[Sobre La escuela de los duros de Norberto Fuentes, Cuarteles de Invierno, 2025]
Cuando leían la sentencia, al fondo del gentío, un hombre pela una caña.
José Martí
La fortuna de participar en una de las epopeyas del siglo XX debe ambicionar un proyecto artístico de valor semejante. Y la violencia, como parte inevitable de la épica, no puede en modo alguno ser desconocida.
Norberto Fuentes
I
Nada importa vencer o ser vencido, lo que importa es ser grande en la batalla, escribió José Santos Chocano, el contemporáneo del gran argentino socialista de la Patria Grande Manuel Ugarte.
Lo mismo dijo en su momento Jorge Abelardo Ramos, socialista de la Patria Grande también, cuando debatía por televisión con un grupo de periodistas escépticos sobre la guerra de las Malvinas, señalando con firmeza amarga el problema que supone para un pueblo la debilidad de sus ejércitos, espina dorsal de todo pueblo, en los momentos decisivos: ‘¿entonces usted preferiría que siguiera muriendo gente?’, le pregunta provocadoramente el periodista tratando de orillarlo y exhibirlo desde la perspectiva de un dilema de tipo moral, a lo que le respondió Ramos de inmediato: ‘no no: si usted pretende plantear la cuestión en esos términos, lo invitaría a discutir el tema de San Martín y las guerras de independencia. Cualquier guerra de independencia, y las nuestras también, generaron un derramamiento de sangre…’, y concluyó categórico: ‘pero no es el problema de ganar o perder, sino el de luchar por tener una patria territorialmente integrada’.
La consigna es entonces luchar. Luchar hasta el final, porque ‘en una guerra uno no puede admitir, aun a sí mismo, que está perdida. Porque cuando lo admite, está derrotado; el que, al ser derrotado, rehúsa aceptarlo y lucha lo más posible, gana las batallas finales; a menos que, por supuesto, sea muerto, hambreado, privado de armas o traicionado. Todo eso le ocurrió al pueblo español’, dijo por su parte Ernest Hemingway según nos cuenta Norberto Fuentes en La escuela de los duros (Cuarteles de Invierno, 2025) hablando sobre la guerra civil española en la que fue el periodista más famoso del mundo pero que participó no ya como espectador, sino como partisano comprometido a fondo desde la trinchera con la causa del pueblo español.
Hemingway en algún momento de la Guerra Civil Española
Una postura como esta es la que, me parece a mí, ha adoptado estos días Silvio Rodríguez al decir que, en el contexto de lo que puede ser ya la derrota definitiva, si Estados Unidos invade Cuba él pedirá su AKM, evolución del fusil de asalto AK-47, para morir tirando si fuera menester.
Yo veo las cosas a la distancia y no asumo posturas ridículas o irresponsables –siempre me he cuidado de no ser un tonto útil, lo tengo dicho y escrito–, pero esto me parece mucho más digno que el hecho de atenerse a la compasión de la Internacional Progre dispuesta siempre a hacer el papelón y el ridículo enviando a la isla a un conjunto de hippies españoles y de no sé dónde más, y a la hígada y sociópata de Greta Thumberg desde luego, para entregar ayuda humanitaria con perspectiva de género y ambiental y muy seguramente todos, también, faltaría más, con su obligada bufanda palestina. Hippies progres occidentales y Greta Thumerg en vez de buques o armas rusas. Es la derrota y el abandono definitivos. ¿Qué diría Fidel de todo esto?
II
Al abrir La escuela de los duros de Norberto Fuentes es Ernest Hemingway el que aparece de inmediato, página 2, en una fantástica fotografía en blanco y negro en la que nos mira a través de la mirilla de un arma con la que nos apunta con una leve y gallarda sonrisa. Es la misma foto que aparece en la portada de la biografía de Mary V. Dearborn. La guapura de Hemingway es evidente. El ojo izquierdo lo tiene obviamente cerrado, el pelo es corto y algunas canas ya se asoman en su barba varonil.
Lo he leído dos veces, entero, y ya lo tengo claro: en lo varonil está la clave. La escuela de los duros es un libro sobre la virilidad, la bravura y la hombría. Diría incluso que es un homenaje. Norberto Fuentes lo ha hecho otra vez y nos ofrece un libro tremendo y poderoso, lleno de simbolismo, fuerza e inspiración.
Omito el concepto de masculinidad, que también aplicaría pero mejor no lo uso –es la recomendación que para los efectos hace Harvey Mansfield en su libro Manliness (2006)– por estar infestado con la carga ideológica del nocivo veneno feminista, que tiene como objetivo precisamente “desmasculinizar” al mundo tal como, por ejemplo, se evidencia en el contraste verificable entre la tropa de hippies éticos y sensibilizados tal vez desde los criterios de la Política Exterior Feminista, término estúpido y cursi donde los haya, en misión de la Internacional Progre en Cuba presentes por ausencia y sustitución de tropas o buques para enfrentar si fuera lo procedente, se supone, a su contraparte norteamericana bajo el comando de Rubio y Hegseth destacados en el teatro de operaciones caribeño bajo la consigna de imponer una paz mediante la fuerza o paz armada (“Peace through strength”), que es la única que cuenta en términos de la geopolítica pura y dura.
