Desnudos vergonzantes

Ismael Carvallo Robledo

museo capitolino (2)

Lo advertí hace no mucho al escribir sobre la Navidad. Aquí mismo lo hice. Y creo que hubo alguno que, según supe, o no pudo o no quiso o no tuvo, sencillamente, el interés por entender lo que dije. Acaso haya habido también incluso, quizá, quien pensó que lo hice poniendo en práctica un supuesto catolicismo exaltado. Ese fue, de haberse dado el caso, el que menos me entendió.

Porque yo no estoy hablando desde la fe, sino desde la historia, que se despliega por encima de nuestra voluntad individual. El hecho de que el Palacio Nacional de la ciudad de México esté flanqueado por una catedral de la Iglesia católica, y no por una mezquita musulmana, es un dato objetivo dispuesto por la historia, por los siglos, por la política y la guerra, que está ahí se crea o no en Dios o en la trinidad (yo soy ateo radical, no practico religión alguna y ni el bautismo tengo sobre mí), y al margen de que, de vez en vez, se llene la explanada que cierran en ángulo Catedral y Palacio con gente que se reúne, o bien para bailar con atuendos prehispánicos, o bien para hacer yoga en compañía de cientos o de miles, o bien para fotografiarse al desnudo junto con también cientos o miles y participar, así, en algún happening que, como los organizados por Spencer Tunick, se puedan convocar para los efectos.

La advertencia era esta: quien por una supuesta actitud de respeto, de pluralismo, de laicismo o de corrección política progresista -que es algo así como decir lo mismo, pues no hay nada más correcto políticamente y cómodo que ser progresista (o progre)-; quien por alguna de estas razones decide no hacer mención de la Navidad para no ofender a quien por religión no la celebra no es otra cosa que un rotundo y fanático ignorante. Es un ignorante y un fanático que, además y sobre todo, es al mismo tiempo peligroso, porque si hoy pide eliminar la Navidad –permítanme que diga lo que dije aquélla vez- ‘mañana, por consistencia, querrá eliminar a Bach o a Zurbarán’. Hace unos días, a través de la prensa, se me presentó patética y llena de presagios amargos, desplegándose con toda la fuerza de su estupidez, la oportunidad para corroborar la tesis.

Y no fue ni en Villahermosa ni en ciudad de México. Fue en Roma, ni más ni menos. La Roma de los césares. El centro neurálgico de lo que es Occidente cultural, filosófica, política, artística, históricamente, o de lo que era, o de lo que está a punto de dejar de ser, según vemos. La nota leída decía algo más o menos como esto: “Polémica: Italia ocultó las estatuas con desnudos por la visita del presidente de Irán”. Ahí lo tenemos. Al leer el encabezado supe al instante que estaba sucediendo lo que me temía.

Resulta ser que, por motivo de la visita a Italia del presidente de la República Islámica de Irán, Hasan Rouhani, las estatuas con desnudos de los Museos Capitolinos de Roma fueron cubiertas “por respeto” al mandatario. La pinacoteca capitolina tiene su origen en las colecciones que Papas como Sixto IV, Pablo III o Benedicto XIV fueron donando paulatinamente al recinto a partir del siglo XV en adelante.

Pero nada de esto ha de haber importado al gobierno progresista de Matteo Renzi, que no tuvo problema alguno, suponemos, para acatar la exigencia de la diplomacia persa para auto-denigrarse a sí mismo y a los italianos mediante el pusilánime trámite de esconder una de las manifestaciones más acabadas y perfectas de la estructura sobre la que se soporta lo que los italianos, los europeos y los americanos, hispanos o angloparlantes, somos: su arte clásico. Víctima -creemos percibir- del panfilismo multicultural y del fanatismo progresista políticamente correcto, el gobierno de Renzi ha demostrado no saber qué es lo que históricamente se supone que tiene que defender. Churchill, pongamos por caso, sí lo sabía. Pero eran otros tiempos y otro tipo de hombres, y otra estirpe de políticos. Hoy, lo dijo Luis Goytisolo, vivimos una época que es boba como casi ninguna otra lo ha sido. Es la bobería de la corrección política de la ONU y de la UNESCO, que nos obligan ahora a todos, “por respeto a la diversidad”, a pedir perdón por ser hombre, por hablar español o inglés o francés, o italiano, por ser adulto, por ser padre, por ser monógamo o heterosexual, o por desear tener una familia, por pensar con la lógica de Aristóteles (y la de Frege), por practicar el humor ateo o por no ruborizarnos ante un desnudo como el de la estatua de Venus del Museo Capitolino de Roma.

Es este esperpento a lo que nos ha llevado la ideología progresista del respeto a la diversidad, atenazada por la falsa dicotomía de conservadurismo contra progresismo: a escondernos como miserables, a negar lo que somos y a tener a gobernantes pusilánimes e indoctos aunque sensibles y respetuosos de la diversidad y la otredad, porque de lo contrario no los votan.

Se nos dice que, por respeto, hay que anular la Navidad; que por respeto, hay que esconder los desnudos de nuestros museos. Mañana, óiganme bien, querrán eliminar a Bach o a Zurbarán. ¡La que hubiera armado Malraux, ante esto, de haber seguido vivo!

Viernes 5 de enero, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.

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