Hay una entrevista que vi hace algunos años en Youtube realizada en la biblioteca de la casa del periodista español Pedro García Cuartango que me resultó entrañable y con la que me identifiqué de cuerpo entero, en la que iba mostrando la impresionante colección de miles y miles de libros con los que se saturaban de piso a techo anaqueles enteros que cumplían la función de tapiz con el que se revestían todas y cada una de las paredes de su departamento con apasionantes y apasionadas selecciones de libros de mil y un materias, colecciones y autores que iba explicando con contagiosa desmesura: novela francesa, novela policial, historia de la segunda guerra mundial, historia de España, literatura rusa, literatura norteamericana, filosofía, periodismo contemporáneo, historia universal, economía, literatura alemana, literatura española, ensayo político, sociología, antropología, comics, cine.
En algún momento del recorrido, hablando con entusiasmo al mismo tiempo spinoziano y chestertoniano –cristalino, limpio, potente, genuino, alegre– se le escapó decir a modo de excusa lo siguiente: ‘¡es que me gustan tantas cosas!’, como queriendo justificar el ritmo con el que a trompicones se desbordaba él mismo en el intento de explicárnoslo todo impresionado tal vez por la forma en la que, a esas alturas, las cosas parecían salidas ya por completo de su control desde la consciencia de que no habrá vida suficiente para leérselo todo. ‘Como me ocurre a mí’, pensé conmovido al instante.
Acabamos de estar Lorena, Leo (Leoncio para los amigos) y yo en Buenos Aires unos días y volvemos a ciudad de México con una sensación muy similar a la expresada de bote pronto y como que sin querer queriendo por García Cuartango, llenos de energía expansiva configuradora de una forma de libertad para actuar como resultado de la imantación que nos ha producido una ciudad tan espectacular en cada una de cuyas esquinas, barrios, calles y avenidas se destila una potencia social y cultural y una dignidad única saturada de historia y tensionada por contradicciones y problemas económicos sistematizados por una dialéctica política formateada como tragedia que ha logrado situarse en el primer plano de nuestra contemporaneidad como alternativa de canon político, que es la hipótesis que desarrolla Alain Rouquié en El siglo de Perón (Edhasa, 2017), uno de los primeros libros que me compré nomás llegamos.
Jalando el hilo de la referencia a Borges con la que Michel Foucault daba inicio a Las palabras y las cosas, dice entonces Rouquié lo siguiente para dar comienzo, correspondientemente, al suyo: ‘Borges es argentino, pero es un argentino universal. Perón también, pero a su manera y por otras razones. Todo el mundo sabe que Perón era el marido de Evita. Pero, además, Perón ha sido el creador del peronismo, lo que no tiene nada de tautológico, sino que remite a un fenómeno político que no pertenece sólo al pasado ni es exclusivo de un país concreto de América del Sur. ¿Acaso no está el peronismo en proceso de designar un tipo de régimen, una categoría política?’ (El siglo de Perón, p. 13).
‘Sí, en efecto –nos dijo más o menos Carlos Chacho Álvarez en casa de su hija Lucía, mi amiga del alma y ángel de la guarda y guía en este viaje de epicidad biográfica que hemos realizado en una reunión que para los efectos nos organizó con su padre–: la política argentina tiene algo que apasiona a cualquier extranjero que la conoce y que de alguna manera queda prendado de ella’, cosa que se ajusta a la hipótesis de Rouquié punto por punto en el sentido de que el enganche en cuestión se produce por virtud del registro de universalidad –replicable entonces, más o menos, en cualquier tiempo y lugar– que alcanza el peronismo como matriz de configuración problemática de la pasión histórica en su cruce con la pasión política con la figura de la revolución como resultante dentro de la cual se dibuja el módulo de la vida de una sociedad entera incluso en quienes lo tienen como polo negativo o contra-modelo para definir su “argentinidad”.
De Chacho Álvarez recuerdo una entrevista formidable que descubrí también en Youtube y que se le realizó por ahí de la década de los 90 del siglo pasado cuando era diputado peronista del Grupo de los Ocho (‘Carlos Chacho Álvarez, ¿seguís siendo peronista?’, fue la inquietante pregunta con la que a quemarropa da inicio aquel diálogo tan interesante) y que yo ponía a ver a mis alumnos de Teoría política y Teoría del Estado por la lucidez, agilidad y sagacidad maquiavélica (en el sentido de estar ajustado milimétricamente a la verdad efectiva de las cosas) que a través de esa conversación nos ofrecía Álvarez y que utilizaba yo entonces para ejemplificar el imperativo de que la Política con mayúscula (o gran política, como decía Gramsci) debe hacerse con y a través de las ideas, y cuanto más grandes mejor.
