Filosofía Historia

Historia Contemporánea. Cuarta contribución.

La nación política moderna, las revoluciones atlánticas y el fin del Antiguo Régimen.

Si los viajes colombinos de fines del siglo XV supusieron la emergencia de la “Era de los Descubrimientos”, las revoluciones atlánticas (la norteamericana, la francesa –sobre todo la francesa- y las hispánico-americanas) de fines del XVIII y primera mitad del XIX supusieron la configuración de lo que podríamos rotular como la “Era de las Revoluciones”. En efecto:

‘Pocas ideas han tenido la fuerza y el arrastre ideológico y político a lo largo de los dos últimos siglos como la idea de Revolución. Si el siglo XIX puede ser considerado como el siglo de la revolución francesa y el de su desdoblamiento dialéctico por la vía bonapartista, el siglo XX puede ser considerado como el siglo de la revolución bolchevique y el de su correspondiente desdoblamiento dialéctico por la vía leninista y soviética de organización del Estado (porque así como, según Pirenne, Carlomagno no se entiende sin Mahoma, Hitler no se entiende sin Lenin).

Y no se debe tanto al hecho de una eventual novedad del concepto o de la realidad misma de la que brotaba, pues procesos revolucionarios, revueltas o rebeliones los ha habido siempre, como por ejemplo constata Chateaubriand en su Historia de las revoluciones antiguas, o como puede observarse en la revisión de cualquier historia clásica de Roma cuando se estudia la época de la revolución de los Gracos, en el siglo II a. C.’, Ismael Carvallo Robledo, ‘Sobre la Revolución’, El Catoblepas, Junio, 2010.

Estaríamos parafraseando entonces a Hobsbawm, tomando el mismo esquema de titulación de su trilogía de la Historia Contemporánea –que conceptúa, según hemos visto, en función de la sucesión de las “tres eras del mundo contemporáneo” (la de la revolución, la del Capital y la del imperio)-, planteando entonces dos grandes etapas de organización a partir de la Historia Moderna en adelante: la que se dispara o activa, primero, con los grandes descubrimientos atlánticos, la Era de los Descubrimientos precisamente (véase a este respecto La biografía del Caribe de Germán Arciniegas, donde defiende la tesis de que los viajes colombinos hicieron que el Atlántico desplazara al Mediterráneo como espacio oceánico central de los procesos del sistema-mundo, haciendo de él un “nuevo mare nostrum”), y la que se configura después, en las postrimerías del XVIII y durante la primera mitad del XIX, precipitando una Era de las revoluciones en el sentido dicho.

La Revolución francesa –y sobre todo ella- es la que, como vemos, aparece como acontecimiento que demarca el tránsito de una época a otra. De lo que se trata es de saber definir y determinar el cambio en las morfologías socio-políticas y económicas en litigio, y de la correspondiente cobertura ideológica que, como tegumento, habría de ir confiriendo sentido y legitimidad a una y otra.

John Lukács (Democracy and populism. Fear and Hatred, Yale University Press, 2005), recoge con lucidez la tesis de Alexis de Tocqueville (La democracia en América, El Antiguo Régimen y la Revolución) para apuntalar la suya, subrayando el hecho distintivo que destaca a una y otra época, según lo supo ver Tocqueville con claridad luminiscente:

‘Tocqueville era un historiador del mismo modo en que fue un teórico político o sociólogo. (A diferencia de Spengler o Toynbee u otros no tuvo él mayor interés por la filosofía de la historia. Se trataba más bien de lo contrario en todo caso: su filosofía era histórica.) Desde luego que manejaba una notable cantidad de datos históricos; y desde luego que sabía de las categorías habituales, Antigua, Media, Moderna. Las diferentes edades de la historia significaban mucho para él, incluyendo las condiciones cambiantes de la existencia humana y, quizás especialmente, del pensamiento… Tocqueville, como su cercano predecesor Burke (con quien, sin embargo, no siempre estuvo de acuerdo), entendió la inevitable historicidad de la existencia humana. Él vio algo aún más simple y grande, que era la división de la historia en algo más que períodos cronológicos: la Edad Aristocrática y la Edad Democrática. La primera estaba desvaneciéndose durante su propia vida, mientras que la segunda emergía y crecía, aunque no de forma universal aún. Desde Adán y Eva la gente había sido gobernada por minorías. Desde ahora no volvería jamás a ser así. Él entendió lo que esto significaba, con toda la humildad de un cristiano…No pudo prever (¿cómo podría hacerlo?) el fin de la Edad Moderna, en medio de la cual estamos ahora. Pero sí tomó nota de que lo que estaba ocurriendo era el declive de la aristocracia y la emergencia de la democracia.’ John Lukács, Democracy and populism. Fear and Hatred.