La otra foto fundamental del libro es obviamente y qué duda cabe la de la portada, que es paralizante y llena de potencia, inequívoca: Humphrey Bogart está sentado en una silla austera e incómoda con una escopeta sobre las rodillas y cigarro en mano mirándonos con desprecio, seguridad y elocuencia (es decir, que no hay lugar a dudas), como queriéndonos decir ‘cuidado, que si te pasas aquí topas con pared y esto es lo que te espera’. Virilidad, bravura, hombría, autoridad, seguridad, violencia.
La Escuela de los Duros
Pero hay dos fotos más que son igualmente importantes en la vertebración de La escuela de los duros. Una de ellas está en la página 8, previa a la que nos muestra aquello sobre lo que va el libro (es decir el contenido), que es la literatura, porque este libro es también y sobre todo y fundamentalmente un libro sobre literatura, pero vista desde la perspectiva del lugar que la violencia, ingrediente fundamental de la épica, ocupa en ella.
Pongámosle como hipotético subtítulo si quieren literatura de la violencia o la violencia en la literatura o literatura y violencia, pero esta es en todo caso aquello que articula como arquitrabe todos los textos que conforman este libro magistral de Norberto Fuentes que no tiene en realidad secciones, solamente una ‘Nota del autor’ al principio y el anuncio de que hay un final (The End) en algún momento, pero que en realidad no delimita una sección necesariamente sino que fija el mensaje que prepara el ánimo del lector para abandonar junto con el autor el libro (por aquello de que ningún libro se termina definitivamente, sólo se abandona) al compás de los últimos cuatro textos titulados ‘La expresión exacta de Bogart’ (la de la tremendísima portada, efectivamente), ‘Una especie de palimpsesto’, ‘A los muchachos del momento’ y el ‘Agradecimiento’, página 264.
La foto de la que estoy hablando es ni más ni menos que de Faulkner. La extraordinaria foto de William Faulkner en un algún salón de clases en una postura y gesto lleno de virilidad y hombría, lo que nos lleva otra vez al punto central de lo que quiero yo aquí decirles: los pies subidos en una silla puesta al frente en posición de descanso, un libro en una mano y una pipa en la otra, la corbata obscura impecable en su lugar al igual que el pañuelo en la solapa (la caballerosidad y la elegancia antes que todo, siempre, como elementos fundamentales de la hombría), y Faulkner viendo arriba hacia la izquierda en acción evidente de haber detenido la lectura del libro como si alguien le haya hecho una pregunta, a saber si torpe o sugerente, y un pie de foto interpretativo, hechura obvia de Norberto, en la que se codifica la virilidad en comento en los términos que siguen:
‘¿Computadora? ¿Disco duro? ¿De qué me hablan, gamberros? ¿Qué los libros ya no se escriben con lápiz sobre papel? Lo único que me falta es que tampoco se requiera del tabaco y el bourbon. Puñeteros.’
La otra foto llena del simbolismo de virilidad es de Norberto Fuentes mismo, en dos momentos diferentes pero poniendo en ejercicio las variables fundamentales de una misma acción: el combate. Están en la página 201.
En una de ellas, un Norberto Fuentes de veinte años aparece de pie y uniforme militar con un brazo recargándose ligeramente en la puerta de un jeep y la otra mano en la cintura componiendo un gesto de seguridad relajada y confiada, digamos –es la confianza de saber que está haciéndose lo correcto y dando curso a las órdenes recibidas en el contexto de la Lucha Contra Bandidos o LCB en tanto que codificación del conjunto de operaciones de defensa táctica de la Revolución en proceso–, con su boina y lentes de pasta gruesa muy de la época y el pie de foto correspondiente en donde se nos indica esto:
‘En un cerco contra la banda de Adalberto Méndez Esquijarrosa, zona norte de Camagüey, en las márgenes del río Jatibonico, circa mayo de 1963.’
La otra foto tiene prácticamente la misma composición, lo que cambia es el tiempo y el lugar. 1982 es el año, con un Norberto Fuentes de 39. Angola es el lugar. El jeep es sustituido por un camión, la boina por una gorra pero el uniforme y la escena es igualmente militar, y en el suelo está un rifle de obvia manufactura soviética. El pie de foto dice esto:
’20 de noviembre de 1982. En operaciones contra la agrupación contrarrevolucionaria UNITA del líder Jonhas Malheiro Savimbi, marcha de caravana en la carretera de 330.97 kilómetros que lleva de Luanda a Quibala, provincia de Kwanza Sur, todo un territorio en litigio.’
