Ismael Carvallo Robledo

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[General Lázaro Cárdenas: la gran política]

En recuerdo de José María Laso Prieto, viejo comunista español.

Así tal cual inicia el parágrafo quinto de las ‘Notas breves sobre la política de Maquiavelo’ de Antonio Gramsci. Aparecen en el cuaderno 13 del tomo 5 de sus Cuadernos de la cárcel, esa formidable summa moderna de la política que no me cansaré nunca de elogiar como de los más apasionados y penetrantes tratados políticos de todos los tiempos. ‘Gran política (alta política), pequeña política (política del día, política parlamentaria, de corredores, de intriga)’, dice puntualmente para, luego, caracterizar la clasificación así: ‘La gran política comprende las cuestiones vinculadas con la fundación de nuevos Estados, con la lucha por la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales. La pequeña política comprende las cuestiones parciales y cotidianas que se plantean en el interior de una estructura ya establecida, debido a las luchas de preeminencia entre las diversas fracciones de una misma clase política’.

La distinción es de gran utilidad tanto para el análisis de las coyunturas (tal es el caso de ciertos procesos electorales, de ciclos cortos) como, no se diga, para el análisis de las grandes tendencias históricas (de ciclos largos). Y muchas veces es la confusión entre una y otra la que nos impide calibrar la magnitud de una gran transformación estructural en el caso de que se dé. La confusión es producida por la papilla periodística de los medios de comunicación, centrados por lo general en la información basura, o la papilla ideológica de muchos “analistas” de notable cortedad e inmediatez en sus horizontes de comprensión, y que gustosos “analizan” también –a no ser que sean ellos mismos los que producen- la información basura. El dramatismo adquiere proporciones superlativas si la transformación, de ser efectiva, ocurre a la vista de todos, es decir, si tiene lugar en nuestras narices sin poder nosotros darnos cuenta.

Yo estoy casi seguro de que, por lo general, el ciudadano común no ve en la clase política de México –o Argentina o España- otra cosa que individuos dedicados a la intriga, al contubernio, a trepar en el poder por el sólo hecho de tenerlo o para enriquecerse o a la corrupción, es decir, a la pequeña política. Esta es la razón que explica el desprecio generalizado que la ciudadanía tiene hacia los políticos y, en general, hacia la política misma. Lo peor de todo es que la gente que así piensa tiene razón muchas veces, pero no todas. Y es en la excepción donde descansa la clave de la distinción.

Las cosas tendrían que plantearse de este modo: la pequeña política es el suelo o la base sobre la que tiene lugar, inevitablemente y siempre, nos guste o no, toda lucha política. Ahora bien, si bien es cierto que no hay gran política sin pequeña política -pues es a través de ésta como aquélla se abre paso-, no toda pequeña política es gran política. La primera tiene que ver con la táctica, con la sobrevivencia inmediata, con la lucha cuerpo a cuerpo por el mantenimiento de posiciones en el campo de batalla; la segunda (la gran política) tiene que ver con la estrategia, con la concepción de la guerra general, con el cálculo de los efectos que la defensa o destrucción de una forma de estado comportan para las generaciones futuras, con el destino de una nación.

La primera se da a la escala del régimen político, en función de los movimientos cotidianos y de los esquemas cíclicos de renovación de representantes y de burocracias; la segunda se da a la escala del Estado, sobre todo cuando el mantenimiento de su estructura se ve comprometido por eclosiones dadas en el seno de la nación, es decir, cuando la cuestión nacional se convierte en un problema de Estado, y en función, por tanto, de esquemas temporales de larga duración, que pueden abarcar generaciones enteras. O de otra forma: la primera tiene que ver con los calendarios (electorales, fiscales, administrativos), la segunda con la historia y la lucha por su interpretación.

Topamos aquí, entonces, con un problema. Porque si me han seguido hasta aquí, estarán de acuerdo conmigo si digo que la gran política y la pequeña política se intersectan de vez en vez. Y ocurre cada vez con mayor frecuencia que, por razones muy complejas de orden ideológico, educativo y generacional, cuestiones de estatuto de gran política son manejados, en coyunturas cruciales, por pequeños políticos. Los ejemplos abundan aquí o allá ¿no es cierto?

En todo caso, no nos parece una obsesión erudita la que hizo Gramsci con esta distinción. Sus notas llevan por nombre cuadernos de la cárcel porque desde la cárcel fueron escritas. Una cárcel a la que entró por el contenido histórico de su posición política y la del partido que fundó, el comunista. A la cuestión nacional analizada por vez primera en el mundo renacentista por Maquiavelo, le añadía Gramsci, en la línea de Marx y Lenin, la tensión dialéctica de la cuestión de clase, redefiniendo con ello el concepto de lo político y elevándolo al nivel de los problemas fundamentales del estado italiano de su tiempo. Gramsci, sin duda, estaba haciendo gran política. Por eso fue una excepción en la historia. Saber en dónde están hoy las excepciones es una de las grandes y más acuciantes y dramáticas tareas políticas de nuestro tiempo.

Viernes 10 de junio, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.