Una imagen de Vasconcelos

Es la de Luis Garrido, comentada por Alí Chumacero en un texto breve y perfecto. Con esa perfección que, cuando se da, lo hace luminosamente en pluma de poetas puestos al análisis ensayístico, distinguiendo debidamente y con decoro la forma sintáctica (es decir la orquestación verbal del oficio poético) de la comprensión de tesis e ideas según proceda. Cuando no se da tal distinción, aparece el ofuscamiento calamitoso, y sobre todo pedante cuando el poeta no es capaz de distinguir la sonoridad de una línea de la tesis implicada de darse el caso.

He leído que Salvador Elizondo se decepcionó cuando supo lo que significaba el teorema de Pitágoras, cuya fraseología le resultaba “encantadora” -¿ven ustedes?: encantadora- en cuanto a su composición fonética pero el cual encanto se desvaneció nomás supo su significado en la inmanencia de su campo categorial. Una vergüenza de afirmación proviniendo de alguien que pisó las aulas de una Facultad de Filosofía, confundido con pedante comodidad, ésta es la cuestión, por la falsa dicotomía entre ciencia versus filosofía o letras; semejante a la clásica y chocante afirmación detrás de la cual se escuda el holgazán con sensibilidad humanística, y desde luego crítica –digamos que un hippie en ciernes-, que estudia filosofía, o letras o humanidades, pero porque no era bueno en el bachillerato para las matemáticas o para las ciencias. Es el caso tipificado por Carlos Marx  como el halbwissende literati, es decir, el ‘literato que sabe las cosas a medias’ pero que opina, con simpatía, humor y encanto, desde luego, sobre lo que sea. Pues eso mismo. (Otra cosa es que la anécdota de Elizondo haya sido, digamos, un episodio de su infancia. Suponemos, es obvio, que así fue. Yo no lo hubiera contado en todo caso puesto en sus zapatos, sobre todo porque reafirma la falsa dicotomía en litigio. No sé si me explico.)

Pero no ocurre esto, por lo demás, con Chumacero en ninguno de los textos que conforman Los momentos críticos (México, FCE, 1987), y en esto estriba la sobriedad de su decoro. El libro reúne  algunas docenas de ensayos, casi todos elegantemente breves y claros, con prosa fluida y límpida, escritos en medios diversos y a lo largo de muchos años. Habré después de hablar, en su momento, sobre el libro en su conjunto. El ensayo que ahora comento, ya digo, es magnífico.

Tan magnífico como el escrito también por Noé Jitrik –no recuerdo bien dónde, pero de lo mejor que he leído sobre nuestro tema-, explicándonos con dramatismo y entusiasmo cómo fue cambiando su percepción del nombre y figura, tan polémicos, de José Vasconcelos, al tiempo de ir avanzando página tras página del Ulises criollo, transformando un rechazo inicial y automático -por aquél maderista temprano devenido contundente reaccionario tardío- en admiración apasionada, que nos describe con potencia comprensiva al tiempo de hacerlo también con belleza en cuanto a su forma expositiva, precisamente.

No da Chumacero más referencias que el nombre del autor a quien comenta, Luis Garrido. Hurgando un poco en la red encuentro un libro suyo, titulado, en efecto, José Vasconcelos, editado en 1963 por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en la colección Cuadernos de Sociología. Suponemos que es el libro comentado en cuestión.

Y Chumacero da en el blanco desde el principio: ‘a José Vasconcelos se debe la principal tentativa de crear un nuevo tipo de político en México’. Afirmación que va en sentido inverso, me parece, a lo que más adelante nos dice que dice Garrido, para quien Vasconcelos era ‘más intelectual que político’. Pero es que no: no era una oposición: era una conjugación, que remite, como se sabe, al problema platónico de la necesidad de que el gobierno esté en manos de los filósofos. Polibio quería que fuera más bien en la de los historiadores, muy en línea con lo que Tucídides hizo, haciendo inteligibles políticamente las causas históricas de la guerra de Peloponeso. Para Jesús Reyes Heroles, esa conjugación se dio de manera formidable en Juan de Palafox y Mendoza, virrey novohispano número dieciocho y encumbrado históricamente, también, por Vasconcelos.

Pero no es siquiera el hecho de haberse movido Vasconcelos en el terreno de la filosofía aquello por lo cual se nos ofrece su figura con tanto fulgor (en muchos aspectos, si no es que casi en la totalidad de ellos, su sistema filosófico es difícilmente defendible por sus derivas metafísicas y espiritualistas); es más bien la capacidad de penetración intuitiva, proyectada -ahora sí- desde una escala que quiso ser sistemática (y sólo puede hacerse filosofía, con rigor, ésta es la cuestión, desde algún sistema), lo que terminó definiendo los perfiles de un hombre genial. Que es lo que él, en efecto -y estoy dispuesto a discutir esto con quien sea-, fue.

‘Nunca un escritor mexicano –dice Chumacero- había hecho la disección de su época como lo hizo Vasconcelos en sus memorias. El fervor, la compasión, el odio, el pecado, la ternura, la desilusión, sostienen en vilo esas páginas de repudio y de amor por sus contemporáneos.’

No, nunca nadie lo logró del modo en que él lo hizo. Una alumna mía, la más querida, escribió en un ensayo de fin de curso que lo que la lectura de Vasconcelos produjo en ella fue, principalmente, dos sentimientos: el primero fue el de la insignificancia ante la estatura de todo cuanto hizo; el segundo fue la pasión. He aquí una forma conjugada –entre la consciencia propiciadora de la insignificancia que, junto con la pasión concomitante, nos levanta y empuja para la acción- de un dispositivo que, lo sé muy bien, quedó inoculado en ella cual semilla germinadora.

Escribo esto porque Alí Chumacero dio en el blanco al hablar de Vasconcelos en las páginas 245, 246 y 247 de Los momentos críticos. Y es que cuando alguien da en el blanco, es obligada la celebración.

Aquí está la mía.

Ismael Carvallo Robledo / Director de la Facultad de Filosofía de León