II
Si me preguntaran con qué simbolizaría esa desmesura apasionada que define el índice de una intensidad política como marca de un país (Argentina) y de una ciudad (Buenos Aires) a través de una matriz política de entidad canónica (el peronismo) escogería tal vez la estampa de una noche cualquiera de la calle de Corrientes y el mausoleo de Bernardino Rivadavia de la Plaza Miserere en el cruce de Rivadavia y Puyrredón, que fue donde mi querido amigo Sebastián Porrini nos citó en la víspera de nuestro viaje de regreso a México y que nos dejó impactados por su monumentalidad y la energía vibrante y violenta que la circunda entre autobuses, transeúntes que salen de la estación del subte, comercios de todo tipo sobresaturados de productos chinos y seguramente también argentinos y de todo el mundo en las que se dan cita la marginalidad, el consumo masivo y el esfuerzo del trabajo cual imagen torturada de algún aguafuerte o novela de Roberto Arlt transida de belleza en convivencia con la desolación, la sordidez y la fuerza arrasadora de lo cotidiano:
‘Arlt no tiene fortuna, pero sí fuerza moral, una obstinada vocación, un mensaje que transmitir. Mas antes de lograr la certeza de esa vocación recorre todos los senderos de la duda. “No sabía entonces cuál iba a ser mi camino efectivo en la vida. Si sería comerciante, peón, empleado de alguna empresa comercial o escritor”, ha dicho él mismo en palabras prologales. Después de la certeza viene la creación. Y uno tras otro se van dando El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El amor brujo, El jorobadito… Los apremios de dinero no desaparecen nunca para Arlt. El sueldo de El Mundo no resuelve todos sus compromisos, a pesar de que lleva una vida modesta.’, dice Raúl Larra en Roberto Arlt. El Torturado (Alpe, 1956), que es otro de los libros que me compré en la primera librería de viejo con la que me crucé al día siguiente de instalarnos en el hotel en Maipú y Paraguay, muy cerca de la Confitería Saint Moritz de la que nos hicimos habituales tal como ocurrió en su momento con Cesar Luis Menotti y el mismísimo Arturo Jauretche.
Porrini nos saludó efusivo y generoso, abrazándonos con el cariño de una amistad que pareciera de años para dirigirnos luego a la primera pizzería que encontramos para tomar unas cervezas junto con Diego Ortega, su contertulio en la conducción del sensacional La última página, programa de Youtube sobre libros hecho desde la biblioteca de Porrini que descubrí hace más o menos tres años buscando cosas yo no sé si de Spinoza o de Calasso y del que me hice fan y seguidor desde entonces.
En un par de horas nos pusimos al día y hablamos de proyectos futuros de los que pronto se sabrá, dejándome Porrini dos libros de los que pronto, también, escribiré: La suspensión de las certezas. Un Reporte Minoritario del simbolismo en la literatura y el cine (Sofía, casa editorial, 2025), escrito al alimón entre él, Diego Ortega y Midy Radomskiy y Estética del símbolo de Porrini solamente (Sofía, casa editorial, 2025).
III
El de Sebastián y Diego fue el penúltimo de una serie de encuentros llenos de sentido. Además del Chacho Álvarez y Martín Rodríguez, con quienes nos llevó Lucía, me reencontré también con Mariano Galperin y su mujer Lorena Ventimiglia, a quienes conocí gracias a una inolvidable aventura que realizamos juntos alrededor de su película Bill 79 entre ciudad de México y Buenos Aires y la complicidad de Alex Mercado, cosa que a su vez nos condujo a otra increíble coincidencia, ocurrida cuando, en una visita de Mariano y Lorena a CDMX el año pasado, yo les dije desbocado que, dejando de lado otras referencias teóricas y acaso más lejanas (Vasconcelos, Marx, Spinoza, Gustavo Bueno, Gramsci, Malraux, Molina Henríquez), la figura que hoy por hoy constituye mi faro fundamental de orientación política es la de Jorge Abelardo Ramos: ‘¡Pero si somos amigos de su hija Laura Ramos!’, nos dijo Mariano de inmediato y sorprendido.
