Filosofía política

La idea de México en José Revueltas. Interpretación desde el materialismo filosófico

Se reproduce el texto incluido en el libro Un escritor en la tierra. Centenario de José Revueltas, Fondo de Cultura Económica, México, 2014. 

Pero más tarde y como obedeciendo a un conjuro nace el orden y con el orden la tragedia.

José Revueltas

Señalamiento inicial y coordenadas

I. En algún lugar dice José Revueltas que se le tiene por un heterodoxo del marxismo, ‘pero en realidad’, aclara, ‘no saben lo que soy: un fruto de México, país monstruoso al que simbólicamente podríamos representar como un ser que tuviese al mismo tiempo forma de caballo, de serpiente y de águila. Todo es entre nosotros contradicción.’ (Cuestionamientos e intenciones,en Obras Completas de JR, nº 18, Ediciones ERA, México D.F., 1981, pág. 26.). Se trata en este trabajo de ensayar una interpretación de la manera en que tales contradicciones aparecen en la obra de José Revueltas, a efectos de poder apreciar el ejercicio de la idea de México que en su obra se dibuja en función del cruce de las mismas, y que se sitúa como el dínamo interno de su praxis política en el más amplio e intenso de los sentidos, es decir, en el sentido estoico de la vida como militancia. Una militancia que se desdobla luego en multitud de frentes de batalla en donde las palabras son como disparos: el literario, el estético, el histórico, el ideológico, el filosófico, y que Revueltas llevó a registros de alta imantación teorética, haciendo de él uno de los escritores más teóricos de México, y también, qué duda cabe, uno de los más apasionados: ‘mi vida literaria nunca se ha separado de mi vida ideológica’, le dice a Norma Castro Quiteño en entrevista de 1967 para El Gallo Ilustrado, ‘mis vivencias son precisamente de tipo ideológico, político y de lucha social. Yo empecé a militar muy joven, a los catorce años ya era yo militante revolucionario. En mi casa hubo siempre un ambiente bastante avanzado, particularmente mi hermano Fermín, que era militante político, y luego también Silvestre, participante en todo el movimiento renovador del arte mexicano (el grupo 30-30 de los pintores, la sinfónica de Chávez y Revueltas). Así que para mí no fue un problema del otro mundo arribar a conclusiones históricas que me aproximaron cada vez más al marxismo y que, finalmente, me hicieron adoptarlo como metodología filosófica, práctica y estética.’ (Véase Conversaciones con José Revueltas, ERA, México, 2001).

La tarea tiene un alto grado de dificultad, pues podríamos muy bien decir que la de México es una de las ideas constitutivas (junto con, por ejemplo, la de socialismo, la de libertad, la de enajenación o la de lucha) de la matriz general teórico-ideológica que irradia toda la poética, todo el empeño y todo el genio creativo y teórico de Revueltas, circunstancia que nos estaría obligando, si queremos ser exhaustivos y rigurosos, a abarcar, aunque sea panorámicamente, la totalidad de su obra, tratándose, como decimos, no ya nada más de una cuestión susceptible de circunscribirse dentro de algún campo categorial en específico (la teoría literaria, la teoría de la revolución, la estética o el cine) sino de una idea que los desborda a cada uno determinando la configuración de sus contenidos y situándonos entonces, de manera directa, en una escala filosófica. Esto hace que nuestro trabajo tenga, por tanto, necesariamente, el estatuto del ensayo filosófico.

II. Ahora bien, apelar al hecho o aclarar que la escala de este ensayo –o de cualquier ensayo- es filosófica dice muy poco si no se especifican de inmediato las coordenadas o el sistema filosófico del que se parte o se escribe. Es imposible hablar desde un nivel de premisas cero, desconociendo la dialéctica interna y la historia misma de la tradición filosófica o desde ninguna parte, a pesar de que muchas veces sea esa la vía utilizada por muchos en el intento de lograr la máxima objetividad posible, o para alejarse de lo que a sus ojos podría parecer como la enfermedad del dogmatismo contra el que se desgarrarán las vestiduras en defensa de la “libertad de crítica”. No es un problema nuevo ni mucho menos, y ya Lenin lo veía como problema teórico, por ejemplo, en el ¿Qué hacer?, en donde afirma, en su famosa referencia a la fábula del tonel vacío, que ‘la famosa libertad de crítica no significa sustituir una teoría con otra, sino liberarse de toda teoría íntegra y meditada, significa eclecticismo y falta de principios’. Carlos Marx lo vio también, como no podía ser de otra manera tratándose de un hegeliano de pies a cabeza, afirmando, por ejemplo, en su tesis doctoral, y citando a Espinosa, que ‘la ignorancia no es argumento. Si cada uno quisiese eliminar en los antiguos los pasajes que no comprende ¡qué pronto se llegaría a la tabula rasa!’

Nada más lejos de nuestro propósito, diremos entonces, que hacer tabula rasa y escribir desde ningún lado, desde un tonel vacío o desde un nivel de premisas cero tanto histórica como filosóficamente. Nuestras coordenadas son precisas y puntuales, y es imposible entender nuestro recorrido crítico al margen de ellas. Una cosa es hablar desde una perspectiva liberal o democrático-liberal, otra es hacerlo desde una perspectiva realista o materialista, o desde las coordenadas de la ciencia política o de la filosofía analítica anglosajona o norteamericana,  y otra muy distinta es hacerlo, por ejemplo, desde la perspectiva del relativismo cultural o desde el indigenismo o el etnologismo anti-eurocéntrico que, por ejemplo, defendía un Luis Villoro o que defiende todavía un Enrique Dussel. Y son cientos de miles de leguas, cintos de miles, por lo demás, los que nos distancian críticamente de esta última perspectiva, trátese de Villoro o de Dussel.

Nos parece además, en todo caso, que no puede haber mayor homenaje a José Revueltas que abordar su obra desde la más vigorosa rigurosidad teórico-filosófica, dándole toda la beligerancia crítica que él, como buen dialéctico y como el intenso hombre teorético que fue, hubiera aceptado con gallardía y sentenciosidad.

Él mismo lo sabía muy bien. Revueltas sabía perfectamente bien que la crítica, en su sentido hegeliano-marxista, opera como dispositivo de la razón dialéctica; que la crítica, como dijo Marx en uno de sus característicos quiasmos, no es una simple pasión de la cabeza sino la cabeza de la pasión, y que, en ese sentido, el sometimiento de las ideologías a la crítica no es una tarea de la ciencia sino de la filosofía. Marx, en El Capital, nos dice en Dialéctica de la conciencia (Tomo 20 de sus O.C., ERA, México, 1982),  ‘hace a la vez una crítica de la economía política y una desmitificación de las ideologías. El Capital es, a la par, científico y filosófico’.

III. Escribimos entonces este ensayo sobre la idea de México en José Revueltas desde la plataforma sistemática del materialismo filosófico de la Escuela de Oviedo, que se organiza en torno del corpus teórico del profesor Gustavo Bueno (La Rioja, España, 1924), y que consideramos como la más acabada y poderosa síntesis de la racionalidad materialista y filosófica de nuestro presente, un presente que para nosotros se demarca a partir de la caída la Unión Soviética, proyecto político de envergadura universal al margen de cuyo despliegue es imposible entender el siglo XX en sus planos histórico-político e ideológico.

