Ismael Carvallo Robledo

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Todos los hombres son intelectuales -en cualquier trabajo físico, incluso en el más mecánico y degradado, hay un mínimo de calificación técnica, o sea, un mínimo de actividad intelectual creadora-, aunque no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales. Así habla Antonio Gramsci en el cuaderno veintinueve de sus clásicos Cuadernos de la cárcel, esa apasionada y genial Biblia moderna de la política en la que de alguna manera quedó escrito algo así como El Estado, en forma similar a aquélla por virtud de la cual escribió Carlos Marx El Capital.

Pero no es ese pedante y ético a la vez que irónico y sensible literato o poeta o glamuroso director de cine lo que quería destacar Gramsci al hablar de ‘La formación de los intelectuales’; se trata más bien del complejo proceso de organización histórica y social del conocimiento, el prestigio y la autoridad moral en tanto que dispositivos de control ideológico y de formación de las clases dirigentes (de la clase política), incrustado en la dialéctica de la política nacional en una época que, como la suya, comenzaba a quedar irremediablemente sometida cada vez más a la tecnificación industrial masiva.

Fueron los años transcurridos entre la primera y la segunda guerras mundiales en los que tuvo lugar el colapso del liberalismo económico y político, en medio de la emergencia y configuración de las sociedades de masas industriales que, teniendo como variable independiente al sindicalismo, fueron ideologizadas, en Europa, por el nacionalismo católico o catolicismo nacional-sindical (José Antonio Primo de Rivera, Franco, Falange), el comunismo soviético (Lenin) y los fascismos (Mussolini  o Hitler), y cuyos correlatos americanos fueron el “fordismo” estadounidense, el  cardenismo y el sinarquismo mexicanos o el peronismo argentino. Todas estas ecuaciones ideológicas fueron intentos a través de los que, desde el núcleo del cuerpo político de los estados nacionales, se quiso controlar y dirigir al movimiento de masas y obrero producido por la expansión del capitalismo nacional en dialéctica con el imperialismo financiero y monopolista (Hobson, Lenin).

“El tipo tradicional y vulgarizado del intelectual -dice Gramsci- es el ofrecido por el literato, el filósofo, el artista. Pero en el mundo moderno la base del nuevo tipo de intelectual debe darla la educación técnica, íntimamente relacionada con el trabajo industrial, incluso el más primitivo y carente de calificación.” Lo que advertía, teniendo como antecedente la obra de Gaetano Mosca sobre la clase política, era el cruce de dos planos de conformación de las clases dirigentes o de los especialistas o los representantes en el mundo moderno –y Gramsci recuerda aquí la conexión etimológica, en las lenguas neolatinas, entre las palabras ‘clérigo’, ‘intelectual’ y ‘especialista’- troquelados como módulos de la función social del “intelectual”, es decir, aquélla que tiene como acometido la organización del liderazgo moral como fundamento de la autoridad política.

Uno de los planos era precisamente aquél en el que estaba perfilándose el “nuevo intelectual” moderno: “todo grupo social, como nace en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, se crea al mismo tiempo y orgánicamente una o más capas de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función, no sólo en el campo económico, sino también en el social y político: el empresario capitalista crea consigo mismo el técnico industrial, el científico de la economía política, el organizador de una nueva cultura, de un nuevo derecho, etc.”

El otro plano es el histórico o tradicional, proveniente de la Edad Media, en el que distingue al “intelectual tradicional”, al clérigo, literalmente: “pero todo grupo social “esencial”, al surgir en la historia a partir de la estructura anterior y como expresión de un desarrollo de ésta, ha encontrado, al menos en la historia hasta el momento ocurrida, categorías intelectuales preexistentes”. La más típica de estas categorías, nos dice, es la de los clérigos, seguida por la de los médicos. Los primeros fueron monopolizadores durante mucho tiempo de la ideología religiosa, de la filosofía y la ciencia, así como de la escuela, la moral, la justicia y la beneficencia. Los médicos, como categoría social en un sentido amplio, son todos aquellos que “luchan” contra la muerte y las enfermedades, y que mantienen una cierta correspondencia con la “salvación” o la terapéutica como atributo del que es dable que se desprenda la autoridad moral y política.

Las sociedades de estirpe católica, como las europeo-mediterráneas o las pertenecientes al orbe hispánico americano, son escenarios propicios para la cohabitación de las dos clases de intelectuales en el sentido de Gramsci. Es imposible no recordar el hecho de que el Che Guevara fuera médico, así como tampoco es fácil olvidar o desconocer el peso que ese gremio, el de los médicos, ha tenido tanto en la política uruguaya (Tabaré Vázquez) como, por ejemplo, en la vida social y política de Tabasco en México. En efecto: no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales. La clave, para que la tengan, ya lo vemos, está dada o bien por la revolución, en casos extremos, o bien por la política: dos de las formas más intensas de participación activa y consciente en la vida del Estado. La otra forma, desde luego, es la guerra.

Viernes 11 de diciembre, 2015. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.