La vimos en su casa a los pocos días de llegar a Buenos Aires. Al llegar me dio Laura tres de los cinco tomos de la obra fundamental de Jorge Abelardo Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, y un ejemplar de su última obra Mi niñera de la KGB (Lumen, 2025), en donde cuenta la insólita historia de su convivencia con María Luisa, una “modista” que de vez en cuando los cuidaba como niñera pero que en realidad era África de las Heras, una española reclutada por los servicios secretos soviéticos en 1937 que estuvo involucrada en la trama del asesinato de Trotsky y que, además –y atención con esto, que será un escándalo para México–, reclutó también para los soviéticos ni más ni menos que a Rosario Castellanos:
‘Había llegado la hora de los archivos –escribe Laura Ramos–. Cuando estuvimos en Cambridge, Tasya y yo encontramos en la página 407 de la carpeta K-19 el nombre Patria transliterado al alfabeto ruso. Auxiliada por un espía mexicano, nuestra María Luisa había logrado reclutar a la embajadora mexicana en Israel, Rosario Castellanos, que además era escritora y periodista.’ (Mi niñera de la KGB, p. 221).
IV
Pero el círculo no se cerraba todavía. Faltaba el hermano de Laura Ramos, Víctor, con quien me contactó al día siguiente de lo de su casa y que vimos luego de ver a Porrini en la pizzería de Rivadavia y Puyrredón.
Víctor Ramos es director del Instituto de Revisionismo Histórico Latinoamericano Jorge Abelardo Ramos y editor de la revista Patria Grande. Él ya sabía de mí y habían publicado algunos de mis textos, razón por la cual nuestro encuentro fue –éste sí el último, la noche previa a nustra partida– tan emocionante.
‘Para mi buscado y requerido Ismael Carvallo Robledo’, fueron las palabras que me escribió Víctor en la dedicatoria de su libro Hombres de acero. Historia política de la Unión Obrera Metalúrgica (Editora Grande, 2021), que me regaló junto con uno de su padre (Introducción a la América Criolla) además de un texto mecanografiado, de su padre también, sobre Octavio Paz y otros libros más, entre ellos uno de Manuel Ugarte (La Patria Grande), como parte de una erróneamente llamada, desde mi modesto punto de vista, Colección de la Unidad Sudamericana.
¿Por qué solamente sudamericana caramba, si la jugada es completamente latinoamericana México incluido, y en el Río Bravo está dibujada con dramatismo la línea de golpeo en donde se fragua día a día el porvenir de todo un continente, como decía precisamente Manuel Ugarte?
V
‘Este viaje ha sido para ti una parte fundamental de tu destino. No ha sido cualquier viaje’, me ha dicho Lorena ya de vuelta en ciudad de México en la mañana del 25 de diciembre haciendo el balance de todo.
‘Tú tenías que venir a Buenos Aires –me siguió diciendo más o menos: estoy reinterpretando– para que todos los puntos nodales –Jorge Abelardo, Bill Evans, Hispanoamérica, la pasión política, la cultura como acción histórica– encontraran un encuadre final como variables invisibles de una ecuación fundamental que te ha venido moviendo e impulsando durante décadas, y que ahora cristalizan y se articulan alrededor de Lucía, Sebastián, Mariano, Laura y Victor, y también de Federico’.
Federico Merke: mi entrañable amigo de mis tiempos de estudio en la Universidad de Warwick que fue algo así como mi hermano mayor y mi único interlocutor intelectual y que afortunadamente pudimos ver en mi cumpleaños el domingo 21, a un par de días de irnos.
Todo se articuló en Buenos Aires, veinte años después de un primer viaje que hice cuando, viajando de Inglaterra para México, hice escala aquí y me quedé precisamente en casa de Federico en Palermo.
En una de aquellas noches fui con unos amigos a La Catedral Club a ver y escuchar tango, y fue cuando un improvisado amigo con el que me puse a conversar en la barra me habló por primera vez de Jorge Abelardo Ramos, y me contó la anécdota genial de que sus padres le habían regalado recién a Hugo Chávez un ejemplar viejo de Historia de la Nación Latinoamericana con la encendida dedicatoria que decía “Por un Ayacucho definitivo, a paso de vencedores”.
