Estoy muy seguro de que nadie conoce en México a Melanie Phillips (1951). Yo mismo no la conocía hasta que me crucé con ella hace no mucho a través de Youtube, y fue en algún podcast, no recuerdo cuál, que vi una interesantísima entrevista que le hicieron y desde entonces le sigo la pista.
Y ocurre además que, aunque no la conocía para nada, de algún modo estaba gravitando intelectualmente en mi radar sin que yo lo supiera por el hecho de que buena parte de su vida fue columnista y editora del emblemático periódico The Guardian, referente de la izquierda y el progresismo en Inglaterra que yo leía casi que religiosamente durante mi época de estudios en la Universidad de Warwick, en donde estudié la maestría en Economía Política Internacional de 2000 a 2001 y donde leí y estudié por primera vez marxismo de manera formal y sistemática.
Para ubicarnos de alguna manera, acaso podamos decir más o menos que The Guardian es a Inglaterra lo que El País es a España, Die Zeit a Alemania o La Jornada a México, así que yo, que me situaba en esas coordenadas ideológico-políticas, me lo leía junto con The Observer, que era el suplemento dominical.
Pero ocurre que Phillips dejó The Guardian por ahí de 1993, y la historia de su trayectoria por ese emblemático periódico resume de alguna manera su vida tal como lo cuenta en Guardian Angel: My Journey from Leftism to Sanity (Ángel guardián: Mi viaje del izquierdismo a la cordura), su texto autobiográfico aparecido en 2018 y que acabo de terminar de leer.
El libro es magnífico por la lucidez y claridad intelectual de Phillips, pero el punto central es que se trata sobre todo de algo así como el historial clínico de una enfermedad de la que Melanie Phillips logró escapar tal como lo indica la parte central del título del libro: “mi viaje del izquierdismo a la cordura”. Y es que lo que le ha pasado a Phillips en los últimos treinta o cuarenta años refracta lo que le ha pasado a Inglaterra y a Occidente en su conjunto. La historia es aterradora.
Formada como británica en una modesta familia judía no ortodoxa ni demasiado practicante, se consideró desde siempre “de izquierda” en el sentido de estar del lado de los desfavorecidos y los trabajadores, en contra de la opresión y el abuso y a favor, en fin, de la justicia social, y toda su vida fueron votantes del Partido Laborista.
Así que cuando ingresó a The Guardian pensó Phillips que por fin se cumplía su sueño de estar en la Meca del periodismo progresista, pero poco a poco fue dándose cuenta desde ahí del dogmatismo, el maniqueísmo y la tiranía ideológica en los que, como consecuencia del corte epocal del 68 –ella no menciona esto, pero es lo que yo interpreto–, terminó escorado el progresismo izquierdista británico (y también el occidental), para radicalizarse todavía más luego de la caída de la Unión Soviética, pues fue cuando en los países occidentales se hizo necesario, para los partidos “de izquierda”, aferrarse a algo para seguir diferenciándose de “la derecha” pero que ya no podía ser el proyecto soviético.
Y a lo que se aferró fue fundamentalmente a la estrategia de atacar a Occidente desde Occidente, ¿cómo?, pues atribuyéndole todos los males de la historia, destruyendo a la familia, defendiendo minorías marginadas a través de la política de identidad (identity politics) a lo que se sumó el ambientalismo y, sobre todo –y aquí es donde la persona de Phillips se vio afectada directamente–, se aferró dogmática y ciegamente al palestinismo ideológico, es decir, a la doctrina sectaria según la cual la causa palestina es la bandera de las banderas, la causa de las causas y los palestinos son las víctimas de las víctimas sin lugar a dudas y sin discusión, e Israel en correspondencia, obvio es decirlo, es la encarnación del Mal Occidental Absoluto. Palestina pasó a ser entonces algo así como LA izquierda, y cualquiera que se atreva a ponerlo en duda es LA derecha, o, peor aún, la EXTREMA derecha.
