Filosofía Historia

Historia Contemporánea. Segundas consideraciones.

Sobre las fases de la Historia. La fasificación de la historia universal es empleada para la organización del material histórico-político según criterios que permitan, de alguna manera, encontrar una coherencia mínima en las morfologías sociales analizadas, que permitan destacarlas unas de otras y distinguirlas en sus partes, como una suerte de metodología de “totalización historiográfica” que afecta (y por tanto determina) en sus configuraciones a la historia de la política, a la historia de la tecnología, a la historia de la religión, del arte, de la música, de la familia o de los modos de producción.

Los criterios son de orden gnoseológico y no ontológico, es decir, que se utilizan como perspectivas externas (teóricas, historiográficas, esto es, en la perspectiva de la rerum gestarum) a la realidad histórica efectiva (orden ontológico, res gestae), del mismo modo en que los meridianos y paralelos son utilizados para la orientación dentro de un cuadro determinado de coordenadas geográficas (latitud y longitud) sin que esto signifique que el meridiano de Greenwich, por ejemplo, esté efectivamente trazado sobre la superficie de la tierra.

Las cuatro edades históricas convencionales son las siguientes: Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea. Algunos historiadores, como José Luis Romero (1909-1977) y los pertenecientes a las corrientes o escuelas medievalistas (Le Goff, Duby), han mirado con recelo esta fasificación habitual, sobre todo porque, a su luz, pareciera ser que la medieval es una Edad o periodo desprovisto de mayor significación, dispuesto simplemente como un paréntesis entre la Antigua y la Moderna:

‘Si el periodo comprendido aproximadamente entre los siglos V y XV ha sido llamado Edad Media, es evidentemente porque no se lo consideraba una primera etapa sino la que se sitúa entre otras dos. Para quienes acuñaron el nombre –se atribuye la idea a Cristofredo Cellarius, un erudito del siglo XVII-, la Edad Media continuaba a la Antigüedad heleno-romana sin otra diferencia sustancial que la calidad. Era como un abismo, del que volvió a salirse con el Renacimiento, que inicia la modernidad, esto es, el tercer momento del sistema en el que la llamada Edad Media ocupaba el segundo. Pero, si negamos esa continuidad y afirmamos que el período a que nos referimos constituye una novedad en cuanto conjuga de manera singular aquellos tres legados (romano, hebreo-cristiano y germánico), configurando un estilo cultural nuevo que persistirá por muchos siglos en el Occidente, es obvio que debemos rechazar una designación que desnaturaliza ese concepto. De aquí que, para no aventurar una denominación explicativa, nos limitaremos a llamar ese lapso, siguiendo a Gustave Cohen, la Primera Edad.’ José Luis Romeo, La cultura occidental. Del mundo romano al siglo XX (Siglo XXI, Buenos Aires, 2004).  

Así pues, Romero considera más bien que la de la Antigüedad no sería otra cosa que una síntesis matricial de los tres legados constitutivos del zócalo de la cultura occidental (mundo romano, mundo hebreo-cristiano y mundo germánico), de modo tal que, para “salvar” al medioevo en el sentido dicho, definió ordinalmente (y con intención de neutralidad) a la Edad Media como Primera Edad, a la Moderna como Segunda Edad y a la Edad Contemporánea como la Tercera Edad.

En todo caso, y sin perjuicio de tomar nota de las reservas críticas provenientes del revisionismo de los medievalistas (o de José Luis Romero), es perfectamente dable mantenernos, para los efectos de este curso, dentro del esquema habitual de fasificación de la Historia Universal en la perspectiva sugerida.

La caracterización de cada una de las fases sería entonces como sigue:

(a) Edad Antigua: etapa que recorre los mil años que transcurren desde el 575 a. C. hasta el 475 como fechas convencionales aproximativas (en 575 a.C., Tales de Mileto predijo un eclipse de Sol; en 475 tiene lugar la caída del Imperio romano de Occidente, siendo Rómulo Augústulo el último emperador). Se trata de un período caracterizado por la existencia de una civilización a-técnica, en la que no cabía hablar del control tecnológico (por el hombre) de los fenómenos (políticos, cosmológicos) del Mundo, que, a su vez, se concebía como «incluido» en una Realidad impersonal (Caos, Ápeiron, Migma, Acto Puro, Cosmos atomístico).