Por fin pude volver, y tal vez era necesario que pasara todo este tiempo para que el acumulado de lecturas y experiencias, de definiciones y certezas categóricas se convirtieran en un paralelogramo biográfico-político e intelectual apasionante, poderoso y expansivo que se ha situado como mi hegemonikón interno según pensaban los estoicos, es decir, como el motor que te mueve y guía tu razón y voluntad.
VI
‘¿Cómo les fue de viaje por Buenos Aires?’, nos preguntó el conductor de la camioneta que nos llevaba del hotel al aeropuerto de Ezeiza y que era el mismo que lo hizo en sentido inverso cuando llegamos diez días atrás. ‘Tienen una ciudad espectacular’, le respondí de inmediato mientras manipulaba las rendijas del aire acondicionado que no funcionaba muy bien y que yo intentaba dirigir hacia mí para mitigar el calor sofocante que no dejaba de torturarme en un trayecto que parecía no tener fin. Lore y Leoncio dormían exhaustos en el asiento de atrás.
‘Siéntanse orgullosos de ella, te lo digo de verdad –continué–. Buenos Aires no le pide nada a nadie, y se mide con cualquier metrópoli del mundo. Este año estuve en Budapest, y me parece una provincia modesta comparada con esto. ¡Y es que nos han gustado tantas cosas! Ten por seguro que volveremos.’
‘Es verdad. A veces uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que alguien externo te lo dice y te hace caer en cuenta’, me respondió pensativo mientras forcejeaba con las velocidades de una forma que me ponía nervioso porque parecía que la camioneta se ahogaba y nos dejaba tirados en medio de la autopista.
El día que nos llevó el mismo conductor al hotel cuando llegamos pasamos por un sitio muy iluminado y escandaloso y que a mil leguas se veía que estaba hecho para turistas, recomendándonos mucho ir si queríamos ver un espectáculo de tango. ‘A este lugar yo nunca los traería’, nos dijo horas después Lucía cuando la vimos.
Obviamente nunca fuimos.
Calle Corrientes, Buenos Aires. Foto de Lorena Moreno.
I
Hay una entrevista que vi hace algunos años en Youtube realizada en la biblioteca de la casa del periodista español Pedro García Cuartango que me resultó entrañable y con la que me identifiqué de cuerpo entero, en la que iba mostrando la impresionante colección de miles y miles de libros con los que se saturaban de piso a techo anaqueles enteros que cumplían la función de tapiz con el que se revestían todas y cada una de las paredes de su departamento con apasionantes y apasionadas selecciones de libros de mil y un materias, colecciones y autores que iba explicando con contagiosa desmesura: novela francesa, novela policial, historia de la segunda guerra mundial, historia de España, literatura rusa, literatura norteamericana, filosofía, periodismo contemporáneo, historia universal, economía, literatura alemana, literatura española, ensayo político, sociología, antropología, comics, cine.
En algún momento del recorrido, hablando con entusiasmo al mismo tiempo spinoziano y chestertoniano –cristalino, limpio, potente, genuino, alegre– se le escapó decir a modo de excusa lo siguiente: ‘¡es que me gustan tantas cosas!’, como queriendo justificar el ritmo con el que a trompicones se desbordaba él mismo en el intento de explicárnoslo todo impresionado tal vez por la forma en la que, a esas alturas, las cosas parecían salidas ya por completo de su control desde la consciencia de que no habrá vida suficiente para leérselo todo. ‘Como me ocurre a mí’, pensé conmovido al instante.
Acabamos de estar Lorena, Leo (Leoncio para los amigos) y yo en Buenos Aires unos días y volvemos a ciudad de México con una sensación muy similar a la expresada de bote pronto y como que sin querer queriendo por García Cuartango, llenos de energía expansiva configuradora de una forma de libertad para actuar como resultado de la imantación que nos ha producido una ciudad tan espectacular en cada una de cuyas esquinas, barrios, calles y avenidas se destila una potencia social y cultural y una dignidad única saturada de historia y tensionada por contradicciones y problemas económicos sistematizados por una dialéctica política formateada como tragedia que ha logrado situarse en el primer plano de nuestra contemporaneidad como alternativa de canon político, que es la hipótesis que desarrolla Alain Rouquié en El siglo de Perón (Edhasa, 2017), uno de los primeros libros que me compré nomás llegamos.