Antes se leía a Marx o a Lenin o se estudiaba en serio a Althusser, y se pensaba en las estrategias de acción política de Juan Domingo Perón o John William Cooke para la conquista del Estado. Yo reivindico siempre a Andrés Molina Enríquez. Hoy lo que se defiende es la mutilación de transexuales, a las flores y a los toros, y se pone la bandera palestina en las laptops para tener las credenciales de la izquierda moralmente superior, y se organizan enloquecidas manifestaciones de activistas “LGBT por Palestina” o programas de análisis en donde se discute “El Genocidio en Gaza desde la perspectiva Ambiental y de Género”, o se sigue como secta hare krishna la nauseabunda basura ideológica de las teorías “decoloniales” de Enrique Dussel enderezadas contra Occidente, desde luego, que le están abriendo las puertas ingenuamente al islamismo político a través de la trampa victimizadora del palestinismo ideológico. Es el desquiciamiento total y el suicidio colectivo asistido y voluntario.
Cuando Phillips se atrevió a poner en duda, a cuestionar y a criticar las inconsistencias del totum revolutum en el que se convirtió el “progresismo ambientalista-islamista-decolonial-antipatriarcal-indigenista” –¿qué tiene que ver ya todo esto, madre mía, con el marxismo clásico que yo estudié?– cifrado hoy en lo que se conoce como la alianza Roji-Verde, es decir, el progresismo occidental aliado con el islam político, fue marginada de The Guardian, de donde terminó saliendo por fin a principios de los 90 del siglo pasado.
Hoy es considerada, desde ese maniqueísmo sectario y estrecho, “de derecha” claro está, pues no se saben de otra, pero yo lo que veo es a una pensadora claridosa, puntual y valiente, que sigue defendiendo a los desfavorecidos y a los trabajadores pero que, sobre todo, es una férrea defensora del sentido común, de la razón y de Occidente.
Estoy muy seguro de que nadie conoce en México a Melanie Phillips (1951). Yo mismo no la conocía hasta que me crucé con ella hace no mucho a través de Youtube, y fue en algún podcast, no recuerdo cuál, que vi una interesantísima entrevista que le hicieron y desde entonces le sigo la pista.
Y ocurre además que, aunque no la conocía para nada, de algún modo estaba gravitando intelectualmente en mi radar sin que yo lo supiera por el hecho de que buena parte de su vida fue columnista y editora del emblemático periódico The Guardian, referente de la izquierda y el progresismo en Inglaterra que yo leía casi que religiosamente durante mi época de estudios en la Universidad de Warwick, en donde estudié la maestría en Economía Política Internacional de 2000 a 2001 y donde leí y estudié por primera vez marxismo de manera formal y sistemática.
Para ubicarnos de alguna manera, acaso podamos decir más o menos que The Guardian es a Inglaterra lo que El País es a España, Die Zeit a Alemania o La Jornada a México, así que yo, que me situaba en esas coordenadas ideológico-políticas, me lo leía junto con The Observer, que era el suplemento dominical.
Pero ocurre que Phillips dejó The Guardian por ahí de 1993, y la historia de su trayectoria por ese emblemático periódico resume de alguna manera su vida tal como lo cuenta en Guardian Angel: My Journey from Leftism to Sanity (Ángel guardián: Mi viaje del izquierdismo a la cordura), su texto autobiográfico aparecido en 2018 y que acabo de terminar de leer.
El libro es magnífico por la lucidez y claridad intelectual de Phillips, pero el punto central es que se trata sobre todo de algo así como el historial clínico de una enfermedad de la que Melanie Phillips logró escapar tal como lo indica la parte central del título del libro: “mi viaje del izquierdismo a la cordura”. Y es que lo que le ha pasado a Phillips en los últimos treinta o cuarenta años refracta lo que le ha pasado a Inglaterra y a Occidente en su conjunto. La historia es aterradora.
