Los caminos ocultos de la política

Señal y noticia de Teoría y técnica de la política, de Antonio Lomelí Garduño. 1ª edición de 1946, 2ª de 1978. Litho Offset del Bajío, S.A., Irapuato, Gto., México.

Para mi amigo Emmanuel Iraem González

I

De su autor lo ignoraba todo. Pero mientras avanzaba en la lectura, este libro me fue llevando poco a poco a dos referencias históricas de primer orden, que terminaron enmarcando y apuntalando el ejercicio general. La primera es de Antonio Gramsci, cuando anota en alguno de sus cuadernos de la cárcel la divisa estratégica según la cual ‘las normas de Maquiavelo para la actividad política “se aplican, mas no se dicen”’. Primera referencia.

La otra es de Althusser, Louis Althusser, el marxista francés por excelencia, que afirma en uno de sus finos textos sobre Maquiavelo la tesis de que sólo es posible entender a El Príncipe a cabalidad si se toma en cuenta el hecho de que, aunque fuera escrito como compendio de consejos para el gobernante, su destinatario no era otro, en realidad, que el pueblo de Florencia. Y por extensión el de Italia toda. El Príncipe estaba dedicado, es cierto, a uno de los Medicis. Pero Maquiavelo, lo que quería, es que el pueblo lo entendiera. Y por eso era un panfleto y no un tratado. Cuánto dramatismo histórico no hay encerrado en este problema cardinal de la política: ¿Quién es capaz de hacer inteligible, dentro de una coyuntura determinada, una necesidad histórica para movilizar políticamente, en torno de ella, la voluntad de los hombres?  Ésta es la cuestión. Maquiavelo quería que el pueblo entendiera, en esos tiempos tan sombríos, qué es, para qué sirve y cuál es y en qué sentido se define la función histórica de la política. Y sobre todo cuál es su necesidad.

Y por su través la del político: esa ave tan rara y tan difícil de entender hoy en día tanto por el político mismo –y esto es lo peor y más patético y más repugnante de todo- como por cualquier ciudadano de a pie, confundido, el político, y asqueado el ciudadano por el escándalo de todo tipo de corrupciones, cruzadas con el  barullo caótico y descoordinado de las no menos corrompidas ideologías sobre la transparencia, los derechos para todo y por encima de todo, o sobre las políticas públicas con perspectiva de género. Por eso el libro que hoy comento, escrito desde luego en otro tiempo, me ha parecido tan rotundo y claridoso.

Y extrañamente único por ignorado. Porque al día de hoy, ya digo, sigo sin saber muy bien quién fue Antonio Lomelí Garduño. Jamás había escuchado yo su nombre. Apenas he podido registrar, según una foto que pude encontrar -la única- desperdigada en internet, que fue diputado por el estado de Guanajuato. Es de suponer que lo fue muy seguramente, según la foto en cuestión, por lo que entonces estaba ya marchando en toda regla como Partido de la Revolución Mexicana, primera modulación histórica, de troquel cardenista, del Nacional Revolucionario, de troquel callista. Consulté con un par de amigos políticos de cierto bagaje, y nadie me lo ha podido caracterizar con el mínimo detalle.

No sabemos entones quién es el autor de este libro, que encontré recién –cosa de dos o tres semanas nada más- en una librería de viejo de la ciudad de Guanajuato. La primera edición es de 1946, la segunda del 78. Se llama Teoría y técnica de la política, y me ha dejado gratamente impresionado. ¿Por qué?

Porque se mueve con maestría de viejo sabio entre Gramsci y Althusser -para seguir con nuestras referencias (que desde luego no son las únicas ni mucho menos)- cuando nos hablan sobre Maquiavelo en el sentido dicho. O de otra forma, porque entre uno y otro -el que dice que las reglas de la política no se dicen aunque por necesidad sí que se aplican, y el que dice que para quien estaba escrito El Príncipe era más bien ese pueblo que termina instrumentalizado siempre por las leyes aquéllas que, en efecto, no se pueden ni deben decir aunque se apliquen siempre, también, se sepa o no-, Lomelí Garduño nos introduce en lo que podríamos llamar los caminos ocultos de la política, para definirnos, con cristalina y sorprendente claridad, el perfil y función del político. Otros dirán que nos pone de frente con el estatuto ontológico de la política, y como que además queriéndonos decir a todos, por si fuera poco, esto: o se entiende lo que es la política y lo que debe hacer un político, o nos vamos todos al carajo.

Y si lo dijo así, suponemos, es porque venía de la guerra, que apenas dejaban porque apenas terminaba. Estoy hablando, desde luego, de nuestra revolución o guerra civil. El dato que nos dan en el libro es que Lomelí Garduño provenía de dos experiencias políticas bien precisas y singulares aunque de todo punto lejanas para una perspectiva de análisis político como la nuestra: la campaña vasconcelista por la presidencia y el movimiento político ávilacamachista.

