Tres concepciones del poder político: Aristóteles, Maquiavelo y Marx.

Ismael Carvallo Robledo.

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Hablar de política significa casi siempre hablar de poder. Pero el poder, dicho sea con Aristóteles, se dice de muchas maneras. Es habitual en nuestro tiempo, sobre todo luego de la crítica que se hiciera desde las ideologías que surgieron y se difuminaron como gas en el movimiento estudiantil del 68 del siglo pasado, que se le atribuyan al Poder –así, con mayúscula, genéricamente-, o a la Autoridad, todos los males de la sociedad, de la economía, de la política. El problema del gobierno, se nos dirá desde tal perspectiva, es el poder, son los poderosos. Frente al poder, que se vinculará con el mal, se opondrá la sociedad, la ciudadanía o la democracia, que se vincularán con el bien.

Andrés Molina Enríquez habría dicho, en su fundamental y clásico texto Los grandes problemas nacionales, de 1909, que uno de los problemas cardinales era precisamente la excesiva concentración del poder. Y aconteció luego que algún ideólogo neozapatista tuvo casi un siglo después la ocurrencia de proclamar, sin rubor alguno, la consigna infantil y cursi de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, tan cursi e infantil como la de “mandar obedeciendo”. Ahí lo tenemos con todas sus letras: el problema, en política, en el gobierno, se nos dirá de vuelta, es el poder. Pero ¿acaso es dable equiparar la perspectiva del genial Molina Enríquez con la del ideólogo neozapatista, o con la de un libertario crítico del Poder o la Autoridad del mayo del 68 francés?

El problema, sin duda, tiene que ser analizado a más profundidad, y ponerse en perspectiva histórica, de lo contrario será inmenso el barullo e inacabables serán también las protestas genéricas o las consignas contra el poder (¡Que se vayan todos!, gritaban en Argentina hace más o menos una década, hartos como estaban, todos, al parecer, de los políticos), que además y sobre todo tendrán siempre el mismo destino: el de terminar por disolverse, como las olas en la arena, una y otra vez en el vacío. Porque el poder, en política, es necesario (en Argentina, por ejemplo, no se fue ninguno). No se trata entonces de negarlo como problema de manera absoluta o radical, sino de saberlo plantear adecuadamente, porque el planteamiento de un problema equivale a su resolución.

Política remite, en efecto, al poder, a la autoridad, al gobierno, al Estado en definitiva. Destaquemos a tres autores fundamentales de la historia, uno para cada gran período o gran ciclo histórico. Aristóteles por cuanto al mundo de la antigüedad clásica, Maquiavelo por cuanto al renacentista-moderno, y Marx por cuanto al mundo contemporáneo. ¿Cómo formuló cada uno las relaciones entre el gobierno, el poder y la política? Veamos.

Aunque no fuera el primero en hacerlo –antes lo hicieron Tucídides o Platón-, es la de Aristóteles (385-322 a.C.) la clasificación canónica (establecida en su Política) de los regímenes políticos, organizada como se sabe en función de tres dicotomías, a saber: monarquía/tiranía, aristocracia/oligarquía y democracia/demagogia. El poder, la autoridad, nos dice, puede ser ejercido por una persona, por unos pocos o por la mayoría. Si en cada caso se gobierna en vista del interés general, entonces serán gobiernos rectos; si, por el contrario, quienes gobiernan atienden al interés particular (de uno, de pocos o de la mayoría), serán gobiernos desviados. Y de ahí las seis formas de gobierno en función de si el gobierno está en manos de uno, de pocos o de muchos: monarquía, aristocracia y democracia, para los casos rectos, y tiranía, oligarquía y demagogia, para las correspondientes desviaciones. Aristóteles no concibió nunca al poder como un mal o como un defecto de la sociedad, sencillamente lo vio, dándolo por supuesto, como un componente constitutivo de la acción política y de la vida en la ciudad.

La sutileza de Maquiavelo (1469-1527), por otro lado, es penetrante. Toca la médula de la política. En su clásico texto El Príncipe (redactado en 1513 y publicado tiempo después) se funden para Gramsci la razón y la forma dramática del mito, ofreciéndosenos como plasmación encarnada de la pasión política. Para Maquiavelo no es la sociedad en abstracto sino el Príncipe –el gobernante- la figura fundamental de la política. El príncipe de Maquiavelo es algo así como el gran político, el gran líder virtuoso y prudente, que para él era César Borgia o Fernando el Católico, cuya vida y acción están determinadas por una tarea de gran envergadura histórica: la del ejercicio del poder orientado al mantenimiento de la unidad del Estado. Este es el famoso “fin que justifica todos los medios”. Pero atención: no se trata de cualquier fin sino de ese fin. El poder político solo puede ser ejercido entonces por el príncipe si es capaz de desconectarse individualmente, es decir éticamente, del designio al que se debe: el Estado, su unidad y su duración. Por eso el estadista es un hombre solo, y un Príncipe nuevo no puede ser un hombre bueno. Y el poder, en efecto, es necesario.

Para Marx (1818-1883) no se trataba tanto de pensar en términos de gobernar bien o mal, o en interés general o particular, sino de introducir a la economía en la dialéctica de los procesos históricos, estableciendo, al hacerlo, una matriz con muchas más variables y planos, que hacen más difícil reducirlo todo a saber si el que gobierna es uno, o pocos o todos. En El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852) analiza el problema del poder político, pero tratando de explicarlo en función de sus determinaciones sociales y económicas, y no ya nada más en función del número de quien gobierna o de si lo hace bien o mal. En sus propias palabras, lo que busca es demostrar ´cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe’, refiriéndose a Luis Bonaparte, el infausto Napoleón III. Lo que hace entonces Marx es conjugar el sistema de Aristóteles y el problema de Maquiavelo dentro de una matriz más amplia, incorporando a la economía y los sistemas de producción en la dialéctica de la política y el poder. Era imposible que no lo hiciera así, pues tanto Aristóteles como Maquiavelo no vivieron en medio de una explosión industrial capitalista como sí ocurrió con Marx.  El mundo de Aristóteles no estaba dominado aún por la técnica. Lo que Marx presenció y analizó como pocos, en cambio, fue el advenimiento aplastante de la técnica, la producción y el industrialismo como elementos constitutivos de la tragedia de la política, de la guerra y el poder.

Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.

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