Ismael Carvallo Robledo.

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[Octavio Paz, 1914-1998]

I

Para ponderar la figura y obra de Octavio Paz distinguiremos tres planos de análisis: el plano sociológico-literario-intelectual, el político-ideológico y el filosófico.

II

Desde el plano sociológico-literario-intelectual, Octavio Paz es indiscutiblemente el intelectual-literato mexicano más importante de la segunda mitad del siglo XX, comparable solamente con Alfonso Reyes (1889-1959) y José Vasconcelos (1882-1959), que podrían ser considerados como las dos figuras centrales en ese terreno durante la primera mitad del siglo.

La obtención del Premio Cervantes en 1981, y el Nobel en 1990, confirman la amplitud del radio de alcance de su influencia internacional, y la escala de primer orden en la que su trayectoria se dibujó, independientemente de que se coincida o no con sus posiciones y planteamientos fundamentales en el terreno ideológico, político o filosófico.

Carlos Fuentes (1928-2012) sería quizá el otro intelectual-literato que pudo medirse con él, desde esa misma perspectiva sociológico-literario-intelectual. Fuentes obtuvo –también- el Cervantes (1987), y el Príncipe de Asturias (1990), además del Rómulo Gallegos (1977). Pero nunca obtuvo el Nobel.

Cuando se busca el nombre de Octavio Paz en Google, los nombres a los que se le vincula (es decir, que quienes han buscado a Paz también los han buscado) son los de Carlos Fuentes (precisamente), Pablo Neruda, Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Rulfo, Elena Garro, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, José Emilio Pacheco, Julio Cortázar, Miguel de Cervantes, Antonio Machado y Mario Vargas Llosa.

El listado anterior confirma el hecho de que es en el campo literario -pero no en el filosófico o en el histórico-, aquél en el que se definen con mayor nitidez y claridad las abscisas y ordenadas de su obra, su persona, su trayectoria y su legado.

III

Desde el plano político-ideológico, Octavio Paz fue un hijo genuino de la revolución mexicana, que gravitó en un primer momento -y de manera muy general- en la órbita de la izquierda socialista y comunista, sobre todo por su involucramiento ideológico-intelectual con la guerra civil española, pero que se distanció posteriormente del comunismo soviético tras el endurecimiento burocrático-autoritario del socialismo real, lo que le valió ser objeto de ataque por sectores dogmáticos de la izquierda socialista y comunista mexicana durante toda su vida. La contrafigura de Octavio Paz, en este terreno, sería quizá José Revueltas (1914-1976), que se mantuvo hasta el final, si bien de manera también crítica, dentro de la órbita ideológico-política del marxismo leninismo.

Tras los acontecimientos del 2 de octubre de 1968, se distancia también Paz del régimen del PRI, al que tacharía de autoritario y burocrático, y que acaso haya visto como una modulación a la mexicana de la tendencia represora del Estado en tanto que maquinaria de control y dominación social, política e ideológica (El ogro filantrópico). En esta ruptura con el régimen del PRI, aparecerá otra vez la figura, en este caso antagónica, de Carlos Fuentes, quien de manera un tanto sui generis defendió en su momento tanto al gobierno de Luis Echeverría como a la revolución cubana.

La derivación natural de esta trayectoria político-ideológica de Paz, determinada tanto por la crítica al burocratismo del socialismo real como por la crítica al autoritarismo del régimen del PRI, fue la del liberalismo democrático, que encontraría su punto de inflexión fundamental en la década de los 90, teniendo de frente el colapso de la Unión Soviética y el proceso de reorganización neoliberal y desnacionalizador de la matriz priísta (nacionalista revolucionaria) del Estado mexicano.

Desde este punto de vista, Octavio Paz fue el ideólogo orgánico de la transición democrática mexicana. El célebre coloquio La experiencia de la libertad de 1990, convocado y organizado por Paz y la nomenklatura cultural anticomunista occidental -y la anti-priísta nacional- significó su ungimiento como el sumo pontífice ideológico de la democracia liberal. Su principal cardenal y heredero ha querido ser, a como dé lugar, Enrique Krauze.

IV

Desde el plano filosófico, la figura de Octavio Paz de alguna manera desfallece, no siendo la suya una formación rigurosa en el terreno de la filosofía. Paz fue un poeta y un literato, no un filósofo ni un historiador. Por eso en Google con quienes se le vincula son poetas y novelistas, no con filósofos (ni Kant, ni Hegel, ni Marx, ni Espinoza, ni siquiera Ortega y Gasset). De haberlo conocido, Marx lo habría catalogado como ‘literato que sabe las cosas a medias’ (Halbwissende literati).

De manera general, Octavio Paz mantuvo posiciones ilustradas y “modernas”, de ascendencia iluminista (orbe germánico idealista y kantiano) y enciclopedista (orbe francés: Voltaire, Diderot; además de su predilección por la obra de Levi-Strauss en antropología y el surrealismo poético de Breton) pero bastante rudimentarias u ordinarias en su argumentación, de manual corriente de historia de la filosofía.

Desde esta plataforma fue que defendió Paz sus posiciones liberales y demócratas, antiautoritarias y críticas del Estado, tomando distancia crítica respecto del escolasticismo dogmático de cuño español, en donde quiso ver él la fuente de lo peor que tenemos los que hablamos español, y del dogmatismo de estirpe germánico-hegeliana, cuya teleología ontológica estaba detrás tanto de la “escolástica” marxista como de los totalitarismos del siglo XX (el fascista, el nazi y el comunista).

En todo caso, Octavio Paz es el intelectual-literato más importante que México produjo durante la segunda mitad del siglo XX, de eso no puede haber duda. A escala mundial, no habiendo sido él un filósofo en sentido riguroso, con quien podría equipararse serían quizá un Sartre o un Ortega o un Malraux, que no es poco, pero no Hegel, o Marx o Gustavo Bueno, el filósofo más importante de nuestro tiempo y del que lo separan cientos de miles de leguas.

Y si el comparativo fuera hecho trasladándonos al área de difusión greco-helenística, Octavio Paz sería algo así, quizá, como un sofista, a lo Gorgias o a lo Protágoras, es decir, un retórico refinado y sutil pero en el límite, por carecer de sistema, evanescente, imposible de ser parangonado con la penetración ontológica de Platón o con el rigor sistemático y sinfónico de Aristóteles, que está en la base de nuestra estructura racional.

En lo personal, la autoridad intelectual y filosófica que Octavio Paz ejerce sobre mí es casi igual a cero. Puede que se encuentren algunas cosas de un cierto interés en una u otra de sus obras, y su vida desde luego que no puede no sernos de interés por los ámbitos en los que se movió y por las personalidades que conoció. Pero, de manera global, su herencia y pensamiento no representan para mí a un enemigo. Podría ser quizá -en todo caso- un antagonista, pero muy lejano, tan lejano que en realidad ni siquiera merece ser tomado demasiado en cuenta.

Octavio Paz es, en definitiva, uno de los grandes mitos geniales del México del siglo XX, cosa que tampoco es para que nos abandone el sueño. Y si fue de izquierda o de derecha, o si se acercó demasiado al poder político son cosas que a mí me importan en realidad un bledo. Ese no es el problema, o por lo menos no es el mío cuando se trata de medir la catadura intelectual o filosófica de alguien. ¿A quién le importa si Hegel, o Malraux o Vasconcelos estuvieron o no cerca del poder político, o si fueron de izquierda o de derecha? ¿Qué importa eso para ponderar la trascendencia histórica de la Filosofía del Derecho, Las voces del silencio o la hechura del sistema educativo del México moderno?

Diciembre, 2015.