Para los análisis históricos y políticos, dos suelen ser entones, como venimos diciendo, las vías utilizadas para la clasificación de los períodos largos, que aunque no pueden ser considerados como cortes definitivos o fijos, son de gran fertilidad para la interpretación de los grandes procesos de la historia

La primera vía, de la que ya hemos hablado, es la que organiza las cosas en función de cuatro períodos, contándose para cada uno un aproximado de mil años: el de la Antigüedad Clásica, del siglo V a.C. al V d.C.; el de la Edad Media, del siglo V al XV; el de la Edad Moderna, del siglo XVI al XVIII; y el de la Edad Contemporánea, de la revolución francesa y las revoluciones americanas (en Norteamérica y en el orbe hispánico) a nuestro presente, es decir, que abarca los siglos XIX, XX y XXI.

Si cruzamos los criterios que hasta aquí hemos expuesto, podríamos hacer corresponder a la Edad Moderna con la Era de los Descubrimientos, y con algo así como el último tramo de la Edad Aristocrática (para seguir con el sugerente planteamiento de Lukács); la Edad Contemporánea, por su parte, se correspondería con la Era de las Revoluciones y con configuración de la Edad Democrática en el sentido de Lukács-Tocqueville.

Pero hay un criterio más de exposición histórica, y sobre todo política, y es aquélla en la que, sobre el fondo de los períodos moderno y contemporáneo, se sobreponen las figuras de Antiguo Régimen y de Nuevo Régimen, en efecto, para referirse principalmente a las transformaciones acontecidas en el plano de la organización político-ideológica, que, conjugadas con los modos de producción, nos ofrecen las dos formaciones políticas a partir de las cuales se puede interpretar la marcha de la historia de la política en su tránsito del mundo medieval a nuestro mundo. La clasificación comienza a ser utilizada con la revolución francesa, precisamente, y en esto estriba su centralidad en la historia de la política.

El Antiguo Régimen se corresponde entonces con la Edad Moderna, por paradójico que parezca, y abarca por tanto los siglos XVI, XVII y XVIII. Es el resultado de la transformación de los reinos medievales en imperios universales a partir del descubrimiento de América y las guerras religiosas producidas por la escisión protestante y la lucha con el islam (la reconquista española, que recupera los territorios ocupados por los musulmanes durante siete siglos, concluye en enero de 1492, con la toma de Granada; en octubre Colón llega a América, financiado por los Reyes Católicos). La característica política fundamental del Antiguo Régimen es que estos imperios se configuran como monarquías de régimen absolutista (en España y sus virreinatos americanos, en Francia e Inglaterra) con soberanía dinástica, una sociedad estamental y una alianza férrea con la iglesia católica. Es el período donde tiene lugar el tránsito del feudalismo al capitalismo comercial, que sería teorizado por Adam Smith en la ‘Riqueza de las naciones’, publicado en 1776.

El Nuevo Régimen, siglos XIX y XX, es la transformación de esos imperios de régimen monárquico absolutista en naciones políticas con soberanía popular y regímenes republicanos o monárquico-constitucionales, que se configuran a través –precisamente- de procesos revolucionarios (en Francia, Norteamérica e Hispanoamérica, sobre todo) a partir de los cuales la soberanía nacional –digamos que- se le arrebata a Dios y a las casas dinásticas para bajarla al pueblo, que se convierte entonces en un “pueblo en armas”. Esto es lo que hizo decir a Marx que con la revolución francesa la historia se convirtió en una experiencia de masas. El vasallo del rey o del señor feudal no lo es más; es un ciudadano soberano y en armas, del que depende la defensa de la nación independiente. Es la Edad Democrática de Tocqueville.

