Ismael Carvallo Robledo.

rev francesa

En las cuatro últimas entregas de esta columna, dedicadas al análisis de los conceptos y corrientes de izquierda y de derecha políticas, utilicé constantemente las figuras de Antiguo Régimen y de Nuevo Régimen para la clasificación y ordenación de los contenidos analizados, haciendo corresponder a la izquierda política, en general, con la configuración del segundo, y caracterizando a la derecha política como la reacción que, desde las instituciones del primero, se enderezaba contra los ataques de la izquierda. En esta ocasión, abundaré un poco más sobre ellos, con el ánimo de clarificar lo que hasta ahora se ha dicho al respecto.

Para los análisis históricos y políticos, dos suelen ser las vías utilizadas para la clasificación de los períodos largos, que aunque no pueden ser considerados como cortes definitivos o fijos, son de gran fertilidad para la interpretación de los grandes procesos de la historia.

La primera vía es la que organiza las cosas en función de cuatro períodos, contándose para cada uno un aproximado de mil años: el de la Antigüedad Clásica, del siglo V a.C. al V d.C., es decir, de los tiempos de Tales de Mileto a la caída del imperio romano de occidente; el de la Edad Media, del siglo V al XV, que va de la caída del imperio romano al descubrimiento de América en 1492;  el de la Edad Moderna, del descubrimiento de América a la Revolución francesa de 1789, esto es, del siglo XVI al XVIII; y el de la Edad Contemporánea, de la revolución francesa y las revoluciones americanas (en Norteamérica y en el orbe hispánico) a nuestro presente, es decir, que abarca los siglos XIX, XX y XXI.

Carlos Marx utilizó esta clasificación, añadiendo, como se sabe, el plano de la economía política -a través del análisis de los modos de producción- para explicar las causas estructurales que estaban detrás de los grandes cambios como “motor de la historia”, de modo tal que la Antigüedad Clásica se correspondía con el modo de producción esclavista, la Edad Media con el modo de producción feudal, la Edad Moderna con el modo de producción capitalista comercial, y la Edad Contemporánea con el modo de producción del capitalismo industrial (y financiero e imperialista, como habrían de añadir posteriormente Hobson y Lenin).

Ahora bien, una segunda vía de exposición histórica, y sobre todo política, es aquélla en la que, sobre el fondo de los períodos moderno y contemporáneo, se sobreponen las figuras de Antiguo Régimen y de Nuevo Régimen, en efecto, para referirse principalmente a las transformaciones acontecidas en el plano de la organización político-ideológica, que, conjugadas con los modos de producción, nos ofrecen las dos formaciones políticas a partir de las cuales se puede interpretar la marcha de la historia de la política en su tránsito del mundo medieval a nuestro mundo. La clasificación comienza a ser utilizada con la revolución francesa, precisamente.

El Antiguo Régimen se corresponde entonces con la Edad Moderna, por paradójico que parezca, y abarca por tanto los siglos XVI, XVII y XVIII. Es el resultado de la transformación de los reinos medievales en imperios universales a partir del descubrimiento de América y las guerras religiosas producidas por la escisión protestante y la lucha con el islam (la reconquista española, que recupera los territorios ocupados por los musulmanes durante siete siglos, concluye en enero de 1492, con la toma de Granada; en octubre Colón llega a América, financiado por los Reyes Católicos). La característica política fundamental del Antiguo Régimen es que estos imperios se configuran como monarquías de régimen absolutista (en España y sus virreinatos americanos, en Francia e Inglaterra) con soberanía dinástica, una sociedad estamental y una alianza férrea con la iglesia católica. Es el período donde tiene lugar el tránsito del feudalismo al capitalismo comercial, que sería teorizado por Adam Smith en la ‘Riqueza de las naciones’, publicado en 1776.

El Nuevo Régimen, siglos XIX y XX, es la transformación de esos imperios de régimen monárquico absolutista en naciones políticas con soberanía popular y regímenes republicanos o monárquico-constitucionales, que se configuran a través de procesos revolucionarios (en Francia, Norteamérica e Hispanoamérica, sobre todo) a partir de los cuales la soberanía nacional –digamos que- se le arrebata a Dios y a las casas dinásticas para bajarla al pueblo, que se convierte entonces en un “pueblo en armas”. Esto es lo que hizo decir a Marx que con la revolución francesa la historia se convirtió en una experiencia de masas. El vasallo del rey o del señor feudal no lo es más; es un ciudadano soberano y en armas, del que depende la defensa de la nación independiente.

La utilidad de esta clasificación se deriva del hecho de que nos permite mirar desde una escala multisecular las grandes tendencias históricas y los grandes procesos de transformación política e ideológica. Nuestro mundo, nuestro presente, es decir, el Nuevo Régimen, no se creó de la noche a la mañana. Por eso la política es una tarea solemne.

Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.