Ismael Carvallo Robledo

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De acuerdo, Fidel, pero ¿qué es la historia?

En algún sitio dice Julio Camba, con ese sentido común tan singular, que desde que el mundo es mundo cada quien se las arregla como puede. Es ley de oro, qué duda cabe. Y también universal, pues aplica lo mismo aquí que en Rusia o China o Italia, o París, Nepal, Corea o Afganistán. Cada quien se las arregla como puede, sí. La cosa se hace más interesante, y complicada también, cuando se contrastan los marcos de posibilidad, es decir, los marcos de encadenamiento o de círculos causales dentro de los cuales a cada quien le es dado vivir para arreglárselas, en efecto, “como puede”.

Porque si bien es cierto que todos nos las tenemos que arreglar según se puede, no todos pueden de la misma forma. No todas las plataformas de posibilidad ni las perspectivas para arreglárnosla con el mundo son iguales, ni valen lo mismo. La inteligibilidad de cada una de estas formas –y no solo en sí mismas sino sobre todo en su devenir-, del contraste conflictivo casi siempre entre una y otra, o el de todas entre sí, es el acometido que introduce al hombre en el dominio o plano, vale decir problema, de la historia.

No ha sido el único, ni ha existido siempre, pues para su emergencia era necesaria la configuración de la ciudad y la problematización consciente de la experiencia de la guerra. No es gratuito el hecho de que una de las obras canónicas que de la Historia, como saber o disciplina, tenemos, es el recuento o relato de la historia de una guerra: la del Peloponeso, escrita, como se sabe, por Tucídides.

Pero no fue el único intento, como decimos. En la Grecia clásica fueron también la tragedia (Esquilo, Sófocles), la filosofía (Platón, Aristóteles) o la sátira (Aristófanes) los dominios a través de los que, en nuestra tradición, se quiso comprender el acontecimiento fundamental de la vida y el conflicto entre personas y ciudades o Estados. De alguna manera, podríamos decir entonces que la historia es una de las formas en las que el hombre quiere dar cuenta del proceso mediante el cual, al convertirse en ciudadano, su vida se transforma para siempre al tomar contacto con la ciudad, es decir, con la política.

El cristianismo representa un cambio cualitativo para los efectos del significado que para los hombres tiene la historia. Porque con los mitos de “la encarnación” y “la caída”, el discurrir de las cosas del mundo, incluidas las humanas –porque Dios se hace hombre-, se transforma en un discurrir divino, en un acontecimiento portador de un sentido ‘así en la Tierra como en el Cielo’, dicho sea esto sin perjuicio de que, en términos ateos, ese sentido no pueda entenderse de ninguna manera. Por eso es, en todo caso, tan íntimo e intenso el contenido judeo-cristiano que anima la interpretación, entera, que de la historia hizo Carlos Marx, ese gigante materialista al tiempo que historicista, pues la fase final que para la humanidad predijo -el comunismo-, jugó en su sistema el mismo papel jugado por la salvación futura que para los hombres estaba planteado en los evangelios. Era imposible que Marx no actuara así, siendo como lo fue uno de los continuadores más poderosos y luminiscentes del magisterio de Hegel, el gran orfebre escolástico que, a caballo entre el XVIII y el XIX -el siglo historicista por excelencia, precisamente- sintetizó con brío sinfónico y catedralicio, y coronando al hacerlo el proceso de inversión teológica, helenismo y cristianismo.

Ahora bien, ajustando al máximo la precisión, hemos de decir entonces que, desde un punto de vista ontológico –y recordemos que por ontología entendemos todo cuanto tiene que ver con la estructura de la realidad-, la historia (con minúscula) es el plano de configuración real en donde tiene lugar la confluencia acumulativa y siempre conflictiva de líneas operatorias de los diversos grupos humanos constitutivos de sociedades que, a través de formas institucionales normadas que se derivan de dicha confluencia, cristalizan en formaciones dadas en una escala de organización distinta de la antropológica y cuya figura fundamental es el Estado. La trama de la historia, lo dijo Mariátegui, es la política.

Desde un punto de vista gnoseológico –la gnoseología remite a todo cuanto tiene que ver con el conocimiento de la realidad a través del filtro de los saberes científicos-, la Historia (con mayúscula) es una disciplina o ciencia humana caracterizada por el estudio de las reliquias y relatos dejados por sujetos humanos pretéritos que son analizados en orden al esclarecimiento de las cadenas de causalidad que explica la existencia de los mismos. Pero la pluralidad de contenidos impide hablar de una historia total, o de una historia de la humanidad: hay historia de la música, de las matemáticas, de la política de una nación determinada, de la poesía latina o de la literatura española o finlandesa.

Desde este punto de vista, y como dice Gustavo Bueno, la Historia no es una cuestión de la memoria, sino del entendimiento y la clasificación (de reliquias y relatos), lo que entre otras cosas significa que no hay una sola forma de clasificación. Por eso es que la historia, y su estudio, es un conflicto político y abierto en el que cada quien, en efecto, está dicho, se las arregla como puede.

Viernes 19 de febrero, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.