Recuerdo haber visto hace tiempo un video de una conferencista discípula del peligroso ideólogo de la Escuela del Resentimiento Enrique Dussel (QEPD) y de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que comenzó hablando con desprecio absoluto sobre algo que tenía que ver con Occidente.
Me parece que era alguna idea o premisa de partida, que mencionó para demarcar el territorio de su conferencia pero que acto seguido, luego de hacer la referencia, la desacreditó como si se tratara de algo constitutiva y esencialmente maligno al tener una procedencia “occidental”; como si todo lo que tuviera que ver con Occidente era por definición una aberración inequívoca y total, condenable y repudiable como fuente de todos los males del mundo y de la historia. Y luego comenzó con su verborrea indigesta, cursi e incomprensible sobre la “decolonialidad” anti-eurocéntrica respecto de la cual no pude soportar más que unos cuantos minutos, no más de dos.
En otra ocasión me tocó ver (o sufrir) también algunos minutos de una conferencia de un tal Ramón Grosfoguel, discípulo también, según entiendo –tómese nota de la peligrosidad del asunto–, de Enrique Dussel, en donde me parece recordar que, antes de dar inicio, pidió disculpas por tener que dar su plática en el lenguaje colonial u occidental o algo así más o menos, es decir, que lo que hizo el pobre hombre fue pedir disculpas por tener que hablar inevitablemente en español mostrándonos a qué grado puede llegar el tormento psicológico del autodesprecio. Es obvio también que no soporté más que unos cuantos minutos, no más de dos, para darme cuenta de por dónde iba su delirio y dejé de ver aquello.
Aquí la cuestión en todo caso es la caracterización de esa anomalía patológica y enfermiza del odio a Occidente que se tiene desde Occidente mismo. Porque esto es lo peor de todo: que el mayor encono procede desde dentro y no desde afuera.
Otra cosa sería que en vez de haber visto estas conferencias llenas de odio impartidas en México, Estados Unidos o Venezuela, que son países fruto del despliegue civilizatorio de Occidente, las hubiera visto impartidas en Islamabad o Teherán o Shanghái con la traducción correspondiente, o tal vez incluso en Moscú o San Petesburgo llegados al caso extremo de tomar en cuenta la discusión que durante siglos se ha tenido respecto de la naturaleza occidental o exclusivamente eslava de Rusia y su pueblo tal como la desarrollaron en su momento Dostoyevski y otros autores y que Isaiah Berlin o E. H. Carr analizaron también en su momento en obras interesantísimas.
También sería otro el caso –más preocupante todavía si cabe– si este tipo de conferencias llenas de resentimiento y beligerancia contra Occidente las hubiera visto realizarse en alguna mezquita o centro islámico de Londres que, merced a la masividad migratoria, es llamada ya por muchos, como es el caso de Melanie Phillips, como Londonistán.
El conflicto en Oriente Medio, ya sea que se trate de Palestina o Gaza, de Israel y Netanyahu o de Irán, es tal vez el escenario natural para la manifestación del odio a Occidente en su más alto grado de despliegue y que se focaliza, como sabemos, alrededor de Israel interpretado como el epítome de la malignidad occidental. Es de suponerse de qué lado están todos los que odian a Occidente, como por ejemplo los discípulos del nocivo y peligroso Enrique Dussel.
No es mi caso desde luego. Y yo creo que hay que defender a Occidente tal como lo entiendo, esto es: como el despliegue geopolítico y civilizatorio de las variables establecidas en un núcleo conformado por tres vértices fundamentales: Atenas, de donde procede la ciencia y la filosofía, Jerusalén, de donde procede la fe y la religión terciaria en la que Dios se hace hombre, y Roma, de donde proceden las instituciones políticas y el derecho tal como las entendemos hoy en día.
México, en tanto que principal país de habla hispana y con más hispanohablantes del planeta y respecto del que España es ya magnitud secundaria, es cabeza y líder de una de las manifestaciones universales, la hispánico-católico-ignaciano-americana, de Occidente.
El mundo vive momentos de gran sacudimiento y de guerra tal vez incluso nuclear, y es necesario saber de qué lado estamos y estaremos. Cuál es y será nuestro papel y lugar es algo que se tendrá que definir según el grado y nivel de nuestra fuerza.
