Frente de Cultura Popular

Hoja de análisis No. 2 ~ La república tecnológica

Sobre La República tecnológica. Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente, de A. Karp / N. Zamiska (Barcelona, Tenos, 2025)

Por Karla de Alba Vázquez / Frente de Cultura Popular

Cuando los contemporáneos de Xi Jinping que vivieron la Revolución Cultural llegaron a la conclusión de que China necesitaba el constitucionalismo y el Estado de derecho, Xi Jinping respondió que no, “lo que se necesita es el Leviatán”, el cultivo del poder duro. ~ A. Karp, La República tecnológica, p. 77.

I

El cultivo del poder duro, incluida la IA para el campo de batalla, es una necesidad para sobrevivir, nos dice Karp en La República Tecnológica. El nuevo Leviatán resultará de la capacidad de los Estados para mantener su soberanía tecnológica. Las sociedades modernas olvidan que la geopolítica no depende de psicologismos ni de buenos deseos, para lo que conviene recordar que la geopolítica es la disputa, muchas veces brutal, por el espacio y el poder.

Las fronteras no desaparecen porque John Lennon “imagine”, ni los Estados dejan de existir al imponer una supuesta “aldea global”. Mientras buena parte de las élites occidentales celebran una supuesta disolución de las fronteras por el “derecho humano a la circulación global y movilidad plena”, las grandes potencias siguen construyendo ejércitos, industrias estratégicas, satélites, redes de telecomunicaciones, semiconductores, sistemas de inteligencia artificial y aumentan sus capacidades cibernéticas.

El mundo no deja de ser “hobbesiano” invocando el cosmopolitismo. La multiplicidad de unidades políticas (ninguna lo suficientemente poderosa para derrotar a las otras) y los sistemas contradictorios que impedían mitigar los conflictos entre dichas unidades políticas quedó diseñada con la Paz de Westfalia (1648) en función del principio de que los estados soberanos independientes se tendrían que abstener de interferir en asuntos ajenos, y controlaran sus ambiciones a través de un equilibrio general de poder.

A cada Estado se le asignó el atributo de poder soberano sobre su territorio y a la fecha los principios de Westfalia siguen definiendo la dinámica del orden mundial. Para Hobbes, el Estado surge como respuesta a la condición fundamental de inseguridad, y es esta estructura de poder la que sostiene la capacidad para garantizar la seguridad y el orden. Karp retoma este planteamiento en el contexto tecnológico contemporáneo, en donde los estados que renuncian a su capacidad de ejercer el poder quedan expuestos frente a quienes no han renunciado a ella.

Desde hace más de 2000 años, Platón comprendió que una república se sostiene por la calidad de sus instituciones, la formación de sus ciudadanos y la existencia de una clase dirigente capaz de distinguir entre lo conveniente y lo meramente deseable. En La República, la pregunta fundamental era cómo construir un Estado sano y una sociedad capaz de gobernarse; más de 2000 años después deberíamos estar cuestionándonos ¿qué necesita una nación para gobernarse tecnológicamente a sí misma y con ello garantizar su supervivencia?

II

En La República Tecnológica, Karp y Zamiska parten de una premisa: Occidente ha separado progresivamente a sus mejores ingenieros y científicos de los objetivos estratégicos del Estado. Hoy existen sociedades extraordinariamente ricas y tecnológicamente avanzadas que han perdido la capacidad de producir el poder tecnológico que garantice su autonomía, perdiendo de vista que la próxima guerra será, en gran medida, una guerra de software, una guerra tecnológica, y la soberanía tecnológica será condición fundamental de soberanía política y determinante para establecer o conservar el orden geopolítico.

Para Karp, el algoritmo tendrá el mismo poder disuasorio que la energía nuclear en el siglo XX, o incluso mayor. La IA y los sistemas autónomos pueden ocupar en el siglo XXI un lugar estratégico comparable al que ocupó el arma nuclear en el XX y plantea la necesidad de desarrollar algo parecido a un nuevo Manhattan Project para desarrollar capacidades avanzadas de IA militar.

Tal es el contexto en el que nació Palantir, la empresa de Karp, en cuyo enfoque estratégico lo que se busca es convertirse en el sistema operativo central para la toma de decisiones de defensa, gobiernos y grandes empresas, con financiamiento inicial y vínculos con el ecosistema de inteligencia y defensa de Estados Unidos, alertando sobre la necesidad de construir la próxima generación de armamento de IA que determine el equilibrio de poder. Todo esto lo endereza Karp en contraposición a un grupo cada vez más numeroso de jóvenes ingenieros de Silicon Valley dispuestos a dedicar su vida laboral a atender y saciar las necesidades del consumidor satisfecho y compulsivo y a enriquecerse con ello, desperdiciando su talento tecnológico para crear la “App nuestra de cada día” en lugar de plantearse lo que el Estado necesita y con qué fin y objetivos estratégicos y de largo plazo.