¿Se dan cuenta? Virilidad, hombría, bravura, combate y defensa de la revolución, valentía. El libro contiene muchas fotos más, pero estas cuatro que despejo son para mí las fundamentales. En todas ellas se despliega una secuencia de sentido articuladas por los conceptos en comento, “manliness” en inglés, tal como son forjadas o templadas bajo la altísima presión de una revolución o guerra, forma de condensación determinante de lo político.
Acaso alguien pueda pensar que de las cuatro fotos la de Faulkner es la que no encaja, pero se equivoca, porque esa es precisamente la que le da sentido a La escuela de los duros –esta es la cuestión– al conectar las virtudes definitorias de la hombría según el canon de la guerra o la revolución con el ejercicio de llevarlas al plano de su significación última en el terreno de la literatura y la belleza poética, ejercicio a través del cual se configura entonces la especificidad de la literatura épica como forma única y exclusiva producible solamente en los momentos de despliegue de una revolución o una guerra dando vida entonces a una categoría aparte de literatura y escritores, que es en la que están André Malraux, Martín Luis Guzmán, Rafael M. Muñoz, José Vasconcelos, Isaak Babel, Ernest Hemingway, Aleksandr Beck, Boris Polevoi, el Vasili Grossman de Vida y Destino y Stalingrado o el Ernesto Ché Guevara de Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo.
Castro y Torrijos: grandes entre los grandes de la Escuela de los Duros
Esa es la categoría en la que está como los grandes también mi amigo Norberto Fuentes, formado como escritor que no tenía interés en ser un “escritor revolucionario” en un sentido pedantesco como el que probablemente tenía como criterio el preciosita afrancesado de Cortázar, sino simplemente como un escritor que, junto con otros, les fue dado encontrar su centro de gravedad vocacional y dar con su destino en medio de un acontecimiento trágico que inevitablemente los desbordaba a todos como una revolución, decidiendo ser entonces partícipes –y así poder “contar lo que fuimos y lo que fue” legándolo para la posteridad y para los que no pudimos estar ahí– de una de las grandes epopeyas del siglo XX, la Revolución cubana, par histórica de otras como la rusa o la mexicana:
‘LA ÚNICA ESCUELA POSIBLE. Los cubanos de la generación de los años 60 recordarán perfectamente la porción de resultados tardíos de la producción factográfica soviética, que es la que más los afectó e influyó, los libros aquellos sobre la Segunda Guerra Mundial, como La joven guardia, de Fadeyev, y Los hombres de Panfilov y su secuela La carretera de Volokolamsk, de Beck, y Un hombre de verdad, de Boris Polevoi, y la extraordinaria ¿novela?, ¿memoria?, ¿reportaje? sobre la guerra civil, Chapáev, de Dimitri Furmanov, y hasta las memorias camufladas de novela de Nicolai Ostrosky, Así se templó el acero, y que, para el conocimiento de la escuela literaria donde se formaron algunos de los más relevantes escritores surgidos con la Revolución cubana, la puja entre literatura de ficción y la factual era algo inexistente, porque era la forma de escribir.’ (La escuela de los duros, p. 152).
III
Harvey Mansfield dice en su libro Manliness, del que he hecho mención más arriba, que
‘La hombría busca y le da la bienvenida al drama y prefiere los tiempos de guerra, conflicto y riesgo… Vivimos en una sociedad con una nueva forma de justicia, largamente atrasada: la de la sociedad sexualmente neutra. En esta nueva sociedad tu sexo no determina tus derechos, tus responsabilidades o tu lugar. La sociedad sexualmente neutra considera al sexo como un obstáculo irracional tanto para la libertad, porque subordina a la mujer al hombre, como para la eficiencia, porque inutiliza sus habilidades. La hombría, que es la cualidad principal de uno de los sexos, se interpone en el camino de esta distribución equitativa y razonable de tareas y recompensas; busca promover un sesgo en favor del hombre sobre la mujer. En este libro parto de la hombría como el obstáculo irracional a un proyecto racional que busca erradicar ese sesgo. Al final espero haber convencido a los lectores escépticos –y sobre todo a las mujeres educadas– de lo contrario: que la hombría irracional debe de ser ratificada por la razón’ (p ix, edición de la Yale University Press de 2006).
Pues bien: La escuela de los duros es una vigorosa propuesta de ratificación celebratoria de esa irracionalidad viril en la que Norberto Fuentes se mueve entre el periodismo, la literatura y la doctrina como en su momento hizo –según él mismo nos lo explicó– José Carlos Mariátegui, para racionalizar esa bravura masculina tal como se manifiesta cuando es instrumentalizada por la historia y la política para mostrarnos a todos lo que es capaz de hacer un cuerpo (Spinoza), y definir a partir de ahí las variables de la ecuación del heroísmo que cada época deja para la historia cada que se emite el llamado a los pueblos para concurrir a la cita que para ellos tiene dispuesta la tragedia.
