Desde hace mucho tiempo, he venido desarrollando la tesis de que la 4T es la revolución nacional democrática de México, en el entendido de que, en correspondencia, la1T o Independencia fue la revolución nacional patriótica, en la que aparece la figura del ciudadano/patriota como síntesis del coraje civil y el coraje militar que sustituye al súbdito, al siervo y al vasallo del Antiguo Régimen, que en Hispanoamérica se manifestó bajo la forma del sistema de virreinatos coordinados alrededor de la monarquía hispánica habsbúrgica y luego borbónica entre el siglo XVI y fines del XVIII.
La 2T o Reforma fue la revolución nacional liberal, que con Juárez como líder del bloque defensor de la nacionalidad y la República ante la invasión imperialista francesa aliada con el abyecto partido conservador y sus representados de clase selló ideológicamente el proceso de maduración del patriotismo mexicano en un sentido liberal, perfilando una matriz dialéctica “liberalismo versus conservadurismo” llamada a totalizar los antagonismos que iban a darse después durante prácticamente todo el siglo XX hasta el período mismo de López Obrador, respecto de quien recuerdo el significativo y elocuente comentario que me hizo una alumna que estaba leyendo Noticias del Imperio de Fernando del Paso en medio del avance del cual llegó a la conclusión, sorprendente a su ojos, de que, según sus propias palabras, ‘¡AMLO es Juárez!’.
La 3T o Revolución mexicana fue la revolución nacional social y popular, que, con el liderazgo de Lázaro Cárdenas, supuso un proceso de nacionalización tanto de la infraestructura económico-productiva instalada en México con las inversiones extranjeras (británica, norteamericana, francesa, etc.) traídas por Porfirio Díaz como de la cultura y las instituciones de la sociedad en general.
Sin perjuicio de que estemos analizando y caracterizando un proceso en pleno despliegue en tiempo histórico real, la 4T podría ser vista entonces como una revolución nacional democrática populista pero no en un sentido peyorativo sino entendiendo al populismo como un anti-elitismo, que tendría como elementos definitorios el hecho de haber sido encabezada por un movimiento que, en su momento, tuvo como siglas partidistas el concepto de revolución democrática que se abrió paso como proceso de alta politización de la ciudadanía para ejecutar o intentar ejecutar dinámicas de apertura/destrucción/reorganización de partes tanto del sistema político (como por ejemplo el hecho de llevar al PRI al borde de su extinción o proponer el mecanismo de revocación de mandato) como del Estado mexicano mismo (como por ejemplo la democratización del Poder Judicial), además de haber impulsado a los dos presidentes más votados de la historia nacional: López Obrador y Sheinbaum, como expresión de esa alta politización/polarización como trámite sine qua non de toda gran transformación histórica.
Ahora bien. Hay algo que no debemos de perder de vista ni respecto de lo cual tampoco podemos pecar de ingenuidad, y es el hecho de que cada proceso político de la historia –en México como en cualquier parte del mundo– generó a su correspondiente clase política, y obviamente que la 4T no podía ser la excepción.
La función de toda clase política es la de mantenerse en el poder todo lo que pueda así como la de reproducirse. La negativa de los aliados de Morena a aprobar la reciente propuesta de reforma electoral es una muestra de ello, pues es obvio que no iban a dispararse en el pie.
En 1911, Roberto Michels escribió un texto fundamental dentro de la literatura de la ciencia política alemana, Los partidos políticos, en donde estableció su famosa “ley de hierro de la oligarquía”, que en pocas palabras sostiene que toda organización social, sin importar la naturaleza y principios doctrinarios de su origen, termina controlada siempre por una minoría. La tesis de Michels se desarrolla en el ambiente de discusión sobre la sociología del poder y del Estado moderno, dentro del que autores como Weber, Sombart, Mosca, Pareto, Gramsci, Schumpeter o Molina Enríquez publicaron obras de rango canónico.
Molina Enríquez lo entendió a la perfección porque era un realista consumado. Todo proceso político necesita de un grupo de intereses endogámico que vea comprometida su existencia social en el proceso de configuración de un orden por él mismo creado, de suerte tal que uno de los grandes problemas nacionales era que la clase mestiza (eran los términos del tiempo en que escribió Los grandes problemas nacionales: 1909) se convirtiera literalmente en una clase de intereses y en correspondencia, por tanto, en una clase de poder, en el sentido de estar lista, preparada y dispuesta a ejercer el poder y hacer todo por mantenerlo.
La discusión por tanto no es que la clase política x, y o z se vaya o se quede, sino qué tan virtuosa o nauseabunda es y qué hace cada sociedad al respecto en cada momento histórico de que se trate, por aquello de que toda sociedad tiene siempre el gobierno, y la clase política, que se merece.