El materialismo filosófico es un consistente y bien trabado sistema crítico, desarrollado a lo largo de los últimos cuarenta años, que se abre paso desde la tesitura de estirpe platónica (encapsulada en la teoría o principio de la symploké: tejido, trabazón, entrelazamiento) según la cual la tarea fundamental de la filosofía sigue siendo la clasificación sistemática y rigurosa de los contenidos del mundo y de la realidad, pero partiendo de la premisa histórico-gnoseológica de que no es ya la duda escéptica o subjetiva sino la duda científica (el suelo roturado por las ciencias) el criterio en función del que se proyectan los horizontes problemáticos y las indagaciones cardinales de la filosofía de nuestro presente. Si el sistema de la razón de Kant, para situarnos en las coordenadas constitutivas de la racionalidad moderna, nos dicen Bueno, Hidalgo e Iglesias en Simploké (Manual de filosofía, Madrid, 1987), no es otra cosa sino la codificación de la Física de Newton, la Biología de Linneo, la Geometría de Euclides, la Lógica de Aristóteles, la Moral de Rousseau, es decir, que Kant es el filósofo de la revolución industrial, de la revolución científica y de la revolución francesa; si esto es así, entonces una nueva crítica de la razón, o una nueva síntesis de la racionalidad de nuestro tiempo no puede partir de las mismas premisas:

‘Las nuevas realidades –la Física cuántica, la Biología evolucionista, las Geometrías no Euclidianas, la Genética molecular, la Lógica simbólica, la Moral socialista, la Termodinámica de los procesos irreversibles, la Biología, la Antropología cultural, etc.-, han modificado profundamente el proceso histórico de la symploké de las ideas, y urge una reubicación de los parámetros y coordenadas de la razón.’

El más acabado, sistemático y coherente intento de reformulación filosófica de las coordenadas de la razón de nuestro tiempo está hecho, a nuestro juicio, en la plataforma del materialismo filosófico, y es este el espacio ortogonal donde se inscribe entonces nuestro trabajo crítico. Si la obra entera y la vida misma de José Revueltas no se entienden al margen de las coordenadas del materialismo histórico de factura marxista-leninista, y tampoco se entienden fuera de la gran matriz histórica y político-ideológica del nacionalismo revolucionario, este esfuerzo nuestro no se entiende ni fuera de las coordenadas del materialismo filosófico ni fuera del espacio histórico del México de fin de siglo y principios del XXI, configurado señaladamente por un muy acusado proceso de desmantelamiento de la ideología del nacionalismo revolucionario como matriz de aglutinación y direccionamiento histórico del Estado, y que se ha visto desplazada por la gran ideología de nuestro tiempo, a saber, el fundamentalismo democrático: sistema ideológico que tiene a la democracia -y la procedente transición que a ella conduce, para dar paso, posteriormente, una vez solventado el trámite transicionista, a su consolidación- como principio y fin de la existencia histórica de la nación política (o de cualquier nación política) y, en el límite, como principio y fin de la marcha de la humanidad.

Si la vida ideológica y política de José Revueltas transcurre dentro del marco de la revolución mexicana, la revolución bolchevique, la emergencia del nacionalismo, el comunismo y el fascismo como grandes alternativas históricas, y a la vista de la consolidación de la Unión Soviética como el gran proyecto histórico revolucionario (cuando muere Revueltas la URSS seguía su marcha contundente como uno de los grandes contrapuntos geopolíticos del mundo), este trabajo se escribe a poco más de veinte años del colapso de la Unión Soviética y a la vista de la emergencia de China -que sigue siendo gobernada por el Partido Comunista, a pesar del giro de timón de Deng Xiaoping- y Alemania como dos de los grandes triunfadores del siglo XX -y el siglo XX fue en buena medida, no olvidemos esto, un siglo marcado por la lucha contra el imperialismo y el expansionismo alemán-, a la vista, también, como decimos, de la reorganización ideológica del estado mexicano, y a la vista, en definitiva,  de la presencia de nuevas magnitudes y de nuevos problemas político-ideológicos, como el fundamentalismo religioso (preponderantemente el musulmán), que por razones muy características no estuvieron presentes en el sistema de coordenadas de José Revueltas.

Porque hay dos caídas simbólicas que él no presenció: la primera fue la caída de la URSS, que simbolizaría el fin definitivo de la herencia de la filosofía de la historia de Hegel: el primer episodio habría sido la caída de su expresión fascista con la derrota de Italia y Alemania en la segunda guerra mundial, y el segundo la caída soviética del 89-90 del siglo pasado como su expresión comunista, que habría cristalizado por la vía del marxismo-leninismo-estalinismo.

La segunda caída que no presenció Revueltas fue la de las torres gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, que representaría, tal es nuestra tesis, la elevación a primer plano de un antagonismo histórico, cultural, ideológico y geopolítico que ni él ni muchos otros hombres de su tiempo y generación columbraron: el antagonismo que se organiza en la escala de las grandes plataformas religiosas cuyo despliegue –y esto es fundamental- sólo se explica desde una dilatada perspectiva multisecular que va mucho más atrás de la revolución francesa entendida como la figura partera del mundo contemporáneo.

Confrontación de las coordenadas de José Revueltas con las del materialismo filosófico

IV. Como tenemos dicho, la perspectiva global de José Revueltas se configura en el México del nacionalismo revolucionario como matriz general en la que se despliegan y se cruzan en tensión permanente la diversidad de dialécticas ideológico-políticas del siglo XX: cardenismo contra comunismo, nacionalismo revolucionario contra fascismo, fascismo contra comunismo, lombardismo contra comunismo, estalinismo contra trotskismo, catolicismo contra cardenismo y contra nacionalismo revolucionario, franquismo y falangismo españoles contra republicanismo y anarquismo españoles (y esta dialéctica es decisiva), vasconcelismo contra cardenismo, etcétera. Todas estas tensiones son apresadas y procesadas teóricamente a través de la metodología filosófica y práctica del materialismo histórico marxista; un marxismo de autodidacta filtrado en un primer momento por las interpretaciones italianas de Labriola y Mondolfo, y por las lecturas que en su momento hizo también Revueltas de José Carlos Mariátegui, pero que se expande después, a lo largo de toda la vida del vigoroso portento teórico que fue, hacia infinidad de latitudes filosóficas de calibre y gramaje diverso: desde Feuerbach, Engels, Lenin, Luxemburgo, Trotsky y Lukács hasta Sartre, Lefebvre, Althusser, Mandel, Kosik, Garaudy y Sánchez Vázquez .

Fue también importante en su formación la lectura de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Carlos Marx, según consigna Jorge Fuentes Morúa en su interesante y exhaustivo libro José Revueltas. Una biografía intelectual (UAM/M. A. Porrúa, México DF, 2001). De esta lectura se desprendería la idea de alienación o enajenación de cuño hegeliano-marxista para situarse en el centro de las concepciones y teorizaciones generales de José Revueltas a lo largo de toda su obra, y cuya presencia metodológica puede apreciarse, por ejemplo, en ensayos o novelas como su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, Dialéctica de la conciencia, Los días terrenales o México: una democracia bárbara.

La idea de alienación o enajenación fue decisiva en la obra de Marx, sin perjuicio de que hubo de ser la causa de infinidad de errores filosóficos y ontológicos. Proveniente de modo directo del sistema hegeliano, aunque su origen lejano está en el mito cristiano de la caída del hombre (y que al caer se aliena) sistematizado por San Agustín, la idea de alienación sería utilizada por él para reinterpretar la teoría del valor trabajo de la economía política inglesa, sobre todo en la fase de desarrollo que gravitaba alrededor de David Ricardo, y transformarla en su teoría de la explotación. Desde el punto de vista del pensamiento económico Marx fue, de algún modo, la coronación del sistema clásico.

