¿Qué es la política?

Ismael Carvallo Robledo

villa

La política, en la historia, está vinculada siempre con la guerra y la revolución. En la foto, obvio, Pancho Villa.

No es una pregunta sencilla, aunque todo el mundo hable, de algún modo, de política todo el tiempo. Muchos la detestan, y a otros muchos les apasiona. Lo que está claro es que a nadie deja indiferente. Y es que además, como dicen que dijo Trotsky, “aunque a ti no te importe la política, tú sí le importas a ella”. Era un dialéctico consumado. Y tenía razón. Bertolt Brecht decía que no hay cosa más repulsiva que un analfabeto político. También tenía razón.

Por lo que a mí respecta, quienes me producen una muy extraña inquietud, que colinda con la irritación, son los que van por la vida diciendo que “les gusta mucho la política”. ¿Qué es lo que verdaderamente se quiere decir con eso si la política está conectada, históricamente, con la guerra? Tómese cualquier libro de historia, de cualquier estado nacional, y se podrá comprobar al instante que la historia de su política es la historia de sus guerras.

Pero vayamos al punto. En su concepción más general, entendemos a la política como un plano -el más dramático- de configuración práctica de las sociedades humanas en el que tiene lugar el tránsito mediante el que pasan éstas del plano antropológico al histórico. De la antropología a la historia a través de la política. La figura material en la que tal proceso dialéctico cristaliza es el Estado en tanto que forma superior y término fundamental de la “locomotora de la historia”, como suele decirse. La racionalidad política, la ratio política, puede ser entendida entonces como un saber estratégico y dialéctico -abriéndose paso siempre contra algo y contra alguien- orientado prácticamente a la consecución de equilibrios estatales inestables en todo momento, articulado por determinados principios de legitimidad ideológica con los que se amarra la lealtad civil, y que son ofrecidos por la historia.

La política es por tanto la región ontológica (por ontología entendemos todo cuanto tiene que ver con la estructura de la realidad) en la que los círculos antropológicos se rompen para encontrar, en la confluencia de sus líneas y relaciones materiales, el cauce de un continuum histórico de formaciones estatales enfrentadas entre sí. Del enfrentamiento en cuestión surgen, por una necesidad múltiple determinada por contradicciones económicas, ideológicas, culturales, religiosas y militares, los imperios. Este es el criterio desde el que podemos considerar a la política, por cuanto a lo que de orgánico tienen en ella la violencia, la guerra y la revolución -en el sentido de Hegel, Marx o Maquiavelo-, como estando vinculada constitutivamente con la tragedia.

Pero la política se vincula también, entonces, con la filosofía, que es, según nuestra tradición, una obra de la ciudad, de la polis, fruto del trabajo racional y crítico del hombre, que fue visto por Aristóteles, con definición llamada a ser canónica, como un animal político, precisamente: ‘La tesis de la implantación política de la filosofía -dice Gustavo Bueno en sus Ensayos materialistas– quiere decir, sencillamente, que la conciencia filosófica, lejos de poder ser auto-concebida como una secreción del espíritu humano, debe ser entendida como una formación histórico-cultural, subsiguiente a otras formas de conciencia también históricas, y precisamente como aquella forma de conciencia que se configura en la constitución de la vida social urbana, que supone la división del trabajo (y, por tanto, un desarrollo muy preciso de diversas formas de la conciencia técnica), y la conexión con otras ciudades en una escala, al menos virtualmente, mundial, “cosmopolita”’.

Habría que decir entonces que historia, política y filosofía están vinculados de una manera, si se quiere, natural. Y que la tarea fundamental del Estado, forma suprema de la ciudad, y por tanto de la política, es la de lograr el orden y la duración en el tiempo de una sociedad humana determinada a través de esquemas institucionales de estabilización que, sirviéndose de un número concreto de formaciones ideológicas que se han abierto paso históricamente (nacionalistas, liberales, socialistas, comunistas, humanistas o fascistas), armonizan –o intentan armonizar–, en equilibrio siempre inestable, las contradicciones y antagonismos inherentes a ella, y que se presentan atenazados, por un lado, en función de una variada gama de formas de organización económico-productiva y socio-cultural, y en función también, por el otro, del enfrentamiento con otros Estados y otras formas de configuración histórica.

Desde este punto de vista, el Estado puede ser tenido –por cuanto a su estructura, su contenido y su funcionamiento– como el sistema por excelencia de la historia. La trama de la historia, por otro lado y volviendo a lo nuestro, es, en efecto, la política.

No se trata tanto, entonces, de que te guste o no te guste. O del grado de pasión con el que nos pueda arrastrar en dado caso. Se trata del hecho de que, al vivir en la ciudad, la política se le presenta al hombre como una necesidad dramática. De la consciencia racional que se tenga de esto depende, en definitiva, la medida de su madurez y libertad.

Diario Presente. Villahermosa. Viernes 15 de enero, 2016.

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