Jalando el hilo de la referencia a Borges con la que Michel Foucault daba inicio a Las palabras y las cosas, dice entonces Rouquié lo siguiente para dar comienzo, correspondientemente, al suyo: ‘Borges es argentino, pero es un argentino universal. Perón también, pero a su manera y por otras razones. Todo el mundo sabe que Perón era el marido de Evita. Pero, además, Perón ha sido el creador del peronismo, lo que no tiene nada de tautológico, sino que remite a un fenómeno político que no pertenece sólo al pasado ni es exclusivo de un país concreto de América del Sur. ¿Acaso no está el peronismo en proceso de designar un tipo de régimen, una categoría política?’ (El siglo de Perón, p. 13).
‘Sí, en efecto –nos dijo más o menos Carlos Chacho Álvarez en casa de su hija Lucía, mi amiga del alma y ángel de la guarda y guía en este viaje de epicidad biográfica que hemos realizado en una reunión que para los efectos nos organizó con su padre–: la política argentina tiene algo que apasiona a cualquier extranjero que la conoce y que de alguna manera queda prendado de ella’, cosa que se ajusta a la hipótesis de Rouquié punto por punto en el sentido de que el enganche en cuestión se produce por virtud del registro de universalidad –replicable entonces, más o menos, en cualquier tiempo y lugar– que alcanza el peronismo como matriz de configuración problemática de la pasión histórica en su cruce con la pasión política con la figura de la revolución como resultante dentro de la cual se dibuja el módulo de la vida de una sociedad entera incluso en quienes lo tienen como polo negativo o contra-modelo para definir su “argentinidad”.
De Chacho Álvarez recuerdo una entrevista formidable que descubrí también en Youtube y que se le realizó por ahí de la década de los 90 del siglo pasado cuando era diputado peronista del Grupo de los Ocho (‘Carlos Chacho Álvarez, ¿seguís siendo peronista?’, fue la inquietante pregunta con la que a quemarropa da inicio aquel diálogo tan interesante) y que yo ponía a ver a mis alumnos de Teoría política y Teoría del Estado por la lucidez, agilidad y sagacidad maquiavélica (en el sentido de estar ajustado milimétricamente a la verdad efectiva de las cosas) que a través de esa conversación nos ofrecía Álvarez y que utilizaba yo entonces para ejemplificar el imperativo de que la Política con mayúscula (o gran política, como decía Gramsci) debe hacerse con y a través de las ideas, y cuanto más grandes mejor.
II
Si me preguntaran con qué simbolizaría esa desmesura apasionada que define el índice de una intensidad política como marca de un país (Argentina) y de una ciudad (Buenos Aires) a través de una matriz política de entidad canónica (el peronismo) escogería tal vez la estampa de una noche cualquiera de la calle de Corrientes y el mausoleo de Bernardino Rivadavia de la Plaza Miserere en el cruce de Rivadavia y Puyrredón, que fue donde mi querido amigo Sebastián Porrini nos citó en la víspera de nuestro viaje de regreso a México y que nos dejó impactados por su monumentalidad y la energía vibrante y violenta que la circunda entre autobuses, transeúntes que salen de la estación del subte, comercios de todo tipo sobresaturados de productos chinos y seguramente también argentinos y de todo el mundo en las que se dan cita la marginalidad, el consumo masivo y el esfuerzo del trabajo cual imagen torturada de algún aguafuerte o novela de Roberto Arlt transida de belleza en convivencia con la desolación, la sordidez y la fuerza arrasadora de lo cotidiano:
‘Arlt no tiene fortuna, pero sí fuerza moral, una obstinada vocación, un mensaje que transmitir. Mas antes de lograr la certeza de esa vocación recorre todos los senderos de la duda. “No sabía entonces cuál iba a ser mi camino efectivo en la vida. Si sería comerciante, peón, empleado de alguna empresa comercial o escritor”, ha dicho él mismo en palabras prologales. Después de la certeza viene la creación. Y uno tras otro se van dando El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El amor brujo, El jorobadito… Los apremios de dinero no desaparecen nunca para Arlt. El sueldo de El Mundo no resuelve todos sus compromisos, a pesar de que lleva una vida modesta.’, dice Raúl Larra en Roberto Arlt. El Torturado (Alpe, 1956), que es otro de los libros que me compré en la primera librería de viejo con la que me crucé al día siguiente de instalarnos en el hotel en Maipú y Paraguay, muy cerca de la Confitería Saint Moritz de la que nos hicimos habituales tal como ocurrió en su momento con Cesar Luis Menotti y el mismísimo Arturo Jauretche.
