Jornadas Vasconcelianas

P r e s e n t a c i ó n   g e n e r a l

Las Jornadas Vasconcelianas se conciben como convocatoria otoñal de debate, crítica e intercambio de ideas, tomando a la figura de José Vasconcelos como cúspide de referencia desde cuya perspectiva nos sea posible iluminar la diversidad de aspectos de la realidad contemporánea, teniendo siempre como pretexto histórico a su vida, su obra y su legado.

Hombre de temperamento refulgente, de aciertos y de errores igualmente grandes, y de una multitud de pasiones que lo atenazaron todo el tiempo, fue el de Vasconcelos un empeño vital marcado por los rigores de una grandeza a la que quiso ajustar su vida, y troquelarla según el canon de un heroísmo clásico que terminó transformando él mismo, como un Ulises criollo de perfil hispánico y americano y de continentalidad bolivariana, desde el que puso en práctica la divisa de Heráclito según la cual carácter es destino, dejándonos, al hacerlo, ‘el testimonio de un alma enhiesta que, como el fuego, brilló para consumirse y quemó, para ser, mucho de lo que amó’ (Jaime Torres Bodet).

Nada de lo que hizo o dijo Vasconcelos puede sernos ajeno, porque en su trayectoria se resumió la vida entera de México, señalando con pasión o con desprecio nuestros errores, nuestras virtudes, nuestra tarea histórica o las posibilidades abiertas según se quisieran ver, y entender, o no, las coordenadas de nuestro destino político. Muy caro paga un pueblo el no saberse dar a respetar, solía decir, repudiando lo mismo el desinterés o la apatía cívica del mexicano que la podredumbre corruptora en la que se enfangaba la clase política de su tiempo.

Ardiente, impetuoso y apasionado, alcanzó cumbres y abismos según era arrastrado por una repulsa colérica –que sus contemporáneos bautizaron como “desesperación vasconcélica”- por la medianía o la pequeñez: del ateneísmo y el maderismo en los albores de la Revolución a la cumbre que de sí mismo nos ofreció como creador, durante el obregonismo, de los fundamentos del sistema educativo mexicano, esa epopeya que al día de hoy, cual odisea americana a la que podemos darle ya el sello de vasconceliana, todavía nos estremece por el alcance de su proyección y por la intensidad que animaba su empeño redentor. Luego vino el 29, la guerra mundial y, con ella, la decisión inquietante de apoyar  a las potencias del Eje, añadida como variable de la derivada final de su andadura.

Una andadura que no obstante lo cual, y en todo caso, no dejó de ser por un instante y hasta el final la de una vida ígnea, vehemente y propiciadora, que impulsó hasta donde pudo el gusto universal y desinteresado por la belleza, la filosofía y el saber, y la grandeza, y que encuentra uno de sus más hermosos puntos de cristalización en la Biblioteca de México de la Ciudadela, por él ideada y dirigida hasta su muerte.

Para muchos fue un vencedor. Para otros un amargado. Para nosotros México no se entiende, sencillamente, sin él, y sin todo lo que fue fraguado, concebido y animado al amparo de su inspiración. Bajo la luz de la antorcha que Vasconcelos dejó encendida, y con el lema general tomado del Ulises criollo en el que nos encara para decirnos ‘Oiréis hablar de mí’, la Facultad de Filosofía de León convoca a las Jornadas Vasconcelianas, dispuestas anualmente como homenaje y merecido tributo, en definitiva, al gran fundador que fue.

Cartel 1as jornadas

Primeras Jornadas Vasconcelianas

Jueves 9 y viernes 10 de noviembre. 2017. Facultad de Filosofía de León.

‘Llamaremos bolivarismo al ideal hispanoamericano de crear una federación con todos los pueblos de cultura española. Llamaremos monroísmo al ideal anglosajón de incorporar las veinte naciones hispánicas al Imperio nórdico, mediante la política del panamericanismo.’

Así comenzaba Vasconcelos el texto de 1934 en el que, bajo el subtítulo de Temas Iberoamericanos, quedarían expuestas las coordenadas maestras de una filosofía de la historia a cuya luz nos fuera posible a todos los americanos columbrar, desde una escala universal, y por tanto geopolítica, el papel y protagonismo que era y es dable atribuir a los pueblos de lengua española distribuidos en esta zona del mundo y de la historia.

