GAP Andrés Molina Enríquez

Combates por la historia

El día de ayer, presentamos el libro de Rafael Rojas Combates por la historia en la Guerra Fría latinoamericana, editada recién por la Academia Mexicana de la Historia y la SEP en el marco de la Cátedra Extremos de América del Espacio Cultural San Lázaro.

El libro es una aproximación general a los debates e investigaciones que tuvieron lugar en el ámbito académico de Estados Unidos, México, Argentina y la Unión Soviética durante la segunda mitad del siglo XX, tal como fueron procesados en publicaciones emblemáticas como la Hispanic American Historical Review, de Estados Unidos, el Boletín del Instituto Ravignani de Argentina, Historia Mexicana de El Colegio de México y la soviética Voprosy Istorii.

La Guerra Fría es un laboratorio de gran interés para analizar filosóficamente –entendiendo a la filosofía como un saber de segundo grado desde el cual es posible mapear el cruzamiento e interrelaciones de diversidad de saberes y planos de la realidad– la dialéctica fundamental que hay entre la historia, la ideología y la política como campos de poder y, por tanto, de combate, razón por la cual tiene tanto sentido la tesis de José Luis Romero según la cual más que una historia de la política, lo que hay es una política de la historia.

El libro consta de cinco partes medulares: Latinoamericanismo y anticomunismo; La revolución preferida; El latinoamericanismo soviético; Una revista argentina; y La escuela mexicana, flanqueadas por una Introducción y un comentario conclusivo en los que Rojas va rastreando el hilo de polémicas, reseñas y controversias incrustadas dentro de un paralelogramo problemático conformado por los siguientes elementos: por un lado y primero que todo, dos procesos históricos fundantes (Marcelo Gullo habla de “insubordinaciones fundantes”), a saber: la Revolución mexicana y la Revolución cubana, que acaso pudiéramos entender como “hechos socio-políticos totales” o totalizadores  alrededor de los cuales se activaron debates sobre la comprensión más justa de sus claves, dispositivos dialécticos y potencia para explicar los grandes procesos de transformación americanos de la Edad Contemporánea.

Por otro lado, la emergencia, dentro de tales hechos socio-políticos totalizadores, de formaciones ideológicas que podríamos denominar onomásticas en el sentido de que quedaron y quedan asociadas alrededor de un nombre en específico (marxismo, maoísmo, bolivarismo), y que de alguna manera vinieron a situarse como fractales que resumen la dialéctica revolucionaria en cuestión: el peronismo y el cardenismo (por ahí se habla también un poco del varguismo de Brasil).

El libro no es de carácter exhaustivo sino más bien esquemático y divulgativo, y lo que buscó Rojas fue trazar ‘un arco de preocupaciones ideológicas propias de la Guerra Fría. En aquellos años, para los historiadores estadounidenses, soviéticos, mexicanos y argentinos era fundamental definir qué tipo de economía, sociedad y Estado se había construido tras la independencia de los antiguos virreinatos de la España borbónica…’ (p. 87).

Hasta la década de los 50, hubo una sintonía –digamos– alrededor de las similitudes que se quisieron encontrar entre el nacionalismo revolucionario mexicano, el peronismo argentino, el varguismo brasileño y el New Deal de Roosevelt. Todo cambió una vez que la Revolución cubana, al sovietizarse, abrió una polaridad entre el modelo mexicano y el cubano-soviético de revolución americana que imantó la discusión en las revistas en cuestión.

La revisión de todo esto ofrece claves fundamentales para la interpretación de nuestro presente en marcha más puntual y acuciante ante lo que muy bien cabría aplicar la tesis de Antonio Labriola según la cual “si comprender es superar, superar es sobre todo haber comprendido”.

El libro está impreso en formato de bolsillo, lo que hace que su función divulgativa se cumpla a la perfección.