pancho villa

Al otro lado del río, el desierto, cruzado por las rectas larguísimas de los rieles que parecían converger en la lejana montaña, mantenía su calma, en la que a veces se escondía una actividad febril de los revolucionarios, ansiosos de cortar la línea férrea y dejar a la capital del Estado aislada y atenida a su escasa guarnición. Las guerrillas nunca se habían atrevido a llegar hasta el río, y sólo de cuando en cuando una flecha de polvo que se elevaba en el horizonte acusaba el galope de sus caballos; entonces sonaba el clarín, los soldados cruzaban el río, se metían en sus atrincheramientos, y esperando inútilmente, porque los revolucionarios, sintiéndose débiles, se volvían al misterio de la llanura, a pesar de sus deseos de apoderarse del puente o destruirlo.

Rafael F. Muñoz. Vámonos con Pancho Villa.