Pero lo que también estaba haciendo en esta operación no fue otra cosa que llevar la idea de producción al plano de la filosofía y de la antropología filosófica, conjugando la idea de fabricación de la economía política inglesa con la de objetivación/alienación de la filosofía clásica alemana. La producción para Marx es la clave ontológica que define las relaciones del hombre con la naturaleza y el mundo y la de los hombres entre sí mismos. El peso que tiene Carlos Marx en la historia de la filosofía, y en la historia como tal, se deriva de una doble aportación que, si bien fue desarrollada por entero dentro del edificio hegeliano, nadie había hecho hasta entonces, en todo caso, como él: Carlos Marx hizo de la producción el centro ontológico de la filosofía y de la antropología filosófica modernas, y, desde esas coordenadas, llevó la idea de revolución al plano de la filosofía de la historia. ‘La objetivación del propio cuerpo’, dice Gustavo Bueno en Ensayos Materialistas (Taurus, Madrid, 1972),es el proceso mediante el cual, y en el curso mismo de corrientes que lo desbordan (como figuras inconscientes), se realiza la Producción. Marx ha sido quien ha introducido esta Idea en Filosofía. Al ligar –ya en los Manuscritos– la Idea de objetivación (Vergegenständlichung) –procedente de la filosofía clásica alemana– con la Idea de fabricación –procedente de la Economía política, que, a su vez, interfería aquí con la Tecnología–, Marx ha situado la Idea de Producción al nivel de los principios mismos de la Antropología filosófica. Marx ha usado ulteriormente, según las variaciones más insospechadas, la Idea de Producción, pero no la ha expuesto académicamente. El análisis de la Idea de Producción es una de las tareas abiertas a la filosofía materialista del futuro’. John Kenneth Galbrith, por otro lado, y sin ser necesariamente un marxista ortodoxo o soviético, pero sí un hombre inteligente que habla desde la perspectiva del pensamiento económico, pondera la estatura de Carlos Marx al decir con elocuente potencia en su Historia de la economía que ‘otros autores –Adam Smith, David Ricardo, Thomas Robert Malthus- dieron forma a la historia de la economía y a la noción del orden económico y social, pero Karl Marx dio forma a la historia del mundo’.

En todo caso, el problema de la enajenación tanto del pueblo de México como del proletariado fue, así, como decimos, central en la obra de Revueltas. El planteamiento central de su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, por ejemplo, descansa precisamente en ese punto: la clase obrera ha sido siempre mediatizada o instrumentalizada por otras fuerzas, ha estado siempre enajenada, siendo la inexistencia histórica del verdadero partido obrero -y esta inexistencia es lo que explica que el proletariado no tenga cabeza- la clave de su drama.

Tenemos entonces que la metodología marxista de Revueltas está constituida, fundamentalmente, dentro del área de difusión filosófica ilustrada germánico-francesa: de Marx y Engels a Althusser y Sartre, expandiéndose de ahí también, hasta cierto punto, hacia el área de difusión soviética (pero que es tributaria también, a través de Plejanov y Lenin, de la tradición germánico-hegeliana y marxista), ocupando un lugar central en sus desarrollos teóricos los siguientes principios:

  1. El criterio de la dialéctica de clases como motor de la historia. En la lucha de clases se resumen las claves de la política y de la economía;
  2. La idea de enajenación como problema central en la praxis humana; y
  3. La cuestión de la revolución mexicana, y del nacionalismo revolucionario cardenista-lombardista, como plataforma histórica maestra al interior de la cual se despliegan en tensión los grandes antagonismos ideológicos, teóricos, historiográficos y políticos de su tiempo.

V. El materialismo filosófico de Gustavo Bueno, como tenemos también dicho, es una potente síntesis de la racionalidad materialista de nuestro tiempo pero que, aunque recogiendo los núcleos fundamentales de la tradición (el platónico-aristotélico, el escolástico, el espinosista, el kantiano, el hegeliano, el marxista), se desarrolla o precipita dentro de lo que podríamos denominar como el área de difusión filosófica hispánica cuya referencia histórica mayor sería la Escuela de Traductores de Toledo, y que en el dominio de la teoría política alcanza su altura de crucero cuando, habiendo colapsado la Unión Soviética, enfrenta la compleja tarea de ajustar cuentas con la teoría del Estado del materialismo histórico, y que queda expuesta en el Primer ensayo sobre las categorías de las ciencias políticas, de 1991.

La clave de la potencia y originalidad del materialismo filosófico radica en su propuesta de traducir, a sus propios términos, el núcleo esencial de la filosofía clásica, y en la sustitución de la estructura ontológica bimembre filosofía de la naturaleza/filosofía del espíritu del idealismo alemán (Kant, Hegel) por una estructura trimembre -expuesta en la teoría de los tres géneros de materialidad: espacio físico exterior (M1), espacio interior psicológico (M2) y espacio de los objetos abstractos (M3)-, a través de la cual se busca dar cuenta de los contenidos de la realidad de manera más abarcadora y sistemática en una dirección que permita, por un lado, demostrar las limitaciones internas de la crítica ilustrada en su pretensión de destruir la divinidad (o el problema de Dios como idea ontológica fundamental) ignorándola, en lugar de concederle un estatuto ontológico ateo y situarla en la región de M3 –esto es lo que sigue bloqueando a la perspectiva ilustrada, tanto liberal como progresista o neo-marxista, para poder entender el alcance del problema religioso del presente- de modo tal que, por el otro, nos sea posible también superar definitivamente el dualismo hegeliano naturaleza/espíritu cuya herencia ha hipotecado y bloqueado, precisamente, al materialismo marxista (ese dualismo se reproduce en el dualismo marxista base-superestructura).

Como consecuencia de esta doble ruptura (con la tradición ilustrada y con el dualismo hegeliano), el materialismo filosófico se nos ofrece también, y esto tiene un alcance de rango universal, como un proyecto de reconstrucción histórico-crítica de la dialéctica interna de la filosofía, desmarcándose de forma radical de las interpretaciones habituales (de manual de quinta categoría) a cuya luz pareciera que “la razón” tiene un recorrido que, arrancando del zócalo greco-helenístico, y luego de soportar la “oscuridad” de la escolástica medieval durante siglos, lograra por fin liberarse con el Renacimiento y la Reforma protestante para emigrar a Francia con Descartes y el racionalismo cartesiano -que culmina con Voltaire y la Enciclopedia de Diderot y D’Alambert-, y a Alemania, donde Kant, el idealismo y Hegel se nos aparecen como baluartes de la más acabada y sofisticada ilustración.

Para el materialismo filosófico, la línea divisoria entre la escolástica medieval y el pensamiento moderno, o entre razón ilustrada y dogmatismo oscurantista medieval o teológico es de todo punto ficticia, además de que las metáforas dualistas luz-oscuridad, avance-retroceso, abierto-cerrado y muchas otras más son desestimadas por su simplismo y grosería. No son tanto las discontinuidades, que no se niegan, cuanto las continuidades las que constituyen el verdadero sendero de la marcha interna de la filosofía, habiendo sido el pensamiento medieval escrito en latín, y muy en especial la escolástica española, el eslabón imprescindible para entender, en su trabazón interna, el despliegue del racionalismo moderno. Kant, dirá Bueno, más que un racionalista ilustrado fue el último gran escolástico, y no puede caber, además, mayor elogio para él.

Nada de esto es gratuito ni superfluo ni falto de interés para los propósitos de este trabajo (análisis crítico de la idea de México en José Revueltas desde el materialismo filosófico) porque, como hemos señalado y visto ya, las coordenadas desde las que él escribió fueron siempre tributarias, de manera general, de esa interpretación habitual (y, repetimos, de manual) de la historia de la filosofía en su derivación crítica hegeliano-marxista, y quedaron ejercitadas en sus trabajos sobre la historia y sobre la idea de México.

