Ismael Carvallo Robledo.

maquiavelo

[Nicolás Maquiavelo]

‘El interés por los problemas fundamentales del Estado ha decaído hoy, sin duda alguna, y ha tomado un valor predominante la cuestión social, no logrando conquistar la atención del público otros trabajos sobre doctrina del Estado sino aquellos que se presentan bajo la rúbrica de moda: política social o sociología’.

Así hablaba en 1900 el gran jurista alemán Georg Jellinek (1851-1911) en el prólogo a la primera edición de su Teoría general del Estado (1903 y 1911), planteando una dicotomía que parece de todo punto sintomática: ¿por qué razón pareciera que se pone de un lado a la “cuestión social” y del otro a la “cuestión del Estado” como si de un antagonismo se tratara?

Es evidente que, del planteamiento, se desprende la necesidad de una definición. ¿Qué es, pues, el Estado? Y no se trata solamente de una aislada cuestión erudita o académica. Es un tema de la más vigente actualidad. ¿No fueron por ejemplo directas y categóricas las acusaciones contra el Estado cuando lo de los lamentables sucesos de Ayotzinapa del año pasado? “¡Fue el Estado!”, era la consigna gritada al unísono por todos. Pero yo recuerdo que, ante el análisis del problema, en mi clase de Pensamiento Económico, una alumna, confundida, me preguntó: “¿pero no somos todos en realidad, en el fondo, parte del Estado?”.

El poderoso filósofo alemán Jorge Federico Hegel (1770-1831) así lo pensaba, pues para él, dentro de su complejo sistema filosófico, la familia, la sociedad civil y el Estado quedaban trabados -en función, sobre todo, del Derecho- en una estructura en la disposición de cuya arquitectura aparecía el último (el Estado) como la coronación de la primera (la familia), articulados a través de las instituciones de la segunda (la sociedad civil). Carlos Marx (1818-1883) dijo luego que lo que no quiso ver Hegel era el hecho de que la “anatomía de la sociedad civil”, más que la ley o el Derecho, es en realidad la economía política, y que era en ese plano donde se encontraba la contradicción fundamental y el verdadero “motor de la Historia”. Y fue otro marxista de genio, en este caso mexicano, José Revueltas (1914-1976), el que afirmó en algún momento que el Estado es el sistema por excelencia de la Historia.

El tema entonces se complica, porque al parecer no es tan fácil hablar como si pudiera uno sustraerse del Estado para señalarlo con el dedo: familia, sociedad civil, historia, economía política, Derecho, son figuras que en su entrelazamiento nos ofrecen entonces un cuadro sistemático de alta complejidad en cuya marcha general pareciera que estamos todos involucrados, bien sea a través de la familia, bien sea a través de la sociedad civil, bien sea a través de la economía, bien sea a través de la ley, y que de alguna manera nos remiten al problema del Estado y su definición por cuanto a su contenido, su estructura y su funcionamiento.

Para el materialismo filosófico, la discusión debe dirimirse desde la escala adecuada: la escala política (y no social o ética). Y es desde ahí entonces como el Estado se nos aparece como toda sociedad humana que ha superado el estadio del salvajismo y que está dotada, por tanto, de escritura y de una organización jerárquica centralizada y gestora (gobierno, burocracia, administración), con capacidad para controlar y organizar la vida de grandes agrupaciones de individuos (de la escala de los millones de personas), así como de durar y mantener su ‘eutaxia’, término acuñado por Aristóteles que significa “buen orden”.

Las sociedades políticas son producto de la confluencia de varias sociedades en las que un grupo se impone sobre el resto y da origen al Estado tras un complejo proceso de transformación histórica. Así, las tribus originarias regidas por relaciones de parentesco pasan a ser estructuradas desde otras perspectivas, como puede ser la jurídica, que es la situación del individuo ante la ley, o la económica, en la que los individuos se agrupan en una clase social u otra según el lugar que ocupen en el modo de producción. La vía de esta gran transformación, que comprende el plano económico-productivo, el antropológico y el político, es en última instancia la guerra, razón por la cual la política, en el límite, es trágica. ¿No es acaso toda historia nacional una historia de sus guerras? ¿No es acaso la historia universal misma una historia de sus guerras?

El Estado, por tanto, va asociado necesariamente con la civilización, y aunque el término en rigor no es aplicado hasta el siglo XV por Nicolás Maquiavelo (lo stato, lo que permanece), por analogía son Estados las antiguas civilizaciones (egipcios, sumerios, mayas, aztecas) y las polis griegas, germen de la civilización de origen grecolatino en la que nos encontramos inmersos. El Estado, en definitiva, es el sistema a través del cual las sociedades humanas elevan sus relaciones a un rango más complejo que desborda la familia, llevándolas del plano de la antropología al plano de la Historia a la que, como los griegos sabían muy bien, sólo se puede entrar a través de la tragedia.

Viernes 7 de agosto, 2015. Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.