Desde hace mucho tiempo, he venido desarrollando la tesis de que la 4T es la revolución nacional democrática de México, en el entendido de que, en correspondencia, la1T o Independencia fue la revolución nacional patriótica, en la que aparece la figura del ciudadano/patriota como síntesis del coraje civil y el coraje militar que sustituye al súbdito, al siervo y al vasallo del Antiguo Régimen, que en Hispanoamérica se manifestó bajo la forma del sistema de virreinatos coordinados alrededor de la monarquía hispánica habsbúrgica y luego borbónica entre el siglo XVI y fines del XVIII.
La 2T o Reforma fue la revolución nacional liberal, que con Juárez como líder del bloque defensor de la nacionalidad y la República ante la invasión imperialista francesa aliada con el abyecto partido conservador y sus representados de clase selló ideológicamente el proceso de maduración del patriotismo mexicano en un sentido liberal, perfilando una matriz dialéctica “liberalismo versus conservadurismo” llamada a totalizar los antagonismos que iban a darse después durante prácticamente todo el siglo XX hasta el período mismo de López Obrador, respecto de quien recuerdo el significativo y elocuente comentario que me hizo una alumna que estaba leyendo Noticias del Imperio de Fernando del Paso en medio del avance del cual llegó a la conclusión, sorprendente a su ojos, de que, según sus propias palabras, ‘¡AMLO es Juárez!’.
La 3T o Revolución mexicana fue la revolución nacional social y popular, que, con el liderazgo de Lázaro Cárdenas, supuso un proceso de nacionalización tanto de la infraestructura económico-productiva instalada en México con las inversiones extranjeras (británica, norteamericana, francesa, etc.) traídas por Porfirio Díaz como de la cultura y las instituciones de la sociedad en general.
Sin perjuicio de que estemos analizando y caracterizando un proceso en pleno despliegue en tiempo histórico real, la 4T podría ser vista entonces como una revolución nacional democrática populista pero no en un sentido peyorativo sino entendiendo al populismo como un anti-elitismo, que tendría como elementos definitorios el hecho de haber sido encabezada por un movimiento que, en su momento, tuvo como siglas partidistas el concepto de revolución democrática que se abrió paso como proceso de alta politización de la ciudadanía para ejecutar o intentar ejecutar dinámicas de apertura/destrucción/reorganización de partes tanto del sistema político (como por ejemplo el hecho de llevar al PRI al borde de su extinción o proponer el mecanismo de revocación de mandato) como del Estado mexicano mismo (como por ejemplo la democratización del Poder Judicial), además de haber impulsado a los dos presidentes más votados de la historia nacional: López Obrador y Sheinbaum, como expresión de esa alta politización/polarización como trámite sine qua non de toda gran transformación histórica.
Ahora bien. Hay algo que no debemos de perder de vista ni respecto de lo cual tampoco podemos pecar de ingenuidad, y es el hecho de que cada proceso político de la historia –en México como en cualquier parte del mundo– generó a su correspondiente clase política, y obviamente que la 4T no podía ser la excepción.
La función de toda clase política es la de mantenerse en el poder todo lo que pueda así como la de reproducirse. La negativa de los aliados de Morena a aprobar la reciente propuesta de reforma electoral es una muestra de ello, pues es obvio que no iban a dispararse en el pie.
En 1911, Roberto Michels escribió un texto fundamental dentro de la literatura de la ciencia política alemana, Los partidos políticos, en donde estableció su famosa “ley de hierro de la oligarquía”, que en pocas palabras sostiene que toda organización social, sin importar la naturaleza y principios doctrinarios de su origen, termina controlada siempre por una minoría. La tesis de Michels se desarrolla en el ambiente de discusión sobre la sociología del poder y del Estado moderno, dentro del que autores como Weber, Sombart, Mosca, Pareto, Gramsci, Schumpeter o Molina Enríquez publicaron obras de rango canónico.
Molina Enríquez lo entendió a la perfección porque era un realista consumado. Todo proceso político necesita de un grupo de intereses endogámico que vea comprometida su existencia social en el proceso de configuración de un orden por él mismo creado, de suerte tal que uno de los grandes problemas nacionales era que la clase mestiza (eran los términos del tiempo en que escribió Los grandes problemas nacionales: 1909) se convirtiera literalmente en una clase de intereses y en correspondencia, por tanto, en una clase de poder, en el sentido de estar lista, preparada y dispuesta a ejercer el poder y hacer todo por mantenerlo.
La discusión por tanto no es que la clase política x, y o z se vaya o se quede, sino qué tan virtuosa o nauseabunda es y qué hace cada sociedad al respecto en cada momento histórico de que se trate, por aquello de que toda sociedad tiene siempre el gobierno, y la clase política, que se merece.
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