‘Fue la Revolución francesa, la lucha revolucionaria, el auge y la caída de Napoleón lo que convirtió a la historia en una experiencia de masas, y lo hizo en proporciones europeas. Durante las décadas que van de 1789 a 1814, cada una de las naciones europeas atravesó por un mayor número de revoluciones que las sufridas en siglos… Las guerras de los estados absolutistas de la época prerrevolucionaria habían sido realizadas por pequeños ejércitos profesionales. La práctica bélica tendía a aislar al ejército lo más posible de la población civil. (Abastecimiento de las tropas por depósitos especiales, el temor a la deserción, etc.) No en vano expresó Federico II de Prusia la idea de que una guerra debía llevarse a cabo de tal modo que la población civil ni se enterara de ella. El lema de las guerras del absolutismo rezaba: «La tranquilidad es el primer deber ciudadano».

Esta situación cambia de golpe con la Revolución francesa. En su lucha de defensa contra la coalición de las monarquías absolutas, la República Francesa se vio forzada a crear ejércitos de masas. Y la diferencia entre un ejército mercenario y uno de masas es precisamente cualitativa en lo que respecta a la relación con las masas de la población. Cuando no se trata de reclutar pequeños contingentes de déclassés para un ejército profesional (o de obligar a ciertos grupos a enrolarse), sino de crear un ejército de masas, el significado y el objetivo de la guerra deben explicarse a las masas por vías propagandísticas. Esto no sucede sólo en Francia durante los tiempos de la defensa revolucionaria y de las posteriores guerras de ofensiva. También los otros estados se ven obligados a emplear este medio cuando pasan a formar ejércitos de masas. (Piénsese en el papel de la literatura y filosofía alemanas en esta propaganda que siguió a las batallas de Jena). Pero la propaganda no puede de ningún modo limitarse a una guerra única y aislada. Tiene que develar el contenido social y las condiciones y circunstancias históricas de la lucha; tiene que establecer un nexo entre la guerra y toda la vida, entre la guerra y las posibilidades de desenvolvimiento de la nación. Basta con que señalemos la significación que tiene la defensa de las adquisiciones de la Revolución en Francia, el nexo entre la creación de un ejército de masas y las reformas políticas y sociales en Alemania y en otros países.’ George Lukács, La novela histórica.

La utilidad de esta clasificación se deriva del hecho de que nos permite mirar desde una escala multisecular las grandes tendencias históricas y los grandes procesos de transformación política e ideológica, ofreciéndonos criterios objetivos para la organización y crítica del material histórico que llega hasta nosotros, tal como sucede, por ejemplo, con el abordaje que es dable hacer al concepto de revolución para la explicación, precisamente, de nuestro propio presente histórico-político, sobre todo por el hecho de que, para muchos, la catalogación de “revolucionario” de un régimen o partido político en el presente (Partido Revolucionario Institucional, Partido de la Revolución Democrática, Régimen de la Revolución bolivariana) es, o bien un anacronismo, o bien una aberración, siendo lo cierto que se trata más bien, y en todo caso, de una variable, la de la Revolución, al margen de la cual sencillamente no se entiende, en efecto, la Historia Contemporánea:

‘La escala de configuración desde la que la idea de Revolución puede a nuestro juicio apreciarse en su más alto grado de significación a lo largo de los dos últimos siglos, debe ser una escala histórico-universal lo suficientemente amplia como para poder apreciar la diferencia estructural –ontológica en términos tanto económicos como políticos e ideológicos– dada entre el modo en que el Antiguo Régimen, a partir del siglo XVI, hubo de configurarse, frente a la vía por la que el Nuevo Régimen, a partir de fines del siglo XVIII, lo hizo.

Porque mientras el Antiguo Régimen fue el resultado de la transformación de los reinos medievales europeos en imperios universales de régimen absolutista a partir del descubrimiento de América (la vía fue la de los descubrimientos), lo que dio lugar a los primeros procesos de organización del capitalismo mercantil, el Nuevo Régimen fue la transformación por vía revolucionaria (la de la Revolución francesa) de esos imperios universales en naciones políticas con régimen constitucional (republicano o monárquico). El planeta está hoy roturado según las muy variadas y complejas, aunque similares en sus fundamentos, dialécticas de organización de Estados nacionales canónicos recortados –como restos de imperios universales– con arreglo al modelo jacobino. En otras palabras, la Revolución como figura histórica concreta y como partera de la nación política soberana tiene tan sólo dos siglos de existencia.

