Ismael Carvallo Robledo.

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Cuentan que Solyenitzin, ni más ni menos que Alexander Solyenitzin, el gran disidente de la Rusia soviética del siglo XX, galardonado en 1970 con una de las herramientas ideológicas preferidas por el sistema burgués occidental: el Premio Nobel de Literatura; el hombre que tuvo que exiliarse durante veinte años de su tierra y que terminó siendo uno de los críticos implacables del sistema soviético (léase para los efectos Archipiélago Gulag), dijo que Vladimir Putin ‘tiene un espíritu penetrante y comprende todas las enormes dificultades que ha heredado’. Las enormes dificultades que ha heredado. Atención con esto.

En 1967, escribió también lo que sigue: ‘No tengo ninguna esperanza en Occidente, y ningún ruso debería tenerla. La excesiva comodidad y prosperidad han debilitado su voluntad y su razón’. Aquí está la clave de las dificultades heredadas por Putin a juicio de este Nobel del 70. ¿A qué tipo de herencia se habrá referido? ¿Y a qué tipo de dificultades? A las de ser el heredero de una gran potencia mundial, de un imperio, ya sea el imperio cristiano de los zares, ya sea el imperio soviético de Lenin y de Stalin, les guste o no a liberales y demócratas, les guste o no a los trotskistas, le guste o no a la más reciente ganadora del Nobel de literatura, Svetlana Alexiévich, a la que pareciera que, como condición, le instruyeron decir ‘no siento respeto por el mundo ruso de Stalin y Putin’. Es obvio, por lo demás, ya lo vemos, que, tomando nota, obedeció la orden.

Pero esta es la cuestión. Rusia es hoy en el mundo, y en la historia, una de las grandes potencias. Y el designio de toda gran potencia es trágico, pues está obligada, para mantenerse en pie, a expandir su influencia y su control militar y geopolítico siempre. O en otras palabras: toda gran potencia está condenada a hacer, más tarde o más temprano, la guerra, para la cual la paz, lo dijo Lenin, es solamente una tregua. A las naciones de segundo orden, o en manos -más bien- de gobiernos y regímenes de segundo orden y de comerciantes sin decoro, lo único que se les ocurre es ofrecer sus recursos estratégicos al mundo, es decir, a las grandes potencias en cuya estructura industrial, y militar, está integrado el poderoso sistema de las grandes empresas multinacionales que gobierna la economía política internacional.

Hace unos días, la plana mayor de la Asamblea General de la ONU se reunió para conmemorar su 70 aniversario. Entre la multitud de discursos, el de Putin fue de los que más expectación generó, porque la Rusia de Putin ha sido desde hace años una de las plataformas que con más determinación dirige sus empeños militares y económicos en la dirección del mantenimiento de un equilibrio geopolítico que contrarreste el poderío norteamericano, el otro imperio de también trágico designio. El teatro de operaciones en donde este pulso histórico está teniendo lugar es Siria, cuya guerra civil sigue desangrando al país, pero cuyo régimen político se mantiene firme en guerra prolongada, entre otras cosas por el apoyo ruso a Bashar al Asad.

Y no tardó mucho Vladimir Putin, en Nueva York, para hablar de asunto tan candente. ‘La exportación de revoluciones, esta vez llamadas democráticas, continúa’, advirtió; ‘basta ver la situación en Oriente Medio y en el norte de África… En lugar del triunfo de la democracia y del progreso, lo que tenemos es violencia, pobreza y desastre social’, remató para decir luego contundente: ‘No puedo dejar de preguntar a quienes causaron la situación ¿se dan cuenta ahora de lo que han hecho? Pero me temo que nadie vaya a responder… Ahora es obvio que el vacío de poder creado en los países del oriente medio y en el norte de África ha llevado al surgimiento de zonas de anarquía, que se han llenado de extremistas y de terroristas. Decenas de millares de militantes están luchando bajo las siglas del Estado Islámico. Sus filas incluyen a anteriores militares iraquíes que fueron echados a la calle tras la invasión de Irak en 2013. Muchos reclutas vienen también de Libia, un país cuya estabilidad se destruyó como resultado de la grave violación de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, y ahora a las filas de radicales se están añadiendo miembros de la llamada oposición siria moderada, apoyada por los países occidentales, que primero los armaron y capacitaron, y que luego desertaron y se pasaron al llamado Estado Islámico’.

Sabemos que tropas rusas están operando en estos momentos en Siria, en apoyo tanto a al Asad como a las milicias kurdas, baluartes contra el yihadismo del Estado Islámico, y que también lo hacen las norteamericanas, apoyando a la “oposición moderada” siria. Con la procedente reorganización de variables, el antagonismo ruso-norteamericano que marcó la polaridad mundial de la guerra fría está puesto al día. Pero Putin, en Nueva York, puso los puntos sobre las íes: ¿quién creó, financió y armó al Estado Islámico? ¿Y quién está dispuesto a acabar con él? En la respuesta rusa está la posible razón de lo que sobre Putin, y sobre Occidente, quiso decir Solyenitzin.

Viernes 9 de octubre, 2015. Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.