La brevedad de los días

La brevedad de los días XI

Sábado 2 de noviembre, 2019. Hermann Broch. El juicio aquí sigue siendo el mismo y categórico: la novela que más me ha impactado en mi vida; digamos que la que resume lo que para mí podría ser algo así como el hecho literario por excelencia en tanto que experiencia estético-intelectual, sigue siendo La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Ninguna otra ha desbancado a esta obra magistral y contundente, que representa, como digo, lo que conceptúo como gran literatura. Es la forma perfecta de la elegancia intelectual, para seguir con esa caracterización tan acertada de Roberto Bolaño al hablar de lo que para él era la poesía, y una vida consagrada a las letras como la suya.

Broch es entonces, por ponerlo de otra manera, el antes y el después. O quizá mejor: es el pico más alto de una cordillera personal. La Sierra Madre de mi educación literaria. Hubo un primer destello, en mi juventud, en la preparatoria, cuando desdeñaba petulante la clase de literatura, hasta que leí Dos crímenes de Ibargüengoitia, activando un estímulo, el estímulo que, más que de la ficción, era el estímulo estético de la narración, de la sintaxis, de la orquestación verbal que se te ofrece como forma (una forma entendida como trabazón de partes materiales) a la percepción y a la experiencia,  auto sostenida en la inmanencia de su sustantividad poética.

Ese fue el primer destello. El siguiente fue, muchos años después, en el Ateneo de Madrid, cuando puse mis ojos sobre Los días terrenales de José Revueltas. Ahí estaba otra vez: la forma narrativa apretada y potente, llena de belleza sintáctica que te amarra al libro. La experiencia literaria manifestada como la dialéctica del autor siendo descubierto por el lector para ya no soltarlo más porque lo has hecho tuyo.

El momento cumbre vino a ser entonces, ya digo, cuando hace más o menos diez años, si mal no recuerdo, leí esta obra suprema de Broch. Y ahí lo volvía a tener frente a mí, como una apoteosis de poesía formidable: Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial, mientras ésta se dirigía hacia el puerto de Brindis, dejando a la izquierda las chatas colinas de la costa de Calabria que se acercaban poco a poco. En ese momento, en ese paraje, la soledad del mar llena de sol y sin embargo tan cargada de mortales presagios, se transformaba en la pacífica alegría de una actividad humana, y el oleaje, dulcemente iluminado por la cercana presencia y morada del hombre, se poblaba de naves diversas que también buscaban el puerto o que salían de él; las barcas de pardo velamen de los pescadores abandonaban ya en todas partes los pequeños muelles protectores de los infinitos villorios y colonias a lo largo de la playa blanqueada por el agua, para lanzarse a la pesca vespertina, y el mar se había alisado como un espejo; la concha celeste se había abierto sobre ese espejo como una comba nacarada; atardecía y se sentía el olor de la leña quemada en los hogares, cada vez que una ráfaga recogía y traía de allí los ruidos de la vida, un martilleo o un grito. 

Es la belleza perfecta.

Después vinieron todos los demás, desde luego: André Malraux, todo André Malraux; todo José Revueltas; Torrente Ballester; Max Aub; Joyce y Musil (aunque ni el Ulises ni El hombre sin atributos, leídos ambos de principio a fin, me parecen superiores a La muerte de Virgilio);  Leopoldo Marechal (leer Adan Buenosayres ha sido algo muy cercano a leer a Broch); Lezama Lima (Paradiso es algo supremo y poderoso también); Lowry (Bajo el volcán es de las que ya no te recuperas nunca), Melville, Thomas Mann y un largo etcétera al que es imposible dar cabida aquí  sin que quede alguno fuera: porque faltaría Foster Wallace, Pynchon, Wacquez, Filloy, Jünger, Balzac, El Quijote, Sterne, Malaparte, Lispector, Thomas Wolfe (Del tiempo y el río fue el acontecimiento intelectual de mi estancia en Tabasco, junto con Las voces del silencio de Malraux y la Filosofía de la historia universal de Hegel), Saint-Exupéry, T.E. Lawrence, etc. etc. etc, en efecto. Marcel Proust, creo yo, se cuece aparte, y puede que configure un nuevo pico, pero terminar su obra me llevará varios años.

El hecho es, en todo caso, que en mi lectura de La muerte de Virgilio quedó perfilado un criterio, que acaso podamos decir que es mi criterio en cuanto a lo que atañe a la experiencia literaria como experiencia estético-intelectual, que llamaremos la experiencia brochiana.

Pero es sobre todo la que se desprende de la lectura de ese libro en particular, porque luego leí El maleficio, por ejemplo, y me dejó prácticamente indiferente; además de que me falta su trilogía de Los sonámbulos y Los inocentes. Tengo también sobre mi mesa sus ensayos reunidos en Poesía e investigación (Barral editores, 1974), su Autobiografía psíquica (Losada, 2003), leídos ya (sus ensayos son formidables y de un rango de alcance epocal), y su biografía, escrita por Paul M. Lützeler para Edicions Alfonso el Magnanim (Valencia, 1989), que aún no comienzo a trabajar.

Nada se compara hasta hoy –aunque hay muchos ya que están a ese nivel: y sin ir más lejos pongo ya aquí, de una vez, a Marechal y Lezama Lima en las obras citadas, además quizás del Moby Dick de Melville– a aquélla experiencia sacudidora, elegante y severa, que me ha marcado para siempre y que forma parte de un inventario intelectual en función del cual la vida, a veces, se te puede manifestar también como una suerte de aventura formidable y única –pues es tuya y solo tuya– de la historia.

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