Club Nikolái

Octava noche en el Sályut

Jueves 8 de agosto, 2024. Aunque varios miembros de nuestro Club Nikolái habían tenido que cancelar su asistencia, no quisimos posponer una vez más nuestra octava noche en el Sályut. Así que decidimos vernos ahí los que pudieran llegar. ‘Yo terminé la novela. ¡Durísima! ¡Potente!’, nos dijo K. en el chat luego de avisar que desafortunadamente no lograría acompañarnos esta vez.

Hablaba K. de Novela con cocaína de M. Aguéiev, que J. por su parte nos había recomendado y suministrado en nuestra reunión previa toda vez que el Consejo Editorial de la Cámara de Diputados la reeditó en afortunada coedición con ALBA Editorial. Al llegar al Sályut yo no había logrado terminar la novela, habiéndome quedado a punto de comenzar la tercera parte, titulada precisamente Cocaína. 

Eran las siete en punto más o menos cuando abrí las puertas de la Tío Pepe que dan a la calle de Independencia. E. había llegado un poco antes que yo y lo vi sentado solitario en la cabeza de una fila de tres mesas vacías en el lugar en que nosotros solemos reunirnos, a la izquierda de la barra poniéndose detrás de ella, acomodadas evidentemente para recibir una reservación que yo no había hecho, razón por la cual le dije al acercarme que me temía que alguien se nos había adelantado para la ocasión.

Al preguntarle al mesero nos confirmó que estaban a la espera de la llegada de un tour, así que nos movimos hacia el otro lado de la cantina, en un lugar que terminó por gustarnos mucho más que el habitual.

E. y yo estuvimos hablando más o menos una hora más antes de que llegara el resto, sobre todo sobre el funcionamiento del sistema de promotores o mediadores (que es el concepto correcto, según me explicaba) de lectura de la Secretaría de Educación Pública, y correlativamente sobre la bronca tremenda que supone encarar semejante faena en un contexto como el nuestro en el que la tecnología, los celulares y el internet se han convertido en las variables principales de la educación, la cultura, la configuración de ideologías y el moldeamiento de la sociedad y de las nuevas generaciones en su más amplio sentido.

También me contó E. sobre la maravilla sublime y suprema que supone la lectura de Las mil y una noches y su impresión de que Novela con cocaína le pareció una novela de formación. A las ocho más o menos llegaron J. y F., y veinte minutos más o menos después A., un nuevo viajero del Sályut,  y T.

Es un libro duro, corto, de estilo no fácil, comenzó diciendo F., a lo que J. atajó recordando la fascinación que le producen los rusos, cosa que de algún modo se sintoniza con la perspectiva general de nuestro Club, organizado en honor a El peso de vivir en la tierra de David Toscana, que es un libro hecho en función del esplendor apasionado e irradiador de la literatura rusa.

Yo voy precisamente en la tercera parte del libro, titulada Cocaína, dije tímidamente, pues sin haberla terminado no me era posible tener todavía un juicio formado. ¿Por qué dice la novela, a título de epígrafe, que “Burkievits se ha negado”?, pregunté entonces en el mismo tono de ignorancia insegura. Hay que terminarla para saberlo, me dijo J. al instante.  

La parte de la cocaína es la señal de la caída, dijo F., que continuó con sus impresiones: la descripción de la experiencia del consumo, las metáforas metálicas, la aceleración y la claridad, el infierno. La alcalinidad.

T. y yo acotamos recordando la repugnancia y pusilanimidad que el personaje, Vadim Máslennikov, transpira y transmite en la primera parte. J. dijo que se trataba del vacío que se anuncia desde el principio, que luego habría de llenarse destructivamente con la adicción a la cocaína, como una suerte de demon o daimon interno que lo empujó desde el principio a la catástrofe. Pero F. dijo que, a su parecer, Vadim no es un pusilánime. Es todo menos eso, afirmó categórico, porque es completamente consciente de sus transgresiones.

Para T., que tampoco había terminado para entonces la novela, se trata de un texto de prosa adictiva. Al cruzar el umbral de la parte de Cocaína, ahora lo sé mejor pues estoy a punto de terminarla, la adicción sintáctica se hace verdaderamente patente. Pero dejaré mis impresiones para la reseña de este libro que me ha resultado extraordinario y potente, como bien dijo K.  

Al principio desprecias al personaje –en efecto–, nos dijo entonces T., añadiendo luego que tuvo por momentos la sensación de que todos hemos sido un personaje como él en algún momento de nuestras vidas. Acaso se deba esto, pensé y pienso yo, a la maestría con la que Aguéiev logra plasmar la fenomenología de las sensaciones psicológicas haciendo posible tu identificación con ellas, sobre todo en etapas tempranas de la vida como la adolescencia y la juventud caracterizadas por la floración súbita, desordenada y torrencial del flujo psicológico de la consciencia sin moldeamiento definitivo todavía, y sin mediaciones culturales, sentimentales o ideológicas que le den cauce, estabilidad y coherencia determinativa, razón por la cual se trata de etapas tan complejas y, en el límite, tan peligrosas.

Y es que la cuestión que se nos impone como pregunta fundamental, continuaba T., es saber por qué razón tomaba Vadim tantos riesgos. La pregunta quedó en la mesa. A. no había logrado comenzar aún con la novela y T. y yo aún no la terminábamos. Mientras escribo esto estoy a nada de hacerlo.

En el ambiente de la mesa flotaba de alguna manera la intriga sobre lo que supone la experiencia de esnifar cocaína. Era evidente para todos que Aguéiev fue consumidor, pues de otra forma hubiera sido imposible que lograra plasmar con tal precisión milimétrica y vívida la experiencia en cuestión.

El final se acercaba estando el reloj a punto de dar las diez de la noche. Mientras pedíamos la cuenta, el dueño de la Tío Pepe (se me va su nombre, me parece que es Carlos) se acercó a nuestra mesa para platicar un poco.

A. me había comentado que había dos barras históricas en cantinas de la ciudad de México: la de la Ópera y la de la Tío Pepe, y que una la habían traído de Chicago y la otra de París, pero que no recordaba cuales eran una y otra.

El dueño nos despejó la duda: la nuestra es la de París, nos dijo, añadiendo que el vitral con el anuncio del coñac Hennessy es también de los pocos que quedan en el país, y que su razón de ser se debía a la predilección que tenía Porfirio Díaz por ese coñac, y que en sus tiempos se llenaron restaurantes, bares y cantinas con vitrales como ese.