GAP Andrés Molina Enríquez

Mentira oligárquica en la marcha por el INE

Una falacia es un engaño o mentira que se esconde debajo de algo que se presenta como verídico, lo que significa también que se trata del instrumento de los cínicos, que son las personas que actúan con falsedad o desvergüenza descaradas.

No se puede ser ingenuo en estas cosas, lo sé muy bien, y el tema de la mentira en política no es cosa fácil de resolver, pues se trata de un subsistema de relaciones de alta complejidad (o de segundo grado) para la que no aplican las leyes de la convivencia interpersonal a escala individual (familiar, de amistad o de pareja).

No es cosa fácil, pero tampoco es nueva: ya Platón o Tucídides lo abordaron respectivamente, y de ahí hasta Maquiavelo. En todos los casos se explica que la mentira política es necesaria de alguna manera: “no se puede gobernar una ciudad sin mentirle”, decía Tucídides; mientras que Platón decía que a la ciudad se le debía de mentir en todo cuanto tuviera que ver con su origen –que tenía que hacerse mítico o demasiado lejano, tan lejano que se hiciera imposible reconocerlo– de modo tal que se pudiera evadir el trámite de señalar puntualmente el origen de la ciudad, porque, al hacerlo, quedaba implicada por necesidad la existencia de un final, y una ciudad o un país no pueden funcionar si se sabe de antemano que habrá un final.  

Habría que clasificar entonces a la mentira política, partiendo del hecho de que es, de alguna manera, inevitable. El criterio podríamos obtenerlo de la tipología de las formas políticas de Aristóteles. Hay mentira política oligárquica cuando un grupo miente para mantenerse en una posición de privilegio; y hay mentira política democrática cuando el gobernante miente pero para generar un bien general (recordemos que Aristóteles decía que una forma de gobierno era buena si se gobernaba para el bien general, y era mala si se gobernaba para el bien particular).

En otro momento desarrollaré con más detalle esta clasificación; quedémonos de momento con la idea de mentira oligárquica, que es lo que ocurrió el domingo pasado en la marcha convocada por la oposición al gobierno de López Obrador en lo relativo a la reforma electoral.

Es una mentira oligárquica porque se trató de la mentira de un grupo político privilegiado, proveniente de altas posiciones en la burocracia dorada del INE o de la clase política, que mintieron al hacerle pensar a la gente que lo que busca la reforma electoral es la desaparición del INE.

Ni el gobierno ni la 4T están en contra del INE, además de que Lorenzo Córdova no es el INE. La reforma de la 4T está en contra del despilfarro de los partidos políticos, los malos manejos, la parcialidad, la utilización del INE como trampolín político o el protagonismo desmedido de altos funcionarios (como Córdova o Murayama, precisamente), que a todas luces mostraron una actitud opositora al presidente y a Morena más que de neutralidad e imparcialidad.

José Woldenberg, un tipo carente de potencia intelectual además de inocuo y simple, y que se caracteriza por la mediocre grisura al escribir, se inventó ahora el término ridículo de “democracia germinal” para hablar de algo sublime y endeble que hay que cuidar, “la Democracia”, pero que ignora que, precisamente desde Aristóteles, la democracia sirve para controlar a la oligarquía, y que jamás, ambiguo y timorato, tuvo el valor de alzar la voz contra ninguna de las imposiciones políticas que la oligarquía nacional instrumentó para evitar el avance del movimiento democrático más importante de la historia moderna de México, encabezado por AMLO.

Pero bienvenidas en todo caso las mentiras de la marcha y quienes las avalan, pues así quedarán evidenciados los cínicos respecto de los que, en su momento, habremos de decidir si los sacamos de una buena vez de la vida pública de México.

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