Libros

El pueblo, las olas y la tempestad

Sobre La marea de los días de José Revueltas, edición y estudio de Antonio Cajero y Sergio Ugalde (FFyL/UNAM, México, 2018)

I

En la calle de Matamoros 31-C, de Cuernavaca Morelos, se ubica la cantina La Estrella, una de las más antiguas de la ciudad que alcanza ya los cien años de existencia. Al cruzar una de sus dos puertas color azul pálido y de formato clásico (las que se abaten “de par en par”), y que están coronadas en fachada por una evocadora estrella roja, el ambiente que te recibe está cargado de desolación. Pero no es una desolación decrépita lo que se respira: es una desolación digna, silenciosa y humilde pero digna, para la correcta apreciación de la cual hace falta, ciertamente, un poco de sentido de la historia.

En la pared principal de la cantina, hay tres fotografías, que, modestas, decoran desoladoramente el ambiente interior: una pequeña, que es de Malcolm Lowry; la otra es un retrato antiguo de la fachada de la cantina; la tercera, más grande, es de José Revueltas, que nos mira pegado a la pared en algún corredor de Lecumberri en alguna tarde monótona de algún día de encierro interminable.

Entre los dos escritores hay tan solo cinco años de diferencia. Lowry nace en 1909, y se sabe que frecuentaba La Estrella durante su estancia en Cuernavaca, ciudad que, gracias a él, tiene ya un lugar que nadie le quitará en los anales de la literatura universal. Revueltas nace en el catorce, y no sabemos si estuvo alguna vez en La Estrella. Los dos, no obstante, tuvieron una vida devastada por el alcohol, y en ambos casos la muerte –Lowry en el 57, Revueltas en el 76– les sobrevino en medio de la infernal perdición etílica –Lowry ginebra y amital, Revueltas vino blanco–.

Pero hay algo más que conecta a estos autores, y es la profunda y sentenciosa gravedad bíblica que se destila en toda su obra. Una suerte de vibrante desesperación apasionada y dantesca de quien sabe que la vida en la tierra carece de sentido, y que lo único que se lo puede conferir es la modesta, anhelante y miserable lucha diaria; una lucha que sobre todo del lado de la pobreza de todo tipo –anímica, económica, social, histórica– es como mejor se puede percibir, razón por la cual optaron ellos por ese barro para la configuración poética de su obra, que levanta entonces esa belleza grave, desagarrada y de condenados, para terminar por dejarnos una de las más hermosas y perfectas e intensas expresiones de la narrativa del siglo XX, y que hacen por tanto que ese par de fotografías le añadan a esa sencilla y callada cantina un simbolismo de significado profundo y estremecedor.

José Revueltas es particularmente magistral para este tipo de cifrado, razón por la cual quizás haya dicho Juan José Arreola que, más que a un mexicano, lo que se lee en él es algo así como a un ruso a lo Dostoievski, desesperado por el significado de Dios, o peor aún: el de su ausencia, en la tierra. Esta es la marca con la que te quedas cuando te metes con su obra hasta el final. Todo en él fue intensidad teórica, intelectual y política, y pareciera que también un sacrificio permanente. Obsesionado siempre con las grandes ideas y los grandes cuestionamientos –ya sean bíblicos, ya ideológicos, ya políticos– que la historia ofrece a la experiencia humana, el de Revueltas debe ser tenido como de los testimonios que con más singularidad y penetración refractaron el siglo XX visto desde la doble y –por su contemporaneidad– única perspectiva de la revolución mexicana y la revolución bolchevique, tal como podían ser representadas desde un país con características tan especiales como las tiene México. El libro que estoy comentando es una muestra perfecta de lo que digo, y nos confirma una vez más que estamos ante la pluma de uno de los escritores más importantes que produjo el siglo XX.

