Ismael Carvallo Robledo

Imperio-Romano

[El Imperio romano: base matricial de Europa]

Es lo primero que hay que saber para pasar luego a la celebración o al lamento de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, que es a lo que quiero llegar. Las reacciones inmediatas fueron más o menos de lamento. Mi amigo Iker Izquierdo, que vive en Taipéi, comentaba el bochorno que le producía constatar la manera en que los progres taiwaneses se dolían por la salida británica de la Unión Europea, víctimas del mito de la Europa sublime que funge como tegumento ideológico que envuelve la realidad económico-política de esa unidad, que, pensando que es algo nuevo, es tenida por símbolo de la modernidad.

En México, pude asimismo escuchar los comentarios que un cosmopolita y exquisito joven analista ofrecía en televisión para manifestar sus reproches enderezados contra la intolerancia trasnochada de los viejos británicos, que, según las encuestas, inclinaron generacionalmente la balanza a favor de la salida frente a los jóvenes, que buscaban la permanencia.

El método más socorrido para los análisis sobre el particular combina el plano de implicación económico-financiero-comercial con el histórico-político, situando las cosas en el contexto de la organización de la Unión Europea finalizada la Segunda Guerra Mundial -pero sin ir más allá-, para la exposición del cual se pasa lista a la ya consabida cadena de instituciones cuyo eslabonamiento terminó por desembocar en la Unión en cuestión: Comunidad Europea del Carbón y del Acero (1951), Comunidad Europea de la Energía Atómica (1958), Comunidad Económica Europea (1958), Tratado de Maastricht (1991). En cualquiera de los casos, el supuesto de partida es Europa en busca de su unidad, sin profundizar demasiado en la explicación ni de lo uno (Europa), ni de lo otro (su unidad).

Para hacerlo (o intentar hacerlo), me voy a detener en dos cuestiones que suelen ser pasadas por alto. Por un lado, se olvida el hecho de que los así llamados “padres de Europa” (entiéndase Unión Europea), es decir, Schumann (Francia), Adenauer (Alemania) y De Gasperi (Italia), eran católicos practicantes, y no comunistas o marxistas o trotskistas. No es un dato accesorio o circunstancial: es un dato que, ampliando un poco la perspectiva, remite al hecho de que las raíces de Europa son cristianas, lo que a su vez implica que, por cuanto al fundamento de su estructura, su hechura es romana. En otras palabras: el núcleo histórico, matricial, de Europa, es el imperio romano. De aquí proviene su sentido político, su densidad cultural y su unidad histórica. Sobre esto abundaré en el presente artículo.

Pero también se olvida -y de esto hablaré en el próximo- que no sólo ha sido interno o cristiano-católico el proyecto europeo en el siglo XX, ha habido tres: el bolchevique, el de Hitler (como reacción, entre otras cosas, al primero) y el norteamericano, como reacción al primero y al segundo, tras la II Guerra Mundial precisamente (Plan Marshall). El multisecular proceso de configuración cristiano-romana de Europa se cruza, en el siglo XX, con la dialéctica de los grandes proyectos imperiales del mundo contemporáneo: el soviético, el nazi y el norteamericano, configurando en su trabazón el bastidor geopolítico sobre el que se habían recortado, durante el siglo XIX, las cinco naciones políticas fundamentales de lo que hoy es la Europa de la que estamos hablando: Francia, España, Italia, Alemania e Inglaterra. Como sabemos, a partir de 2002, el euro sustituyó al franco, a la peseta, a la lira y al marco, pero no a la libra esterlina. Hablaremos de esto después.

Ocurre entonces que la unidad europea existía muchísimo antes de la Declaración Schuman de 1950, con la diferencia de que el esqueleto no era monetario ni financiero ni comercial ni burocrático, era eclesiástico-cristiano. La cristiandad romana era, ella misma, Europa, consolidada como tal cuando Constantino el Grande, en el siglo IV, hace del cristianismo la religión del Imperio. Su antecesor, Diocleciano, había organizado los territorios con arreglo a cinco entidades “nacionales”, que llamó diócesis: Galias, Hispania, Italia, Germania y Britannia.

Con las invasiones germánicas, entre los siglos IV y VI, la unidad política romana es mantenida gracias a esa estructura eclesiástica, que cristianiza a los bárbaros. La verdadera fractura es producida por la otra gran invasión territorial y religiosa: la musulmana, durante los siglos VII y VIII. A partir de entonces, la unidad política de la Universitas christiana que era Europa, distribuida en un sistema de reinos medieval-dinásticos, se perfila en su enfrentamiento con el islam. La historia de España (Covadonga, 722) y Francia (Poitiers, 732) se define estructuralmente en esa lucha.

Cuando el financiamiento de los Reyes Católicos permitió el viaje de Colón a lo que luego fue América, esos reinos medievales constitutivos de Europa se transforman en imperios universales de régimen absolutista. En 1521 Cortés toma Tenochtitlán. En 1620, el Mayflower llega a lo que hoy es la costa este de los Estados Unidos, organizando, tras el desembarco, trece colonias. Con ambos acontecimientos, Europa se traslada a América.

Viernes 1 de julio, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.