VI. Estando obligados, por razones de espacio, a dejar para ocasión más propicia la exposición detallada de las claves del materialismo filosófico en su relación dialéctica con otras tradiciones y escuelas filosóficas, nos limitaremos aquí a señalar los criterios centrales que tendremos en cuenta en el momento de cotejar la arquitectura teórica desde la que Revueltas delineó su idea de México. Nos centraremos en los postulados generales de su teoría del estado, de la política y de la historia, y que muy sucintamente pueden ser condensados en los tres siguientes principios:

  1. El Estado es la figura central de la política y la historia, y es a esa escala –en un sentido que perfectamente puede situarse en colindancia con el sistema de Hegel– como cobran éstas su más alto grado de significación ontológica: el Estado es el sistema por excelencia de la historia y es el momento de verdad de la política;
  2. El motor de la historia no es la dialéctica de clases, según la tradición marxista convencional, sino la dialéctica de Estados, y sobre todo de Estados imperiales, y es sólo a través de esta última como la primera tiene lugar (y no al revés). En esto consiste la clave de la llamada «vuelta del revés del marxismo» que desde el materialismo filosófico se lleva adelante. No se niega la dialéctica de clases ni mucho menos sino que se subordina a una dialéctica superior a cuya luz se iluminan con mayor intensidad las claves, los planos y las grandes tendencias de la política y de la historia;
  3. En función de los dos principios anteriores, el materialismo filosófico, por cuanto a su teoría de la historia, sostiene que la historia universal sólo puede ser comprendida (aprehendida) en su totalidad y en su más alto grado de complejidad y densidad problemática a través de la figura del Imperio. Toda filosofía de la historia de la política tiene que ser entonces, por necesidad, una filosofía tallada a la escala del Imperio, que es considerado entonces como la figura central de la historia, y es sólo por su través como puede alcanzarse el verdadero tono sinfónico y trágico de la marcha universal de la historia y de la política (en el sentido con el que Toynbee hablaba, por ejemplo, de «la sinfonía del mundo clásico»).

La ida de México en José Revueltas

Cuatro alternativas de interpretación y localización de José Revueltas dentro de ellas

VII. Todo es entre nosotros contradicción, habíamos dicho que decía José Revueltas. Las variables de su planteamiento nos son ofrecidas por él mismo cuando afirma, por vía metafórica, que México, país monstruoso del que él es fruto y fuera del cual no se entenderán nunca las claves de su verdadera posición teórica, podría simbolizarse como un ser que tuviera al mismo tiempo forma de caballo, de serpiente y de águila. Al margen de que nos parezca una exageración tremendista y tautológica afirmar que todo, en México, es contradicción, pues si de eso es de lo que se trata, entonces en cualquier lugar del mundo “todo es también contradicción”: ¿por qué sólo en México?, ¿acaso son más monstruosas las contradicciones de México que las de Turquía o la región de los Balcanes en tanto que resultado histórico de la disolución del Imperio otomano y del austrohúngaro tras la primera guerra mundial, o que las habidas en la región del Turquestán, en el Asia central, conformada por las repúblicas hoy ex soviéticas –pero en tiempos de Revueltas soviéticas todavía-, de estirpe étnica túrquica y de religión musulmana?; o sin ir más lejos, ¿qué decir entonces de las contradicciones de España misma a lo largo de su historia, habiendo sido invadida, primero, por los romanos, luego por los visigodos y luego por los musulmanes?. Al margen de esta afirmación efectista, en todo caso, es evidente –y no podía ser de otra manera- que son España y México las entidades históricas que están simbolizadas en la metáfora de Revueltas. El caballo remite a España, el águila y la serpiente remiten a México. Se trata entonces de sistematizar, en el contexto de lo que hasta aquí llevamos dicho, las alternativas de interpretación de las relaciones entre una y otra para localizar las coordenadas desde las que José Revueltas delinea su idea de México.

En otro lugar (véase nuestro ensayo Interpretaciones filosófico-políticas de la Constitución de Cádiz, El Catoblepas, 143, enero, 2014) hemos identificado cuatro grandes plataformas o perspectivas de interpretación filosófico-política de las relaciones entre España y México desarrolladas fundamentalmente durante el siglo XX, y tomando como punto de partida el hecho de que la confrontación historiográfica comienza solamente a dibujarse a partir del siglo XIX, en el proceso largo de disolución de la monarquía hispánica al final del cual se recortan todas las repúblicas hispanoamericanas del presente. La clasificación tiene una intensión exhaustiva, es decir, que las alternativas que se ofrecen agotan, de alguna manera, el terreno en cuestión –las relaciones entre México, o América, y España-.

Estas perspectivas son a) la que llamaremos nacionalista radical (nacionalismo revolucionario), b) la liberal-ilustrada, c) la indigenista-antropologista y d) la hispanista-hispanoamericanista.

La perspectiva nacionalista radical se corresponde con la matriz del nacionalismo revolucionario cardenista (y lombardista), atenazada de manera decisiva, para los efectos de nuestro análisis, por la emigración de republicanos españoles en el contexto de la guerra civil española y el triunfo de Franco y el falangismo en España. El nacionalismo revolucionario cardenista-lombardista es la matriz fundamental que organiza los contenidos que constituyen el material histórico del México contemporáneo, ofreciéndosenos como formación ideológico-política a través de la que la revolución mexicana, afianzada constitucionalmente en 1917, encuentra su remate fundamental materializado con la expropiación petrolera, la reforma agraria y la educación socialista y en cuyo tegumento ideológico aparece la obra de Luis Chávez Orozco (para quien las masas campesinas cardenistas se correspondían con las masas indígenas de los batallones de Morelos) y la estética pictórica del muralismo mexicano como relatoría del curso histórico que se decanta en función de la nación política mexicana en tanto que nación soberana, revolucionaria y popular.

La interpretaciones de las relaciones entre México y España, desde esta perspectiva, son de tensión permanente y dialécticas (no armónicas), de reivindicación no radical del pasado indígena (que pintará Rivera en los murales) y de rechazo a todo lo que tenga que ver con España, sobre todo con la interpretación que de su historia ofrece el franquismo-falangismo triunfante en la guerra civil, a la que se opondrá categóricamente la reconstrucción histórica republicana del exilio americano (preponderantemente el mexicano), y que se replegará en proyectos de armonización histórico-ideológica tan interesantes como los Cuadernos americanos, animados por Jesús Silva Herzog y exiliados republicanos como León Felipe. Para el nacionalismo revolucionario, la identidad nacional mexicana se afirma como rechazo de la española, aunque aceptando críticamente, quizá, su herencia, y no sin lamentarse profundamente, eso sí, por el atraso económico o por el oscurantismo filosófico o ideológico que ello implica. Es un lamento al que acaso se habrían de sumar los intelectuales republicanos en el exilio, que, arrepentidos también por la herencia que representan, habrían de intentar enmendar el embrollo recuperando tradiciones intelectuales o filosóficas a su juicio más decorosas o ilustres, como la germánica, avocándose con denuedo y fervor a la implantación y traducción de los autores más insignes de esa tradición, como Hegel, Marx, Dilthey o Heidegger, al español.

La perspectiva liberal-ilustrada es más tardía, y se situará sobre todo en el contexto de la transición democrática española de fines de la década de los setenta y principios de los 80 que con tanta euforia ha sido encumbrada como el canon de transición política. Figuras como Adolfo Suárez o Felipe González serán vistas como emblemas de la modernización de España, del aperturismo, el centrismo y la socialdemocracia no marxista ni leninista, del acercamiento de España a Europa a través de la puesta entre paréntesis tanto de la dictadura franquista y el nacional catolicismo como de la tradición marxista-leninista radical del socialismo español originario (el del PSOE de Pablo Iglesias y de Largo Caballero), y de la recuperación, en cambio, de la tradición de la España ilustrada de Carlos III, bajo cuya advocación crearán simbólicamente una Universidad en 1989.

Es la época del colapso de la Unión Soviética y del inicio del desmantelamiento de la matriz político-ideológica del nacionalismo revolucionario en México, desde donde impulsarán las Cumbres Iberoamericanas como mecanismo, más que de arbitraje comercial o político, de rearticulación ideológica en clave democrático-liberal-ilustrada, precisamente.

Desde esta perspectiva la identidad nacional mexicana se armoniza con la de la España democrática, liberal y socialdemócrata, y se refunde en el iberoamericanismo democrático desde el que se rechaza no obstante, en un complejo histórico común, todo lo que tenga que ver con la España histórica, es decir, con el imperio español, siendo Felipe González el santo padre de las transiciones democráticas que irá dictaminando, aprobando y condenando a uno u otro proceso o régimen político, como representante iluminado del Progreso Global socialdemócrata.