La clave decisiva en uno y otro caso, además de la diferencia igualmente fundamental entre la vía de los descubrimientos y la vía revolucionaria como metodología de transformación política, es la idea o doctrina de la soberanía nacional con base popular, es decir, con asentamiento en el pueblo. Porque mientras que en el Antiguo Régimen el pueblo estaba al margen de la soberanía del Estado, en el Nuevo, a partir de la Revolución francesa, el pueblo no es otra cosa, según esta doctrina, que la encarnación de la soberanía nacional. Y decimos esto al margen de la oscuridad y confusión que encontramos en la doctrina de la soberanía popular, pues lo fundamental, a efectos de nuestro propósito concreto en estas líneas, es señalar el cambio drástico de coordenadas ideológicas acaecido, porque lo cierto es que, aun siendo la soberanía popular otra ideológica orgánica (componente esencial del fundamentalismo democrático), lo es también ofreciéndosenos como cobertura nematológica de una realidad histórico-política nueva, en tanto que, por ejemplo, los ejércitos nacionales obligatorios son fenómenos exclusivos del Nuevo régimen.’ Ismael Carvallo Robledo, ‘Sobre la Revolución’, El Catoblepas, Junio, 2010.

La morfología político-social que puede ser tenida como la que refracta de algún modo las claves de la trasformación acaecida a partir del proceso revolucionario atlántico es la de la nación política, que a partir de entonces se sitúa como la plataforma fundamental al margen de la cual es imposible entender la dialéctica política de la Edad Contemporánea, situándose como la aportación más importante de la Revolución francesa a la historia de la política y a la de las ideas políticas: ‘el Estado es un marco regido por la necesidad, mientras que la esencia de la historia es la nación’ (John Lukács, The Legacy of the Second World War, Yale University Press, 2010). Esto significa, entre otras cosas, que el concepto originario de izquierda política (correspondiente con la primera generación de la izquierda: la jacobina), debe ser puesta en correspondencia tanto con la Revolución francesa como, a su vez, con el concepto de nación política en su sentido fuerte.

‘El concepto de Nación cobra sentido político, como nación canónica, por su vinculación con el Estado o sociedad política en cuyo seno se moldea, de tal manera que la nación aparece así (frente a los conceptos de nación en sentido biológico o etnológico) como sujeto titular de la soberanía, como sujeto directo de la vida política. La nación, por tanto presupone el Estado (y no al revés), un Estado en cuyo seno se produce un proceso de holización -descomposición atómica de una organización anatómica previa- que tiene como resultado su reorganización como Nación, al mantenerse la holización en los límites de la sociedad política de partida (dialelo).

El concepto de nación política cristaliza en la época moderna, con la descomposición del Estado del Antiguo Régimen, a través de procesos revolucionarios cuyo canon es la racionalización revolucionaria operada por la izquierda jacobina durante la Gran Revolución, que transformó el reino del Antiguo Régimen en una Nación republicana, siendo esta, tras cortarle la cabeza al Rey (al “soberano”), la depositaria y titular de la soberanía. Se podría precisar incluso la primera vez que el término de Nación es utilizado en este sentido político nuevo: el 20 de septiembre de 1792, cuando los soldados de Kellermann, en lugar de gritar «¡Viva el Rey!», gritaron en Valmy: «¡Viva la Nación!».’ Symploké. Enciclopedia Filosófica, entrada de ‘Nación política’.

Ahora bien, es preciso subrayar que si bien es cierto que la Revolución francesa ocupa un lugar de preponderancia en cuanto que fue por su través como quedó establecida la nación política como canon de la historia de la política en el mundo contemporáneo, no es menos cierto que tanto la revolución norteamericana como, sobre todo, las revoluciones hispánico-americanas (1808-1824), tiene una singularidad e importancia, también, de primer orden, que deben ser puestas en su justa perspectiva para los efectos de ponderación de su peso y significado en la organización de nuestro mundo.