Recuerdo haber visto hace tiempo un video de una conferencista discípula del peligroso ideólogo de la Escuela del Resentimiento Enrique Dussel (QEPD) y de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que comenzó hablando con desprecio absoluto sobre algo que tenía que ver con Occidente.
Me parece que era alguna idea o premisa de partida, que mencionó para demarcar el territorio de su conferencia pero que acto seguido, luego de hacer la referencia, la desacreditó como si se tratara de algo constitutiva y esencialmente maligno al tener una procedencia “occidental”; como si todo lo que tuviera que ver con Occidente era por definición una aberración inequívoca y total, condenable y repudiable como fuente de todos los males del mundo y de la historia. Y luego comenzó con su verborrea indigesta, cursi e incomprensible sobre la “decolonialidad” anti-eurocéntrica respecto de la cual no pude soportar más que unos cuantos minutos, no más de dos.
En otra ocasión me tocó ver (o sufrir) también algunos minutos de una conferencia de un tal Ramón Grosfoguel, discípulo también, según entiendo –tómese nota de la peligrosidad del asunto–, de Enrique Dussel, en donde me parece recordar que, antes de dar inicio, pidió disculpas por tener que dar su plática en el lenguaje colonial u occidental o algo así más o menos, es decir, que lo que hizo el pobre hombre fue pedir disculpas por tener que hablar inevitablemente en español mostrándonos a qué grado puede llegar el tormento psicológico del autodesprecio. Es obvio también que no soporté más que unos cuantos minutos, no más de dos, para darme cuenta de por dónde iba su delirio y dejé de ver aquello.
Aquí la cuestión en todo caso es la caracterización de esa anomalía patológica y enfermiza del odio a Occidente que se tiene desde Occidente mismo. Porque esto es lo peor de todo: que el mayor encono procede desde dentro y no desde afuera.
Otra cosa sería que en vez de haber visto estas conferencias llenas de odio impartidas en México, Estados Unidos o Venezuela, que son países fruto del despliegue civilizatorio de Occidente, las hubiera visto impartidas en Islamabad o Teherán o Shanghái con la traducción correspondiente, o tal vez incluso en Moscú o San Petesburgo llegados al caso extremo de tomar en cuenta la discusión que durante siglos se ha tenido respecto de la naturaleza occidental o exclusivamente eslava de Rusia y su pueblo tal como la desarrollaron en su momento Dostoyevski y otros autores y que Isaiah Berlin o E. H. Carr analizaron también en su momento en obras interesantísimas.
También sería otro el caso –más preocupante todavía si cabe– si este tipo de conferencias llenas de resentimiento y beligerancia contra Occidente las hubiera visto realizarse en alguna mezquita o centro islámico de Londres que, merced a la masividad migratoria, es llamada ya por muchos, como es el caso de Melanie Phillips, como Londonistán.
El conflicto en Oriente Medio, ya sea que se trate de Palestina o Gaza, de Israel y Netanyahu o de Irán, es tal vez el escenario natural para la manifestación del odio a Occidente en su más alto grado de despliegue y que se focaliza, como sabemos, alrededor de Israel interpretado como el epítome de la malignidad occidental. Es de suponerse de qué lado están todos los que odian a Occidente, como por ejemplo los discípulos del nocivo y peligroso Enrique Dussel.
No es mi caso desde luego. Y yo creo que hay que defender a Occidente tal como lo entiendo, esto es: como el despliegue geopolítico y civilizatorio de las variables establecidas en un núcleo conformado por tres vértices fundamentales: Atenas, de donde procede la ciencia y la filosofía, Jerusalén, de donde procede la fe y la religión terciaria en la que Dios se hace hombre, y Roma, de donde proceden las instituciones políticas y el derecho tal como las entendemos hoy en día.
México, en tanto que principal país de habla hispana y con más hispanohablantes del planeta y respecto del que España es ya magnitud secundaria, es cabeza y líder de una de las manifestaciones universales, la hispánico-católico-ignaciano-americana, de Occidente.
El mundo vive momentos de gran sacudimiento y de guerra tal vez incluso nuclear, y es necesario saber de qué lado estamos y estaremos. Cuál es y será nuestro papel y lugar es algo que se tendrá que definir según el grado y nivel de nuestra fuerza.
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