Ismael Carvallo Robledo

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Lo de los papeles de Panamá es tema complicado. La información es abrumadora, y la impotencia paralizante -¿he dicho impotencia?-. Bahamas, Islas Caimán, Panamá. Los paraísos fiscales acumulan un cuarto de la riqueza privada de todo el mundo. Evasores de impuestos, terroristas, narcotraficantes. 140 altos dirigentes políticos y personalidades públicas de 50 países diferentes, involucrados en sociedades offshore en 21 paraísos fiscales distintos. Futbolistas, empresarios, artistas. Y ayer escuché con Aristegui a un analista que afirmaba que, frente a lo que se enjuaga en Singapur, lo de los papeles de Panamá es cosa de boy scouts. Y la de información que aún no se sabe, y que quizá no se sepa nunca, o que se irá sabiendo poco a poco, o tan solo parcialmente.

En todo caso, lo que se lamenta -¿he dicho lamentar?- es que se trata de una historia que no tiene fin. Y no lo tiene porque no lo puede tener. Y más aún: acaso sea necesario reconocer que esto no es ni bueno ni malo, y que sencillamente es así. Lo que digo puede no gustar a muchos, lo sé muy bien.

Pero por más que se pida transparencia o rendición de cuentas, que es lo más fácil y expedito –y a eso podría reducir este artículo: a exigir, desde luego que indignado y con la consciencia tranquila, más transparencia y rendición de cuentas, y más democracia y más ética y empoderamiento, diciendo a la vez todo y a la vez nada-, lo máximo a lo que se puede aspirar es a la administración de las cosas. Lo que tampoco es garantía de mucho, porque la pregunta siguiente e inmediata, y por demás inquietante, es: ¿y quién es el que administrará todo esto? ¿El pueblo en asamblea democrática permanente, o la sociedad civil empoderada a través de las redes sociales sobresaturando las webs de los institutos de transparencia, solicitando información, o a través de sus representantes en las comisiones parlamentarias anticorrupción creadas para los efectos, o a través del nuevo sistema oral de justicia penal en el que ingenuamente se nos ha metido a todos los mexicanos, previo adoctrinamiento por vía de ONGs y de Fundaciones ad hoc -norteamericanas todas ellas, obviamente- para ajustarnos mejor al esquema judicial de Estados Unidos y para que Trump nos pueda entonces demandar a gusto? ¡Por favor!

¿O tal vez la prensa progresista tipo The Guardian, El País, el Süddeutsche Zeitung o La Jornada o Julian Assange? Lo dudo mucho. Y además, ¿es eso lo que queremos? Porque habría que preguntar primero por los intereses económicos, políticos e ideológicos que están detrás de estos medios, o de todos los medios en general y de Julian Assange, que nadie trabaja sobre la nada ni se alimenta con aire, además de que la verdad absoluta, así en la política como en la historia, no existe, razón por la cual la veracidad no es otra cosa que una intencionalidad problemática por aproximativa.

Pero atención, no quiero que me malinterpreten: tampoco estoy diciendo que no sirvan los institutos de transparencia, o las comisiones anticorrupción (o por lo menos ciertas comisiones, en ciertos países, con cierto decoro), o que el enriquecimiento insultante por desproporcionado de un político analfabeto o de una líder sindical que no paga impuestos o que colecciona Ferraris me tengan indiferente. No es eso lo que quiero decir.

Se trata tan sólo de entender lo que aquí está ocurriendo, o que no deja, más bien, de ocurrir. Uno u otro podrán terminar en la cárcel por fraude fiscal, por prevaricación o cohecho o por enriquecimiento ilícito. De acuerdo. El primer ministro de Islandia ya dimitió. Perfecto. Pero lo que a mí me parece es que esto no tiene fin. Y parece que la corrupción está infestándolo todo, y que no hay nada que no tenga, en su núcleo o en su génesis, o un acto ilegal o una acción corrompida, y que es sólo cuestión de tiempo para que se vaya sabiendo a través de la morbosa papilla periodística.

¿Pero por qué no tiene fin? Esta es la cuestión. ¿Por qué no tiene fin la corrupción? Hace unos meses escribí ya algo, aquí mismo, sobre ella, recordando la distinción hecha por Gustavo Bueno en virtud de la cual una cosa es la corrupción delictiva (o fiscal), que es nuestro caso, y otra cosa es la corrupción ideológica (o cultural), añadiendo que, en casos extremos, la segunda es peor que la primera.

Corrupción fiscal o delictiva es, por ejemplo, la que se está ventilado en los papeles de Panamá. Corrupción ideológica es la campaña pseudo-progresista para destruir a la familia monógama-heterosexual, o el haber reconocido treinta y seis nacionalidades étnicas en la constitución más reciente de Bolivia. ¿Por qué 36 nada más y no 93 o 64? No sé si me explico.

Pero no se trata ni de ponerse cínico ni apocalíptico, sino de entender. Y lo que yo veo es a regímenes, Estados y grupos de poder enfrentados a muerte entre sí, en una dialéctica geopolítica que instrumentaliza tanto los canales de la corrupción y lavado de dinero, tal es el caso de Panamá, como el de los medios de comunicación –unos u otros, estos o aquéllos- para filtrar, cuando se calcule adecuado hacerlo, la información oportuna para derribar a un régimen, a un Estado o a un persona en particular.

El problema aparece cuando el atacado se defiende. Porque siempre habrá otras filtraciones, y otros canales, y otros medios de comunicación para ello. Por eso es que yo digo que la corrupción, en el límite, ésta es la cuestión, y lo lamento -¿he dicho lamentar?-, no tiene fin.

Viernes 15 de abril. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.