Formada como británica en una modesta familia judía no ortodoxa ni demasiado practicante, se consideró desde siempre “de izquierda” en el sentido de estar del lado de los desfavorecidos y los trabajadores, en contra de la opresión y el abuso y a favor, en fin, de la justicia social, y toda su vida fueron votantes del Partido Laborista.
Así que cuando ingresó a The Guardian pensó Phillips que por fin se cumplía su sueño de estar en la Meca del periodismo progresista, pero poco a poco fue dándose cuenta desde ahí del dogmatismo, el maniqueísmo y la tiranía ideológica en los que, como consecuencia del corte epocal del 68 –ella no menciona esto, pero es lo que yo interpreto–, terminó escorado el progresismo izquierdista británico (y también el occidental), para radicalizarse todavía más luego de la caída de la Unión Soviética, pues fue cuando en los países occidentales se hizo necesario, para los partidos “de izquierda”, aferrarse a algo para seguir diferenciándose de “la derecha” pero que ya no podía ser el proyecto soviético.
Y a lo que se aferró fue fundamentalmente a la estrategia de atacar a Occidente desde Occidente, ¿cómo?, pues atribuyéndole todos los males de la historia, destruyendo a la familia, defendiendo minorías marginadas a través de la política de identidad (identity politics) a lo que se sumó el ambientalismo y, sobre todo –y aquí es donde la persona de Phillips se vio afectada directamente–, se aferró dogmática y ciegamente al palestinismo ideológico, es decir, a la doctrina sectaria según la cual la causa palestina es la bandera de las banderas, la causa de las causas y los palestinos son las víctimas de las víctimas sin lugar a dudas y sin discusión, e Israel en correspondencia, obvio es decirlo, es la encarnación del Mal Occidental Absoluto. Palestina pasó a ser entonces algo así como LA izquierda, y cualquiera que se atreva a ponerlo en duda es LA derecha, o, peor aún, la EXTREMA derecha.
Antes se leía a Marx o a Lenin o se estudiaba en serio a Althusser, y se pensaba en las estrategias de acción política de Juan Domingo Perón o John William Cooke para la conquista del Estado. Yo reivindico siempre a Andrés Molina Enríquez. Hoy lo que se defiende es la mutilación de transexuales, a las flores y a los toros, y se pone la bandera palestina en las laptops para tener las credenciales de la izquierda moralmente superior, y se organizan enloquecidas manifestaciones de activistas “LGBT por Palestina” o programas de análisis en donde se discute “El Genocidio en Gaza desde la perspectiva Ambiental y de Género”, o se sigue como secta hare krishna la nauseabunda basura ideológica de las teorías “decoloniales” de Enrique Dussel enderezadas contra Occidente, desde luego, que le están abriendo las puertas ingenuamente al islamismo político a través de la trampa victimizadora del palestinismo ideológico. Es el desquiciamiento total y el suicidio colectivo asistido y voluntario.
Cuando Phillips se atrevió a poner en duda, a cuestionar y a criticar las inconsistencias del totum revolutum en el que se convirtió el “progresismo ambientalista-islamista-decolonial-antipatriarcal-indigenista” –¿qué tiene que ver ya todo esto, madre mía, con el marxismo clásico que yo estudié?– cifrado hoy en lo que se conoce como la alianza Roji-Verde, es decir, el progresismo occidental aliado con el islam político, fue marginada de The Guardian, de donde terminó saliendo por fin a principios de los 90 del siglo pasado.
Hoy es considerada, desde ese maniqueísmo sectario y estrecho, “de derecha” claro está, pues no se saben de otra, pero yo lo que veo es a una pensadora claridosa, puntual y valiente, que sigue defendiendo a los desfavorecidos y a los trabajadores pero que, sobre todo, es una férrea defensora del sentido común, de la razón y de Occidente.
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