Lomelí Garduño estaba entonces, según las credenciales dichas, haciendo política, pero no como juego o diversión, o como desnuda ambición personal nada más. Y Teoría y técnica de la política nos los deja ver con franqueza y acometividad pura y dura, ofrecido como cuadro explicativo de penetrante capacidad sintética, que destila prudencia y experiencia política en cada hoja, con la claridad de un panfleto mediante el que su autor se nos muestra, en primer término, él mismo, como hombre político, al modo, por ejemplo, de un Manuel Azaña o de un Molina Enríquez, o de un Gregorio Marañón o de un Vasconcelos.

Esta es la primera gran impresión con la que nos quedamos. Estamos ante un político sin complejos y que hasta gusto da leerlo encarándonos como tal y consciente de su función, racionalizada sistemáticamente como módulo del Estado dentro de la ecuación de la historia. No lo imaginamos como el clásico hombre de ánimo pequeño que se nos presenta como de la clase de personas a las que “les gusta mucho la política”, y que quiere ser diputado o senador o presidente de la república (como si su psicológico deseo fuera razón política suficiente), o como el político que para todo pide perdón y quiere consultarlo todo porque se cree la encarnación en acto todo el tiempo –y esto es lo más característico de su imbecilidad- de la democracia, o como simple vocero, que arrepentido por la distancia producida por el engolfamiento repugnante de los partidos políticos sobre sí mismos o sobre sus propias burocracias, se nos presenta entonces como alguien preocupado por estar, ahora sí de verdad, “cercano a la gente”.

Nada de esto encontramos en Teoría y técnica de la política de Lomelí Garduño. Lo que encontramos es una sabiduría política prudencial, madurada con tenacidad y racionalizada teoréticamente, y presentada como argumento político. Y una primera conclusión a la que de hecho se puede llegar tras la lectura de este libro, es que la madurez histórica de una sociedad política se puede medir en función, precisamente, del nivel de compresión que la ciudadanía –y no la clase política- tiene sobre el papel, función, acometido y necesidad de la política y, sobre todo –y es esto lo más difícil-, de los políticos.

II

Estructurado en catorce capítulos, Teoría y técnica de la política va descomponiendo la ecuación diferencial determinativa de la función histórica del político (pensamos ahora también en El concepto de lo político de Schmitt), de modo tal que en su recorrido nos quedan expuestas y desarrolladas con sencillez las cuestiones vinculadas con la Naturaleza de la política (capítulo 1), el Fundamento y substantividad de la política (2), el Estado y la política (3), El actuar político (4), La realidad histórico-nacional como índice de la política (5), La política al servicio exclusivo del organismo estatal (6), Los tipos de hombre público (7), El ideal y la política (8), el Gobierno, la dictadura y la demagogia (9), Los partidos políticos (10), La opinión pública y el bagaje de los medios políticos (11), Las apariencias en política (12), el Rango y forma de los objetivos de gobierno (13) y, para terminar, el problema o cuestión de la Violencia y el orden jurídico (14).

Lo que de inmediato se destaca es la centralidad que otorga Lomelí Garduño al Estado y la nación como puntos de apoyo de toda la estructura de su argumento: ‘por algo Herman Heller encuentra en la política un saber “en cierto modo enciclopédico”’, nos dice Lomelí, para añadir al instante esto: ‘Es que ella utiliza el conocimiento general dentro de la total mecánica del Estado, sin que esto haga suponer que se reduce al mero fenómeno legislativo según los pretendieron los griegos. Ni entonces ni ahora pudo serlo, pero menos en los tiempos modernos en que las acomodaciones del poder y la multiplicidad de estructuras sociales, establecen un complicado juego de intereses en torno a la arquitectura legal del Estado.’ (Teoría y técnica, pp. 14 y 15).

Imposible no pensar en aquél fragmento formidable de Liebknecht, recogido por Enzensberger en Conversaciones con Marx y Engels (mírese para los efectos La cabeza de la pasión, El Catoblepas, 154, 2014, http://www.nodulo.org/ec/2014/n154p04.htm), cuando habla sobre la forma en que conceptuaba Carlos Marx a la política, diciendo, efectivamente, que Marx

Odiaba a muerte a los politicastros y el politiqueo. Y, de hecho, ¿cabe imaginar algo más insensato? La historia es el producto de todas las fuerzas que actúan en los hombres y la naturaleza, así como del pensamiento, las pasiones, las necesidades humanas. La política, por el contrario, es teórica –la cognición de esos millones y billones de factores que tejen en “el telar de la época”- y práctica –la actuación condicionada por esa cognición-. Por lo tanto, la política es ciencia y ciencia aplicada; y la ciencia política o ciencia de la política es en cierto modo la esencia de todas las ciencias, dado que abarca todo el campo de la actividad humana y de la naturaleza, actividad que constituye la meta de toda ciencia.

‘Frente a los teóricos de la política’, volvamos con Lomelí Garduño, ‘están los geniales transformadores. De un lado Montesquieu, Barclay, Althusius y Hobbes; del otro, Mazarino, Robespierre, Bolívar y Bismark. Ahora bien, ¿qué debemos significar al decir que la política es esencialmente una técnica? Dos cuestiones de contenido activo: 1ª. Que se refiere a eslabonar fines políticos. 2ª. Que ve a su realización en presencia de las fuerzas en juego’ (p. 20).