La perspectiva indigenista-antropologista se desarrolla también, en toda su radicalidad, más tardíamente, en relación con la reivindicación (no radical, como hemos dicho) que de los indígenas se hizo en la matriz del nacionalismo revolucionario. Es la perspectiva etnológico-antropológica, que cobra relevancia durante la segunda mitad del siglo XX, sobre todo a partir de la década de los 60 y los 70, con el desarrollo del estructuralismo, el etnologismo y la antropología, y que con la insurgencia neo-zapatista de 1994 se consolida y se abre paso para incorporarse no ya nada más a la línea de golpeo contra el régimen “autoritario” priísta, sino que se instala, replegándose, como bastión de todo un destacamento ideológico desplegado contra la interpretación entera de la historia americana, que será vista como la historia del saqueo y el genocidio indígena, como la historia del aplastamiento y la usurpación de los “pueblos originarios”, que, fundamentalmente desde 1521 al día de hoy, se han mantenido en lucha y “resistencia”. Es una resistencia entonces de cinco siglos: primero, durante los tres siglos de colonialismo, después, desde el siglo XIX al día de hoy, durante los dos siglos de nacionalismo neocolonial y dependiente, según se habrá de interpretar desde las teorías de la dependencia. Es la resistencia desde la que se estarán empujando los derechos indígenas a la autonomía, a la identidad, a la cultura, como pregonaba el último Luis Villoro, o la resistencia desde la que se pugna por la liberación para cuya consecución se escribirán tomos y tomos de éticas de la liberación, políticas de la liberación y filosofías de la liberación, como las de Enrique Dussel.

Los cientos de grupos étnicos que, con base en los estudios de Manuel Orozco y Berra, había identificado Andrés Molina Enríquez en 1909 en Los grandes problemas nacionales como necesitados de ser unificados en un cuerpo nacional, con una identidad única nacional, con un idioma y una formación única nacional, serán ahora reinterpretados y encumbrados en su fragmentación y diversidad.

En esta tercera perspectiva de interpretación, la identidad nacional de México no tiene nada que ver con la de España, y la condena y rechazo es absoluto y radical, sin matices ni mediaciones, toda vez que la conquista americana será considerada como uno de los peores lastres de que se tenga noticia en la historia moderna: es el lastre del imperialismo y del colonialismo que, a través de España, hubo de ponerse en marcha en América con Colón y Cortés como instrumentos de depredación, dominación y expansión del Capital y de Europa. Es el lastre, en definitiva, del eurocentrismo.

Desde esta plataforma, los indigenistas mexicanos (y americanos) junto con los indigenistas españoles, en el ejercicio de un auto-desprecio lamentable, se dedicarán a rechazar y destruir todo lo que tenga que ver con España, incluida la nación política española misma, a través de su apoyo al separatismo catalán o vasco, bien sea promoviendo la diversidad lingüística en España, las bases zapatistas en México y en España, bien sea apoyando o justificando ideológicamente el terrorismo de ETA.

La cuarta perspectiva que hemos identificado es la que denominamos hispanista-hispanoamericanista. Es una perspectiva a cuya luz la identidad nacional mexicana (y la americana) no se entiende sin la española, ni la española se entiende sin la americana. América es obra de España, pero España es obra, también, de América. Su versión inicial y más radical quizá debido a las circunstancias de las guerra civil en las que cobra fuerza, la hispanista, estaría representada por las interpretaciones franquistas y/o falangistas, que recuperarían la mística ideológica del imperio español, y que habría de ser uno de los dispositivos de la lucha durante la guerra civil española, en donde el bando nacional, que defendía la tradición católica de España, se enfrentaba al internacionalismo proletario, ateo, anarquista y pro-soviético del bando republicano.

Pero habrá también otra versión hispanista, desarrollada sobro todo a partir de la década de los 50 en universidades norteamericanas y británicas, que ya no es ideológica o que ya no se desarrolla como trinchera de combate ideológico, sino sencillamente como ámbito de interés y especialización historiográficos, a mil leguas de cualquier connotación ideológica de tinte franquista o falangista, como la que podría representar la obra de grandes historiadores hispanistas como John Elliot o Stanley Payne.

Una versión menos radical, la hispanoamericanista, abordaría el problema no ya necesariamente ni nada más desde las coordenadas de la guerra civil, sino de las virtualidades o riqueza que la cultura hispánica representa a lo largo de los siglos. Es una perspectiva en donde coincidirían un Jaime Torres Bodet, un Vasconcelos, pero también un Manuel Ugarte, un Alfonso Reyes, un Unamuno o un Pedro Henríquez Ureña en el pasado siglo, o quizá un Oscar Mazín en el presente, defensores todos ellos, de alguna manera, tomando las distancias que la prudencia marca –con la excepción, quizá, de un Vasconcelos-, de la tradición hispánica del Quijote, de Góngora y de Quevedo, y de la idea no ya de América Latina, sino de Hispanoamérica. Es la perspectiva del Torres Bodet que recoge en Equinoccio la anécdota de la visita de Fernando de los Ríos a México, y en la que le dice que la verdadera razón de su visita no había sido la impartición de las conferencias que como pretexto ahí lo había llevado, sino la de querer completar sus conocimientos sobre la historia de España. ‘En efecto’, cuenta Torres Bodet que le contaba de los Ríos, ‘tres de sus mejores siglos, mi país los vivió en el suyo. Ya irá usted algún día a España, y se dará cuenta de lo que hicieron los españoles en su solar, mientras los más audaces trabajaron en Nueva España y en el Perú, o en las tierras que llevan ahora los nombres de Colombia, Cuba, Chile y Venezuela. De los Ríos tenía razón. Se ha hablado mucho acerca del oro llevado a la península ibérica por los conquistadores. Pero España se entregó a América con esperanzas que sería injusto comparar con el interés consagrado por Inglaterra a sus posesiones en Oriente o en Occidente. Salvo excepciones ilustres, los mejores castillos y los más bellos templos de España son anteriores al viaje de Cristóbal Colón’.

VIII. Pues bien: como hemos indicado previamente, la idea de México de José Revueltas está inscrita en la primera de las perspectivas que hemos aquí caracterizado: la nacionalista radical o nacionalista revolucionaria. El procesamiento de la realidad política de su tiempo, y de las contradicciones que la atravesaban, lo llevaba Revueltas acabo desde la plataforma del materialismo histórico marxista, como también tenemos dicho.

Pero esto no significa que su posición haya sido única o estática a lo largo de su obra y de su trayectoria vital y de militante. Sus planteamientos pueden parecer a veces un tanto dispares o, en el límite, contradictorios. En todo caso creemos que es sin duda ésta y no otra la perspectiva global en donde mejor se acomodan las líneas maestras con las que proyectó su idea de México. Imposible que fuera, por ejemplo, la liberal-ilustrada, según la caracterización que hemos hecho, pues se trata de una perspectiva que sólo comenzó a abrirse camino tras la muerte de Franco (noviembre del 75) y que no se desarrolla a plenitud sino hasta la década de los 80 (Revueltas muere en abril de 1976).

Pero tampoco fue Revueltas partidario de un indigenismo radical, correspondiente con nuestra tercera alternativa, la indigenista-antropologista, sin perjuicio de que no dejara de tener siempre presente el problema indígena en el proceso dialéctico de configuración de la nacionalidad mexicana, pero que se filtraba en todo caso a través de las categorías de la economía política (el indígena como campesino incorporado, desde ahí, a la dialéctica de clases), y no desde las de la antropología y la etnología.

En sus Obras Completas, es el tomo 19 donde se reúnen sus trabajos de interpretación histórico-política, recogidos bajo el título Ensayos sobre México. En ‘Caminos de la nacionalidad’, que es una serie de textos aparecidos durante 1945 en El Popular, señala Revueltas en efecto que la conquista ‘encontró en el Anáhuac no una nacionalidad ya hecha, sino diversas nacionalidades perfectamente establecidas y delimitadas. Los aztecas por su parte, los talxcaltecas, los tarascos, los mixteco-zapotecas y los mayas… Los historiadores y escritores que quieren situar el nacimiento de la nacionalidad mexicana en la conquista –añade Revueltas- hablan de una pretendida “fusión” de culturas –la socorrida “transculturación”-, de un pretendido “entrelazamiento” de civilizaciones o, si no, de una pretendida derrota de la cultura indígena en aras de la cultura occidental representada por los españoles. Pero nada tan falso como cualquier de estos supuestos. No hubo fusión de culturas –es decir, una fusión de la cultura indígena con la española-, por el hecho de que la cultura indígena no era homogénea, sino un compuesto de diversas culturas asimismo en diverso estado de evolución’.

