La vida que nos falta

Ismael Carvallo Robledo

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[José Vasconcelos. La vida que nos falta.]

Para Héctor de Paz, que me dio el nombre de este artículo.

Es bien sabido que, luego de haber eliminado los privilegios feudales, dentro del esquema de medidas implementadas por la comandancia suprema de la revolución francesa se destaca de manera notable la creación de las bibliotecas públicas, descollando luminosamente, desde luego, la Biblioteca Nacional de París, fundada en 1792. Análogo propósito y análoga medida fue la realizada correspondientemente tras el triunfo de la revolución rusa de 1917, habiendo sido Lunacharski el encargado para organizar la educación nacional dentro de cuyos lineamientos figuraba la disposición de hacer públicas tanto las bibliotecas como, también, las academias de ballet, que fue lo que ocurrió con la Escuela Imperial de Ballet de San Petesburgo, transformada luego en el Instituto Estatal Coreográfico de Leningrado en donde Barýshnikov habría de estudiar años después.

En Italia, antes del correspondiente proyecto de reorganización nacional era la vaticana la biblioteca más importante, como lo sigue siendo todavía en nuestros días -o por lo menos de las más importantes, para no menoscabar el rango de la Centrale di Roma, de 1876, o la Centrale di Firenze, de 1714-.

Tomemos nota en todo caso del objetivo estratégico de las medidas en cuestión: hacer público el privilegio, que es de lo que se trató. Hacer público, por parte del gobierno, el privilegio, es decir, facilitar o propiciar la libertad para acercarse al conocimiento y la belleza, que no está en todos lados. La tarea es muy sutil y también muy ardua (¿cómo inocular en alguien el interés por la búsqueda individual de algo cuya utilidad es problemática o de largo plazo, y a quién corresponde la inoculación?); el propósito, por otro lado, además de proyectar alcances estratégicos, encierra una gran nobleza.

En México, en el siglo XX, quien levantó el estandarte para acometer la tarea, y haciéndolo además con una afiebrada pasión a la que nadie más en este mundo hubiera sido capaz de dar vida tal como él lo hizo, fue José Vasconcelos. ‘Era evidente que una Revolución de este tipo había de tener como uno de sus fines más inmediatos la educación de las masas. Por eso surgió Vasconcelos’, escribió Max Aub refiriéndose a la Revolución mexicana según fue vista por él desde la perspectiva de una Guía de narradores de la Revolución mexicana, que fue lo que escribió para la SEP en edición de 1969.

Vasconcelos fue el gran visionario que entendió que sin educación y sin libros, y sin bibliotecas públicas, la revolución, y la nación, estarían perdidas. A él le debe México su sistema educativo. Y a él le debe México también el asentamiento de las piedras fundamentales que habrían de soportar la estructura de expansión del conocimiento a todo lo largo y ancho de la república. Cuando Obregón lo hizo Ministro de Educación, le propuso Vasconcelos adquirir la biblioteca privada de don Joaquín García Icazbalceta, para hacer con ella la base del acervo de una biblioteca. Es decir, para hacer público el privilegio. Según entiendo el proyecto no prosperó, pues andaba el país en guerra civil -podríamos pensar-. Pero la idea ya estaba ahí. Duró poco en el cargo, pero los resultados de lo que hizo, por breve que haya sido su gestión, fueron de trascendencia incalculablemente germinadora. Cuando daba audiencia pública, de pie, tenía una secretaria para el sí y otra para el no, decidiendo al instante para no perder su tiempo ni hacérselo perder a los demás, según cuenta con cariño Andrés Henestrosa. El tabasqueño Carlos Pellicer estuvo a su lado en esa aventura de aliento épico.

Cuando en 1946 se inauguró la Biblioteca de México de Balderas que hoy lleva su nombre, siendo presidente Manuel Ávila Camacho y Jaime Torres Bodet secretario de Educación, Vasconcelos fue nombrado director, como no podía ser menos. El cargo lo ocupó desde entonces hasta el día de su muerte, en 1959. Su acervo original fue de un aproximado de 40 mil volúmenes, conformado, en efecto, por algunas bibliotecas privadas, como la de Antonio Caso.

En Tabasco, la institución que refracta todas estas coordenadas históricas, y toda esa nobleza apasionada, es la Biblioteca Pública del Estado José María Pino Suárez de la ciudad de Villahermosa. Fundada en 1987 a instancias del gran estadista que ha sido don Enrique González Pedrero, se levanta sobre la singular obra arquitectónica de Teodoro González de León, de quien también es obra el Centro Administrativo del Gobierno del Estado de Tabasco y el Parque Tomás Garrido. Cuenta con 235 mil volúmenes, y colecciones especiales como la Edwin M. Shook, la Jorge Gurría Lacroix y, muy especialmente, la Julio Torri, que acompañó también a Vasconcelos en su epopeya educativa. Hace unos días tuve oportunidad de conocer la colección. A la biblioteca estoy inscrito desde que llegué aquí. Fue, y es, todo un privilegio en el sentido dicho, ¿me explico?

Quienes vivan en Tabasco visiten nomás puedan la Biblioteca Pino Suárez. Aunque es relativamente joven, resume en su andadura mucha historia, como hemos querido explicar aquí. En el interior de sus paredes se encierran miles de destinos. En alguno de ellos, se esconde el nuestro. Si se tiene suerte y se encuentra, quizá nos pueda dar, o señalar, o por lo menos insinuar, la posible ruta -incierta y aproximativa si se quiere, pero ruta al fin- de toda la vida que nos falta.

Viernes 3 de junio, 2016. Diario Presente. Villahermosa, Tabasco.

biblioteca pino suarez

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