México nos dejó la novela de la revolución mexicana, que llega hasta Daniel Sada y Una muerte sencilla, justa, eterna de Jorge Aguilar Mora, Cuba nos dejó a Pablo de la Torriente Brau, Luis Felipe Rodríguez, Enrique Serpa, Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez como primera promoción de la que dice Norberto Fuentes en el texto medular de este libro, que es ‘El estilo necesario de la violencia’, que en ningun caso:
‘ni autores ni obras han eludido la verdad de que esta violencia surge de un contexto social preciso. Víctimas de la injusticia, o luchadores contra ella, fueron protagonistas de la literatura que anticipó la narrativa e la Revolución.
Quisiera traer los autores a estas páginas, aunque probablemente serían descalificados por motivos de ubicación genérica. Se les calificaría como autores de “testimonios”, y es este un término –testimonio– con el cual no logro congeniar. Creo que toda literatura es siempre testimonial y que tal calificativo se ha empleado alegremente para nombrar una producción de libros-grabadora en los que está ausente la creación literaria. Una división entre libros de ficción y factuales resultaría más razonable, y con ella podría decir que la literatura de nuestros años tiene una deuda de gratitud con ese libro insustituible: Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Guevara, que soluciona, pese a su discutible ubicación genérica, la ausencia todavía incomprensible para mí de un texto literario de ficción, una novela plenamente referida a la gesta del Ejército Rebelde.
De la misma manera que en Martí, en los pasajes escritos por Che Guevara se localizan algunos de los episodios capitales de nuestra literatura de la violencia, aunque, por características personales diferentes, la euforia martiana es reemplazada en esos relatos por la ironía controlada del argentino.’ (p. 194).
Antes había estado Carpentier, claro, y antes más aún, todavía, obvio es, José Martí. Y luego vendrían Jesús Díaz (Los años duros), Juan Carlos Fernández (Todo es secreto hasta un día), Efigenio Ameijeiras (Más allá de nosotros), Osvaldo Navarro (El Caballo de Mayaguara), Álvaro Prendes (Piloto de guerra), Manuel Cofiño o José Soler Puig (Bertillón 166) entre otros muchos más según la nómina que en ese texto central se nos ofrece.
He tomado nota de todos, enlistándolos bajo la categoría de literatura de la violencia, de la revolución o, en efecto, de la virilidad y la hombría según el canon universalmente cubano de Norberto Fuentes. Los vamos a conseguir y a leer todos –a eso me dedico entre otras cosas más– con una dramática y fecundante tensión configurada con arreglo al criterio elocuente de Beatriz Maggi expuesto en el proemio de su delicioso La palabra conducente (Letras Cubanas, La Habana, 2013) al tenor de lo que sigue:
‘La persona que escribió los presentes ensayos confiesa que leyó las obras que los han suscitado con el vivísimo deseo de apoderarse de las intenciones y los sentidos de sus autores; de sus concepciones y las de las épocas en que ellos crearon. Y que su yo lector no se abrasa en sí misma, sino en el libro, mientras lee. De la inevitable tensión que se produce entre ese yo que se autodepone –mas subsiste integérrimo– y el libro, tal cual lo concibió el autor, sale la lectura opulenta, “sabrosa”, pero también fresca y propia del siglo del lector. Es una tensión fecundante y la proponemos con preferencia a aquella otra en que el lector, soberbio, se mira a su ombligo. Nos parece que la verdadera emulsión, la lectura madura, se obtiene en esa dramática tensión’ (p. 9).
Pensándolo mejor, acaso conviene más que le pongamos a la categoría de esta forma única de literatura históricamente determinada y producida con cubana denominación de origen conforme a lo que hasta aquí venimos diciendo, estarán de acuerdo conmigo, como literatura de «La Escuela de los Duros» sí señor, en fidelidad a la caracterización que, en correspondencia y a continuación, propone mi amigo Norber One en la página 153:
‘INGENIEROS DE NUEVO TIPO. La definición se hizo famosa desde la publicación de la revista Ogonik, el semanario más popular de la Unión Soviética, en su edición del 20 de agosto de 1934. «“Ingenieros del alma humana”. Así ha definido el rol de los escritores soviéticos el amado vozhd [guía] del proletariado mundial, el camarada Stalin.» Stalin y Máximo Gorki en la portada. La frase fue acuñada por Yuri Olesha, el novelista. Víctor Shclovsky dijo que Olesha la usó en una reunión en la casa de Máximo Gorki, y de alguna manera llegó a oídos de Stalin. El 26 de octubre de 1932, durante una reunión con unos cincuenta escritores, dedicada a la preparación del Primer Congreso de Escritores Soviéticos y que tuvo lugar en la misma casa de Gorki, Stalin dijo: «La producción de almas es más importante que la producción de tanques… Y por eso levanto mi copa por ustedes, escritores, los ingenieros del alma humana.»