En otro texto, ‘Posibilidades y limitaciones del mexicano’, de 1950, que se presentó como ponencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, afirma Revueltas que ‘el origen nacional del mexicano no puede situarse en la sociedad prehispánica del Anáhuac, porque esta sociedad no reunía las condiciones para constituirse en una nacionalidad homogénea y estable. Es de presumir que sin el factor de la conquista española, el Imperio azteca se hubiese dispersado a la postre en una serie de Estados autónomos, cada uno con su propia nacionalidad. La contradicción interna más importante del Imperio azteca, entre los mexicas dominantes y las demás nacionalidades dominadas, radicaba en la carencia de un idioma y una cultura comunes para todos sus integrantes. Esa contradicción sólo tenía una salida, que era la de la mexicanización de todas las nacionalidades que contenía el imperio’.

El tenor de sus análisis es, por lo general, de este tipo: no se acepta en modo alguno la interpretación de las “ventajas” o virtudes históricas que la conquista española trajo consigo (perspectiva hispanista-hispanoamericanista), pero se reconoce el papel unificador y de homologación que, para bien o para mal, diría acaso Revueltas, representó la conquista. De no haber sido por ella, nos dice, la dispersión de las nacionalidades étnicas hubiera sido la constante. Pero esta homologación no implica que no se haya enajenado al indígena y, en el límite, al pueblo o pueblos que, con el paso de los siglos, habrían de constituir la base social y antropológica de la nacionalidad mexicana.

En otro de sus textos, ‘La revolución mexicana y el proletariado’, de 1939, ejercita Revueltas con mayor vigor y consistencia el método marxista, localizando la clave de las contradicciones de México y de la nacionalidad mexicana en el plano de las relaciones económicas, y en los esquemas de propiedad que se hubieron de transformar de forma radical con la conquista. La traslación de la propiedad, de manos del déspota indígena a manos del déspota español y de la iglesia, encontraría en la burguesía criolla del siglo XIX, encarnada en un Lucas Alamán o un Ramos Arizpe, factores progresistas en el sentido de la configuración de un capitalismo incipiente de carácter nacional, propicio para la exacerbación de las contradicciones económico-productivas y sociales que con la revolución mexicana se habrían de resolver en una dirección, primero, nacional y democrático-burgués y, después, socialista-proletaria.

Aquí es donde se da la fusión entre la matriz del nacionalismo revolucionario con el método marxista del movimiento comunista del que participaba José Revueltas, y que instrumentaliza como método de análisis e intervención práctica dentro de la dialéctica política de su tiempo con evidentes propósitos de aceleración e intensificación del proceso revolucionario. ‘Hemos intentado’, nos dice en el apartado final de su ensayo, titulado “El futuro de la revolución y el proletariado”, ‘dar un bosquejo general de las características de la revolución mexicana. Para los marxistas tiene especial importancia el papel que jugó el proletariado y el papel que tendrá que jugar en el desarrollo ulterior de la revolución. Nunca habían sido tan ventajosas las condiciones para la lucha proletaria. La revolución nacional está en marcha y las masas proletarias deben estar en condiciones de dirigirla para que su salida sea realmente la salida que demanda la historia. El proletariado se encuentra unificado en una gran central sin precedentes en la América Latina. Su mayor peligro consistirá en que no viva al ritmo de los acontecimientos’.

Dialéctica de configuración de México

IX. José Revueltas fue entonces un ideólogo marxista-leninista y un militante comunista dentro del cuadro histórico-político del nacionalismo revolucionario cardenista-lombardista como matriz de ensamblado y precipitado histórico del México moderno. Dos son las grandes fases en las que se decanta la dialéctica de configuración de su idea de México: la conquista y el virreinato (interpretado siempre como época colonial, y no como época virreinal) y la organización nacional durante los siglos XIX y XX.

La primera gran fase de configuración se corresponde con lo que en sus ya mencionados Ensayos sobre México (Tomo 19 de sus O.C.) está encuadrado bajo el apartado de Formación de México, y en donde se reúnen sus textos ‘Caminos de la nacionalidad’, aparecido originalmente en El Popular, a mediados de 1945, en varias entregas; ‘Posibilidades y limitaciones del mexicano’, que fue un texto leído en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y publicado en 1950; ‘Naturaleza de la independencia nacional’, publicado en 1940 en la revista Futuro, cuyo director era Vicente Lombardo Toledano;  ‘La independencia nacional, un proceso en marcha’, aparecido en 1939 en El Popular; ‘La trayectoria de Díaz’, de 1942 y publicado nuevamente en Futuro; y ‘La revolución mexicana y el proletariado’, editado en folleto en 1939.

La segunda fase se corresponde con el apartado México Moderno. Los textos de los que se hace acopio son ‘Hay que resolver la crisis del movimiento revolucionario’, que es un texto de 1944 y aparecido en El Insurgente; ‘Crisis y destino de México’, publicado en Excélsior en 1947; ‘Esquema de las características del presente momento histórico’, aparecido en 1958 en el Boletín interno de información para todos los miembros del partido, editado por la célula Carlos Marx a la que pertenecía Revueltas; ‘Democratización y desarrollo económico’, aparecido en 1955 en la revista Época; ‘Tesis sobre el momento político por el que atraviesan las relaciones sociales en el país’, que es un texto solamente mecanografiado, inédito al parecer y que data de 1966; ‘El gato negro de la Constitución en el cuarto oscuro de la política mexicana’, escrito en la Cárcel preventiva de Lecumberri, en mayo de 1969; ‘Los que “no bailan sin huarache” en la política oficial’, escrito también en Lecumberri, en junio del sesenta y nueve; ‘Mentalidad sexenal contra conciencia histórica’, igualmente de Lecumberri, y de junio del 69 también; y ‘¿Hacia dónde va México?’, que es un borrador, también, de 1969, y escrito también, por tanto, en Lecumberri.

Además de los clásicos del marxismo (Marx, Engels, Lenin, Mondolfo), los autores y obras que Revueltas utiliza como material para su interpretación de México son, entre otros, José Vasconcelos, Alfonso Caso (La religión de los aztecas), Carlos Bosch García (La esclavitud prehispánica entre los aztecas), el Chilam Balam, Juan de Torquemada (Monarquía Indiana), Bernal Díaz del Castillo (el sin par Bernal Díaz del Castillo, como él mismo decía), Alfonso Toro (La Iglesia y el Estado en México), Manuel Orozco y Berra (Historia de la dominación española en México), Luis González Obregón (Los precursores de la Independencia en el siglo XVI), Andrés Molina Enríquez (Los grandes problemas nacionales), Luis Chávez Orozco (Documentos para la historia económica de México y Revolución industrial, revolución política), Alfonso Teja Zabre (Historia de México: una moderna interpretación), Justo Sierra (Juárez, su obra y su tiempo), Pablo Macedo (La evolución mercantil), José C. Valadés (Lucas Alamán: estadista e historiador) y Alexander von Humboldt (Ensayo político sobre el renio de la Nueva España).

En el resto de la obra histórico-política de Revueltas se ofrecen también interpretaciones históricas de México, aunque centradas fundamentalmente ya en el proceso de organización económico-política durante el siglo XX, con especial atención a la marcha y claves de la revolución nacional democrático-burguesa mexicana insertada en la dialéctica capitalismo imperialista-revolución comunista y al papel que el movimiento obrero organizado tiene en cuanto dispositivo de aceleración y direccionamiento de los procesos históricos.

