Francisco en Washington.

Ismael Carvallo Robledo.

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En su tratado sobre retórica, que define como el arte de la persuasión, Aristóteles establece que la potencia de convencimiento de todo discurso se da como función de la correcta conjugación de tres factores fundamentales, que anudan la relación entre el orador y su audiencia con arreglo al objetivo perseguido por quien emite el mensaje: el ‘ethos’, que genera credibilidad, el ‘pathos’, que genera empatía, y el ‘logos’, que convence a través de la lógica o de la razón.

Hace unos días tuvimos oportunidad de conocer el mensaje que el Papa Francisco dio a los miembros del Congreso de los Estados Unidos, en un acontecimiento que, al carecer de antecedentes, puede adjetivarse como histórico; tan histórico como lo fue también el hecho de que la solemne visita de Francisco estuvo antecedida por otra no menos singular visita, esta vez en la casa, en Cuba, de Fidel Castro, a quien pasó ni más ni menos que en persona a saludar. No fue a ver a Leopoldo López, el opositor venezolano. No, el Papa, a quien quiso ver, fue a Fidel.

Ha sido en todo caso, el del Congreso, me parece, un discurso estupendo, que se nos presentó como acabada muestra de la armonía lograda entre los tres componentes de la fórmula aristotélica, dejando de lado las coordenadas en las que se inscribe, porque yo soy ateo, y concibo la política a través del Estado.

Realizo entonces este análisis desde el ateísmo materialista más radical, y fuera de la fe y de la Iglesia: Dios no existe, es un imposible ontológico y su idea, si bien está aquí con nosotros, y en la historia, y esto es lo importante, es inconsistente; con esto quiero decir que mi análisis se hace en las antípodas de la plataforma del Papa Francisco, que habla desde la fe católica, en función de la trinidad y como vicario de Cristo, además de que concibe la política fuera del Estado.

Pero la distancia desde la que escribo no me debe impedir apreciar la coherencia de un discurso, sobre todo si es del Papa, ni mucho menos valorar o ponderar, en términos objetivos, la trabazón de su contenido y sus conceptos y el alcance y repercusión del eco de sus palabras.

Y es que lo que ha hecho el Papa en el Congreso norteamericano es algo que es cada vez más difícil de lograr en política, tan sobresaturada como está de estadísticas, de encuestas, de técnica y de políticas públicas, tan neutralizada y alejada como está de ese plano tan complejo pero tan apasionante, que es el de la historia, y también del de la ideología. Porque Francisco inscribió sus palabras en el dominio de la teología política, que puesto en términos ateos se transforma en una filosofía política y, sobre todo, en una filosofía de la historia. El Papa conjugó en su discurso, en otras palabras, ideología, historia y política. Lo hizo desde una escala teológica, que aquí analizamos desde la filosófica.

Y lo que me pareció verdaderamente notable es el haber visto al Papa hablándole no ya nada más al Congreso: le habló al pueblo norteamericano desde una madurada y serena perspectiva de factura católica, y desde la tensión dramática propia del “mesianismo político”, núcleo de toda teología política, que es la única posible para poder entonces hablar del destino, de la misión, de la dignidad, de la valentía o, en definitiva, del sentido histórico de la marcha de todo un pueblo o de una nación: ‘cada hijo o hija de un país tiene una misión, una responsabilidad personal y social’, les dijo muy pronto a los congresistas, luego de haberles agradecido la invitación que le permitía estar en ‘la tierra de los libres y en la patria de los valientes’.

Se trata de algo que es muy difícil de lograr en política, ya digo, y Francisco tenía los márgenes para hacerlo, que son los de la Iglesia. Cuando un político habla de misión, o de destino, de esperanza o de heroísmo, o cuando habla simplemente de historia, será atacado de inmediato, y catalogado para siempre como mesías o populista. ¿Se entiende lo que quiero decir?

Pero ¿cómo atacar al Papa de populista o de mesías si por definición él habla desde una perspectiva que está fuera del Estado y para la cual “el reino de Dios no es de este mundo”? Esta es la cuestión, y en esto estriba la relevancia y trascendencia de lo que ocurrió hace unos días en el Congreso de los Estados Unidos. Entenderlo no tiene que ver con el hecho de ser creyente o no (yo no lo soy), sino con tener, o no, la capacidad filosófica para analizar objetivamente acontecimientos dibujados a la escala de la historia universal.

Cuando escribió sobre ‘El Príncipe’ de Maquiavelo, el genial comunista italiano Antonio Gramsci dijo que la clave del libro radicaba en el hecho de que en él estaba encarnada “dramáticamente” la pasión política. Conocedor penetrante de los hombres y de la historia, sabía Gramsci que el problema fundamental de la política es la activación de la voluntad. Las palabras del Papa Francisco en el Congreso norteamericano fueron pronunciadas, precisamente, en ese registro retórico. El contenido se puede discutir, pero el dramatismo logrado quedará para la posteridad.

Viernes 2 de octubre, 2015. Diario Presente, Villahermosa, Tabasco. 

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