Ismael Carvallo Robledo.

Proportions_of_the_Head

La semana pasada (‘En nombre de Dios’) hablé aquí del problema de Dios en conexión con la guerra, señalando la improcedencia de la tesis según la cual la beligerancia religiosa es atribuible a los radicales que se apropian de su nombre pero tergiversando su sentido en una dirección que desemboca en la guerra. Mi propósito fue desmontar esa tesis, tachándola de “escapista”, esto es, que se usa para darle la espalda al problema, “escapando de él”, separando la religión de la historia política y reduciéndola o bien al plano de la sociología, al de la psicología o al de la antropología, y evidenciando el hecho de que es más bien la idea de Dios la que está ya inmersa en plataformas culturales enfrentadas políticamente entre sí, depositando la clave de la cuestión, entonces, en la capacidad que se pueda tener o no para, encarando el problema, saber o ponderar qué idea de Dios es más racional con relación a las demás. Estoy obligado a abundar sobre esto último.

De manera general son tres los modos en que se puede interpretar una religión tan añeja como lo puede ser la católica: el modo mitológico, el modo teológico y el modo filosófico. El modo mitológico es aquél en el que no se hace una distinción entre lo natural y lo sobrenatural. Es la perspectiva del creyente, que cree en los milagros, o que es supersticioso en grado extremo, o que cree que, en el sacramento de la eucaristía, se pone en operación un proceso real, y no alegórico, mediante el cual el pan y el vino, a través de la consagración, se convierten en la sangre y el cuerpo de Jesucristo.

El modo teológico se eleva un peldaño más en cuanto a su nivel de complejidad. En él se distingue ya lo que es racional y lo que no lo es, y se sirve de abstracciones y conceptos, como puede ser el de la transubstanciación, para solventar el trámite de racionalización de sus dogmas. El modo filosófico es de alguna manera solidario del teológico, con la diferencia, radical en el límite, de que por rigor metodológico es ya impío o ateo –no puede aceptar dato alguno que provenga de la revelación-, lo que no obsta para que pueda entender el funcionalismo pedagógico e histórico que hace trabajar a las ceremonias o a las instituciones religiosas, y que sabe en todo caso que lo que está detrás de conceptos como el de la transubstanciación no es otra cosa que el hilemorfismo de Aristóteles, cosa que no sabe ni puede ni tiene -en realidad- por qué saber quien participa, desde el modo mitológico, del sacramento eucarístico.

Ahora bien, la “razón” suele ser definida como la capacidad de deducir conclusiones de premisas, algo así como la facultad para la realización de operaciones silogísticas. Y la “racionalidad”, por otro lado, más que una facultad es considerada como su puesta en ejercicio, o la cualidad de aquello que es tenido como “obra de la razón”.

El materialismo filosófico, sin alejarse necesariamente de su concepción lógico-silogística, fija el fundamento de la racionalidad en su estructura material, y no formal (o mental), definiéndola entonces como el encadenamiento de operaciones objetivas entre términos del espacio antropológico (cosas, animales u hombres), establecido de modo tal que en la combinatoria resultante de sus relaciones está implícita, como necesidad constitutiva, la recurrencia de la relación en cuestión. O de otra manera: un conjunto de operaciones (geométricas, químicas, religiosas) es racional en la medida en la que pueda darse una cierta proporción finita entre los términos involucrados, de suerte que el campo (geométrico, químico, religioso) dentro del cual acontece la operación se pueda mantener en pie mediante su recurrencia.

En su origen histórico, los númenes (“dioses”) de las religiones primarias fueron los animales, tal como se observa en las pinturas rupestres: eran animales divinos. Tras su domesticación, en la revolución neolítica, en una fase ya secundaria, los animales se mezclan con los hombres: son dioses mitad animal mitad hombre, como el Anubis egipcio o el Minotauro de Apolodoro. Es la religión del zodiaco, y también del delirio.

En una fase terciaria, en un contexto mediterráneo, aparece un dios antropomorfo, que, procesado por la crítica de la filosofía griega a la mitología, se conjuga con la idea aristotélica de Dios como motor inmóvil y como causa de todas las causas. Aristóteles, con precedentes concretos (el ‘nous’ de Anaxágoras, el ‘ser’ de Parménides), es el fundador de la teología natural – que se distingue de la teología dogmática- y del monoteísmo absoluto. Su idea llega, a través de Filón el judío, al judaísmo, al cristianismo a través de San Agustín, y al islam a través de Mahoma. Aristóteles está en la base de las religiones superiores.

Pero ocurre entonces que, en el cristianismo, Dios se hace hombre, encarnado en la segunda persona de la trinidad. Es un escándalo para musulmanes y judíos, pero la proporción finita con el hombre se hace entonces perfecta. Y acaso haya sido esto lo que hizo decir a Hegel que en la trinidad está lo especulativo del cristianismo, y que es precisamente ahí donde la filosofía, y aquí venimos al caso, encuentra la razón.

Viernes 4 de diciembre, 2015. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.