II

El año de 1938 es significativo para México en más de un sentido. El 18 de marzo, el general Lázaro Cárdenas pronunció aquél discurso inolvidable que resume la dialéctica de la historia de las revoluciones en México refractada en el problema de la soberanía, decretando nacionalizada la industria petrolera.

Poco más de un año antes, en noviembre del 36, Malcolm Lowry y su esposa Jan Gabriel llegaban a Cuernavaca, México, para estar ahí por un período corto pero intenso de escritura (en esos tiempos comenzaría la redacción de Bajo el volcán) y absoluta autodestrucción alcohólica, que precipitaría su deportación del país –previo paso por Oaxaca– para el verano del 38.

Casi simultáneamente, en junio de ese año, mientras José Revueltas pasaba una temporada de trabajo político-ideológico en Yucatán, nace en la ciudad de México El Popular, periódico militante dirigido por Vicente Lombardo Toledano, figura fundamental de la ecuación del nacionalismo revolucionario cardeninsta-lombardista que, con la expropiación de meses atrás, encontraba su vértice geodésico principal. Se trataba del órgano de divulgación de la Confederación de Trabajadores de México, que Lombardo mismo había organizado y que fue también pieza clave como dispositivo de aglutinación orgánica de la clase trabajadora incorporada a la matriz del estado nacional-revolucionario mexicano.

En sus páginas hubieron de colaborar plumas fundamentales de la constelación de las letras mexicanas como las de los jóvenes Octavio Paz, Enrique Ramírez y Ramírez, Vicente Fuentes Díaz, José Alvarado, Renato Leduc y José Revueltas, en efecto, o figuras de mayor edad y consagración como Narciso Bassols, Alejandro Carrillo o el propio Lombardo, además de los exiliados españoles José Moreno Villa, Antonio Sánchez Barbudo o Lorenzo Varela, escritores alemanas como Anna Seghers, Bruno Frei o Egon Erwin Kisch, franceses como Simone Téry, y otros más de relieve nacional como Antonio Castro Leal, Andrés Iduarte, Rafael Solana y José Iturriaga, y continental como Neruda, Marinello y Nicolás Guillén.

La participación de José Revueltas en El Popular fue múltiple, lo que da muestra de su característica y absoluta consagración a la escritura de todo tipo de textos, recogidos en el total de 26 tomos de sus obras completas: textos teóricos, narrativos, cinematográficos, ideológicos, de combate, de análisis político, o histórico, textos filosóficos.

En el caso de El Popular, Revueltas participó en dos formatos principales: textos firmados, y textos anónimos. Los primeros están recogidos en Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas), que es el tomo veinticuatro de las citadas obras completas (ERA, México, 1983). Hasta ahí llegábamos especialistas y apasionados de su vida y obra. Pero faltaban sus textos anónimos.

Este es el vacío que vino a llenar la cuidada edición que Antonio Cajero Vázquez y Sergio Ugalde Quintana han hecho para dar cuerpo y sustancia a La marea de los días, en espléndida edición de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM e impreso recién en junio de 2018 pasado.

III

La Marea de Los Días. Este fue el nombre de la columna anónima de José Revueltas, en efecto, que aparecería los miércoles y los sábados de forma regular, y que inició su andadura en agosto de 1941. Ahí se batió en armas Revueltas con los antagonistas de la revolución mexicana desde el interior, y con los de la bolchevique desde el exterior, además de haber analizado con sarcasmo, penetración profunda y afinado matiz histórico las claves caracterizadoras del nacionalsocialismo alemán que se levantaba amenazante como expresión de tendencias mundiales definitorias de la dialéctica del siglo XX, así como cuestiones de tipo filosófico y religioso que definían el clima ideológico e intelectual de aquéllos años. El Popular terminaría siendo de algún modo uno de los crisoles en los que, a través de sus colaboradores provenientes de múltiples exilios, refractaban esa hora crucial para el mundo y el siglo.

