La brevedad de los días

La brevedad de los días XII

Martes 12 de noviembre, 2019. Si mi biblioteca ardiera esta noche. Así se titula la colección de ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas de Aldous Huxley, además de resumir literalmente la situación en la que me encuentro.

Ocurre que por razones domésticas de economía de espacio, estoy obligado perentoriamente a reducir en razón del cincuenta por ciento más o menos el tamaño de mi biblioteca, que ocupa la totalidad de mi de por sí pequeña casa. Tengo calculado al día de hoy (ya he realizado un par de podas con anterioridad, habiéndome desecho de unos tres mil volúmenes en promedio, si no es que un poco más) un aproximado de 10 mil ejemplares más o menos, que tendrán que verse reducidos a la mitad según tengo dicho. Parte de ella la podré poner en un lugar seguro, a resguardo y en espera de tiempos mejores, es decir, tiempos más propicios por cuanto a la capacidad que pueda yo llegar a tener -y más me vale lograrlo- para volverlos a ver acomodados en un librero (entiéndase en una casa más grande) en condiciones. Estamos hablando de que esto puede requerir varios años: por eso el dramatismo de sentir que mi biblioteca arde.

El texto de Huxley es de 1947. Entonces se declaraba como alguien libre del vicio del coleccionista (no estoy seguro de que alguien con una biblioteca mínimamente voluminosa, digamos que pase de los quinientos títulos en adelante, no tenga ya el virus del coleccionismo), además de que prácticamente la totalidad de sus libros eran fácilmente reemplazables o reencontrables. Nada de primeras ediciones ni de antigüedades del pretérito.

Puesto entonces a enlistar lo que tendría que volver a adquirir, enumera los géneros de clasificación: poesía, novela, ensayo, biografía y epistolario. En ese orden.

Antes que Homero y Dante, estarían Shakespeare y Chaucer: de hecho dice que Homero estaría pero porque es de la familia de Chaucer, ‘pero en una escala mayor’. También estarían Milton, Mallarmé y Woodsworth, este último por ser una de las fuerzas de la naturaleza. De Proust y Joyce dice que sí los incluiría, a pesar de tenerlos catalogados como hombres de gran talento pero afectados (disminuidos es la palabra que usa) por un narcisismo extraordinario, ‘que llevó al francés a una preocupación onanista, interminable, con su pasado y con sus sensibilidades presentes, y al irlandés hacia pasajes ciegos de encanto mágico y a un lenguaje privado’.

Luego vienen, desde luego, Balzac, Dostoievski, Dickens, Stendhal, Goethe y Benjamin Constant, además de Fielding, Voltaire, Swift y Samuel Johnson. No le habría dolido perderse para siempre a Walter Scott y a Thackeray, pero no así a Trollope. También estarían Wells, Conrad y D.H Lawrence.

Por cuanto al ensayo serían Montaigne y Pascal los primeros: ‘con sólo los Ensayos y los Pensamientos, un lector inteligente podría adquirir una educación completa en el arte de ser una criatura cabal’.

Ahora bien: el ensayito de Huxley no me parece ni admirable ni contundente. Su lista es completamente regular o convencional. La clave está en el título. Que es a donde quiero llegar. ¿Qué voy a hacer entonces con mi biblioteca?

De toda la parte que debo poner en cajas, intentaré dejar “activas” las obras de Cicerón de la Scriptorvm de la UNAM, mi colección completa, obsesiva y apasionada de Antonio Gramsci, la Comedia Humana, completa, también, de Balzac, y las fantásticas memorias de Winston Churchill en más de diez o doce tomos, así como toda la obra de Etienne Gilson que he podido conseguir. También está una selección más o menos exhaustiva de obras de, y sobre, Aristóteles, Espinosa y Hegel, además de todo lo que tengo de Marlaux y Jaime Torres Bodet. Tengo también una buena selección de libros de Jesús Silva Herzog, y otro tanto de Hannah Arendt, que acaso vaya a no querer poner en cuarentena, y algunas otras cosas de literatura y ensayo español que tengo por ahí.

El resto de mi biblioteca, lo que se quedará activo, está organizado más o menos así: filosofía, historia universal, historia de México, teoría política, economía política, novela, ensayo literario, ensayo hispanoamericano, historia americana del siglo XIX, historia del arte, marxismo, Lukács, Mao, Lenin y Carl Schmitt, y luego todo Dostoievski, todo Tolstoi, todo Goethe, todo Pérez Galdós, todo Vasconcelos, todo Torrente Ballester y todo Max Aub, y todo José Revueltas y todo Gustavo Bueno, y todo Jünger y Herman Broch y tantísimos otros que se me van aunque los esté viendo -me faltan las biografías y las memorias- pero en los que no podría ya detenerme porque haría interminable la lista, además de una buena selección, creo yo, de los Breviarios del Fondo de Cultura Económica, con todas las historias de la literatura por país.

Es obvio que para encontrarle orden y coherencia a esto se requiere de un buen especialista. Que sea para la futura nueva biblioteca, que espero poder tener ante mis ojos en un día no demasiado lejano.

El mejor epígrafe de todo esto; lo que yo creo que es la cifra perfecta del bibliómano o coleccionista, o simple amante de los libros, es el utilizado por Eric Auerbach en su magistral Mímesis. Es una cita de Andrew Marvell, que encierra las claves del drama en el que se convierte la vida de quien, no sabiendo vivir de otra manera, termina rodeado de libros como yo: Had we but world enough and time.

Si mi biblioteca ardiera esta noche, esto es lo que se iría.

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