de América Latina. El trabajo gravitaba alrededor de los problemas de la filosofía de la historia americana. Vivía en un cuarto pequeño, en la calle de Comandante Fortea, por metro Príncipe Pío, muy cerca del Manzanares del que hablara y escribiera Ortega.

A George Lukács lo había descubierto en Inglaterra, en la Universidad de Warwick, donde estudié Economía Política Internacional. Me había suscrito a la revista New Left Review, y, como parte de su promoción, me obsequiaron un libro de Marshall Berman, Adventures in marxism, con textos varios entre los cuales figuraba uno sobre Lukács. Ahí leí por vez primera su nombre. Me cautivó la interpretación de Berman, aunque confieso que en estos momentos no recuerdo ya los detalles del ensayo. Tomé nota en todo caso.

Pero fue hasta Madrid cuando me puse a leerlo a consciencia. Y desde entonces se convirtió en una referencia fundamental. Historia y consciencia de clase, El alma y las formas, Teoría de la novela, Significación actual del realismo crítico, La novela histórica, Goethe y su época, entre tantas otras, fueron lecturas de rango canónico para mí. No hay nada que haya escrito Lukács que no me interese. Fue una de las mentes más poderosas que produjo Europa en el siglo XX.

Acaso sea La novela histórica la obra que quizás me haya sacudido más, por esa capacidad verdaderamente titánica con la que Lukács incrusta la historia del drama occidental dentro del despliegue dramático de la historia como tal, es decir, dentro del despliegue apasionado de la historia de la política. Leer una gran novela como puede serlo una de Thomas Mann, o de Broch o de Balzac o Dostoyevski, con los ojos de Lukács, supone una experiencia política, filosófica e histórica de primer orden: nada de bagatelas preciosistas o de reposada degustación estética: en la gran obra literaria están trabajando las estructuras fundamentales de toda una época, y Lukács ofrece las herramientas para saberlo, al margen de que algunas de sus premisas, o de sus conclusiones, sean erróneas o no (como errónea o más bien torpe fue su proclama temerosa por saber ‘quién ha de salvarnos de la civilización occidental’ –Prefacio a Teoría de la novela–, que hoy podría convertirse en la proclama de musulmanes, indigenistas anti-eurocéntricos o de la legión de pánfilos progresistas multiculturales, relativistas y posmodernos, es decir, del partido Podemos español, para poner un tétrico ejemplo y de verdadera pesadilla, que podrían tomarla sacada del contexto concreto en que fue planteada, que fue el de la condensación histórica del belicismo alemán llamado a desembocar en la configuración del nacional socialismo de Hitler), porque lo fundamental es la forma en que ilumina parcelas ontológicas que de otra forma no hubieras sido capaz de advertir.

La lectura de buena parte de su obra la hacía en el Ateneo de Madrid o en la biblioteca de la Facultad de Filosofía de la Complutense, o en la de Historia. Muchas de mis ediciones son las clásicas de Grijalbo, y otras tantas las que editó ERA en México. Por mucho tiempo viví obsesionado por conseguir una edición original de su Estética, que sólo he podido adquirir resignadamente en fotocopias.

Hay un trabajo muy interesante y encomiable de la editorial Herramienta de Argentina, que ha realizado un esfuerzo formidable por recuperar y editar la obra de, y trabajos sobre, Lukács. Algunos de mis libros son de esa editorial. Debo confesar –eso sí– que hay un corto circuito que me produce el hecho de que Herramienta –que en su página web se presentan como Revista de debate y crítica marxista– se sitúe en una serie de debates con el neozapatismo y el indigenismo –expresión canónica, una y otra, de la derecha posmoderna y neo-surrealista– que me parecen una verdadera calamidad por decir lo menos –nunca he podido descifrar para quién están trabajando en realidad esos sujetos y sus ideólogos, aunque lo que siempre se me viene a la mente es una referencia concreta, como hipótesis lejana quizá; es un nombre cargado de simbolismo: Gladio–.

De todas aquéllas lecturas, en todo caso, recuerdo la de su biografía, escrita por Arpad Kadarkay (Edicions Alfons el Magnánim, 1994), George Lukács. Vida, pensamiento y política. Vaya manera de sacudirme las entrañas. Me encontraba en la fase de preparación de la tesina en cuestión, como tengo dicho, absorbido por entero en esa dinámica tan estresante. Dedicaba diez o doce horas a la lectura y a la redacción. Como pausa entre mis bloques de trabajo, recuerdo que me leía la vida de Lukács, al grado de que a veces se me iba todo el día leyéndola.

La impresión con la que me quedé durante y al final de la lectura fue la de la insignificancia. La estatura de este hombre que Kadarkay ofrece en su libro me hundía en el asombro, y me ponía a calcular la edad de Lukács en cada una de las fases de su aventura vital, comparando la miseria de lo que yo, por mi parte, había hecho en correspondencia en cada una de esas fases.

El propio Lukács advirtió en su bosquejo autobiográfico, Pensamiento vivido, que lo fundamental para él, en el momento de reconstruir su vida, era clarificar las coordenadas en virtud de las cuáles fue él configurándose objetivamente como el perfil representativo de un concreto tipo social: el de un marxista de su tiempo. Y ser un marxista en su tiempo fue quizás aquello por lo cual dice Kadarkay, en el prefacio a la edición española de su magnífico libro, que ‘Lukács dijo una vez que Don Quijote encarna la paradoja del universo cristiano, cuya vida terrenal, esclavizada por el error y el pecado, está delimitada por el más allá eterno. Por una extraña ironía del destino, la extraordinaria vida de Lukács, entretejida de exilios, humillaciones y sufrimientos, simboliza la tragedia de nuestro siglo.’

Carlos Marx murió en 1883. En ese año nacieron Keynes y Schumpeter. Un año antes nació Vasconcelos. Dos años después, en 1885, nació Lukács. Ya he dicho en otros lados que esa fue la época que vio nacer a figuras gigantescas, como Lukács precisamente, a la sombra de cuya vida uno que otro –cual es mi caso, entre otras cosas por Arpad Kadarkay– seguimos atormentándonos voluntariamente: ¿qué hice yo a la edad que él tenía cuando hizo lo que hizo?

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