Lo que estaba viendo no era otra cosa, en realidad, que la dialéctica de imperios como motor histórico, cifrando en la fórmula titular de su libro las variables y criterios del drama en el que, una y otra vez, y al margen de que unos u otros lo desearan o no, estaba llamado a aparecer y reaparecer el dilema de la unidad o la dispersión hispanoamericana en función del antagonismo con la nación destinada a erigirse en el imperio más poderoso de la historia: los Estados Unidos de América del Norte.

Cuando se redactó Bolivarismo y monroísmo no existía todavía ni la Organización de Estados Americanos ni la Alianza para el Progreso, ni la CIA, ni la OPEP, ni el Mercosur ni la UNASUR, ni la Organización Demócrata Cristiana de América, además de que el narcotráfico no era todavía un factor de poder estructural y de desestabilización política de primera magnitud y de alcance mundial, tal como lo es hoy en día; Fidel Castro no salía todavía del puerto de Tuxpan Veracruz, México, para liderar la revolución que trastocaría la geopolítica de todo un continente, instalando un pivote geoestratégico de articulación soviética en el Caribe y a una millas, tan sólo, de Miami, y luego de que, una década antes, en marzo del 48, Juan Domingo Perón hubiera dado cobertura financiera y diplomática a un grupo de jóvenes cubanos para organizar -con inequívoco propósito de boicot- un congreso de estudiantes paralelo a la primera cumbre de la Organización de Estados Americanos, en Bogotá Colombia, en donde habría de figurar, precisamente, Fidel Castro Ruz, ni más ni menos, como de los más sobresalientes y belicosos líderes políticos.

Para entonces ya Sandino sí que había redactado sus planteamientos relativos a la unidad americana, y el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, desde la ciudad de México y bajo la decisiva influencia de Vasconcelos –de quien fue colaborador-, había encabezado ya diez años antes, en 1924, la creación de la Alianza Popular Revolucionaria de América, el APRA, dispuesta como plataforma continental de actuación y organización política inspirada en la revolución mexicana, en el movimiento de la Reforma universitaria de 1918, el anarco-sindicalismo y el pensamiento de Manuel González Prada.

Ese mismo año, 1934, se crea el Instituto Lingüístico de Verano, dispuesto también como plataforma norteamericana de manufactura protestante-evangélica para traducir la Biblia a todas las lenguas posibles, sobre todo las no escritas o las más minoritarias, como las prehispánicas. Cuatro años después el general Lázaro Cárdenas habría de decretar la expropiación petrolera mexicana. Y luego de veinte, en el 54, era creado a su vez el Grupo Bilderberg, con David Rockefeller figurando como promotor y patrocinador de la primera reunión.

La astucia de Vasconcelos radica en el hecho de haberse dado cuenta, en esos tiempos de exasperación nacionalista, de que ese y no otro habría de ser recurrentemente el problema americano en los términos de una filosofía de la historia, situado como variable independiente de una ecuación de densa complejidad, en la que habrían de estar añadiéndose con el paso de las décadas, aunque dibujada ya sobre un mapa energético rediseñado en función del hecho de que Churchill, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, sustituyera al carbón por el petróleo como la fuente combustible de la Marina Británica –cambiando con ello la historia económica del siglo XX-, diversidad de variables de todo tipo: desde la CIA y la USAID o las gigantes petroleras, precisamente, hasta la influencia de China o el maoísmo, o la ideología del indigenismo inoculada y animada por teólogos de la liberación o por fundaciones europeas, o por el Instituto Lingüístico de Verano, expulsado de ciertos países americanos en la década de los 80 del siglo pasado (Ecuador, Brasil, Panamá, México, Perú) por haberse encontrado presuntas conexiones de financiación por parte de la familia Rockefeller, dedicada, ésta es la cuestión, a la industria del petróleo.

El dilema en litigio habría de ser, y es, en todo caso, el mismo, tal como fue formulado por Jorge Abelardo Ramos en Revolución y contrarrevolución en la Argentina, cuando dijo categórico algo más o menos como lo siguiente: ‘no es que no nos unamos porque seamos subdesarrollados, sino que somos subdesarrollados porque no hemos logrado unirnos. Fuimos argentinos o venezolanos, o colombianos o uruguayos –o mexicanos- porque fracasamos en ser americanos: en esto estriba todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá’.