(b) Edad Media: etapa que recorre los mil años que transcurren entre el 475 y el 1475, y que está marcada, en Occidente, por las nuevas sociedades herederas del Imperio romano, que, a través de la Teología judeocristiana monoteísta del Dios creador del Mundo, transforma profundamente la ordenación básica del ámbito ideológico del pensamiento antiguo. El Acto Puro de Aristóteles «rompe a hablar» en la nueva época del Cristianismo. Es creador del Mundo y se revela a las criaturas.

(c) Edad Moderna: etapa que se inicia en el último tramo del siglo XV, con el descubrimiento de América como acontecimiento fundamental y que produce la transformación de los reinos medievales europeos en Imperios universales de régimen absolutista (el absolutismo fue, a su vez, la solución política mediante la que se arbitra el conflicto religioso provocado por la reforma protestante y la subsecuente guerra de religión). Concluye con la eclosión de las Revoluciones atlánticas (Francesa, Norteamericana e Hispánico-americanas).

La transformación o subversión ideológica (filosófica) más importante que tendrá lugar en la Edad Moderna la pondríamos en la “destitución” del puesto del hombre medieval, entendido como encarnación de Dios, del puesto supremo que ocupaba en la organización ideológica medieval. Esta destitución puede ponerse en correspondencia con el llamado “racionalismo de la modernidad”, un racionalismo definido precisamente como negación de toda autoridad revelante, en cuanto canon o norma de la filosofía o de la ciencia. Aquí pondríamos la subversión, más que en el supuesto individualismo de la época moderna; pues este individualismo es una relación entre los hombres, más que una relación entre los hombres y el mundo. La subversión habría comenzado con la Reforma, cuando Martín Lutero niega la autoridad del Papa y de la tradición eclesiástica, y concibe la Revelación como proceso que tiene lugar a través de cada conciencia humana identificada con el Dios que sopla en ella.

(d) Edad Contemporánea: etapa histórica que se inicia en el último tramo del siglo XVIII, con las Revoluciones atlánticas como acontecimientos fundamentales. Los Imperios universales se fragmentan, disolviéndose en naciones políticas con pueblo soberano y régimen constitucional (monárquico o republicano). La nación política, la revolución político-social, la soberanía popular y la homologación ciudadana son las figuras y criterios fundamentales de organización ideológica de esta etapa, en la que todavía nos movemos. La ciencia se consolida como el canon de la razón.

La disposición ordinal de las fases de la historia supone un “sentido” inmanente a su campo, como si se tratara de la existencia de una ley interna que estuviera cumpliendo el papel de motor de los procesos históricos, lo cual es imposible sostener desde una perspectiva ontológica. La historia no tiene sentido en términos reales. A lo único a lo que se puede aspirar es a la reconstrucción historiográfica (orden gnoseológico) de los eventos pretéritos según el tratamiento de las reliquias y relatos, y según la ordenación que pueda establecerse, como es el caso de las Edades de la historia en comento.

Ha sido en todo caso el de Carlos Marx el intento más ambicioso en el sentido de encontrar las leyes internas de determinación de los procesos históricos, incorporando el plano de la economía política -a través del análisis de los modos de producción- en la dialéctica de configuración causal que está detrás de los grandes cambios de la historia -como “motor de la historia”-, de modo tal que la Antigüedad Clásica se corresponde con el modo de producción esclavista, la Edad Media con el modo de producción feudal, la Edad Moderna con el modo de producción capitalista comercial y la Edad Contemporánea con el modo de producción del capitalismo industrial (y financiero e imperialista, como habrían de añadir posteriormente Hobson, Hilferding, Lenin y Luxemburgo).

‘Fue el materialismo histórico, de cuño marxista, quien puso en primer plano la necesidad de incorporar directamente a la definición del Estado y de la democracia la esfera económica, es decir, la capa basal como fundamento del propio Estado, en la fase de la dictadura del proletariado.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que la tesis central del materialismo económico, en cuanto materialismo histórico, establecía que la esfera económica, tal como aparece en el modo de producción capitalista (y, por supuesto, en los modos de producción anteriores: feudal, esclavista, etc.), implicaba ante todo una apropiación de los medios de producción por parte de una clase determinada, la clase de los expropiadores, que utilizaba la fuerza de trabajo de los expropiados, de los proletarios.

La lucha de clases derivada de esta doctrina pasaba a asumir el papel de motor de la historia.’ Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático (Madrid, Planeta, 2010).