Para 1941, José Revueltas contaba con tan solo 27 años de edad. Su formación fue por completo de autodidacta, habiendo contado tan solo con un período inicial de formación básica en el Colegio Alemán. Nunca contó con título universitario alguno, pero se midió con los mejores de su tiempo, y nos ofreció batallas intelectuales extraordinarias (véanse para los efectos Cuestionamientos e intenciones, Dialéctica de la conciencia y todos sus ensayos históricos y políticos publicados en sus O.C.) que hoy docenas y docenas de doctores, post-doctores, expertos, investigadores, académicos y opinólogos de todo tipo y procedencia ni siquiera son capaces de formular, o por lo menos comprender mínimamente en su justa escala de configuración problemática, manifestándonos esa suerte de chocante ultra-especialización científico-social laica, históricamente inculta y filosóficamente analfabeta.

En todo caso, estaba en La Marea de los Días, desde luego, ese sentido de la gravedad bíblica que de ninguna manera tendría razón de abandonar Revueltas en la redacción de textos de formato tan característico, y que como tenemos dicho fue el troquel fundamental de su proceso creativo. En la primera entrega de la misma, del sábado 30 de agosto del 41, anuncia la sección en comento en el tenor sentencioso y poéticamente evocador que sigue, para así dar cuenta de las razones que están detrás del título de aquello que, con su pluma, nacía (tomemos nota de que se trataba de un periódico para trabajadores, nunca de una pedante revista de letras y alta cultura para señoritos y señoritas laicos, escépticos, exquisitos y modernos):

“Así fue destruida toda sustancia que vivía sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia y los reptiles y las aves del cielo… Y prevalecieron las aguas sobre la tierra ciento y cincuenta días” (Génesis). Con estas palabras grávidas –que el empleo milenario e interesado no ha logrado despojar de su candor popular– nos describe uno de los más [venerables] textos literarios la acción purificadora de las aguas sobre una “tierra llena de violencias”. El agua, de un modo simbólico o no, ha operado siempre como un elemento de purificación y su acción ha sido recomendada, desde diversos puntos de vista y al servicio de intereses encontrados, por los clérigos y los médicos. La eficacia purificadora del agua ha pasado al lenguaje diario; de su poder milagroso ha hecho el hombre una metáfora, casi gastada a fuerza de repetirse: el pueblo, como el agua, purifica cuanto toca, y como el mar, produce olas y tempestades. De esta imagen sacaron mucho partido los revolucionarios del XVII y los románticos del XIX. Frente al “mar del pueblo” se inventó “la nava del Estado”, lo cual, aparte de la ramplonería de la imagen, nos muestra el carácter verdadero del Estado y la clase de relación que existe entre éste y el pueblo. (La marea de los días, p. 37)

Al avanzar en el texto, va luego Revueltas desdoblando esta metáfora del mar y el agua con el pueblo y con el tiempo, con gran capacidad modeladora en términos narrativos, y una riqueza sintáctica de primer orden ya a sus 27 años, para terminar por manifestar el propósito de la sección en nacimiento para El Popular:

Junto a las grandes olas que alzan y sepultan a los barcos, cumplen su papel las modestas mareas, ritmo cotidiano del mar. En playas y bahías su influencia es más visible. La marea deja en la playa despojos deslumbrantes: conchas, caracoles, botellas –sin nada dentro, ni siquiera la situación de la isla del tesoro, ni el S.O.S de los náufragos–, latas, zapatos vacíos y cadáveres.

