Sobre las alianzas

Ismael Carvallo Robledo

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Pacto germano-soviético de no agresión, firmado por Mólotov, canciller de Stalin, y Ribbentrop, canciller de Hitler, en agosto de 1939. En la foto, Mólotov firma mientras lo observa, detrás suyo, Ribbentrop, con Stalin a su izquierda.

Maquiavelo estaba mintiendo, o exagerando deliberadamente, cuando dijo que la fundación de un nuevo Estado solamente puede ser llevada a cabo por un Príncipe solo, es decir, que actúe en solitario. Estaba exagerando, sí, porque creemos imposible que no haya sido consciente del hecho de que la acción absolutamente solitaria, en política, es un imposible ontológico.

Lenin fue quizá más agudo, cuando dijo por su parte que la política, más que aritmética, es algebraica. La definición es perfecta para los efectos. La aritmética remite a las operaciones elementales entre los números -adición, resta, multiplicación y división- mientras que el álgebra lo hace, en cambio, sobre la combinación de elementos de estructuras abstractas, es decir, sobre operaciones de mayor complejidad y de mayor cantidad de variables y parámetros: agrupaciones, símbolos, relaciones de asociatividad o de conmutatividad. Dio en el blanco Lenin, y podríamos muy bien decir con él que, en su núcleo fenomenológico, la política es algo así como el álgebra del poder, dispositivo cardinal de la dominación.

El problema aparece cuando, saliendo de la familia para entrar en la vida política del Estado, incorporas en este producto algebraico la variable de la voluntad conectada con las de la convicción y la lealtad, facultades morales para la activación de las cuales no sirve la abstracción o la complejidad: solamente sirve la claridad apodíctica y oposicional. Quien no entienda esto es mejor que no se meta en política. Porque si quieres la lealtad de los hombres, para que te sigan, les tienes que señalar, y sin rastro de duda, a un enemigo a vencer. Por eso dice San Mateo, en divisa evangélica llamada a ser eterna, que “el que no está conmigo está contra mí”. Es un problema situado en el centro neurálgico de la acción política, razón por la cual se nos manifiesta como un drama histórico, o más bien quizá como la trama dramática de la historia. Por eso es Shakespeare tan importante para los efectos de la compresión de la política, así como Corneille.

Carl Schmitt lo vio con claridad cuando dijo, precisamente, que la esencia de lo político es la polaridad amigo-enemigo. Es una definición que destila un aroma bíblico, aunque también maniqueísmo. Pero es que si se llevan las cosas al límite resulta que es verdad. En los sistemas electorales más habituales, la segunda vuelta existe, por lo general, para reorganizar las fuerzas en disputa en función de dos opciones nada más. Amigo y enemigo como polos de la dialéctica a la que se reduce el momento de verdad de lo político, que es cuando se tiene que decidir.

Si quisiéramos ponerlo en otros términos, lo que procedería decir es que el nervio vital de lo político no es otra cosa que la dialéctica, el antagonismo. Esta es la razón que explica la naturaleza constitutivamente agónica de toda alianza, porque ahí donde aparece, lo hace también, como resultancia inevitable y trágica, la contrafigura incómoda de la traición.

Pero es que Lenin dio en el blanco con su definición, como decimos. Puede gustarnos o no, pero para hacer política ha sido siempre necesario encontrar aliados. La clave está entonces, partiendo de esta inevitable fatalidad, en la capacidad que se tenga para comprender los componentes de la ecuación de las alianzas que, en cada coyuntura política, les son ofrecidos a los hombres por la historia, así como en saber distinguir entre una alianza táctica y una alianza estratégica, y entre los finis operantis (el fin que se propone el sujeto) y los finis operis (el fin al que tiende objetivamente su acción).

Porque es lo cierto que si ha habido traiciones políticas siempre, es porque ha habido también siempre alianzas o en sentido inverso. Desde la establecida en su momento entre Pompeyo y César, disuelta posteriormente por éste al cruzar el Rubicón, hasta la alianza entre Stalin y Hitler en el pacto germano-soviético previo a la Segunda Guerra mundial -y que tan perturbadora hubo de ser para el mundo comunista-, pasando por la Alianza Atlántica anti-soviética, la alianza entre Hitler y el Gran Muftí (musulmán) de Jerusalén contra los judíos, o la estrategia de alianzas de los Frentes Populares que Dimitrov propuso en su momento para frenar el avance del fascismo en toda Europa, la alianza entre el PRI y el PAN en México para frenar al cardenismo en la elección de 1988 -aliado, a su vez, por otro lado, con la izquierda socialista- o la alianza de facto, en la Europa de la Guerra Fría, entre la democracia cristiana y la socialdemocracia dispuestas en los hechos contra el comunismo.

Ahora bien: cualquiera sabe que los amigos y los enemigos cambian con el tiempo, lo cual incrementa la complejidad y dinamismo dramático de la política, sobre todo si la entendemos al modo leninista: algebraicamente, lo que entre otras cosas significa que los enemigos de mis enemigos no son, necesariamente, mis amigos. Saber dilucidar esto es uno de los más caros atributos de quienes han sido reputados por la historia como los grandes estrategas de la política.

Diario Presente. Viernes 29 de enero, 2016. Villahermosa, Tabasco.

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