[Sobre La escuela de los duros de Norberto Fuentes, Cuarteles de Invierno, 2025]
Cuando leían la sentencia, al fondo del gentío, un hombre pela una caña.
José Martí
La fortuna de participar en una de las epopeyas del siglo XX debe ambicionar un proyecto artístico de valor semejante. Y la violencia, como parte inevitable de la épica, no puede en modo alguno ser desconocida.
Norberto Fuentes
I
Nada importa vencer o ser vencido, lo que importa es ser grande en la batalla, escribió José Santos Chocano, el contemporáneo del gran argentino socialista de la Patria Grande Manuel Ugarte.
Lo mismo dijo en su momento Jorge Abelardo Ramos, socialista de la Patria Grande también, cuando debatía por televisión con un grupo de periodistas escépticos sobre la guerra de las Malvinas, señalando con firmeza amarga el problema que supone para un pueblo la debilidad de sus ejércitos, espina dorsal de todo pueblo, en los momentos decisivos: ‘¿entonces usted preferiría que siguiera muriendo gente?’, le pregunta provocadoramente el periodista tratando de orillarlo y exhibirlo desde la perspectiva de un dilema de tipo moral, a lo que le respondió Ramos de inmediato: ‘no no: si usted pretende plantear la cuestión en esos términos, lo invitaría a discutir el tema de San Martín y las guerras de independencia. Cualquier guerra de independencia, y las nuestras también, generaron un derramamiento de sangre…’, y concluyó categórico: ‘pero no es el problema de ganar o perder, sino el de luchar por tener una patria territorialmente integrada’.
La consigna es entonces luchar. Luchar hasta el final, porque ‘en una guerra uno no puede admitir, aun a sí mismo, que está perdida. Porque cuando lo admite, está derrotado; el que, al ser derrotado, rehúsa aceptarlo y lucha lo más posible, gana las batallas finales; a menos que, por supuesto, sea muerto, hambreado, privado de armas o traicionado. Todo eso le ocurrió al pueblo español’, dijo por su parte Ernest Hemingway según nos cuenta Norberto Fuentes en La escuela de los duros (Cuarteles de Invierno, 2025) hablando sobre la guerra civil española en la que fue el periodista más famoso del mundo pero que participó no ya como espectador, sino como partisano comprometido a fondo desde la trinchera con la causa del pueblo español.
Una postura como esta es la que, me parece a mí, ha adoptado estos días Silvio Rodríguez al decir que, en el contexto de lo que puede ser ya la derrota definitiva, si Estados Unidos invade Cuba él pedirá su AKM, evolución del fusil de asalto AK-47, para morir tirando si fuera menester.
Yo veo las cosas a la distancia y no asumo posturas ridículas o irresponsables –siempre me he cuidado de no ser un tonto útil, lo tengo dicho y escrito–, pero esto me parece mucho más digno que el hecho de atenerse a la compasión de la Internacional Progre dispuesta siempre a hacer el papelón y el ridículo enviando a la isla a un conjunto de hippies españoles y de no sé dónde más, y a la hígada y sociópata de Greta Thumberg desde luego, para entregar ayuda humanitaria con perspectiva de género y ambiental y muy seguramente todos, también, faltaría más, con su obligada bufanda palestina. Hippies progres occidentales y Greta Thumerg en vez de buques o armas rusas. Es la derrota y el abandono definitivos. ¿Qué diría Fidel de todo esto?
II
Al abrir La escuela de los duros de Norberto Fuentes es Ernest Hemingway el que aparece de inmediato, página 2, en una fantástica fotografía en blanco y negro en la que nos mira a través de la mirilla de un arma con la que nos apunta con una leve y gallarda sonrisa. Es la misma foto que aparece en la portada de la biografía de Mary V. Dearborn. La guapura de Hemingway es evidente. El ojo izquierdo lo tiene obviamente cerrado, el pelo es corto y algunas canas ya se asoman en su barba varonil.
Lo he leído dos veces, entero, y ya lo tengo claro: en lo varonil está la clave. La escuela de los duros es un libro sobre la virilidad, la bravura y la hombría. Diría incluso que es un homenaje. Norberto Fuentes lo ha hecho otra vez y nos ofrece un libro tremendo y poderoso, lleno de simbolismo, fuerza e inspiración.
Omito el concepto de masculinidad, que también aplicaría pero mejor no lo uso –es la recomendación que para los efectos hace Harvey Mansfield en su libro Manliness (2006)– por estar infestado con la carga ideológica del nocivo veneno feminista, que tiene como objetivo precisamente “desmasculinizar” al mundo tal como, por ejemplo, se evidencia en el contraste verificable entre la tropa de hippies éticos y sensibilizados tal vez desde los criterios de la Política Exterior Feminista, término estúpido y cursi donde los haya, en misión de la Internacional Progre en Cuba presentes por ausencia y sustitución de tropas o buques para enfrentar si fuera lo procedente, se supone, a su contraparte norteamericana bajo el comando de Rubio y Hegseth destacados en el teatro de operaciones caribeño bajo la consigna de imponer una paz mediante la fuerza o paz armada (“Peace through strength”), que es la única que cuenta en términos de la geopolítica pura y dura.
