Ismael Carvallo Robledo.

Britain-US-USSR-Churchill-Roosevelt-Stalin

[Churchill, Roosevelt y Stalin. Yalta, Crimea, febrero de 1945.]

Hay que decirlo con todas sus letras, y dejarse de una buena vez de eufemismos infantiles y en el límite, por ingenuos, irresponsables: la única interpretación posible de los atentados de París y Beirut de hace unos días es la interpretación bélica, porque aquí, de lo que se trata, sencillamente, es de una guerra de dimensiones mundiales. Ya se sabe que la organización responsable ha sido el Estado Islámico. En el estadio parisino, donde se hicieron estallar bombas mientras tenía lugar un partido de futbol, estaba presente ni más ni menos que el Jefe del Estado francés, Francois Hollande. La afrenta no podía ser más directa e inequívoca, además de que las amenazas se han hecho extensivas a otras naciones occidentales, España la primera, además de Gran Bretaña o Alemania. Y de Estados Unidos mejor ni hablar.

Estamos en guerra mundial. Tomemos nota de esto. Y no importa ya en realidad si es la tercera o la cuarta, o la quinta. Acaso pudiéramos -si se quiere- considerarla como la cuarta, tomando en cuenta que la Guerra Fría fue una tercera guerra mundial fraguada entre las dos potencias imperialistas: Estados Unidos y la Unión Soviética –flanqueada por la China comunista de Mao- pero cuyo teatro de operaciones fue el tercer mundo: Vietnam, Cuba, Nicaragua, Argelia, Afganistán, Angola, Sudáfrica, Israel, Líbano, y que en el primer mundo determinó las relaciones entre los partidos comunistas de cada país (en Francia, en Italia, en España, en Alemania) con los regímenes organizados con arreglo al módulo del capitalismo democrático-liberal tutelado por Estados Unidos, a través del Plan Marshall, el FMI y el Banco Mundial, y los servicios secretos articulados, de alguna manera, por la CIA y la OTAN.

Pero cuando colapsa la Unión Soviética fue poco el tiempo que tuvo que pasar, ya lo vemos, para que los conflictos volvieran a situarse en las regiones centrales de Europa occidental y de América, ya sea Buenos Aires Argentina, caso del atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de 1994, planeado, según la fiscalía argentina, por el gobierno de Irán, y ejecutado por Hezbolá, ya sea Nueva York, caso del ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center de septiembre de 2001, ejecutado por Al Qaeda. Es la guerra.

Pero mientras en la Guerra Fría las variables ideológicas en disputa, que se sobreañadían a la dialéctica de los intereses económicos y geopolíticos (petroleros) tanto americanos como soviéticos, fueron las del nacionalismo (los movimientos o ejércitos de liberación nacional), el patriotismo anti-imperialista o el comunismo, en esta guerra las variables son fundamentalmente de naturaleza religiosa. Esto es lo que desconcierta, y lo que nos obliga a todos a modificar nuestro sistema de coordenadas de interpretación de la geopolítica contemporánea y de las fuerzas históricas operantes en la mecánica de configuración de las relaciones internacionales. Porque lo que ha ocurrido, a partir, sobre todo, de la emergencia de Al Qaeda o el Estado Islámico –el antecedente fundamental, en el siglo XX, fue la organización de los Hermanos Musulmanes en Egipto, en 1928-, es un desplazamiento histórico hacia el pasado, que está haciendo gravitar los conflictos internacionales de hoy según la dialéctica de configuración europeo-mediterránea de las cruzadas, entre el siglo XI y XIII de la Edad Media. Ni más ni menos.

Y lo peor que se puede hacer es apelar a los Derechos Humanos, al Derecho Internacional o a la ONU, para intentar encontrar una solución. Porque la clave de la cuestión es que es la ONU, precisamente, la que lo confunde todo al considerar a todos los estados miembros como iguales, cuando lo que ocurre, ya lo vemos, es que la morfología cultural y religiosa es lo importante por cuanto a las características constitutivas de cada uno de los estados nacionales, y que es en ese plano religioso-cultural donde están dibujadas contradicciones que, al parecer, son irreconciliables. Pero esto fue, precisamente, lo que definió a la Edad Media, período en el que la cristiandad latino-romana encontró la definición de sus perfiles en su enfrentamiento a muerte con el islam. En todo caso, el día que observé a Kofi Annan cantar el “Imagine” de John Lennon, ese gran cretino que produjo la cultura pop capitalista, cuando tuvo lugar algún atentado en Medio Oriente cuyos detalles no recuerdo con exactitud, supe entonces que estaba viendo a un perfecto pobre diablo.

Es duro tener que plantear las cosas en estos términos. Pero es que el mundo está en guerra. Y las guerras se ganan o se pierden, sin término medio. La disyuntiva no está ya entre conservadores o progresistas, entre tolerantes o intolerantes o entre la izquierda y la derecha. Está entre quienes tienen el coraje para ver el problema, y llamarlo por su nombre, y quienes, por cobardía, o comodidad o ignorancia voluntaria, prefieren mirar para otro lado. ¡Cuánta razón tuvo André Malraux cuando afirmó con rotundidad incómoda que el único enemigo capaz de unificar a Europa en contra suya, dejando de lado la fraseología humanística, es el islam!

Viernes 20 de noviembre, 2015. Diario Presente, Villahermosa, Tabasco.