Al día de hoy, al correr mismo de 2017, y al margen de que a unos o a otros les guste o no les guste, la polémica en cuestión se nos sigue manifestando con toda su intensidad dramática, y con la mayor imantación ideológica que cabe imaginar. Quien no lo ve es porque no lo quiere ver. Pocos años después de que un gobierno emanado del PRI haya disuelto el legado cardenista con la reforma energética de 2013, abriendo las reservas estratégicas nacionales (basales) a la intervención privada y, por tanto, extranjera, y llevando a la práctica el proyecto histórico de Acción Nacional –fundado al año de la expropiación del general Cárdenas- según hubo de decir uno de sus ex dirigentes, llega a la presidencia de Estados Unidos un hombre que, una vez abierta la puerta para intervenir en nuestro subsuelo a discreción, y ya sin la figura del nacionalismo como barrera ideológico-estatal (ahora solo cabe el nacionalismo cultural, bien sea deportivo o folklórico, pero ya no político), hace de México uno de sus enemigos principales, y que además de no perder ocasión para insultar al pueblo y a la nación a través del menosprecio de su jefe de Estado –y manteniendo la amenaza de la construcción del muro fronterizo a ser pagada, por si fuera poco, por los propios mexicanos-, pone su política exterior en manos del ex presidente de una de las gigantes petroleras más poderosas de la historia (y fundada, por cierto, recordémoslo muy bien, por John D. Rockefeller), llevando al máximo nivel de exposición y evidencia posible el criterio estratégico de su dirección geopolítica, dentro de cuyos objetivos hemisféricos principales figura el derrocamiento del régimen bolivariano –he aquí la cuestión- que mantiene bajo control estatal a la empresa petrolera más rentable del planeta tomando como índice de medición el estimado de sus reservas de petróleo: PDVSA.

México, por voz de su canciller, apoya a la oposición interna al régimen bolivariano de Venezuela, que paradójicamente sacó a su vez la cara en defensa del pueblo de México cuando los insultos del presidente norteamericano (‘si te metes con México, Donald Trump, te metes con Venezuela’). Pero a pesar de ello, las críticas del gobierno mexicano contra el Bolivarismo venezolano continúan, llegando a la OEA -fundada en el 48 en Bogotá Colombia, recuérdese muy bien- y escalándose diplomáticamente, haciendo que el presidente de Venezuela se dirigiera entonces, frontalmente, a su par mexicano (‘Con Venezuela sí te metes, ¿verdad Peña Nieto?´), recordándole que ellos sí se reconocen, ideológicamente, en la tradición del legado del general Cárdenas, que estuvo al lado de Fidel Castro cuando asumió el poder político en Cuba tras la revolución del 59, diez años después de haber intentado boicotear la primera cumbre de la OEA financiado por Perón.

El círculo se cierra, o más bien se mantiene más abierto que nunca, removiendo una vez más las mismas variables –bolivarismo, monroísmo- y obligando a unos y a otros, lo quieran o no, a tomar partido; una toma de partido que, como bien supo verlo Vasconcelos, o Jorge Abelardo Ramos, o Alfonso Reyes, o Jesús Silva Herzog –creando para los efectos Cuadernos americanos-, o Carlos Pellicer –presidiendo para los efectos la Sociedad Bolivariana de México-, o Lucas Alamán en el siglo XIX  -organizando, para los efectos, el Congreso de Tacubaya-, estaba llamada a encararnos una y otra vez en el momento de querer definir la dirección de nuestro destino político, tal como en su momento lo viera también con toda claridad el argentino Manuel Ugarte (1875-1951), al afirmar con dramatismo que México es la última línea de repliegue para el porvenir de todo un continente: el Hispanoamericano.

El propósito de las Primeras Jornadas Vasconcelianas es abordar este problema de frente, con apertura y desde una perspectiva panorámica y global, de largo alcance, desbordando las tensiones de la coyuntura para poder apreciar con objetividad estratégica los fundamentos históricos del problema, y proyectarlo en el horizonte de nuestro futuro a escala continental, desde una altura andina, como diría Vasconcelos, analizándolo desde cualquiera de sus planos y ángulos de implicación y configuración, ya sea los de carácter histórico-político, o los de carácter estrictamente ideológico, o comercial o financiero, o demográfico o cultural o geopolítico o de seguridad nacional.

Para los efectos, la Facultad de Filosofía de León convoca a estudiosos y especialistas, a estudiantes, funcionarios y diplomáticos, y al público en general, a participar con ponencias o conferencias, que se irán organizando bajo el formato de Mesa de discusión, de Mesa de ponencias o de Conferencia magistral según vayan siendo propuestas al Comité organizador.