Ismael Carvallo Robledo.

mito cultura

Se trata, en efecto, de uno de los mitos sublimes más poderosos de nuestro tiempo. La cultura, junto con la felicidad, son quizá las dos ideas respecto de las que no hay ni puede haber discusión ni controversia alguna, pues el consenso en torno de ellas es absoluto: no puede haber nada mejor en la vida que la cultura, que es considerada ya como un derecho humano -otro mito ideológico-, así como tampoco puede haber mayor aspiración humana que la felicidad. El problema está en definirlos. ¿Qué es la cultura? ¿Qué es la felicidad?

Sobre lo segundo hablaremos después, porque de lo que se trata aquí es de desmontar ese mito oscuro de la cultura, que es tratada con guantes blancos en programas de gobierno, en plataformas electorales, en reformas constitucionales, en los parlamentos y en tertulias y debates por doquier: la cultura como derecho, como uno de los ideales prácticos de mayor rango y prestigio, como un bien sublime, como la joya de la corona. Es difícil, si no es que de plano imposible, criticarla y salir ileso de la faena, pues quien así lo haga tendrá de antemano perdido el debate tal como perdida tendrá también su carrera política. ¿Atreverse a criticar la cultura? ¡Imposible! Muchos, quizá, habrán ya fruncido el ceño al llegar a este punto.

Pero es que las concepciones sobre la cultura son extremadamente variadas, razón por la cual es peligroso cerrar filas categóricamente en torno de ella: se habla de cultura maya, de cultura nacional, de cultura obrera, de cultura de la prevención. ¿A qué contenidos se refiere cada una? ¿Es lo mismo la cultura católica que la musulmana, o la cultura nazi que la cultura francesa o la maya o la mexicana, o la cultura clásica que la cultura pop? ¿Valen todas lo mismo? Y más importante aún: ¿son compatibles entre sí?

‘Cultura’ es una idea que funciona desde hace muchos siglos. En la antigüedad clásica, es el término latino que corresponde al de ‘paideia’ griega, que significa ‘educación’, ‘crianza’ o ‘formación’. Una ‘persona culta’ era y es una ‘persona educada’. Este es el sentido subjetivo del término.

La confusión comienza con su sentido objetivo, cuando con ‘cultura’ se denota una estructura social cerrada y sustantivada. Este sentido aparece sólo hasta el siglo XVIII, en el área de difusión germánica. Es un fenómeno reciente, incrustado en el romanticismo alemán. La cultura se vincula no ya con la educación o la formación individual, sino con estructuras sociales y antropológicas objetivas, con costumbres que desbordan a los individuos. Fue particularmente Herder (1744-1803), teólogo y literato romántico, el que conectó la cultura con el pueblo y la nación (alemana). La cultura, en este sentido, es vista ahora como la ‘cultura del pueblo’, como el ‘espíritu del pueblo’, ocupando el lugar que en la Edad Media ocupara la Gracia santificante.

Por mito de la cultura entendemos aquí, entonces, la ideología que defiende la tesis de que en una serie concreta de instituciones y prácticas antropológicas se encuentran los sedimentos de una supuesta “identidad” o sabiduría pura o esencial. El problema no es la institución o práctica antropológica, cuya existencia no se niega, sino el carácter mítico o metafísico, sublime y perfecto (el “espíritu del pueblo”) que se le atribuye: si alguna costumbre, cualquiera, por más aberrante que sea (ablación del clítoris, poligamia con mujeres adolescentes, creencia en mitos desquiciados como el de “hablar con la naturaleza”), se etiqueta como parte o expresión de una cultura determinada, se acaba la discusión. No se le puede ni criticar ni tocar. La “cultura vasca” o la “cultura náhuatl” o la “cultura maya” se nos presentan -por ideólogos o antropólogos- como estratos sublimes de identidad oprimidos, bien sea por el “Estado español”, bien sea por el “Estado mexicano”, que están aplastando unas supuestas “culturas ancestrales” que hay que rescatar, cuidar y mimar, luego de haberles pedido perdón, desde luego.

Así que no se trata tanto de estar contra la cultura en abstracto o en general, pues eso es lo que no existe por ningún lado: no existe “La Cultura”, existen diversidad de círculos culturales. Se trata entonces de diferenciar unos círculos de otros, unas instituciones de otras, unas tradiciones de otras, unas plataformas  históricas de otras. Y ser consciente de que están enfrentadas entre sí, es decir, que hay que elegir. Si -por ejemplo- se me dijera que en algún círculo cultural (tribu) de la Amazonía los sacerdotes o brujos hablan ahí con las plantas, o que el dios “x” o el dios “y”, representado casi siempre en forma de animal, es el que está detrás de algún procedimiento de sanación herbolario, es algo que sencillamente no se puede respetar ni tolerar en nombre de un racionalismo mínimo, y en cuyo caso lo que procedería hacer, de entrada, es enviar al brujo o chamán, y al que le cree, a una facultad de química o de medicina, frutos institucionales, precisamente, de nuestro círculo cultural ampliado, que es el del racionalismo occidental.

Viernes 21 de agosto, 2015. Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.