Es una técnica. La política es entonces una técnica. Además de que se trata, añade después Lomelí, del pivote en torno del cual gravita, ni más ni menos, la totalidad del cuerpo social:

Toda técnica supone un conocimiento previo del instrumental y partes que constituyen la obra sobre la que va a trabajarse. En el caso de la política, es al conocimiento sistematizado de estos instrumentos y piezas a lo que se ha dado en llamar Ciencia Política, olvidando que la Teoría del Estado y otros elementos teoréticos no son sino simples presupuestos para la función más importante de la vida social: la lucha en torno al poder.

No es la lucha por el poder entonces un problema o una vergüenza respecto de la que haya que esconderse como pusilánimes, o como ciudadanos éticamente impecables, o como políticos transparentes que sonríen todo el tiempo. El poder político es la función maestra del Estado, de la que depende todo: la autoridad, la lealtad, el orden y la racionalidad social.

Y si es una función, es necesario entonces determinar las fases de su determinación, que Lomelí Garduño expone en los términos siguientes:

Pero hemos dicho que la concepción de la política debe ser dinámica. Esto significa que hay que abarcarla como un ciclo evolutivo que comprende desde la ACCIÓN HACIA EL PODER hasta el CONSERVATISMO POLÍTICO. Es decir, la política es una trayectoria imposible de ser comprendida en todas sus fases y derivaciones a la luz de doctrinas que explican o tratan de explicar esencias ideales y valores estáticos. Por eso el error de analizar cada problema como una concreción aislada. Todo proceder táctico que tiende en cualquier forma a un aumento de poder político, será en la obtención del poder, lo que da nacimiento a un segundo término constituido por la ACCIÓN DE GOBIERNO. Es mediante ésta que detentan las fuerzas del Estado para los fines de éste. Finalmente, la conservación y defensa de ese poder adquirido por medio de la acción política y ejercitado por la acción de gobierno, es lo que representa la tercera y última fase del ciclo, a virtud de la cual se ponen en juego todos los medios para hacer perdurable el poder obtenido. Dentro de estas tres fases se operan todos los fenómenos de acomodación posibles, existiendo otras secundarias que son como eslabones intermedios. Así, el acto-electoral, v.g., establece la transición hacia el poder. Pero ningún acto o problema escapa a este ciclo; él resume todo el acontecer político y responde por entero al nuevo concepto de la Sociedad, que no es organismo sino mecanismo.

El cuerpo del libro se despliega todo en una tesitura como la que he bosquejado aquí solamente de manera indicativa, dando de él nada más señal y noticia, cifrado, como tenemos dicho, en una escala que nos ha hecho pensar, más que en un tratado, en un panfleto. Adolece de algunos puntos débiles -o de uno sólo quizá- en cuanto a su sustancia teórica, como es el caso en el que sostiene que la finalidad de la vida social es la felicidad sin dar mayores referencias al respecto.

Para salvar la lectura del párrafo en cuestión, y poder así seguir con mi lectura, fue que anoté yo al lado de lo dicho el nombre de Aristóteles, para quien la felicidad tiene que ver, fundamentalmente, con la vida teorética o intelectual, a la cual manifestación de la vida habría de estar entonces consagrada, de alguna manera, la morfología maestra de la ciudad, razón por la cual, según algunos, como don Antonio Gómez Robledo, la Ética a Nicómaco es algo así como la antesala de su Política: expuesta la finalidad ética de la política, se traza entonces su plan sistemático.

Esto por un lado. Por el otro, es lo procedente tomar nota de lo expuesto por Gustavo Bueno en El mito de la felicidad, para darnos así cuenta de que, en el fondo, la felicidad no es otra cosa, en realidad, que una aspiración plebeya (Goethe) frente a la que lo más decente sería, me parece a mí, enderezar con Marco Aurelio, como norma de vida, el equilibrio racional estoico, dispuesto además y sobre todo como repelente contra toda tendencia social que pueda conducirnos peligrosamente a ese estado tan inquietante e irresponsable, que es el de la ignorancia voluntaria.

Es difícil, ciertamente, “recomendar” el libro Teoría y técnica de la política de Antonio Lomelí Garduño, en el sentido de animar a quien me lea a que lo adquiera nomás pueda. Y si esto es así se debe al hecho de que se trata de una rareza bibliográfica de librero de viejo a la que solo algunos pocos pueden tener acceso según un muy característico vicio o costumbre.

He tomado nota, en todo caso, de su nombre. Que ya no olvidaré. Y he tomado nota también de las enseñanzas encerradas en este libro de ciento ochenta y ocho páginas, editado en 1978 con un tiraje de 2 mil ejemplares, de un autor respecto de quien, hasta no haber tenido un libro suyo frente a mí, lo ignoraba todo.

[En la foto: Fidel Castro con Frank Mankiewicz, intermediario secreto entre el primero y Richard Nixon y Henry Kissinger]