Porrini nos saludó efusivo y generoso, abrazándonos con el cariño de una amistad que pareciera de años para dirigirnos luego a la primera pizzería que encontramos para tomar unas cervezas junto con Diego Ortega, su contertulio en la conducción del sensacional La última página, programa de Youtube sobre libros hecho desde la biblioteca de Porrini que descubrí hace más o menos tres años buscando cosas yo no sé si de Spinoza o de Calasso y del que me hice fan y seguidor desde entonces.
En un par de horas nos pusimos al día y hablamos de proyectos futuros de los que pronto se sabrá, dejándome Porrini dos libros de los que pronto, también, escribiré: La suspensión de las certezas. Un Reporte Minoritario del simbolismo en la literatura y el cine (Sofía, casa editorial, 2025), escrito al alimón entre él, Diego Ortega y Midy Radomskiy y Estética del símbolo de Porrini solamente (Sofía, casa editorial, 2025).
III
El de Sebastián y Diego fue el penúltimo de una serie de encuentros llenos de sentido. Además del Chacho Álvarez y Martín Rodríguez, con quienes nos llevó Lucía, me reencontré también con Mariano Galperin y su mujer Lorena Ventimiglia, a quienes conocí gracias a una inolvidable aventura que realizamos juntos alrededor de su película Bill 79 entre ciudad de México y Buenos Aires y la complicidad de Alex Mercado, cosa que a su vez nos condujo a otra increíble coincidencia, ocurrida cuando, en una visita de Mariano y Lorena a CDMX el año pasado, yo les dije desbocado que, dejando de lado otras referencias teóricas y acaso más lejanas (Vasconcelos, Marx, Spinoza, Gustavo Bueno, Gramsci, Malraux, Molina Henríquez), la figura que hoy por hoy constituye mi faro fundamental de orientación política es la de Jorge Abelardo Ramos: ‘¡Pero si somos amigos de su hija Laura Ramos!’, nos dijo Mariano de inmediato y sorprendido.
La vimos en su casa a los pocos días de llegar a Buenos Aires. Al llegar me dio Laura tres de los cinco tomos de la obra fundamental de Jorge Abelardo Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, y un ejemplar de su última obra Mi niñera de la KGB (Lumen, 2025), en donde cuenta la insólita historia de su convivencia con María Luisa, una “modista” que de vez en cuando los cuidaba como niñera pero que en realidad era África de las Heras, una española reclutada por los servicios secretos soviéticos en 1937 que estuvo involucrada en la trama del asesinato de Trotsky y que, además –y atención con esto, que será un escándalo para México–, reclutó también para los soviéticos ni más ni menos que a Rosario Castellanos:
‘Había llegado la hora de los archivos –escribe Laura Ramos–. Cuando estuvimos en Cambridge, Tasya y yo encontramos en la página 407 de la carpeta K-19 el nombre Patria transliterado al alfabeto ruso. Auxiliada por un espía mexicano, nuestra María Luisa había logrado reclutar a la embajadora mexicana en Israel, Rosario Castellanos, que además era escritora y periodista.’ (Mi niñera de la KGB, p. 221).
IV
Pero el círculo no se cerraba todavía. Faltaba el hermano de Laura Ramos, Víctor, con quien me contactó al día siguiente de lo de su casa y que vimos luego de ver a Porrini en la pizzería de Rivadavia y Puyrredón.
Víctor Ramos es director del Instituto de Revisionismo Histórico Latinoamericano Jorge Abelardo Ramos y editor de la revista Patria Grande. Él ya sabía de mí y habían publicado algunos de mis textos, razón por la cual nuestro encuentro fue –éste sí el último, la noche previa a nustra partida– tan emocionante.
