La brevedad de los días

La brevedad de los días X

Jueves, 17 de octubre. 2019. Harold Bloom. Ha muerto Harold Bloom, el pasado 14 de octubre, con 89 años de edad. Era profesor de literatura y crítica literaria, fundamentalmente en la Universidad de Yale, y supongo que en muchas otras más. Yo lo veo, porque así lo vi siempre, como una suerte de cruzado del racionalismo, en este caso el literario en particular, pero también, podríamos decir, me parece a mí, del racionalismo occidental en un sentido más general si se quiere, o por lo menos en la generalidad que se puede percibir en el ámbito de las humanidades. Un racionalismo, el occidental, que juzgaba en una fase de declive y decadencia, particularmente en su circunscripción académico-institucional, es decir, en el sistema universitario norteamericano. Su muerte puede ser entonces registrada como la muerte del último, o por lo menos uno de los últimos cruzados del sentido común, como una suerte de Chesterton versión judía y muy siglo XXI. Aquí radica la gravedad de su pérdida.

He tomado al azar los libros suyos que tengo a la mano en mi biblioteca, y he recogido El canon occidental (Anagrama), El futuro de la imaginación (Anagrama), Cómo leer y por qué (Anagrama), Anatomía de la influencia. La literatura como forma de vida (Taurus), Genios (Anagrama), Shakespeare. La invención de lo humano (Norma), Novelas y novelistas. El canon de la novela (Páginas de espuma) y The ringers in the tower. Studies in Romantic Tradition (The University of Chicago Press).

Recuerdo perfecto que tengo en mi biblioteca de León ¿Dónde se encuentra la sabiduría? (Taurus), un libro bellísimo porque, si no recuerdo mal, fue escrito luego de haber tenido un problema serio de salud bastante grave, al parecer, que lo tuvo al borde de la muerte, y que lo llevó a compendiar -supongamos que para casos así, de vidas en fase terminal-  un cuadro de los autores que para él representaban las cimas de la literatura sapiencial. Recuerdo que dijo ahí que era para él muy difícil imaginar que alguien que haya tenido una cierta formación literaria o intelectual, recitara en su lecho de muerte el teorema de Pitágoras o alguna fórmula de Maxwell o de Newton para encontrar alivio en estado tan patético, y que era más bien el recuerdo del eco de un poema o de una frase bíblica lo que era más seguro que ese alguien pudiera acaso recitarse mentalmente. Me parece recordar que para él, en esos momentos tan dramáticos, la evocación había sido de unos versos de  Hart Crane.

En todo caso, es muy fácil deducir cuál fue la batalla que Harold Bloom acometió durante buena parte de su vida como crítico y docente de literatura, a partir de una revisión somera de su obra publicada, cual es el caso de la que tengo sobre mi escritorio. O también en función de las entrevistas que se le publicaron en los últimos diez o quince años. Recuerdo que en alguna temporada dediqué mucho tiempo a la revisión de sus libros y de su pensamiento, así como también recuerdo haber visto una conferencia suya, ya tardía, sobre Shakespeare, en donde me sorprendió verlo leyendo, enterito, un texto largo, sin voltear a ver al público, con un tono y una pasión envidiables y con un final apoteósico, a la vieja usanza de las grandes conferencias y los grandes conferencistas y los grandes profesores judíos, llenos de erudición intensa y desbordada, como dice Camille Paglia, o como me dijo también, hace mucho, mi querido amigo Fernando Muñoz.

La batalla de Bloom fue, simple y sencillamente, y fundamental y dramáticamente, la de defender, más que un canon literario, la idea misma de canon y, para más inri, la de canon occidental, es decir, defender la idea de que hay algo que tiene un estatus o valor universal, o clásico, canónico, y que debe por tanto ser leído y conocido por todos o si o si. Su enemigo fue y es muy claro: el postmodernismo relativista como antesala del nihilismo crítico (de lo que hoy es la teoría crítica) y de lo que él llamó la Escuela del Resentimiento (resentimiento de clase, de género, de raza, de matriarcado contra patriarcado), que envuelto en el celofán de la teoría crítica de todo tipo (sociológico-marxista, psicoanalítico-freudiana o lacaniana, o feminista) e inspiración (sobre todo francesa: Foucault, Lacan, Derrida, aunque también alemana, sobre todo la Escuela de Frankfurt como codificadora del marxismo cultural), terminó por destruir la enseñanza de la literatura y de las humanidades en general en el sistema universitario de alto nivel norteamericano, al grado de llegar a afirmar que estudiar literatura o humanidades en cualquier universidad de Estados Unidos, por más prestigiada que fuera, no era otra cosa que un suicidio trágico y rotundo. Recuerdo también haber leído una entrevista en la que se lamentaba cómo su departamento de literatura, en la Universidad de Yale habrá sido, había sido transformado en un área lúdico-contestataria de Estudios Culturales, en donde ya no se podía hablar libremente de Tolstoi o Dickens, o Balzac o Fitzgerald sin que te escupiera alguien al instante una deconstrucción crítica desde la perspectiva de género, de clase o de raza, proponiendo como alternativa el análisis situacionista de la letra de algún cantante de hip-hop marginado por el sistema, el patriarcado o el eurocentrismo falo-céntrico judeo-cristiano y occidental como instrumentos orquestados por El Capital.

Para él se trataba ya, según creo recordar también, de una guerra de guerrillas sin tregua, como una suerte de versión contemporánea de la disputa entre nominalistas y universalistas y realistas de los medievales: contra la tiranía de lo políticamente correcto (“tú no puedes decir eso”), la incorrección política de llamar a las cosas por su nombre; contra el relativismo de las teorías críticas y la deconstrucción historicista radical (todo es relativo, sólo existe la validez contextual, ninguna estructura o tradición tienen valor por sí mismas porque todo es una “construcción social”), la defensa a muerte de una tradición (en este caso el canon occidental);  contra la estupidez y la neurosis, el sentido común; contra la crítica a todo poder y autoridad (“prohibido prohibir”, “la imaginación al poder”, “cambiar al mundo sin tomar el poder”), la defensa de la autoridad y el poder; contra la nietzcheana desvalorización de todos los valores, el listado de lo que es valioso leer y saber y conocer antes de morir: Shakespeare, la Biblia, Dante, Neruda, James, Joyce, Cervantes, Montaigne, Platón, Aristóteles, Milton, Vico, Petrarca, Goethe, Chéjov, Balzac, Yeats, Austen, Eliot, Tolstoi, Proust, Woolf, Whitman, Dickinson, Swift, Racine, Blake, Pushkin, Lawrence, Flaubert, Kafka, Greene, Faulkner, Cavafis, Seferis, Dostoievski, Lezama, Donoso, Cortázar, Pavese, Svevo, Moravia, Emerson, Crane, Melville, el Doctor Johnson, Swinburne, Stevens, Leopardi, Tennyson, Defoe, Stendhal, Twain, Zola, Hardy, Conrad, Lewis, Hemingway, Malraux, Steinbeck, Orwell, Camus, Broch, Murdoch, Gaddis, Mailer, O’Connor, García Márquez, Roth, Delillo, Pynchon, Auster…

Si en algún departamento, o cátedra o instituto de estudios críticos o de deconstrucción postmoderna se atreve alguien a decirte que a estos autores hay que verlos desde una perspectiva crítica, de género o anti-patriarcal, puedes estar seguro de que estás en una de las hogueras de la decadencia del racionalismo occidental. Sal corriendo de ahí y busca algo, lo primero que encuentres, de Harold Bloom y sálvate.

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