[…] Esta sección no aspira sino a recoger, como una oreja, los diversos rumores del mar y a señalar, altímetro y barómetro al mismo tiempo, la altura, la importancia, la temperatura y el color de las revueltas aguas que tocan nuestras costas. Su atención, dispersa y sensible a los numerosos estímulos que la solicitan, no será distraída por las sirenas, ni por las amenazas. La docilidad de su atención no se rehúsa ni a la ola gigante, ni a la tímida marea, ni al húmedo zapato que ésta deposita, irónicamente, sobre la placidez burocrática de ciertas playas mexicanas. (p. 39)

Y entonces comienza ese acopio paciente de los rumores de la marea, de los que Revueltas iba dando cuenta según un peculiar acomodo temático casi siempre –con algunas excepciones– triádico, y confeccionado a alta presión en cuanto a densidad de ideas o tendencias analizadas pero sin saturación sintáctica en el trazo de textos breves, de tres o cuatro párrafos cortos a lo mucho, sintetizando planteamientos de estatuto filosófico con una prosa literaria llena de belleza, fulgor y generosa sencillez.

Circe, la engañosa/Pureza química/Una Cleopatra universitaria, Cerco de Leningrado/Cerca de la derrota/Circo de México, El calumniador Maquiavelo/Peste de las cortes/El dedo en la llaga, Política/Historia/Napoleón, Historia y política/Descastados/La raza, Un documento/Un retrato/Contradicción, Rivalidad/Documentos/La Biblia: estos son algunos de los títulos de las entregas que periódicamente aparecían en El Popular, en ese formato acomodado casi siempre en tres pequeños bloques según tenemos dicho, que iba ensamblando Revueltas con la potencia de figuración narrativa genial que ya entonces tenía, para que manifestara ahí una postura política concreta: contra el nazismo alemán, contra el Vasconcelos tan trágicamente inquietante de ese período, contra el Partido Acción Nacional, con el conservadurismo católico; o para ofrecer la caracterización sarcástica y fina de alguna moda o tendencia de su tiempo –el dedicado a caracterizar lo que él llamó el espíritu de “plaquetismo” es sencillamente genial (p.149)–, así como para definir los perfiles de figuras titánicas del arte o de la historia nacional (Juárez, Clemente Orozco) o mundial (Tolstoi). En total suman alrededor de 80 textos breves en el sentido dicho, y dejamos para el lector futuro el gusto de recorrerlos con sus propios ojos.

IV

Luego de haber leído este libro puedo confirmar que estamos, con José Revueltas, ante uno de los dos o tres o a lo mucho cuatro más grandes escritores que ha dado México en el siglo XX, y que debe ser tenido como de los autores más importantes de nuestro tiempo. Por su formación marxista, era inevitable que su prosa tuviera una definitiva y omniabarcadora ambición de totalización filosófica, que es la escala y la potencia que, precisamente, conducen al entendimiento al desarrollo de capacidades de abstracción y penetración ontológica que no tan fácilmente encuentran su punto óptimo y equilibrado de maduración.

Revueltas fue de los pocos que alcanzó ese registro intelectual, y fue también de los que, sin duda alguna, estuvo tocado por el genio creativo para poder confeccionar piezas narrativas, o periodísticas como es el caso, que al día de hoy siguen y seguirán estremeciendo a quien tenga la fortuna de cruzarse con ellos. La marea de los días debe ser tenido, además, me parece a mí, como un libro canónico para todo aquél que quiera dedicarse al periodismo, sin importar el área o tema de interés del que se trate.

El trabajo de investigación filológica de Cajero y Ugalde es sencillamente formidable, merecedora de todos los elogios de la crítica. Aquí está el mío, y celebro haberme cruzado con alguien que me ha estremecido al mostrarme esa capacidad en la que me reconocí, para penetrar dialécticamente en el texto y detectar que era José Revueltas mismo el que sostenía esa pluma, o que eran de su mano los dedos que tocaban las teclas de esa máquina de escribir al acusar, inconfundible (página 32), ‘un tempo vertiginoso marcado por las enumeraciones dispares (como las llamaba Borges), y por los incisos y explicativos que, al contrario de lo que pasa en el proceso de escritura, apresuran el ritmo de lectura. Son signos, también, de una vida apasionada, en constante tensión y condenada al reflujo de la impostergable marea de los días’.

Ciudad de México. Abril 4, 2020.

lowry revueltas

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