La otra foto fundamental del libro es obviamente y qué duda cabe la de la portada, que es paralizante y llena de potencia, inequívoca: Humphrey Bogart está sentado en una silla austera e incómoda con una escopeta sobre las rodillas y cigarro en mano mirándonos con desprecio, seguridad y elocuencia (es decir, que no hay lugar a dudas), como queriéndonos decir ‘cuidado, que si te pasas aquí topas con pared y esto es lo que te espera’. Virilidad, bravura, hombría, autoridad, seguridad, violencia.
Pero hay dos fotos más que son igualmente importantes en la vertebración de La escuela de los duros. Una de ellas está en la página 8, previa a la que nos muestra aquello sobre lo que va el libro (es decir el contenido), que es la literatura, porque este libro es también y sobre todo y fundamentalmente un libro sobre literatura, pero vista desde la perspectiva del lugar que la violencia, ingrediente fundamental de la épica, ocupa en ella.
Pongámosle como hipotético subtítulo si quieren literatura de la violencia o la violencia en la literatura o literatura y violencia, pero esta es en todo caso aquello que articula como arquitrabe todos los textos que conforman este libro magistral de Norberto Fuentes que no tiene en realidad secciones, solamente una ‘Nota del autor’ al principio y el anuncio de que hay un final (The End) en algún momento, pero que en realidad no delimita una sección necesariamente sino que fija el mensaje que prepara el ánimo del lector para abandonar junto con el autor el libro (por aquello de que ningún libro se termina definitivamente, sólo se abandona) al compás de los últimos cuatro textos titulados ‘La expresión exacta de Bogart’ (la de la tremendísima portada, efectivamente), ‘Una especie de palimpsesto’, ‘A los muchachos del momento’ y el ‘Agradecimiento’, página 264.
La foto de la que estoy hablando es ni más ni menos que de Faulkner. La extraordinaria foto de William Faulkner en un algún salón de clases en una postura y gesto lleno de virilidad y hombría, lo que nos lleva otra vez al punto central de lo que quiero yo aquí decirles: los pies subidos en una silla puesta al frente en posición de descanso, un libro en una mano y una pipa en la otra, la corbata obscura impecable en su lugar al igual que el pañuelo en la solapa (la caballerosidad y la elegancia antes que todo, siempre, como elementos fundamentales de la hombría), y Faulkner viendo arriba hacia la izquierda en acción evidente de haber detenido la lectura del libro como si alguien le haya hecho una pregunta, a saber si torpe o sugerente, y un pie de foto interpretativo, hechura obvia de Norberto, en la que se codifica la virilidad en comento en los términos que siguen:
‘¿Computadora? ¿Disco duro? ¿De qué me hablan, gamberros? ¿Qué los libros ya no se escriben con lápiz sobre papel? Lo único que me falta es que tampoco se requiera del tabaco y el bourbon. Puñeteros.’
La otra foto llena del simbolismo de virilidad es de Norberto Fuentes mismo, en dos momentos diferentes pero poniendo en ejercicio las variables fundamentales de una misma acción: el combate. Están en la página 201.
En una de ellas, un Norberto Fuentes de veinte años aparece de pie y uniforme militar con un brazo recargándose ligeramente en la puerta de un jeep y la otra mano en la cintura componiendo un gesto de seguridad relajada y confiada, digamos –es la confianza de saber que está haciéndose lo correcto y dando curso a las órdenes recibidas en el contexto de la Lucha Contra Bandidos o LCB en tanto que codificación del conjunto de operaciones de defensa táctica de la Revolución en proceso–, con su boina y lentes de pasta gruesa muy de la época y el pie de foto correspondiente en donde se nos indica esto:
‘En un cerco contra la banda de Adalberto Méndez Esquijarrosa, zona norte de Camagüey, en las márgenes del río Jatibonico, circa mayo de 1963.’
La otra foto tiene prácticamente la misma composición, lo que cambia es el tiempo y el lugar. 1982 es el año, con un Norberto Fuentes de 39. Angola es el lugar. El jeep es sustituido por un camión, la boina por una gorra pero el uniforme y la escena es igualmente militar, y en el suelo está un rifle de obvia manufactura soviética. El pie de foto dice esto:
’20 de noviembre de 1982. En operaciones contra la agrupación contrarrevolucionaria UNITA del líder Jonhas Malheiro Savimbi, marcha de caravana en la carretera de 330.97 kilómetros que lleva de Luanda a Quibala, provincia de Kwanza Sur, todo un territorio en litigio.’