El análisis de Marx estaba animado por un empeño intelectual de primer orden, a través del que puso en el centro de los problemas filosóficos y de la antropología filosófica a la idea de producción como variable ineludible para el futuro, sin vuelta atrás, en el sentido de que ningún análisis de la vida política, económica y social de nuestro mundo quedaría completo ignorando sus fundamentos económico-productivos:

‘La evolución cósmica contiene, en su proceso interno, la aparición de los cuerpos humanos, que, a su vez, se absorben en el proceso general. Cuando este proceso es analizado a la «escala» de los cuerpos humanos, de suerte que desde la «interioridad» de esos mismos cuerpos se planea la recurrencia del proceso mantenido a esa escala, entonces aparece el proceso evolutivo mismo en la forma de Producción. La Idea de Producción comienza ahora a ser una Idea filosófica central –y no sólo un concepto categorial de la Economía política. La Idea de producción es así el verdadero nervio del Materialismo histórico, como alternativa genuina de la Actividad del Espíritu del Idealismo alemán (o del Espíritu como Actividad). Producción no es sólo fabricación (que reduce la Idea a M1), ni tampoco creación poética (que se reduce a M2). Es necesario apelar a M3 para llevar adelante la Idea de Producción –a contenidos M3 que nos presentan precisamente, como unidades ideales, a nuestros cuerpos. Sólo en este sentido recuperamos la profundidad de la evidencia de Spinoza: «el cuerpo es la Idea mediante la cual el alma se piensa a sí misma». La objetivación del propio cuerpo es el proceso mediante el cual, y en el curso mismo de corrientes que lo desbordan (como figuras inconscientes), se realiza la Producción. Marx ha sido quien ha introducido esta Idea en Filosofía. Al ligar –ya en los Manuscritos– la Idea de objetivación (Vergegenständlichung) –procedente de la filosofía clásica alemana– con la Idea de fabricación –procedente de la Economía política, que, a su vez, interfería aquí con la Tecnología–, Marx ha situado la Idea de Producción al nivel de los principios mismos de la Antropología filosófica. Marx ha usado ulteriormente, según las variaciones más insospechadas, la Idea de Producción, pero no la ha expuesto académicamente. El análisis de la Idea de Producción es una de las tareas abiertas a la filosofía materialista del futuro.’ Gustavo Bueno, Ensayos Materialistas (Madrid, Taurus, 1972).        

‘La poesía remitía a la épica de la política, que a su vez era percibida como trama de la historia entre cuyas estructuras de determinación estaba la producción económica: esa forma moderna de conjugación de la idea de objetivación de la filosofía clásica alemana con la de fabricación procedente de la economía política inglesa. La llama dialéctica del mundo industrial fundía la praxis humana dentro de las categorías del valor-trabajo que Adam Smith había perfilado. Maurice Dobb dijo que Marx había en realidad coronado el sistema clásico inaugurado por Smith. Le faltó añadir que se trataba de una corona de espinas, pues con su crítica desgarró e hizo sangrar no ya nada más al sistema de la economía política clásica sino a la estructura entera del mundo emanada de la doble revolución política y económica provenientes, respectivamente, de Francia e Inglaterra, haciendo entonces de Alemania el cuartel central de los estrategas de la revolución. Fue solamente hasta Lenin cuando Rusia reemplazó a Alemania no ya nada más como lugar de los estrategas de la revolución sino como la verdad de la revolución marxista.

‘Sobre el escenario del mundo moderno sobrevolaba Carlos Marx a una escala filosófica, moviéndose a sus anchas con la sentenciosidad trágica de los héroes de Shakespeare, como un Rey Lear entre las paredes de ese poderoso edificio medieval que era el sistema de la filosofía del espíritu de Hegel, que puso en términos alemanes la transformación de la filosofía griega hecha por el cristianismo, afirmando que en la trinidad es donde está lo especulativo del cristianismo, y que es ahí precisamente donde la filosofía encuentra la razón. Ha sido Gustavo Bueno el que ha subrayado que es en el dogma de la encarnación en donde radica no ya nada más lo especulativo o lo racional del cristianismo, sino que es además ahí donde radica la apoyatura materialista del edificio entero del catolicismo como fortaleza de la racionalidad filosófica occidental, que, contra Averroes, es, por vía tomista, corporeísta.’ Ismael Carvallo Robledo, ‘La cabeza de la pasión’, El Catoblepas, 154, diciembre, 2014.

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