La tesis central del libro es precisamente que el software también es infraestructura estratégica. Un algoritmo que identifica patrones en millones de datos puede ser tan decisivo para una operación militar como una ojiva nuclear; un sistema de inteligencia artificial puede modificar la velocidad para detectar amenazas; una red de satélites puede determinar qué naciones son vulnerables y cuáles conviene intervenir; e incluso un sistema financiero digital puede convertirse en instrumento de presión. Un Estado tecnológico débil puede ser formalmente soberano, pero materialmente dependiente. La soberanía del siglo XXI será, en buena medida, soberanía tecnológica.

Hoy, mientras por un lado el avance tecnológico avasalla, por otro las posiciones ideológicas imaginan con poética ingenuidad infantil otros mundos. El globalismo insiste con debilitar a los estados hasta hacerlos irrelevantes, y mientras la izquierda progresista va por un lado la realidad se impone y demuestra lo contrario, cosa que caricaturizó muy bien hace tiempo Giorgia Meloni cuando dijo que la izquierda progresista-ambientalista está quemándose el cerebro y gastando tiempo y energía para ver quién tiene el huerto urbano más pequeño mientras China nos está tragando a todos tecnológica, económica, energética, productiva y militarmente.

Porque China, efectivamente, protege sectores estratégicos, financia investigación, construye infraestructura y desarrolla capacidades tecnológicas propias, y Estados Unidos vincula cada vez más su industria tecnológica con sus objetivos de seguridad nacional, Europa intenta recuperar capacidades industriales y energéticas que creyó innecesarias y Rusia ha demostrado que la capacidad industrial, energética, científica y militar continúa teniendo consecuencias geopolíticas. Mientras una parte del pensamiento occidental se refugia en un utopismo moral, que Karp interpreta como “pensamiento débil”, otros actores adquieren ventaja.

III

La instauración del pensamiento débil en Occidente determinará las acciones de las futuras generaciones. Desde hace años buena parte de la izquierda progresista sigue imponiendo e incorporando curricularmente en los sistemas educativos de todos los niveles el pensamiento débil que Karp denuncia como una especie de utopismo moral y de virtuosismo que contribuye al debilitamiento de los Estados mediante el expediente de criticar a la tradición, a la nación, a la religión y a las instituciones vertebradoras que configuran a los Estados nacionales, que pasan a ser entonces contenidos incómodos, añejos y vetustos por quedar asociados al colonialismo y el heteropatriarcado que, a su vez, es combatido con la bandera de la identidad de género, los derechos humanos, la tolerancia y la modernidad, de suerte tal que, como consecuencia de toda esta dinámica contradictorio y perversa, en vez de ingenieros que encuentren soluciones, los sistemas educativos inoculados con el pensamiento débil forman sociólogos que buscan problemas y falsos dilemas.

Hoy no solo los ciudadanos de a pie sino que aquellos con capacidad real para tomar decisiones políticas que aseguren la supervivencia de sus Estados y sus ciudadanos están anclados en este pensamiento débil, creyendo ingenuamente que basta con declarar que todos somos iguales para que desaparezcan las desigualdades, que condenar la violencia es suficiente para que esta desaparezca o que basta eliminar las fronteras simbólicas para que desaparezcan las fronteras materiales.

Pues les tengo una mala noticia: las grandes potencias no están esperando que el mundo se vuelva bueno, están preparándose para enfrentar el mundo tal como es. La aldea global no tiene parlamento, Google no tiene constitución, las plataformas digitales no tienen territorio nacional, los algoritmos no votan, ni disfrutan lo votado; los ciudadanos sí.

Leer a Karp nos obliga a pensar en el futuro nacional. México no puede vivir acomplejado ni como víctima perpetua; no puede negar que su historia moderna está profundamente atravesada por una herencia grecolatina, cristiana, hispánica e ilustrada que forma parte de su estructura histórica, y no podemos anclarnos al ataque permanente a nuestra identidad sin entender que la confrontación está en el otro lado y deberíamos estar preparándonos para enfrentar el mundo tal cómo es y será.

La próxima era de conflictos no necesariamente comenzará con tanques atravesando una frontera: puede comenzar con el sabotaje de una red eléctrica, la manipulación de información, el ataque a infraestructuras digitales, la interrupción de cadenas logísticas, el control de satélites, la apropiación de datos, operaciones militares con inteligencia artificial o incluso con bloqueos para acceder a componentes tecnológicos esenciales.

La próxima guerra no será simplemente de armas contra armas, sino también una guerra de software contra software, algoritmos contra algoritmos, redes contra redes, sistemas de inteligencia contra sistemas de inteligencia, supeditando la capacidad militar y de defensa a la capacidad tecnológica, y la soberanía política subordinada a la soberanía tecnológica.

El poder duro está cambiando de forma. Quienes lo entienden están formando científicos, desarrollando infraestructura tecnológica e integrando la inteligencia artificial con sus objetivos estratégicos de seguridad y defensa nacional.

Otros solo están siendo ciudadanos de la aldea global sin fronteras. Quién de ellos tendrá el poder efectivo para dirigir la orquesta del nuevo orden mundial es algo respecto de lo que yo no tengo ninguna duda para saber la respuesta.