¿Se dan cuenta? Virilidad, hombría, bravura, combate y defensa de la revolución, valentía. El libro contiene muchas fotos más, pero estas cuatro que despejo son para mí las fundamentales. En todas ellas se despliega una secuencia de sentido articuladas por los conceptos en comento, “manliness” en inglés, tal como son forjadas o templadas bajo la altísima presión de una revolución o guerra, forma de condensación determinante de lo político.
Acaso alguien pueda pensar que de las cuatro fotos la de Faulkner es la que no encaja, pero se equivoca, porque esa es precisamente la que le da sentido a La escuela de los duros –esta es la cuestión– al conectar las virtudes definitorias de la hombría según el canon de la guerra o la revolución con el ejercicio de llevarlas al plano de su significación última en el terreno de la literatura y la belleza poética, ejercicio a través del cual se configura entonces la especificidad de la literatura épica como forma única y exclusiva producible solamente en los momentos de despliegue de una revolución o una guerra dando vida entonces a una categoría aparte de literatura y escritores, que es en la que están André Malraux, Martín Luis Guzmán, Rafael M. Muñoz, José Vasconcelos, Isaak Babel, Ernest Hemingway, Aleksandr Beck, Boris Polevoi, el Vasili Grossman de Vida y Destino y Stalingrado o el Ernesto Ché Guevara de Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo.
Esa es la categoría en la que está como los grandes también mi amigo Norberto Fuentes, formado como escritor que no tenía interés en ser un “escritor revolucionario” en un sentido pedantesco como el que probablemente tenía como criterio el preciosita afrancesado de Cortázar, sino simplemente como un escritor que, junto con otros, les fue dado encontrar su centro de gravedad vocacional y dar con su destino en medio de un acontecimiento trágico que inevitablemente los desbordaba a todos como una revolución, decidiendo ser entonces partícipes –y así poder “contar lo que fuimos y lo que fue” legándolo para la posteridad y para los que no pudimos estar ahí– de una de las grandes epopeyas del siglo XX, la
Revolución cubana, par histórica de otras como la rusa o la mexicana:
‘LA ÚNICA ESCUELA POSIBLE. Los cubanos de la generación de los años 60 recordarán perfectamente la porción de resultados tardíos de la producción factográfica soviética, que es la que más los afectó e influyó, los libros aquellos sobre la Segunda Guerra Mundial, como La joven guardia, de Fadeyev, y Los hombres de Panfilov y su secuela La carretera de Volokolamsk, de Beck, y Un hombre de verdad, de Boris Polevoi, y la extraordinaria ¿novela?, ¿memoria?, ¿reportaje? sobre la guerra civil, Chapáev, de Dimitri Furmanov, y hasta las memorias camufladas de novela de Nicolai Ostrosky, Así se templó el acero, y que, para el conocimiento de la escuela literaria donde se formaron algunos de los más relevantes escritores surgidos con la Revolución cubana, la puja entre literatura de ficción y la factual era algo inexistente, porque era la forma de escribir.’ (La escuela de los duros, p. 152).
III
Harvey Mansfield dice en su libro Manliness, del que he hecho mención más arriba, que
‘La hombría busca y le da la bienvenida al drama y prefiere los tiempos de guerra, conflicto y riesgo… Vivimos en una sociedad con una nueva forma de justicia, largamente atrasada: la de la sociedad sexualmente neutra. En esta nueva sociedad tu sexo no determina tus derechos, tus responsabilidades o tu lugar. La sociedad sexualmente neutra considera al sexo como un obstáculo irracional tanto para la libertad, porque subordina a la mujer al hombre, como para la eficiencia, porque inutiliza sus habilidades. La hombría, que es la cualidad principal de uno de los sexos, se interpone en el camino de esta distribución equitativa y razonable de tareas y recompensas; busca promover un sesgo en favor del hombre sobre la mujer. En este libro parto de la hombría como el obstáculo irracional a un proyecto racional que busca erradicar ese sesgo. Al final espero haber convencido a los lectores escépticos –y sobre todo a las mujeres educadas– de lo contrario: que la hombría irracional debe de ser ratificada por la razón’ (p ix, edición de la Yale University Press de 2006).
Pues bien: La escuela de los duros es una vigorosa propuesta de ratificación celebratoria de esa irracionalidad viril en la que Norberto Fuentes se mueve entre el periodismo, la literatura y la doctrina como en su momento hizo –según él mismo nos lo explicó– José Carlos Mariátegui, para racionalizar esa bravura masculina tal como se manifiesta cuando es instrumentalizada por la historia y la política para mostrarnos a todos lo que es capaz de hacer un cuerpo (Spinoza), y definir a partir de ahí las variables de la ecuación del heroísmo que cada época deja para la historia cada que se emite el llamado a los pueblos para concurrir a la cita que para ellos tiene dispuesta la tragedia.