‘Para mi buscado y requerido Ismael Carvallo Robledo’, fueron las palabras que me escribió Víctor en la dedicatoria de su libro Hombres de acero. Historia política de la Unión Obrera Metalúrgica (Editora Grande, 2021), que me regaló junto con uno de su padre (Introducción a la América Criolla) además de un texto mecanografiado, de su padre también, sobre Octavio Paz y otros libros más, entre ellos uno de Manuel Ugarte (La Patria Grande), como parte de una erróneamente llamada, desde mi modesto punto de vista, Colección de la Unidad Sudamericana.
¿Por qué solamente sudamericana caramba, si la jugada es completamente latinoamericana México incluido, y en el Río Bravo está dibujada con dramatismo la línea de golpeo en donde se fragua día a día el porvenir de todo un continente, como decía precisamente Manuel Ugarte?
V
‘Este viaje ha sido para ti una parte fundamental de tu destino. No ha sido cualquier viaje’, me ha dicho Lorena ya de vuelta en ciudad de México en la mañana del 25 de diciembre haciendo el balance de todo.
‘Tú tenías que venir a Buenos Aires –me siguió diciendo más o menos: estoy reinterpretando– para que todos los puntos nodales –Jorge Abelardo, Bill Evans, Hispanoamérica, la pasión política, la cultura como acción histórica– encontraran un encuadre final como variables invisibles de una ecuación fundamental que te ha venido moviendo e impulsando durante décadas, y que ahora cristalizan y se articulan alrededor de Lucía, Sebastián, Mariano, Laura y Victor, y también de Federico’.
Federico Merke: mi entrañable amigo de mis tiempos de estudio en la Universidad de Warwick que fue algo así como mi hermano mayor y mi único interlocutor intelectual y que afortunadamente pudimos ver en mi cumpleaños el domingo 21, a un par de días de irnos.
Todo se articuló en Buenos Aires, veinte años después de un primer viaje que hice cuando, viajando de Inglaterra para México, hice escala aquí y me quedé precisamente en casa de Federico en Palermo.
En una de aquellas noches fui con unos amigos a La Catedral Club a ver y escuchar tango, y fue cuando un improvisado amigo con el que me puse a conversar en la barra me habló por primera vez de Jorge Abelardo Ramos, y me contó la anécdota genial de que sus padres le habían regalado recién a Hugo Chávez un ejemplar viejo de Historia de la Nación Latinoamericana con la encendida dedicatoria que decía “Por un Ayacucho definitivo, a paso de vencedores”.
Por fin pude volver, y tal vez era necesario que pasara todo este tiempo para que el acumulado de lecturas y experiencias, de definiciones y certezas categóricas se convirtieran en un paralelogramo biográfico-político e intelectual apasionante, poderoso y expansivo que se ha situado como mi hegemonikón interno según pensaban los estoicos, es decir, como el motor que te mueve y guía tu razón y voluntad.
VI
‘¿Cómo les fue de viaje por Buenos Aires?’, nos preguntó el conductor de la camioneta que nos llevaba del hotel al aeropuerto de Ezeiza y que era el mismo que lo hizo en sentido inverso cuando llegamos diez días atrás. ‘Tienen una ciudad espectacular’, le respondí de inmediato mientras manipulaba las rendijas del aire acondicionado que no funcionaba muy bien y que yo intentaba dirigir hacia mí para mitigar el calor sofocante que no dejaba de torturarme en un trayecto que parecía no tener fin. Lore y Leoncio dormían exhaustos en el asiento de atrás.
‘Siéntanse orgullosos de ella, te lo digo de verdad –continué–. Buenos Aires no le pide nada a nadie, y se mide con cualquier metrópoli del mundo. Este año estuve en Budapest, y me parece una provincia modesta comparada con esto. ¡Y es que nos han gustado tantas cosas! Ten por seguro que volveremos.’
‘Es verdad. A veces uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que alguien externo te lo dice y te hace caer en cuenta’, me respondió pensativo mientras forcejeaba con las velocidades de una forma que me ponía nervioso porque parecía que la camioneta se ahogaba y nos dejaba tirados en medio de la autopista.
El día que nos llevó el mismo conductor al hotel cuando llegamos pasamos por un sitio muy iluminado y escandaloso y que a mil leguas se veía que estaba hecho para turistas, recomendándonos mucho ir si queríamos ver un espectáculo de tango. ‘A este lugar yo nunca los traería’, nos dijo horas después Lucía cuando la vimos.
Obviamente nunca fuimos.
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