Los días terrenales

Sobre la situación en Medio Oriente. I. Coordenadas

El tema tiene una complejidad altísima al situarse ni más ni menos que en el corazón de la dialéctica misma de la historia universal. La polarización es muy alta y los antagonismos se activan de inmediato. Tal vez no haya tema que tenga tal grado de imantación ideológica como este, y los reduccionismos maniqueos (izquierda-derecha, progresismo-ultraderecha, sionismo-palestinismo, judeofobia-islamofobia, cristianismo-islam, oriente-occidente, no se diga el conspiracionismo tóxico y enfermizo que en todos lados ve una maligna conspiración sionista)  lo confunden todo pero no ya porque no tengan aplicabilidad –la tienen pero sólo en parte, además de que muchos conceptos (sobre todo los de izquierda y derecha) se tienen que redefinir– sino porque no es una sino muchas las dialécticas que hay que poner en coordinación y mapearlas adecuadamente y tomar, sobre todo, partido, porque la neutralidad absoluta no es opción desde una perspectiva diamérica, es decir, no metamérica (lo diamérico supone situarse en medio de las partes en litigio, lo metamérico supone situarse por encima de las partes en litigio).  

Esto hace que la exigencia de rigor y probidad sea total, en atención a lo cual yo voy a definir de frente, aquí, mis coordenadas y perspectiva general de análisis.

Personalmente no tengo, hasta donde sé, ascendencia ni judía ni árabe de manera explícita, directa y conscientemente asumida, lo que supone que mi postura no tiene ninguna determinación personal o familiar. Se sabe que los apellidos que inician con “Car” o “Carva” (Carvallo, Carvajal, Carmona) son de origen sefardita, pero eso no supone para mí ni mi familia sentido de pertenencia alguno en términos –digámoslo así– de linaje histórico.

En términos filosóficos soy un materialista filosófico en el sentido de Hobbes, Gustavo Bueno, Spinoza, Marx, Lenin y el materialismo dialéctico soviético rectificado por Bueno en sus Ensayos materialistas, a la luz de cuyos planteamientos, de manera muy general, la materia sustituye al ser como la idea central de toda ontología.

En términos filosófico-políticos me sitúo en una perspectiva dialéctico materialista y de realismo duro en la línea de Tucídides, Maquiavelo, Spinoza, Gines de Sepúlveda, Lenin, Stalin, Schmitt, Bueno, Molina Enríquez y John Mearsheimer, lo que supone un distanciamiento crítico de todo idealismo armonista, ya sea en la línea kantiana de la paz perpetua entre las naciones a través de la supeditación a una razón trascendental, en la del institucionalismo internacionalista neoliberal tributario del armonismo kantiano, precisamente, según el cual la armonía del mundo ha de lograrse a través del derecho internacional, los organismos internacionales y la cooperación, o ya sea en la línea del armonismo socialdemócrata, progresista-woke y postmoderno de los derechos humanos. ‘Un estado, para serlo de verdad, o inspira temor o respeto, de lo contrario deja de ser un estado’ (Spinoza, Tratado teológico-político).

Esto supone que para mí, en política, se piensa y se actúa siempre contra algo y contra alguien, contra un enemigo (Schmitt), y tanto el orden como la paz son el resultado de la victoria en la guerra o en el combate, es decir, que, en política, toda paz es una paz armada: pax mexica, pax hispana, pax americana, pax soviética, pax británica, pax islámica, etc. ‘La paz es una tregua para la guerra y la guerra una forma de lograr una paz algo peor o algo mejor’ (Lenin, Fraseología pseudorevolucionaria).

Desde una perspectiva de historia universal, me reconozco plenamente dentro del despliegue civilizatorio occidental cuyo zócalo de configuración se sitúa en el conjunto de procesos históricos que tuvieron lugar en el triángulo formado por Atenas (la razón), Jerusalén (la fe) y Roma (la ley): filosofía y ciencia, religión y derecho. Occidente es el resultado del despliegue de la dialéctica que tuvo lugar en función de estos tres nodos fundamentales, que llegan a América con la conquista. Esto supone que para mí ya hay una importancia constitutiva, en términos históricos, de Jerusalén y, por tanto, del judaísmo y de Israel.

En términos teológicos me considero ateo esencial radical católico en el sentido de Spinoza y Bueno desde los que, además y por otro lado, ejercito un racionalismo corporeísta católico de alegría optimista chestertoniana, en el sentido de la maravilla católica por todas las cosas del mundo (que para el creyente son creadas y por tanto disfrutables ). Dios no existe ni puede existir dada la inconsistencia de su idea, pero me reconozco como parte de una estructura de racionalidad trinitaria cristiana en general, y católico-hispánico-ignaciano-americana en particular, en donde encuentro el mayor racionalismo posible que es dable atribuirle a una religión desde fuera de la fe –es decir, desde el ateísmo radical– en los términos de Hegel cuando dice que en la trinidad es donde está lo especulativo del cristianismo y es ahí donde la filosofía encuentra la razón.

[Imagen de portada: Santo Tomás y Averroes como referencias clave de la divergencia entre Oriente y Occidente]

Publicación original de El Independiente