Me mudé al campo para habitar

Me mudé al campo para habitar una antigua alquería que no tenía veranda, deficiencia que lamenté no sólo porque me gustan las verandas, en tanto que combinan, de alguna manera, lo acogedor de los interiores con la libertad de los exteriores y por ser tan agradable consultar el termómetro ahí, sino porque el campo aledaño ofrece un paisaje tal que, en época de floración, ningún muchacho puede escalar las colinas o cruzar el valle sin encontrarse con caballetes dispuestos en todos los parajes tranquilos y con pintores tostados por el sol que pintan en aquellos lugares. El paraíso mismo de los pintores. La órbita de las estrellas es interrumpida por la órbita de las montañas. Al menos, eso parece al mirar desde la casa; aunque, estando en las montañas, es imposible ver su órbita. Si se hubiera elegido el sitio a cinco leguas de aquí, este panorama encantado no existiría.

La veranda. Herman Melville.

[Imagen: fotograma de Paisaje en la niebla, Theo Angelopoulos, 1988.]