En sus Escritos Políticos I, II y III, correspondientes a los tomos doce, trece y catorce de sus Obras Completas, el interés analítico de Revueltas está volcado sobre todo a las cuestiones relativas al movimiento comunista en general, al Partido Comunista Mexicano y a la diversidad de corrientes y facciones que de su seno se desprenden (Liga Leninista Espartaco, Partido Obrero-Campesino Mexicano, etc.).

En ‘Algunos aspectos de la vida del Partido Comunista Mexicano’, por ejemplo, que es un texto de 1957 y que aparece insertado en Escritos Políticos I, vuelve Revueltas al análisis de las particularidades de configuración histórica del México moderno, ofreciendo algunas puntualizaciones relativas a la fase constructiva del siglo XIX. Es un trabajo sumamente interesante, pues la densidad histórica nacional aparece refractada en la inmanencia de la marcha y organización del Partido Comunista Mexicano, problematizándose primero la existencia histórica de México como unidad nacional en tanto que plataforma dentro de la cual se habría de dar la configuración del movimiento obrero y de su correspondiente expresión revolucionaria elevada a la escala de la consciencia ideológica. ¿Dónde comenzaría, es decir –se pregunta Revueltas-, de qué punto arrancaría el comienzo de esa totalidad del fenómeno que se llama Partido Comunista Mexicano? A mi modo de ver, nos dice, arrancaría de la historia misma del México moderno, aun antes –o considerablemente antes, si se quiere- de la aparición histórica del propio partido. Aquí tropezamos con el primer problema: la definición de lo que es el México moderno. (p. 101 de Escritos Políticos I, O.C., t. 12).

En su poderoso Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (Tomo 17 de sus O.C.), de 1961, ofrece también Revueltas una intensa reconstrucción histórica del proceso de formación del México moderno desde las coordenadas generales del materialismo histórico, centrándose fundamentalmente en los siglos XIX y XX. Se trata, como se sabe, de una suerte de historia socialista de México, para servirnos –si se puede- del epígrafe de la Historia socialista de la revolución francesa de Jean Jaurés que Revueltas eligió como clave armónica de este formidable e ineludible trabajo de análisis histórico independientemente de si se compartan o no, o sólo en parte, tanto sus premisas como sus conclusiones.

Y en México: una democracia bárbara (Tomo 16 de sus O.C.), por su parte, acomete una confrontación crítica con la figura de Vicente Lombardo Toledano como fenómeno ideológico-político central tanto en la organización del nacionalismo revolucionario mexicano como del movimiento obrero y comunista nacional e internacional.

La totalidad de su obra de análisis histórico, en todo caso, se despliega, como vemos, en la escala del combate político-ideológico y de la militancia. El nervio y la inminencia de la organización y la estrategia política es lo que atenazó siempre todos sus empeños. Fiel a la tesis once sobre Feuerbach de Marx, no bastaba para Revueltas solamente con interpretar el mundo, era preciso también, y sobre todo, bregar por su transformación. José Revueltas se sitúa así a la par que un Marx, un Lenin, un Gramsci o un Mariátegui. Para todos ellos el hombre político, y sobre todo el hombre revolucionario, se hace historiador en la medida precisa en que, obrando sobre el presente, interpreta el pasado, haciendo de su crítica de la economía política una crítica, también, de la razón política y una crítica de la razón histórica.

X. Por cuanto a la fase de Formación de México, correspondiente con la época virreinal o colonial, José Revueltas considera, tal como hemos adelantado más arriba, que las contradicciones fundamentales se ponen en operación en el proceso constitutivamente contradictorio a través del cual las nacionalidades étnicas previas a la conquista son refundidas por vía de la opresión y la dominación española. En el momento previo a la conquista no había unidad nacional alguna. La matriz de configuración antropológico-cultural y económica de la nueva nacionalidad en gestación es la matriz de la Nueva España, y aquí aparece un primer momento de enajenación, a juicio de Revueltas. Pero no hay una unidad nacional previa a la conquista susceptible de ser considerada como depositaria de la verdadera identidad. Se trata de una contradicción para siempre ya insalvable o insuperable.

Pero, en la fase ya del México Moderno, la independencia política, consumada por la vía bonapartista con Iturbide en 1821, no garantiza el establecimiento de la integración nacional. Es un proceso largo, que recorre todo el siglo XIX, y que encuentra un momento de aceleración fundamental en las leyes de Reforma y el liderazgo histórico de Juárez, sin perjuicio de que, como otro momento decisivo de enajenación, las leyes de desamortización de los bienes de la Iglesia trajeran como consecuencia la emergencia de una nueva clase latifundista, que despoja tanto a la Iglesia como a los indios. Esta clase latifundista es la que habría de constituirse en la base económico-social de la dictadura de Porfirio Díaz, que coincide con la configuración a escala mundial del imperialismo capitalista incipiente que habría de exacerbar sus contradicciones con la Primera Guerra Mundial.

El momento de explosión de la Revolución mexicana es el momento decisivo de la historia moderna de México, la gran oportunidad histórica a juicio de Revueltas, que se empareja, además, con la emergencia del gran contrapunto referencial y con el gran acontecimiento de su tiempo: la revolución rusa de 1917. Pero es un proceso, el mexicano, en donde nuevamente tiene lugar la instrumentalización –la enajenación- de la clase obrera, sobre todo de la clase obrera, que en el último tramo del siglo XIX se había ido configurando dentro de la estructura de la dictadura política de Díaz. En este proceso de transformación de la emergencia popular y obrera en una revolución democrático-burguesa (primero nacional-revolucionaria, luego de la Revolución mexicana y luego revolucionaria-institucional) está la clave de toda la lucha política e ideológica del José Revueltas militante comunista y del José Revueltas teórico marxista. Aquí es donde se alcanza el mayor registro de tensión ideológica entre su posición política y la gran matriz del nacionalismo revolucionario que comenzaba a abrirse paso históricamente. Y aquí es donde se encierra el núcleo problemático del drama histórico del proletariado sin cabeza. Un proletariado que jamás, durante el siglo XX, habría de lograr situarse en la vanguardia histórica de dirección política tanto del proceso revolucionario en su conjunto como del proceso orgánico de configuración del Estado mexicano moderno. Primero con la ley de enero de 1915, antecedente del artículo 27 de la Constitución del 17; luego, con tres amarres político-ideológicos fundamentales que tuvieron lugar en 1929: fundación del partido de Estado, el Partido Nacional Revolucionario; la implantación de la Ley Federal del Trabajo; y la ilegalización del Partido Comunista. El momento de consumación política de la fase callista de la revolución es al mismo tiempo el momento de freno político e histórico del movimiento obrero organizado. Con el cardenismo se matizarían las relaciones, pero la posición de vanguardia política de los comunistas mexicanos ya no la alcanzarían jamás. En 1969, escribía José Revueltas esto:

La conciencia burguesa ha descrito una curva en ascenso, desde 1917 a la fecha, cuya trayectoria puede trazarse en el esquema general de las fases siguientes: a] de la concurrencia militar de las facciones (lucha armada por el mando), a la concurrencia política dentro de un partido (fundación del PNR); b] de la unidad de las facciones de la “familia revolucionaria” dentro del PNR, a la “coalición de clases” dentro del PRM (Partido de la Revolución Mexicana, creado durante el periodo presidencial de Cárdenas, a favor de la lucha contra Calles y de la expropiación de la industria petrolera); y c] de la “coalición de clases” a la hegemonía de la clase burguesa como tal en el proceso histórico y político del país a través del PRI (períodos presidenciales de Ávila Camacho, Miguel Alemán, Ruiz Cortines, López Mateos y Díaz Ordaz). (‘¿Hacia dónde va México?’, Ensayos sobre México, p. 209).

