La brevedad de los días

La brevedad de los días XIII

Noviembre 19, martes. Rufino Tamayo. Tamayo es algo así, para la pintura mexicana, lo que Agustín Yáñez es para la novela de la Revolución mexicana: un corte inaugural de una nueva etapa. Quiso modificar el molde con el que nuestra pintura se situaba en la tradición pictórica occidental, rompiendo el bastidor que sometía sus configuraciones a los contenidos de naturaleza ideológica, principalmente los del nacionalismo revolucionario. Si utilizáramos el esquema de la teoría del espacio antropológico de Gustavo Bueno, podríamos decir que la del muralismo nacionalista revolucionario fue una escuela de orientación circularista, en el sentido de que todo lo plasmado estaba dado en el eje circular del espacio antropológico, que es aquél en el que se despliegan las relaciones institucionales entre los hombres: la revolución, la lucha de clases o la conquista son fenómenos que se dibujan en ese eje. Tamayo, por el contrario, demarcando el corte en cuestión, volvió sus ojos a los contenidos de tipo basal, que es el eje en donde están dados los contenidos naturales, no humanos, del espacio antropológico: un paisaje, los animales o un monte son contenidos que se dibujan en ese eje.

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Nace en Oaxaca en el borde del siglo XIX, en 1899. Sus padres eran zapotecas. Junto con la tríada fundamental del muralismo mexicano (Orozco, Siqueiros y Rivera), nacidos todos ellos diez años antes como máximo –Siqueiros lo hizo solamente con una antelación de tres, en 1896-, Rufino Tamayo fue el artista mexicano que más destacó mundialmente en el siglo XX.

Su propuesta plástica marca un corte, como venimos de decir, y traza una trayectoria distinta al destacarse tanto técnica como temáticamente de las coordenadas de la Escuela nacionalista. La de Tamayo es otra escala, otra tonalidad estética, es otra sustancia poética (recogida en el eje basal en cuestión) la que se configura en sus lienzos, lo que no significa, ni mucho menos, que su obra no tenga una impronta de definitiva e inequívoca factura mexicana. Sus temas son quizá más abstractos, o por lo menos más abstractos si se miran al lado de un mural de Rivera o de Orozco, pero el material estético del que se sirve es el de la tierra mexicana, a lo Manuel Álvarez Bravo, recogiendo en sus lienzos en caballete las tonalidades y texturas un tanto llanas o arenosas, pero saturadas de fuerza y exquisito matiz.

Expuso muy tempranamente, en 1926. Lo hizo luego en Nueva York, catapultando su trayectoria en una órbita internacional de la que ya no salió nunca. Al mediar el siglo, el de Tamayo era un nombre que figuraba ya como de los más importantes del arte contemporáneo mundial. Y lo era.

Fue funcionario público –en la Escuela Nacional de Bellas Artes, en el Departamento de Artes Plástica de la SEP-, al igual que muchos otros artistas mexicanos que, con su obra, contribuyeron –aunque sea polémicamente como fue su caso- a la organización estética y cultural de la ideología del nacionalismo revolucionario.

Durante la década de los cincuenta vivió en París. Pero murió en la ciudad de México, en junio de 1991. Puso en alto el nombre de México, ofreciendo de su arte nacional una de sus manifestaciones más ricas, acabadas y maduras, a caballo entre un Rivera y un Cuevas o un Toledo, el otro oaxaqueño universal.

El Museo Tamayo Arte Contemporáneo

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Inaugurado en 1981 y concebido más o menos diez años antes, en 1972. Su construcción inicia en 1979. Era presidente de la república José López Portillo. Rufino Tamayo había comenzado a coleccionar piezas de arte contemporáneo internacional de manera consistente a partir de la sexta década del siglo XX. El acopio logrado estaba llamado a ser de los más importantes en el mundo hispanoamericano.

Y puede ser muy posible que en las coordenadas con las que proyectaba su vida este artista oaxaqueño, estuviera siempre presente la confección de un museo o galería donde encontraran adecuado albergue los resultados de su predilección. Porque Tamayo quiso desde siempre que, de ser posible que existiera, el museo en cuestión fuera construido ni más ni menos que en el Bosque de Chapultepec. Y lo logró.

Tras el procedente trámite gubernamental, convocó don Rufino a los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky para la confección general de la obra que terminó siendo el Museo Tamayo Arte Contemporáneo, inaugurado el 29 de mayo de 1981. El recinto, de 2 800 metros cuadrados de terreno y 4 mil 854 de construcción, fue galardonado al año siguiente con el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en el rubro de Bellas Artes.

En sus inicios, el MTAC fue respaldado económicamente por Grupo Alfa y la Fundación Cultural Televisa. Cinco años más tarde pasó a formar parte del patrimonio nacional, bajo la administración y gestión general del Instituto Nacional de Bellas Artes. La transferencia se rubricó con una re-inauguración que para los efectos tuvo lugar el 9 de septiembre de 1986, siendo ya presidente Miguel de la Madrid. Entre 2011 y 2012, el museo estuvo cerrado para poder realizar una obra de ampliación, coordinada por uno de los arquitectos fundadores: González de León. En agosto de ese año reabrió sus puertas.

En poco más de tres décadas de vida, el MTAC se sitúa de manera indiscutible como uno de los recintos de convocatoria y difusión de arte contemporáneo más importantes de México, sumando su acervo y trayectoria a los del Museo de Arte Moderno, el Museo Soumaya y el Museo Jumex, dispuestos todos como vértices del polígono de arte contemporáneo de mayor densidad específica del país -si se puede decir así-, estando los cuatro ubicados en la alcaldía Miguel Hidalgo, al noroeste de la Ciudad de México.

En 1989, se instituye la Fundación Olga y Rufino Tamayo, con el objetivo de apoyar la infraestructura museística y el desarrollo de los proyectos de investigación y programación del MTAC, haciéndolo también con el ánimo de fungir como arquitrabe que dé solidez y fortaleza al patrimonio cultural en México, apuntalando para ello las tareas de investigación, adquisición, presentación y difusión del arte contemporáneo, de la colección propia y de la obra de su fundador.

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