México nos dejó la novela de la revolución mexicana, que llega hasta Daniel Sada y Una muerte sencilla, justa, eterna de Jorge Aguilar Mora, Cuba nos dejó a Pablo de la Torriente Brau, Luis Felipe Rodríguez, Enrique Serpa, Onelio Jorge Cardoso y Félix Pita Rodríguez como primera promoción de la que dice Norberto Fuentes en el texto medular de este libro, que es ‘El estilo necesario de la violencia’, que en ningun caso:
‘ni autores ni obras han eludido la verdad de que esta violencia surge de un contexto social preciso. Víctimas de la injusticia, o luchadores contra ella, fueron protagonistas de la literatura que anticipó la narrativa e la Revolución.
Quisiera traer los autores a estas páginas, aunque probablemente serían descalificados por motivos de ubicación genérica. Se les calificaría como autores de “testimonios”, y es este un término –testimonio– con el cual no logro congeniar. Creo que toda literatura es siempre testimonial y que tal calificativo se ha empleado alegremente para nombrar una producción de libros-grabadora en los que está ausente la creación literaria. Una división entre libros de ficción y factuales resultaría más razonable, y con ella podría decir que la literatura de nuestros años tiene una deuda de gratitud con ese libro insustituible: Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Guevara, que soluciona, pese a su discutible ubicación genérica, la ausencia todavía incomprensible para mí de un texto literario de ficción, una novela plenamente referida a la gesta del Ejército Rebelde.
De la misma manera que en Martí, en los pasajes escritos por Che Guevara se localizan algunos de los episodios capitales de nuestra literatura de la violencia, aunque, por características personales diferentes, la euforia martiana es reemplazada en esos relatos por la ironía controlada del argentino.’ (p. 194).
Antes había estado Carpentier, claro, y antes más aún, todavía, obvio es, José Martí. Y luego vendrían Jesús Díaz (Los años duros), Juan Carlos Fernández (Todo es secreto hasta un día), Efigenio Ameijeiras (Más allá de nosotros), Osvaldo Navarro (El Caballo de Mayaguara), Álvaro Prendes (Piloto de guerra), Manuel Cofiño o José Soler Puig (Bertillón 166) entre otros muchos más según la nómina que en ese texto central se nos ofrece.
He tomado nota de todos, enlistándolos bajo la categoría de literatura de la violencia, de la revolución o, en efecto, de la virilidad y la hombría según el canon universalmente cubano de Norberto Fuentes. Los vamos a conseguir y a leer todos –a eso me dedico entre otras cosas más– con una dramática y fecundante tensión configurada con arreglo al criterio elocuente de Beatriz Maggi expuesto en el proemio de su delicioso La palabra conducente (Letras Cubanas, La Habana, 2013) al tenor de lo que sigue:
‘La persona que escribió los presentes ensayos confiesa que leyó las obras que los han suscitado con el vivísimo deseo de apoderarse de las intenciones y los sentidos de sus autores; de sus concepciones y las de las épocas en que ellos crearon. Y que su yo lector no se abrasa en sí misma, sino en el libro, mientras lee. De la inevitable tensión que se produce entre ese yo que se autodepone –mas subsiste integérrimo– y el libro, tal cual lo concibió el autor, sale la lectura opulenta, “sabrosa”, pero también fresca y propia del siglo del lector. Es una tensión fecundante y la proponemos con preferencia a aquella otra en que el lector, soberbio, se mira a su ombligo. Nos parece que la verdadera emulsión, la lectura madura, se obtiene en esa dramática tensión’ (p. 9).
Pensándolo mejor, acaso conviene más que le pongamos a la categoría de esta forma única de literatura históricamente determinada y producida con cubana denominación de origen conforme a lo que hasta aquí venimos diciendo, estarán de acuerdo conmigo, como literatura de «La Escuela de los Duros» sí señor, en fidelidad a la caracterización que, en correspondencia y a continuación, propone mi amigo Norber One en la página 153:
‘INGENIEROS DE NUEVO TIPO. La definición se hizo famosa desde la publicación de la revista Ogonik, el semanario más popular de la Unión Soviética, en su edición del 20 de agosto de 1934. «“Ingenieros del alma humana”. Así ha definido el rol de los escritores soviéticos el amado vozhd [guía] del proletariado mundial, el camarada Stalin.» Stalin y Máximo Gorki en la portada. La frase fue acuñada por Yuri Olesha, el novelista. Víctor Shclovsky dijo que Olesha la usó en una reunión en la casa de Máximo Gorki, y de alguna manera llegó a oídos de Stalin. El 26 de octubre de 1932, durante una reunión con unos cincuenta escritores, dedicada a la preparación del Primer Congreso de Escritores Soviéticos y que tuvo lugar en la misma casa de Gorki, Stalin dijo: «La producción de almas es más importante que la producción de tanques… Y por eso levanto mi copa por ustedes, escritores, los ingenieros del alma humana.»
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