¿Qué herencia se repudia?, se preguntaría en algún momento, para responder inmediatamente en fidelidad plena con el método marxista del que se sirvió siempre: la revolución burguesa consumida y agotada. El mayor obstáculo para conocer el contenido real de la revolución mexicana lo constituye su ideología, la ideología del nacionalismo revolucionario. Este es el nudo de la cuestión de toda su interpretación histórica del México moderno. El proceso de apropiación, por parte de la burguesía nacional a través de la metodología política de instrumentalización o mediatización del proletariado, desde el pacto de la Casa del Obrero Mundial con Carranza hasta la derrota obrera de 1958-59, de la gran oportunidad histórica que significó la Revolución mexicana como matriz de configuración del Estado mexicano moderno y como uno de los principales y primeros proyectos de transformación política radical del siglo XX a escala mundial.

XI. México fue siempre un complejo problema histórico para José Revueltas. Un drama fundamental que lo marcó durante toda su vida. Una posibilidad histórica dibujada en función de un horizonte delimitado desde el punto de fuga de la revolución comunista y el socialismo, pero que al proyectarse sobre el material de su realidad histórica se le ofrecía saturado de monstruosas contradicciones, muchas de ellas incluso, quizá, insuperables. Por eso su vida estuvo marcada por la lucha y la confrontación permanente y sin descanso.

Desde la plataforma del materialismo filosófico, y sin poder extendernos en análisis más prolijos y a otra escala, y que demandarían más espacio y la revisión de otros materiales de naturaleza más teórica (sobre todo Cuestionamientos e intenciones y Dialéctica de la consciencia),  apreciamos a la distancia el límite que para su interpretación histórica significó el haber dado exclusividad ontológica a la dialéctica de clases, a la lucha de clases, como dispositivo fundamental y único de los procesos históricos. Como en su momento indicamos, para el materialismo filosófico no es la de clases sino la de Estados la dialéctica fundamental de la historia. El nacionalismo revolucionario fue entonces la morfología político-ideológica que inevitablemente tenía que adquirir el proceso de la revolución mexicana, subordinando, sí, al movimiento obrero. Es la variable nacional-popular que Gramsci habría detectado en su momento con gran claridad y precisión analítica, y que estamos muy seguros que Revueltas ya no conoció, pues no tenemos noticia de algún comentario, en toda su obra, a los trabajos del gran comunista italiano.

Otra cosa es la certeza de los análisis de Revueltas donde expone las derivaciones –la deriva- que durante el siglo XX tuvo esa morfología, que se movió de las coordenadas nacional revolucionarias a las revolucionario-institucionales. En 1972, a cuatro años del golpe del 68 y a cuatro de su muerte, expondría en una clase impartida en la Universidad de Stanford, California, en un texto titulado ‘La naturaleza real de la revolución de 1910-1917’, las siguientes consideraciones bosquejadas para el futuro inmediato:

  • Significado de la década 1958-1968:

a] totalización del monopolio político;

b] la oposición general asume las posiciones de la izquierda (del proletariado sin independencia y sin voz propia).

  • Lo anterior: interrelación de causas. Al excluir la independencia de la totalidad de las demás clases y sectores que no comparten el poder, el monopolio político hace que la totalidad de la independencia se exprese en los términos más radicales de su significación histórica: como la lucha por la democracia socialista, que deja de ser exclusiva de la clase obrera, para convertirse en objetivo de la totalidad de la sociedad oprimida.

Perspectivas:

¿Alianza popular neocardenista (O. Paz, Gilly, Fuentes)?

O ¿nueva izquierda socialista independiente?

(Ensayos sobre México, nota final, p. 231).

Esta es en todo caso la tensión dramática que explica el cuadro de todas las batallas políticas e ideológicas y todas las derrotas, también hay que decirlo, de José Revueltas. No hubo actividad personal, artística o literaria que no estuviera vertida y configurada a la escala de su militancia política comunista, y que no fuera al mismo tiempo puesta siempre bajo la luz de la problematización teórica. El volumen espacial de sus configuraciones ideológicas estaba lleno de matices, de planos y de claves de gran abstracción. De luces y de sombras. Sabía que el Estado es el sistema por excelencia de la historia y que la violencia es su marca de origen. Con el nacimiento del orden político, por tanto, nace también la tragedia. La reconciliación histórica es entonces, para Revueltas, un imposible político. Todo es entre nosotros contradicción. Pero la renuncia no era opción. Y todo empeño fue siempre en él un empeño de combate revolucionario, por más que las posibilidades fueran casi nulas. La consciencia plena de esto hizo de él un hombre grave, y de una gran densidad y complejidad intelectual. “He aquí la lucha –pensaba-, dice Revueltas en Los días terrenales, aprender a vivir en la soledad del espíritu, amarla a pesar o sobre todo porque de ella se derivan todos los sufrimientos y todas las angustias que son lo único real y verdadero.”.

Gregorio trataba de mirar la vida con una valentía desesperada, sin hacerse ilusiones, con una auténtica desesperanza del espíritu. No esperaba ninguna transformación sustancial en el hombre, ni menos aún creía en la causalidad infantil –propia de esos alquimistas del materialismo del siglo XVIII y de entre ellos los más románticos- que presupone un hombre nuevo en un mundo nuevo. (Los días terrenales, ERA, México, 1977, p. 197)

José Revueltas delimitó un estilo y una impronta que marcó a toda una generación, y la lectura de su prosa poderosa, agónica y electrizante sigue activando el entusiasmo artístico, literario, ensayístico, filosófico y político de quien tiene la suerte de acercarse a ella. Se esté parcial o completamente de acuerdo con él, una vez conocido es imposible ignorarlo. Porque Revueltas es sin duda una de las formas más idóneas, aunque no la única ni mucho menos, para aproximarse a una definitivamente apasionada interpretación de las posibilidades y límites de México y del mexicano.

Fue un hombre profundamente complejo y apasionado, y tocado sin duda por el genio. Un dínamo de gran atracción para todos los que lo rodeaban, a quienes hizo sentir siempre que a su lado soplaba el viento de un acontecimiento de la historia. Por eso su vida fue siempre severa y solemne, sin perjuicio de que, por momentos, fuera un hombre profundamente humano y de un humorismo excepcional.

Estuvo entregado siempre a las grandes ideas y los grandes debates. Sus interlocutores eran siempre grandes hombres, igualmente apasionados por México: Vasconcelos, Alfonso Reyes, Lombardo Toledano, Cosío Villegas. En ningún momento se permitió la disminución intelectual. El radicalismo al que lo conducía su metodología filosófica lo hacía asumir siempre posiciones de gran envergadura dialéctica, y de alta tensión política.

José Revueltas fue un hombre constitutivamente antagónico, un dialéctico de cuerpo entero, como un Laoconte mexicano, cuya figura sólo puede hacerse inteligible cuando se miran todas las serpientes con las que en agónica batalla él mismo se afirma. Porque, como el Quijote, sólo en la lucha se fraguó su vida.

Cuenta Octavio Paz, su gran contemporáneo, que para lograr entender a Revueltas a cabalidad hay solamente una vía posible: irse al polo ideológico opuesto y una generación atrás para encontrar entonces a otro José, Vasconcelos, como la única figura con la que se le puede medir. Los dos, remata Paz, estaban enfermos de absoluto.

Bibliografía

Fuentes Morúa, José, José Revueltas: una biografía intelectual, UAM-Miguel Ángel Porrúa, México DF, 2001.

Revueltas, Andrea, y Philippe Cheron (Compiladores), Conversaciones con José Revueltas, Ediciones ERA, México DF, 2001.

Revueltas, José, Escritos Políticos I, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 12, Ediciones ERA, México DF, 1984.

—, Escritos Políticos II, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 13, Ediciones ERA, México DF, 1984.

—, Escritos Políticos III, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 14, Ediciones ERA, México DF, 1984.

—, México 68: Juventud y Revolución, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 15, Ediciones ERA, México DF, 1978.

—, México: una democracia bárbara, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 16, Ediciones ERA, México DF, 1983.

—, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 17, Ediciones ERA, México DF, 1980.

—, Ensayos sobre México, Obras Completas de José Revueltas, Tomo 19, Ediciones ERA, México DF, 1985.

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