‘Las Cortes de Cádiz de 1810-1812 fueron entonces el gran intento mediante el que se quiso poner en operación la transformación de lo que a posteriori ha sido interpretado como Antiguo Régimen hispánico en lo que luego, también a posteriori (a la vista de los consecuentes), hubo de ser considerado por la historiografía como Nuevo Régimen, organizado en torno de la nueva figura fundamental de la política y de la historia: la nación política soberana, que debe ser tenida en realidad, más que la tríada metafísica de libertad, igualdad y fraternidad (tríada detrás de la que Marx veía en realidad trabajar a otra tríada menos metafísica: infantería, artillería y caballería), como la gran aportación de la revolución francesa, como su gran legado a la historia universal.

Pero la tarea era de muy distinto grado de dificultad para, por un lado, franceses o norteamericanos o ingleses, y españoles por el otro, si se trata de comparar las revoluciones fundamentales de las que brota el mundo contemporáneo, a saber: la revolución inglesa, la norteamericana o la francesa, y la revolución o revoluciones hispánicas. Porque dadas las dimensiones literalmente universales del imperio español (durante siglos el español fue el imperio más grande de su tiempo), dimensiones que no tuvieron nunca ni Inglaterra ni Francia ni los Estados Unidos antes del siglo XX, la tarea de transformar todos esos territorios en una nación política era verdaderamente titánica. No se trata entonces de ver la manera en que influyeron la revolución norteamericana o la francesa en tierras hispánicas para que hayan podido tener lugar, por influencia externa precisamente, las independencias: es que lo que estaba ocurriendo en la plataforma hispánica era otra cosa totalmente distinta y sin precedentes.

Y esta es una de las conclusiones (o moralejas) a las que, a doscientos años de distancia, tendríamos que llegar los hispanoamericanos: las revoluciones hispánicas tienen más relevancia, a escala universal, que la revolución francés o norteamericana; no fueron una copia al calco de la una o la otra o de ambas a la vez, fue un proceso de otra escala, de otro grado de complejidad y enmarcado en otro sistema de coordenadas. Cádiz 1812 fue en realidad un proyecto destinado inevitablemente al fracaso, pero no por defectos intrínsecos de los españoles, como hubieron de pensar franceses y afrancesados acomplejados, sino por la magnitud de lo ya logrado en siglos. Marx lo vio con claridad y dramática lucidez cuando, en sus formidables textos de mitad del siglo XIX editados bajo el título de La revolución en España, dijo que

«Las circunstancias en que se reunió este Congreso no tienen precedente en la historia. Ninguna asamblea legislativa había reunido hasta entonces a miembros procedentes de partes tan diversas del orbe ni pretendido regir territorios tan vastos de Europa, América y Asia, con tal diversidad de razas y tal complejidad de intereses; casi toda España se hallaba ocupada a la sazón por los franceses, y el propio Congreso, aislado realmente de España por tropas enemigas y acorralado en una estrecha franja de tierra, tenía que legislar a la vista de un ejército que lo sitiaba. Desde la remota punta de la isla gaditana, las Cortes emprendieron la tarea de echar los cimientos de una nueva España, como habían hecho sus antepasados desde las montañas de Covadonga y Sobrarbe. ¿Cómo explicar el curioso fenómeno de que la Constitución de 1812, anatematizada después por las testas coronadas de Europa reunidas en Verona como la más incendiaria invención del jacobinismo, brotara de la cabeza de la vieja España monástica y absolutista precisamente en la época en que ésta parecía consagrada por entero a sostener la guerra santa contra la revolución? ¿Cómo explicar, por otra parte, la súbita desaparición de esta misma Constitución, desvaneciéndose como una sombra («la sombra de un sueño», dicen los historiadores) al entrar en contacto con un Borbón de carne y hueso? Si bien el nacimiento de esta Constitución es un misterio, su muerte no lo es menos.» (Carlos Marx, La revolución en España, Artículo del 24 de noviembre de 1854, en el New York Daily Tribune.)’. Ismael Carvallo Robledo, ‘Interpretaciones filosófico-políticas de la Constitución de Cádiz’, El Catoblepas,  143, enero 2014.

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